Prólogo · Las urracas de noviembre #2
Eran dos. Dos urracas de Compostela, urracas de granito esculpidas hacía siglos en una cornisa que daba al patio interior.
Aurea las había mirado cien veces sin verlas.
Estaban allí desde antes de que ella naciera.
Seguramente desde antes de que naciera su madre.
Eran detalles arquitectónicos menores, casi invisibles si uno no sabía dónde mirar, talladas en una piedra que ya estaba ennegrecida cuando las pusieron.
Pero esa noche las miró distinto.
Pegas, las llamaban en gallego. Las urracas de Compostela. Había un refrán antiguo, popular, que se decía a los niños en los pueblos de la Galicia interior: Una pena. Dos casamiento. Tres una boda. Cuatro parto. Cinco dolor. Seis nacencia. Siete un secreto que nadie sabe.
Su abuela se lo había enseñado cuando ella tenía cinco o seis años, en la cocina de la casa de Aspai, en Lugo, donde Aurea pasaba los veranos. Aprende a contarlas, le había dicho la vieja. Aprende a contarlas, porque las urracas dicen cosas, aunque tú no las oigas.
Aurea las contó. Las dos del patio. Eran dos.
Casamiento.
Sonrió, sin alegría. Hacía tantos años que no pensaba en aquel refrán que la coincidencia le pareció una pequeña broma del azar. Casamiento. La urraca dos. La que predice una boda.
Pero la sonrisa se le fue cuando la cabeza, sin ella pedirlo, le devolvió un recuerdo más antiguo.
Severo y ella, hace cuarenta y tres años.
El seminario de Mondoñedo, en una primavera que ya nadie en el seminario recordaba, cuando los dos tenían veintiún años y todo el oficio por delante.
Una tarde de mayo, en el patio del claustro, Severo le había recitado, riéndose, ese mismo refrán.
Le había dicho: Aurea, en este claustro hay siete urracas.
Las he contado yo. ¿Sabes lo que dice el refrán?
Y se lo había dicho. Y los dos se habían reído, jóvenes, cómplices, felices.
Siete.
Un secreto que nadie sabe.
Aurea cerró los ojos.
Y entonces, sin querer, le vino una frase a la cabeza. Una frase de la última carta de Severo, la que había llegado esa misma mañana. Severo había escrito al margen, en letra pequeña, casi como un susurro impreso: He empezado a escribir lo que llevo cuarenta años pensando.
Aurea abrió los ojos.
Volvió al sillón. Cogió la última carta. La leyó otra vez, sin prisa.
Cuando terminó de leerla, la dejó en la mesa, junto a las otras dos, y se quedó muy quieta durante mucho rato. Tenía las manos apoyadas en los muslos, la espalda muy recta, las piernas juntas. Era la postura de quien ha tomado una decisión difícil pero no quiere ponerla aún en palabras.
Miró el reloj de pared. Las siete y veinte.
Cogió el teléfono fijo, que tenía sobre una mesita junto al sillón, y marcó un número de memoria.
—Diga.
Era Fabián Lamela. Aurea reconoció la voz aunque hacía dos meses que no se hablaban.
—Fabián. Soy Aurea.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Aurea. ¿Qué pasa?
Aurea cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos, miró las dos urracas de la cornisa de enfrente, que apenas se veían ya con la luz baja del patio.
—Necesito que llames a Sevilla. Yo no puedo hacer esa llamada, Fabián. Si la hago yo, aquí lo sabe todo el mundo antes de que cuelgue.
—¿A Salvatierra?
—A Salvatierra. Y a Adrián Vega.
Otro silencio.
—¿Adrián?
—Sí. Adrián. Y Clara, si puede ser. Los dos.
Fabián no respondió enseguida. Aurea oyó, al otro lado del teléfono, el ruido característico que hacía Fabián cuando se estaba ajustando las gafas. Era un ruido pequeño, de pasta vieja contra mejilla, que ella conocía desde hacía cuarenta y tres años.
—Aurea —dijo Fabián, despacio—. ¿Qué ha pasado?
Aurea miró las cartas alineadas en la mesa, en el círculo de luz de la lamparita.
—Aún no estoy segura. Pero algo se está moviendo en el archivo. Y no me gustaría tener que pararlo yo sola.
—¿Es grave?
—Es Severo.
Hubo un silencio largo en el otro extremo. Aurea oyó, en el fondo de la línea, el ritmo lento de la respiración de Fabián.
—Ay, Aurea.
—Sí.
—¿Estás segura?
—No del todo. Pero llevo tres semanas notando cosas. Y esta tarde he encontrado tres cartas suyas en la sección IX-C que no deberían estar allí. Las he leído. Y las cartas, juntas, no dicen lo que cada una dice por separado.
Fabián tardó en hablar.
—Enséñamelas.
—Mañana. En la taberna, a la hora de siempre.
—¿Dónde quieres que se queden Adrián y Clara, si vienen?
—En el Hostal. Yo me ocupo. Vendrán como invitados oficiales del archivo. Para una consulta sobre el cuaderno de Mateo. Eso lo justifica todo.
—¿Y Severo lo sabrá?
—Lo sabrá en cuanto lleguen. Aquí no se mueve un pájaro sin que lo sepa todo el mundo. Pero no le vamos a decir el motivo verdadero. Que piense que es lo del cuaderno de Mateo, que también es cierto. El Maestro Mateo es la coartada. La verdadera consulta es otra.
—De acuerdo. Hablo con Adrián mañana por la mañana. Le explico hasta donde se puede explicar por teléfono. Y le pido que esté en Compostela en cuanto pueda.
—Gracias, Fabián.
—Aurea.
—Dime.
—Antes de colgar.
—Sí.
—¿Estás bien?
Aurea miró las dos urracas otra vez. Apenas se distinguían ya. Solo dos sombras pequeñas contra la piedra.
—Estoy bien, Fabián.
—¿Segura?
—Segura.
—Cuídate.
—Tú también. Buenas noches.
—Buenas noches, miña .
Colgó.
Se quedó sentada en el sillón un rato largo, sin moverse.
La lamparita amarilla sobre la mesa baja, las tres cartas alineadas, la chimenea apagada.
La casa, en silencio. Compostela, fuera, en silencio también, con la lluvia cayendo despacio sobre las losas mojadas y las dos urracas de la cornisa de enfrente, talladas hacía siglos por un cantero anónimo, custodiando la oscuridad del patio interior como llevaban haciendo, sin que nadie se lo pidiera, desde mucho antes de que Aurea Vilaboa naciera.
Aurea cerró los ojos.
—Casamiento —murmuró, sin querer, en voz muy baja, como una broma vieja dicha solo para ella.
Y entonces, sin esperarlo, sin tener motivo, lloró durante un rato corto.
Cuando paró, se levantó, fue a la cocina, se preparó una sopa de fideos, y se la comió de pie junto a la encimera, con una rebanada de pan. Después se acostó.
A las cinco menos cuarto de la madrugada, las campanas de la iglesia parroquial de San Bieito do Campo dieron las cuatro y media con su ritmo particular.
Aurea las oyó entre sueños, sin despertarse del todo.
Cuatro toques rápidos. Una pausa. Un quinto toque sostenido.
Cuatro y uno. El ritmo de las campanas de Compostela.
El que llevaban siglos marcando cada media hora del invierno gallego.
Aurea se dio la vuelta en la cama y siguió durmiendo, pero menos profundo que antes.
A esa misma hora, novecientos kilómetros al sur, en una casa de Sevilla con un patio interior poblado de geranios y de naranjos en macetas, sonó un teléfono. Adrián Vega lo cogió a la segunda llamada.
Era Salvatierra.
Le pidió, con voz pausada, que viajara a Compostela cuanto antes. No le explicó el motivo. Le dijo que Aurea Vilaboa lo necesitaba, y que eso, en boca de Salvatierra, era todo lo que Adrián tenía que oír.
Adrián miró el reloj. Las cinco y dos minutos. La habitación estaba a oscuras y la cama, al otro lado, seguía hecha desde julio.
—¿Cuándo? —preguntó.
—Cuando puedas. No corre tanta prisa como para hoy. Pero corre.
—¿Voy solo?
Salvatierra tardó un momento en contestar. Adrián, al otro extremo, oyó el ruido pequeño de una taza contra un plato, y supo que el viejo canónigo llevaba despierto más rato del que iba a reconocer.
—No. Va Clara también.
Adrián no dijo nada.
—Aurea ha pedido a los dos —añadió Salvatierra, sin subrayarlo—. No a uno. A los dos.
—¿Y quién se lo dice a ella?
—Fabián. Ya la está llamando.
Adrián se quedó con el teléfono en la mano un rato después de que Salvatierra colgara.
Después encendió la luz de la mesilla. Se sentó en el borde de la cama, descalzo, sobre el suelo frío de una casa que llevaba cinco meses siendo demasiado grande.
Al otro lado del patio, entre los geranios y los naranjos en macetas, no había todavía luz de noviembre. Faltaban dos horas.
Y a esa misma hora, mil kilómetros al nordeste, en un piso pequeño del barrio de Gràcia con dos balcones a una calle estrecha, sonaba otro teléfono.
Clara Bru escuchó a un canónigo de ochenta y tres años al que no había oído nunca en su vida. El hombre le dijo, con mucha calma, que Compostela la necesitaba. Clara colgó.
Se quedó sentada en la oscuridad de su cocina. Miró el suelo. Miró el sitio donde durante siete años había estado el cesto de un galgo.
Ninguno de los dos llamó al otro esa noche.
Y las urracas de la cornisa, en su lugar, custodiaron la oscuridad del patio de Aurea Vilaboa como llevaban haciéndolo, sin que nadie se lo pidiera, desde mucho antes de que Aurea naciera.