53. La franja del piso
La franja del piso
La plataforma del remolque era madera contrachapada sobre travesaños de acero y tenía treinta años de trabajo encima.
Aceite en dos manchas largas donde se había sentado una máquina.
Corteza y gravilla pisadas dentro de la veta.
Un rectángulo de madera más pálida cerca del frente, donde algo había estado parado durante años y se lo habían llevado.
Cabezas de tornillo y cabezas de clavo, y las cabezas de clavo tenían un halo de óxido alrededor y la madera se había puesto blanda y gris y fibrosa donde la había alcanzado el clima.
Dieciséis pulgadas de esa plataforma no eran como el resto.
La franja iba de lado a lado del remolque, a unos cuatro pies de la compuerta. Dos tablas, a tope, y la veta era cerrada y pareja y la superficie seguía casi plana, y el color era tres tonos más claro que todo lo que la rodeaba incluso después de veintidós meses.
—Fijaciones —dijo Navarro.
Izzy se agachó al borde de la lona.
Cada tabla original de esa plataforma estaba clavada: clavo anillado, clavado a ras, cuarenta y uno solo en la tabla vecina a la franja. Las dos tablas nuevas estaban sujetas con tornillos. Avellanados, de estrella, en un patrón regular, once por lado.
—Alguien que tiene un taladro —dijo Navarro—. Alguien que no pensaba pasarse una tarde con un botador.
No la tocó durante cincuenta minutos.
Fotografió la plataforma entera desde cuatro posiciones.
Fotografió la franja en su lugar con una escala, después en ángulo con luz rasante para que la junta proyectara sombra, después cada fijación, después las dos juntas donde la madera nueva se encontraba con la vieja, y después la superficie de las tablas viejas a los dos lados hasta doce pulgadas hacia afuera.
Después tomó muestras de control.
—Di qué estás haciendo —dijo Izzy—, porque lo voy a tener que explicar.
—Estoy hisopando cuatro zonas de esta plataforma que no muestran absolutamente nada: aquí, aquí, la esquina del fondo y la parte de abajo de la compuerta.
—Navarro trabajaba mientras hablaba—. Es para que cuando alguien me pregunte en un tribunal si este remolque está sucio en general, yo no tenga que decir que no lo comprobé.
Y es para que, si me da reacción una zona limpia, sepa que mi prueba me está mintiendo antes de entusiasmarme con nada.
Levantó la franja a las once cuarenta.
Sacó los tornillos con un destornillador de mano, uno por uno, embolsando cada uno, y después levantó la primera tabla en vertical sin deslizarla, y después la segunda.
Debajo había un travesaño —cuatro pulgadas de acero, con el ala superior pintada una vez hace unos veinte años— y los cantos de las dos tablas originales contra las que había quedado a tope la madera nueva.
Navarro se puso con la cara a unas ocho pulgadas de la plataforma y metió la luz a lo largo del ala.
Navarro se quedó pegada al ala hasta que vio lo suficiente como para llamar a Izzy.
—Detective.
Izzy rodeó.
A lo largo del canto de la tabla original, en la cara vertical donde se encontraba con la madera nueva, y bajando hasta la parte de arriba del ala de acero, la madera estaba manchada de oscuro.
Se extendía unas nueve pulgadas a lo largo de la junta y había subido por capilaridad dentro de la veta de testa de la tabla vieja de una manera que no tenía nada que ver con el aceite.
—Eso está protegido —dijo Navarro—. Eso está en una junta debajo de una tabla, encima de un travesaño, y está en la veta del canto vertical. Uno podría lavar la superficie de esta plataforma con manguera todas las semanas durante dos años y no tocar eso nunca.
—¿La puedes probar aquí?
—Puedo hacer una presuntiva aquí, y la voy a hacer, y después me voy a pasar diez minutos diciéndote lo que no significa.
Cortó una muestra pequeña de la testa manchada con un bisturí y la pasó a un hisopo, y después tomó un segundo hisopo seis pulgadas más allá, en la misma junta, donde la madera estaba limpia.
El equipo presuntivo eran tres frascos y una tarjeta.
Analizó primero el hisopo limpio.
Nada.
Analizó la muestra.
La tarjeta se puso rosada en menos de dos segundos.
La tarjeta se puso rosada en menos de dos segundos, y todas las personas que rodeaban la plataforma lo vieron.
—Bien —dijo Navarro, y tapó los frascos, y puso las dos manos en el borde de la plataforma—. Esto es lo que tengo, en el orden en que me está permitido tenerlo.
—Uno. Eso es una prueba presuntiva. Reacciona a la actividad de peroxidasa. No es una prueba de sangre y nunca ha sido una prueba de sangre.
—Pero…
—Dos. Esto es un remolque de jardinería.
—Lo dijo sin darle importancia—. Ha cargado rábano picante, ha cargado papas, ha cargado cuarenta clases de material de raíz y cada una de ellas está llena de peroxidasas vegetales y cualquiera de ellas pone esa tarjeta rosada.
El óxido también. Algunos productos de limpieza también.
En este remolque, en este patio, esa no es una objeción teórica y yo misma la plantearía si estuviera del otro lado.
—¿Entonces cuánto vale?
—Por sí sola vale exactamente una cosa: me dice dónde cortar. —Navarro señaló la junta con la cabeza—. Me dice que esa sección de testa va al laboratorio y no la de al lado.
—Tres. En el laboratorio, una prueba confirmatoria nos dice si es sangre y si es humana. Esa es otra prueba y tarda lo que tarda.
—Cuatro. Si es sangre humana, entonces alguien intenta un perfil de ADN a partir de material que ha estado en una junta sobre un travesaño de acero durante veintidós meses, y puede que lo consiga y puede que no.
—Cinco. Si hay perfil, se compara con las cinco mujeres. Ese es el último paso y no es esta semana.
Se quitó los guantes y los metió en la bolsa.
—Vas a querer decir la palabra sangre en los próximos diez minutos —dijo—. A tu sargento, a Márquez, al hombre de ese cajón. No lo hagas. Di presuntiva positiva sobre material protegido y deja que la gente se decepcione contigo.
Izzy se bajó del remolque y llamó a Márquez igual.
—Presuntiva positiva sobre material protegido —dijo.
—Entonces tiene una presuntiva positiva sobre material protegido —dijo Márquez—. No sangre, no Tasha, y no una detención. Siga trabajando la orden que tiene. Llámeme cuando el laboratorio cambie uno de esos sustantivos.
—¿Cuánto para la confirmación?
—Días para la confirmación, semanas para un perfil. No le voy a dar un número que no pueda defender.
—¿Y si el resultado indica origen vegetal?
—Entonces el resultado indicará origen vegetal, y voy a venir a decírtelo yo misma, y te habrás pasado una semana en una junta de un remolque.
—Navarro levantó los tornillos embolsados—.
Eso pasa. Me ha pasado dos veces y las dos veces el detective se lo tomó mal y las dos veces hice bien en realizarla.
—¿Apostarías?
—Yo no apuesto, y tú tampoco deberías, y te voy a decir lo único que me está haciendo cortar una sección de nueve pulgadas del remolque de un hombre en vez de hisoparla e irme a mi casa.
—Miró hacia la junta—. La peroxidasa de material vegetal se queda en la superficie.
Se pisa y entra, le llueve encima, va adonde va el agua.
Esto subió por capilaridad dentro de la testa en contra de la gravedad y está en un solo tramo de nueve pulgadas, en una sola junta, debajo de dos tablas que alguien pagó ciento ochenta dólares por reemplazar.
Volvió a bajar a la plataforma con la luz.
Trabajó la misma junta desde el otro extremo, pulgada por pulgada, con el haz casi plano contra la madera. A unas cuatro pulgadas del corte se detuvo y encuadró algo sobre la plataforma con dos dedos.
—Cámara.
Estaba tirado en la ranura entre el canto de la tabla y el acero, de costado, sin que nada lo sujetara.
Unos cinco milímetros de largo. Curvo. De un material pálido, ligeramente opalescente, con una rotura escuadrada en un extremo y un borde maquinado en el otro, y a lo largo de la superficie exterior, bajo la luz, tres capas finas de color.