Epílogo · El manantial #3
No lo cuentes porque el día que se cuente, se va a discutir. Y ellos llevan mil años sin discutir. Llevan mil años cantando. Y es lo único que hay que hacer.
Conall, presbítero, indigno. Año del Señor ochocientos cuarenta y siete.»
Adrián leyó los cuatro folios tres veces.
Después cerró los ojos un momento.
Cuando levantó la vista, Aurea estaba sentada en el primer banco, de espaldas a él, mirando la virgen de escayola.
—¿Tú has leído esto? —dijo Adrián.
—Once veces he bajado. Nunca he pasado de la primera línea.
—¿Por qué?
Aurea tardó en responder.
—Porque escribo esto para nadie ya me parecía bastante.
Se levantó. Vino hasta el altar. Envolvió el libro en el lino otra vez, con un cuidado que a Adrián le pareció, en aquel momento, la definición exacta de lo que hacía aquella mujer con todas las cosas. Lo puso en la caja de galletas. Cerró la tapa.
—Ahora lo sabemos tres —dijo—. Fabián, tú y yo.
Fabián tiene ochenta y cuatro años. Dentro de nada seréis dos, y luego uno, y luego tendrás que elegir tú a los otros dos y no vas a saber cómo, porque nadie sabe cómo.
Yo tardé cuatro años en elegirte a ti y me equivoqué en el orden: te lo tenía que haber enseñado en enero.
—¿Por qué no me lo enseñaste en enero?
Aurea se agachó detrás del altar. Volvió a colocar la piedra en su sitio, con cuidado.
—Porque en enero todavía estaba enfadada contigo por lo bien que se te da falsificar.
Y no era verdad, y los dos lo supieron, y ninguno de los dos dijo nada.
Salieron. Aurea cerró y dejó la llave debajo de la piedra. El agua seguía cayendo del caño de hierro a la pila y de la pila a la reguera. La botella de plástico ya no estaba.
Adrián se quedó parado un momento junto a la fuente.
Pensó en Severo Anllóns Vilas.
Cuarenta años buscando aquella caja de galletas. Muerto a ciento cuarenta kilómetros de allí sin verla. Y había podido verla, un jueves de diciembre, y había dicho que no.
—Aurea.
—Dime.
—Él lo sabía. Sabía que ibas a traerme a mí.
Aurea lo miró un momento. Después abrió la puerta del coche.
—Sube, Adrián, que se hace tarde.
Y volvieron a Compostela sin hablar, por una carretera que Adrián no habría sabido encontrar dos veces seguidas. Y que no iba a olvidar en la vida.
*
Al día siguiente, a las ocho y veinte de la mañana, Adrián bajó a la cámara acorazada detrás de Aurea Vilaboa.
Ya conocía el orden: la luz fría del pasillo, que Aurea encendía con el codo porque siempre llevaba las manos ocupadas.
Los tres escalones de granito con el borde gastado.
El olor, que no era a papel viejo sino a piedra y a frío.
Aurea llegó hasta la puerta de la cámara.
Dejó la carpeta en la repisa. Y marcó la combinación.
La marcó mirando hacia otro lado.
No al suelo. Ni cerrando los ojos. Ni haciendo aspavientos. Miraba hacia el pasillo, con la cara vuelta a la izquierda, mientras la mano derecha giraba la rueda sola. Con la naturalidad de las cosas que se llevan haciendo cuarenta y un años.
Adrián se lo había visto hacer una docena de veces desde diciembre. Las doce había pensado que era una manía de archivera vieja.
Aquella mañana pensó otra cosa.
Pensó que aquella mujer llevaba cuarenta y un años entrando en la única habitación de Compostela que le importaba sin mirar cómo se abría . Que se había pasado la vida custodiando una cosa que había decidido no ver del todo.
Y que si alguien se lo preguntaba, ella contestaría que por prudencia. Que así la combinación no se le queda en la cabeza al que pase por detrás.
Y tendría razón. Y no sería verdad.
Aurea abrió. Encendió la luz de dentro. Se apartó para dejarle pasar.
—Cuando quieras.
Adrián no se movió.
—Aurea.
—Dime.
Y estuvo a punto.
Estuvo a punto de preguntarle qué le había dicho a Severo aquella noche de diciembre, en el rato que no contó. El rato que él llevaba seis meses sabiendo que existía sin poder nombrarlo. El rato del que un hombre enterrado en Aspai le había escrito, de su puño y letra, que no preguntara.
Tenía la pregunta hecha. Le cabía en cuatro palabras.
Aurea esperó, con la mano todavía en la puerta y la cara vuelta hacia él. Tenía sesenta y cuatro años, el pelo más blanco que en diciembre y una paciencia que no se le acababa nunca.
Y Adrián supo, con una certeza que le duró un segundo entero, que si preguntaba, ella iba a contestar.
Y por eso no preguntó.
—Nada. Que hace frío aquí abajo.
—Hace frío desde el siglo doce —dijo Aurea—. Pasa.
Y Adrián Vega, restaurador sevillano, entró en la cámara acorazada del archivo del Cabildo detrás de una mujer que llevaba cuarenta y un años guardando tres cosas. Una piedra que no habla. Un canto que no se escribe. Y cuarenta segundos que no le había contado a nadie.
Y detrás de ellos, arriba, muy arriba, en una cornisa de granito de un patio interior de la Algalia de Arriba al que no daba ninguna ventana del archivo, dos pájaros pequeños que nadie había mirado en doscientos años seguían mirando la lluvia.
Eran dos.
Casamiento.
*
FIN DE LA TRILOGÍA DEL CAMINO NEGRO