Las Tumbas Bajo La Carretera (Expedientes de Homicidios de Miami-Dade 1) 10. No es un basurero
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10. No es un basurero

No es un basurero

Grant tenía cuatro hipótesis en la pizarra para cuando la sala se llenó, numeradas, porque Grant numeraba las cosas.

—Uno —dijo—. Alguien lleva años trabajando ese corredor. Levanta mujeres en la carretera, las mata y las mete en la orilla porque allá afuera está oscuro y nadie se detiene.

—Está muerta —dijo Izzy.

—Ya sé. Se queda en la pizarra para que nadie la proponga la semana que viene.

—Mátala para el registro —dijo Betancourt.

—Porque un hombre que mata a una mujer en ese camino la entierra en ese camino, y el material que hay dentro de esos dobleces no es de ese camino, ni de ningún lugar a una milla a la redonda.

—Grant le pasó una raya encima—. Al menos algunas de ellas se descompusieron en otra parte.

A las cinco las trajeron. Sea lo que sea esto, la orilla es el segundo lugar donde las pusieron.

—Dos. —Le dio un golpecito—. La construcción. Pasó algo en una obra, estas mujeres lo vieron o lo supieron, y la reparación de la orilla fue la forma de deshacerse de ellas.

Dell estaba en la tercera silla con la libreta cerrada sobre la rodilla.

—Esa también está muerta.

—Las enterraron en años distintos —dijo Dell.

—Porque no entraron todas a la tierra el mismo año.

—Dell inclinó la cabeza hacia la pizarra—.

Una de ellas estuvo bajo tierra el tiempo suficiente para que le crecieran raíces a través de la envoltura.

Otra está en mejor estado que eso. Uno no tiene cinco mujeres asesinadas por un secreto de obra repartidas a lo largo de ese intervalo, a menos que el proyecto haya durado todo eso, y la obra de la orilla duró dos días.

—Dos días —dijo Grant, y trazó la segunda raya.

—Tres. —Grant dejó el marcador sobre esa—. Trabajo. Una operación agrícola, un vivero, una planta empacadora: robo de salarios, una cuadrilla, mujeres que reclaman y desaparecen, y un lugar con maquinaria y terreno abierto.

Nadie le pasó una raya encima.

—Déjala —dijo Izzy.

—Cuatro. —Grant la escribió completa porque era la más larga—. Un solo hombre. Consigue acceso a mujeres que ya están en problemas, lo sigue consiguiendo a lo largo de años, y no es organizado y no se trata de un trabajo ni de un secreto. Simplemente sigue haciéndolo.

—Eso no es una hipótesis —dijo Rojas—. Son las otras hipótesis con el motivo quitado.

—Entonces dame el motivo.

—No puedo. Ese es justamente mi punto. —Rojas tenía un cuaderno amarillo sin una sola línea escrita—. Cada una de estas tiene un motivo adherido y yo no tengo ninguno, porque no sé una sola cosa de ninguna de ellas, salvo que una tenía treinta y dos años y estaba ahorrando para un salón.

—Hay una quinta y nadie la ha puesto —dijo Dell.

Grant se dio vuelta con el marcador.

—El que las desenterró no tiene por qué ser el que las metió.

—Dell abrió la libreta y volvió a cerrarla—.

Todo lo que tenemos de ese camino habla del traslado.

Envoltura nueva, un camión, un portón, un camino que estuvo abierto un invierno.

Nada de eso habla del asesinato. El hombre que hizo aquello podría llevar dos años muerto y otro podría haberse enterado de lo que había en esa tierra y haber decidido que no podía quedarse ahí.

—¿Tú te lo crees? —dijo Betancourt.

—No.

—¿Entonces por qué está en mi pizarra?

—Porque todavía no la podemos excluir, y prefiero escribirla aquí que enterarme en ocho meses de que la descarté en mi cabeza.

Grant la escribió como la cinco.

Betancourt había estado de pie al fondo con los brazos cruzados y se despegó de la pared.

—Muy bien. Aquí es donde están de verdad.

—Levantó la mano y fue bajando dedos—. El laboratorio tiene su suelo y su fibra y su envoltura, y hay otras once agencias en esa cola.

Sus horas extra de esta semana están gastadas, todas, y el fin de semana ya lo compré y lo compré corto.

El condado quiere un comunicado el jueves.

Y tengo delante a dos detectives que quieren pasarse la próxima semana escribiendo la biografía de cinco mujeres muertas antes de que ninguno de los dos desarrolle un solo sospechoso.

—Sí —dijo Izzy.

—Eso es lo que me están pidiendo.

—Eso es lo que le estoy pidiendo.

—Dame la versión que puedo llevar arriba.

Izzy fue hasta la pizarra y se paró bajo los cinco números de evidencia con el espacio en blanco al lado.

—Tenemos cinco mujeres asesinadas con años de diferencia, en distintas partes de este condado, y puestas en un solo lugar.

No se conocían entre sí. Nada de ellas va a coincidir: ni los barrios, ni los trabajos, ni los amigos, ni la forma en que fueron denunciadas, ni qué agencia tomó la denuncia.

—Puso un dedo debajo de la columna—. Así que no hay un patrón que encontrar en los crímenes. Lo hay en el acceso.

—¿Qué quiere decir eso?

—Quiere decir que alguien llegó a las cinco.

Es lo único que tienen en común y es lo único que va a estar en el papeleo.

Lo que haya hecho que estas mujeres fueran alcanzables es algo que pasó en sus vidas, y va a estar en un registro laboral, o en una factura, o en un mensaje de texto, o en algo que una hermana recuerde.

—Se dio vuelta—. Si salimos a cazar a un hombre ahora, estamos adivinando.

Si construimos bien cinco vidas, el hombre ya está adentro, cinco veces, y no vamos a tener que adivinar nada.

Va a ser el único nombre que esté en las cinco.

Betancourt se tomó su tiempo.

—Cuatro días. Rojas lo lidera. Grant suministra registros, Prather suministra personas. Quiero una cronología por cada mujer: dónde vivió y trabajó, quién le pagaba y la llamaba, quién la denunció y cuánto tardó.

—Eso es el sábado.

—El sábado. Tráiganme un nombre o muéstrenme por qué no lo hay. —Betancourt se volvió hacia Rojas—. Querías el trabajo. Es tuyo.

—Sargento.

Sonó el teléfono de Grant y lo atendió de pie, y dijo sí dos veces, y lo puso en altavoz sobre la mesa.

La examinadora de indicios empezó por la evidencia y no por su nombre.

—Esta es una observación preliminar sobre el material de dentro de los dobleces del envoltorio, de los cinco, y quiero tratarla con cuidado.

Es un sustrato hortícola de cultivo y es una mezcla.

Tengo corteza de pino molida. Tengo fibra de coco.

Tengo gránulos de fertilizante de liberación controlada, que son las esferitas, y algunos están agotados y partidos.

Tiene marga agrícola mezclada y tiene restos vegetales que no vienen de nada que crezca silvestre en este condado.

—¿De dónde es? —dijo Grant.

—De un entorno comercial de cultivo. Un vivero, un invernadero o un patio de suministro para jardinería: algún lugar que mezcla y mueve su propio sustrato en cantidad.

—¿Cuál?

—A esa pregunta no hay respuesta y de mí no va a salir ninguna.

—Una pausa en la línea—. Les puedo decir qué clase de lugar es.

Nunca les voy a poder decir cuál. Si encuentran una propiedad y me traen muestras, las comparo y les digo si son compatibles.

Hasta que alguien me entregue una ubicación, esto es una categoría.

Se cortó la llamada.

Nadie se movió por un segundo. Grant fue a la pizarra y puso una marca junto a la hipótesis tres, y dejó la raya sin trazar.

—Así que es un vivero —dijo—. O cuatrocientos de ellos.

Betancourt tomó su chaqueta.

—Marchena. Supongamos que esto sigue siendo una categoría, que las cronologías no producen ningún nombre compartido y que llega el sábado después de que yo gaste el fin de semana y no le diga nada al condado.

—Entonces vamos a conocer bien a cinco mujeres —dijo Izzy—. Que es más de lo que nadie logró la primera vez.

Betancourt se quedó ahí con la chaqueta en el brazo.

Después dijo a las seis y salió, dejando el asunto ahí. Los cinco espacios en blanco se quedaron en la pizarra.