6. El número de la placa
El número de la placa
La pizarra tenía un camino dibujado y ningún nombre.
Grant tenía una laptop y un teléfono. Dell tenía su libreta. Betancourt estaba de pie al fondo, con los brazos cruzados, que era donde se ponía cuando pensaba dejar que una reunión siguiera su curso.
—Preliminar, subrayado dos veces —dijo Quintero—. El primer individuo está en mi mesa, junto con todo lo que se cribó del arrastre. Los elementos duplicados ponen el mínimo en cinco.
Grant dejó de teclear.
—No cuatro.
—Cuatro era la cuenta de esta tarde. A las seis llegó un quinto fémur proximal izquierdo que no pertenece a ninguno de los otros. Mínimo, cinco.
—¿Sexo? —preguntó Izzy.
—Preliminar, y quiero la palabra preliminar en sus notas.
Tengo elementos pélvicos de tres y todos son compatibles con sexo femenino.
Los otros dos los estoy infiriendo por tamaño y robustez, y todavía no los respaldaría.
—Una pausa en la línea—. Todo lo que tengo es adulto.
Nada del material corresponde a un subadulto.
—¿Qué tan firme es el cinco?
—Cinco es el piso hasta que el camino quede vacío.
Izzy escribió un 5 en la pizarra.
El cinco se quedó en la pizarra, entre todos ellos.
—Doctora, lo del implante —dijo Betancourt.
—El individuo que recuperamos hoy tiene una placa de fijación con tornillos en el tobillo derecho.
Es una fractura consolidada y la placa se quedó adentro, como pasa en algunos casos.
La placa tiene la marca del fabricante, una medida y un número de lote, y ninguna de esas cosas les va a dar un nombre.
—¿Y qué nos lo va a dar?
—Las radiografías de alguien. Una placa es tan individual como el hueso donde la pusieron y la forma en que la pusieron: el patrón de los tornillos, el asentamiento, el callo óseo alrededor.
Consíganme una radiografía de tobillo de una mujer desaparecida y yo la comparo, y tendrán una identificación que pueden llevar a cualquier parte.
—La voz de Quintero se alejó del micrófono y volvió—.
Consíganme la radiografía equivocada y también se lo voy a decir.
—Grant.
—Primero el fabricante; después hospitales y consultorios de ortopedia, con orden judicial. Voy a cruzar datos de todas las mujeres adultas desaparecidas en este condado y en los cuatro de alrededor. —Grant ya estaba escribiendo—. ¿Hasta cuántos años atrás?
—¿Hasta cuántos años atrás, doctora? —preguntó Izzy.
—Pregúnteme en una semana.
—Diez años —dijo Izzy—. Empieza con diez y no te detengas ahí.
Se cortó la llamada. Grant giró la laptop.
Tenía el sitio de recuperación trazado en un mapa del condado, con el cierre, los puntos de acceso y los tiempos de traslado, y toda la mitad sur de la hoja era manglar y campos de cultivo y caminos de dos carriles, y por arriba, de este a oeste, atravesándolo todo, estaba la US-41.
—Todo lo de allá desemboca en una de dos direcciones —dijo Grant—. Abajo, hasta donde termina el camino, o arriba, hasta la carretera.
El mapa no les daba ninguna dirección útil.
Se abrió la puerta. Ferrer entró con el registro de la escena en una carpeta manila y se quedó en el umbral, sosteniéndola.
—Sargento. A las ocho le entregan el cierre al distrito y me dijeron que le trajera esto.
—Déjalo en el escritorio. ¿Cuánto llevas allá afuera?
—Desde las siete cuarenta y uno.
—Entonces vete a tu casa.
Ferrer dejó la carpeta. Tenía una quemadura de sol en la frente con la forma de la banda del sombrero, y sal seca y blanca en el pecho de la camisa.
—¿Puedo preguntar qué dicen que es?
—Cinco —dijo Betancourt—. Eso no sale de esta sala.
—Cinco. —Asintió despacio, asimilándolo como un hombre asimila un número que a partir de ahora va a ser suyo—.
Pero eso va a ser una pesadilla de desenredar, ¿no?
Cinco allá, así, envueltos en la orilla…
Lo más seguro es que sean chicas que trabajan en la calle, gente de ese ambiente, muchachas con algún vicio, gente de la que nadie tiene una dirección actual.
Eso es lo difícil. No es encontrarlos, es el quiénes eran.
Llevaba doce horas en un turno que había empezado antes del amanecer, y lo dijo como un hombre dice algo que ha oído decir a otros hombres.
Grant cerró la laptop. Rojas, que había estado toda la noche en la punta de la mesa sin nada asignado, dejó el bolígrafo y miró la mesa. El teléfono de alguien vibró contra la madera; alguien lo levantó y lo silenció.
Seis segundos.
—Vete a casa, Ferrer —dijo Betancourt—. Buen trabajo hoy.
—Sargento.
Salió.
—Sargento —dijo Rojas—. ¿Cuándo empiezo?
—Cuando una de las víctimas tenga nombre.
—Eso podría ser el jueves.
—Entonces el jueves. —Betancourt tomó el registro de la escena—. El condado también quiere un comunicado para el jueves, y me gustaría que tuviera al menos una cosa que sea verdad.
Izzy tenía el marcador levantado frente a la pizarra y se volvió con él en la mano.
—Marchena —dijo Betancourt—. La placa. ¿Nos la guardamos o la hacemos pública?
—Nos la guardamos.
—¿Por qué?
—Un número de placa público nos da cuatrocientas llamadas y nos cuesta dos detectives. El fabricante nos puede dar la misma respuesta en tres días, sin el ruido.
—Tres días es mucho tiempo.
—Entonces le damos a Grant una persona más.
—Bien. —Betancourt tomó la carpeta—. Todos aquí de nuevo a las seis. Grant, las órdenes judiciales para las nueve. Prather, la obra del camino. Marchena, a las ocho estás con el forense.
La sala se vació en menos de dos minutos.
Izzy se quedó.
Escribió en la pizarra, debajo del dibujo del camino, en una columna, los cinco números de evidencia que habían salido de los caballetes y de la mesa de cribado, uno debajo del otro, en el orden en que se habían asignado, y dejó cuatro pulgadas de espacio en blanco a la derecha de cada uno.
Luego le puso la tapa al marcador y se quedó ahí parada.
El estacionamiento estaba vacío en el tercer nivel. Bajó por la rampa, salió al bulevar y avanzó dos cuadras hasta el semáforo de la Veintisiete.
En el semáforo sacó el teléfono del portavasos.
Su pulgar tecleó once dígitos en el viejo formato de número de caso antes de que ella eligiera conscientemente el campo. El departamento había dejado de usarlo en 2014.
El campo lo aceptó. Apareció un botón de búsqueda.
El semáforo se puso en verde. El auto de atrás esperó dos segundos y luego se pegó a la bocina.
Izzy levantó una mano hacia el retrovisor y arrancó.
El teléfono se quedó boca abajo en el asiento del pasajero durante cuatro millas. En el semáforo de Bird Road lo tomó y le dio la vuelta.
En Bird Road, la aplicación seguía abierta. Los once dígitos permanecían en el campo, encima de un botón azul de búsqueda.
Borró el número dígito por dígito y se tomó todo el semáforo para hacerlo. Cuando el campo quedó vacío, lo revisó dos veces.
Luego guardó el teléfono en el bolsillo de la puerta del conductor, abajo, donde tendría que estirarse para alcanzarlo.
Cambió la luz. Manejó hasta su casa.