Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3) Prólogo · Las urracas de noviembre
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Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3)

Las urracas del Pórtico (El Camino Negro 3)

Por Juan Hernandez Rodriguez

© inepub.com

Prólogo · Las urracas de noviembre

Aurea Vilaboa apagó la lámpara verde del despacho a las seis y treinta y tres minutos de la tarde, justo en el instante en que las campanas de la torre del reloj empezaron a dar la hora.

Esperó a que el último toque se apagara antes de moverse.

Era un hábito antiguo, no aprendido sino heredado: en el archivo del Cabildo de Compostela había cosas que no se hacían mientras las campanas estaban en el aire.

Apagar luces era una de ellas. Su madre lo hacía.

Su abuela también. Aurea no recordaba haberlo decidido ella en ningún momento de su vida.

Simplemente, a lo largo de sesenta y cuatro años, había seguido haciéndolo.

Cuando las cinco campanadas de la media se hicieron silencio, Aurea se levantó.

La sala estaba a media luz, con esa penumbra particular de las tardes de noviembre en Compostela, cuando la ciudad se hunde en una niebla baja a las cuatro y media y ya no termina de salir.

La lluvia, fina, llevaba cayendo todo el día.

Por el ventanal del despacho —una ventana doble, alta, con cristales viejos que distorsionaban un poco lo que se veía a través de ellos— se veían las farolas amarillas del claustro y, al fondo, el ángulo norte de la cubierta de la Catedral, ennegrecido por los siglos.

Aurea recogió las gafas y las dejó dentro de un estuche pequeño de fieltro azul.

Cerró el cuaderno donde había estado tomando notas durante toda la tarde.

Lo guardó en el primer cajón de la mesa.

Y, antes de salir, se acercó al armario alto que tenía detrás del escritorio, abrió la portezuela inferior con una llave pequeña que llevaba siempre en el bolsillo del jersey, y comprobó que las tres carpetas de cartón gris que había estado consultando esa misma mañana seguían en su sitio.

No es que dudara. Pero hay cosas que se comprueban dos veces, especialmente cuando la cabeza ha decidido, en un punto cualquiera del día, que algo no está bien.

Las carpetas estaban en su sitio.

Aurea cerró la portezuela. Echó la llave dos vueltas. Se la guardó otra vez en el bolsillo del jersey. Y entonces, sin saber bien por qué, se quedó un momento de pie junto al armario, con la mano apoyada sobre la madera oscura, mirando hacia ningún sitio.

Llevaba tres semanas sabiendo que algo iba mal en el archivo.

No tenía pruebas. No tenía indicios concretos.

Tenía una sensación. Algo se había movido en el orden de los fondos.

Alguien, en algún momento de las últimas semanas, había estado mirando lo que no le tocaba mirar.

Aurea Vilaboa, que llevaba cuarenta y un años siendo archivera del Cabildo de Compostela, conocía el orden interno del archivo como una madre conoce el orden de su cocina: con un saber que no necesita palabras y que se altera al primer cambio mínimo, aunque el cambio sea invisible para cualquiera que no viva dentro.

Aún no había decidido qué hacer. Llevaba tres semanas pensando si llamar a Fabián.

Llevaba tres semanas posponiendo la llamada.

Cada noche, al volver a casa, se decía: mañana lo pienso mejor.

Y al día siguiente, al sentarse otra vez al escritorio, encendía la lámpara verde, abría el primer expediente de la mañana, y volvía a posponer la decisión.

No porque no fuera capaz. Aurea era capaz.

Sino porque cualquier decisión, en este caso, iba a alterar algo más profundo que el archivo.

Iba a alterar a alguien. Y ese alguien, posiblemente, era una de las personas a las que ella más quería en el mundo.

Salió del despacho. Cerró la puerta con la llave grande.

Bajó por la escalera de piedra hasta el patio interior.

La puerta de servicio del archivo daba a un patio cuadrado de granito, con una fuente seca en el centro, donde algún canónigo de finales del setecientos había mandado tallar un escudo eclesiástico que el liquen se había encargado de ir borrando despacio, durante doscientos cincuenta años.

El patio estaba vacío. Una luz pequeña, de techo, lo iluminaba con un amarillo gastado.

Cruzó el patio. Salió a la callejuela trasera del Cabildo.

Sacó el paraguas pequeño del bolso, lo abrió.

Y echó a andar hacia su casa por la Algalia de Arriba, que era el camino largo, no el corto, pero que en aquellos primeros días grises del invierno compostelano le sentaba bien. Necesitaba caminar.

Compostela, al anochecer de un día de lluvia, era una ciudad que se cerraba sobre sí misma.

Los soportales recogían el agua y la dejaban caer en línea sobre las losas, por las gárgolas de hierro, formando hilos brillantes que reflejaban la luz amarilla de las farolas.

Algunos turistas con chubasquero pasaban en grupos pequeños, cabezas hundidas, mirando los pies.

Una pareja de peregrinos con mochilas grandes hablaba en alemán bajo el soportal del Pazo de Bendaña.

Un perro castaño, pequeño, atravesó la calle a su lado sin dueño visible.

Aurea pensó, sin querer, en Moro. Clara le había contado lo del galgo, en una cena que habían tenido las dos hacía un año en Compostela, durante una de las visitas que Clara había hecho desde Barcelona.

Aurea no había conocido al perro, pero había conocido la pena de Clara.

Las dos lo habían hablado bastante rato, con Adrián a un lado, en silencio, escuchando.

Llegó a la Algalia de Arriba. Subió por la rúa estrecha, con los soportales bajos a un lado, hasta el número veintitrés.

Sacó la llave del portal, abrió, subió las escaleras.

Era un edificio antiguo, de tres alturas, con suelo de piedra en el rellano y olor a madera vieja y a cera.

En el segundo piso vivía sola desde hacía treinta años, desde la muerte de su madre.

Había habido un hombre, hacía mucho. Pero llevaba tanto tiempo sin haberlo, y tan tranquila con eso, que ya casi nunca lo recordaba.

Entró. Cerró. Encendió la luz del recibidor.

Dejó el bolso en una silla y el paraguas mojado en una jardinera de hierro junto a la puerta.

Caminó hasta el salón, que daba al patio interior con el limonero, y se quedó de pie junto al ventanal, mirando hacia abajo.

El limonero, en noviembre, ya había soltado las hojas más viejas y empezaba a tener fruta verde, todavía pequeña, que no maduraría hasta enero.

Era un árbol terco. Llevaba allí más de cuarenta años.

Lo había plantado, en uno de los pocos momentos de aire libre que tuvo en su vida, el padre del propietario actual del piso de abajo, un señor mayor que había muerto hacía mucho.

Aurea se sentó en el sillón de orejeras, frente a la chimenea apagada.

Encendió una lamparita pequeña, de mesa, con pantalla de tela amarillenta.

Y entonces, solo entonces, sacó del bolsillo del jersey las tres cartas que había estado leyendo y releyendo durante toda la tarde, alternándolas con el trabajo de archivo, sin terminar de decidir qué iba a hacer con ellas.

Eran tres cartas de Severo Anllóns Vilas.

Las había encontrado esa misma mañana, las tres juntas, en la sección IX-C del archivo, cuando bajó a comprobar una signatura para una consulta externa.

Estaban dentro de una caja que no debían haber salido nunca.

Severo era cuidadoso, siempre. Severo no cometía errores de archivo.

Ya solo el hecho de que las tres cartas estuvieran allí, en una caja de la sección IX-C, era una pequeña catástrofe en el orden interno del oficio.

Aurea las había sacado con cuidado, mirando alrededor para asegurarse de que estaba sola.

Las había subido al despacho. Las había leído allá abajo, de pie, junto a la estantería de la sección IX-C, sin moverse del sitio.

Tenía sesenta y cuatro años y una buena memoria, pero las cartas conviene leerlas en su orden y a la luz adecuada.

Cuando subió otra vez al despacho, llevaba las tres cartas en la mano y se le había quedado una expresión en la cara que no recordaba desde hacía mucho. La miró un momento en el reflejo del cristal de la ventana. Después apartó la vista.

Se sirvió un café. La cafetera vieja del despacho hacía un café cargado, casi negro, que ella bebía sin azúcar desde joven. Lo tomó de pie, mirando hacia la ventana, sin verla.

Lo que estaba en las tres cartas, leído por separado, no quería decir gran cosa.

Severo escribía como Severo, con su prosa cuidada, con sus citas en latín y sus referencias a manuscritos del siglo doce.

Hablaba del Pórtico, del Maestro Mateo, de Aldonza de Lestedo, de pequeños hallazgos que iba haciendo en su trabajo cotidiano.

Cualquier archivero del Cabildo habría leído esas cartas y no habría visto nada raro.

Pero leídas las tres juntas, en el orden en que habían sido escritas, cada una completaba a la anterior. Y lo que decían, leídas así, no era lo que parecía decir cada una por separado.

Aurea volvió a sentarse. Dejó las tres cartas alineadas sobre el escritorio, en el círculo de luz de la lámpara verde. Miró las fechas. Octubre. Principios de noviembre. La última, de esa mañana.

Se quitó las gafas y se apretó el caballete de la nariz con dos dedos, despacio. Era un gesto que hacía cuando algo le pesaba más de lo que podía sostener. Lo había aprendido de su madre, sin darse cuenta, hacía cuarenta años.

Se levantó. Se acercó a la ventana del salón.

El patio del edificio, abajo, estaba vacío y mojado. La farola del fondo, encendida desde antes de las cinco, daba una luz tibia que se reflejaba en el suelo de losas.

Aurea miró hacia la cornisa de enfrente. Y vio las urracas.