3. Al menos tres
Al menos tres
A las once, el camino ya tenía un punto de referencia.
Un topógrafo del condado clavó una estaca de acero en el pavimento cuarenta pies al norte del derrumbe y trazó toda la escena a partir de ella, y desde entonces nada en esa orilla existió sin un número asignado.
La gente de Navarro tendió una cuadrícula de hilo por el lado de la cuneta.
Bajo un toldo plegable, sobre el pavimento, se instaló una estación de cribado —dos bastidores y una manguera conectada a un camión cisterna—, y un investigador de escena empezó a lavar el relleno desplazado a través de una malla de un cuarto de pulgada y a extender sobre papel kraft lo que iba saliendo.
La cinta de Ferrer se había corrido hasta la curva. El cierre del carril iba a salir en el noticiero de la noche, le dijera o no alguien una palabra a un reportero, y ya había una unidad móvil de televisión estacionada más allá de la cinta, con el mástil levantado.
Betancourt recorrió el carril cerrado con la chaqueta colgada del brazo y organizó el equipo ahí mismo, de pie.
—Marchena está a cargo. Prather comparte el mando y se encarga de las entrevistas.
Grant se ocupa de registros y logística: contratos viales, expedientes de reparaciones y cruce con personas desaparecidas en cuanto tengamos perfiles biológicos.
—Miró hacia la pendiente—. Rojas se queda en la División.
—Rojas es mi victimóloga —dijo Izzy.
—No tienes víctima. Cuando tengas una víctima, ella empieza, y mientras tanto no le voy a pagar por estar parada al sol en un camino. —Betancourt se subió los lentes de sol a la cabeza—. Ahora dime qué es lo que este equipo no va a poder hacer esta semana.
Por un segundo nadie le respondió.
—No vamos a trabajar en nada más —dijo Izzy—. Lo que entre después de esta noche pasa a otro equipo o se queda esperando. Si el jueves nos llega un caso de violencia doméstica, lo va a trabajar alguien que ya tiene cuatro casos.
—¿Qué más?
—Identificaciones rápidas. Si estos restos llevan un buen tiempo ahí abajo, vamos a depender de registros dentales, radiografías y ADN. El laboratorio tiene lista de espera.
—¿Y?
—Las familias van a ver esto en la televisión antes de que podamos decirles algo útil. —Izzy miró hacia la mesa de cribado—. Sean quienes sean estas personas, alguien denunció su desaparición. Esas llamadas empiezan esta noche.
—Van a llamar al distrito —dijo Betancourt—. El distrito me va a llamar a mí. Yo me encargo.
El teniente Trujillo había bajado del Distrito Sur por el cierre del camino y llevaba un rato de pie al margen de la conversación, con las manos en el cinturón.
—Sargento. ¿Le puedo preguntar algo? Y se lo pregunto aquí para no tener que preguntárselo después. —Señaló a Dell con la cabeza—. Prather tiene, ¿qué?, ¿diecisiete años en Homicidios?
—Dieciocho en diciembre.
—Y Marchena tiene nueve.
—Tres cosas —dijo Betancourt—. No hay escena, no hay identificación y no hay testigo, así que esto es reconstrucción de evidencias y trabajo de cronología, y eso es lo que mejor hace Marchena en todo este edificio.
Prather ha rechazado dirigir un caso dos veces en cuatro años, y las dos veces me explicó por qué. Y a mi equipo lo asigno yo.
Trujillo miró a Dell.
—¿Es así?
—Lo he rechazado dos veces —dijo Dell.
Trujillo esperó.
Dell volvió a ponerse los lentes de sol y le preguntó a Ferrer si el registro de la escena ya iba por la segunda página.
—Entendido —dijo Trujillo.
La reportera que estaba junto a la cinta llevaba diez minutos llamándola a gritos. Betancourt se acercó, porque la alternativa era dejarla gritar otros diez, y se paró lo bastante atrás para que la cámara tomara el camino a sus espaldas.
—Sargento, ¿se trata de un asesino en serie?
—El condado tiene un operativo de recuperación en un camino dañado por la tormenta y un cierre de carril que va a seguir hasta mañana. Tomen la curva despacio, en los dos sentidos.
—¿Cuántas personas hay ahí abajo?
—Cuando tenga algo que pueda respaldar, vuelvo aquí y se lo doy.
Regresó. La cámara siguió enfocando el cierre.
Izzy abrió el maletero del auto del condado, sacó dos botellas de agua y le dio una a Ferrer.
—Súbete a tu patrulla y pon el aire acondicionado diez minutos.
—Estoy bien, detective.
—Llevas parado en esto desde las siete cuarenta y uno. —Extendió la mano—. Dame el registro.
Él le dio el registro. Se subió a la patrulla.
La doctora Quintero llegó a las 11:40 con un maletín del Departamento del Médico Forense y un par de rodilleras, que se puso en lo alto de la pendiente mientras Navarro le hablaba.
—Me llamó antes de tener algo que mirar —dijo Quintero.
—La llamé porque no voy a sacar nada de esa pared hasta que usted me diga cómo —dijo Navarro—. Ahí hay un segundo envoltorio, hay un borde debajo, y el relleno está saturado y socavado.
—El orden correcto. Tan poco común que merece un agradecimiento.
Bajó dando el rodeo largo, por la misma ruta que había usado Navarro, y pasó cincuenta minutos en la pendiente sin abrir ni mover nada.
Examinó el doblez expuesto, el segundo envoltorio y las seis pulgadas de borde que había debajo, y después subió y pasó otros veinte minutos en la mesa de cribado con el material que había salido del derrumbe, moviendo piezas sobre el papel kraft con un dedo enguantado y tomando notas.
Betancourt llegó primero.
—Doctora.
—Quiere un número.
—Quiero el número que usted va a firmar.
Quintero se quitó los guantes.
—Desde donde estoy veo tres envoltorios distintos. Del tercero tengo seis pulgadas, y voy a creer que es un envoltorio cuando lo tenga entero, no antes.
—¿Y personas? —preguntó Izzy—. No envoltorios.
—Esa es otra pregunta, y es la que debería estar haciendo.
—Quintero se volvió hacia el papel kraft—.
Esto es material desplazado. Salió con el derrumbe y el agua lo clasificó, así que no tiene contexto y nunca lo va a tener.
Pero un hueso no deja de ser un hueso. Aquí tengo un fémur proximal derecho, y tengo un segundo fémur proximal derecho dieciocho pulgadas más allá en la mesa, y no son del mismo tamaño ni de la misma edad.
Betancourt dejó la cifra en el aire.
—En la bandeja hay un tercer elemento que no puede pertenecer a ninguno de los dos —dijo Quintero—. Así que, solo con los huesos sueltos, antes de que nadie saque nada de ese camino, ahí hay al menos cuatro personas.
—¿Cuál es el máximo que podría haber? —preguntó Izzy.
—No calculo techos a partir de recuperaciones incompletas.
—Deme la redacción para el informe.
—Al menos tres envoltorios. Al menos cuatro individuos. Las dos cifras son mínimos. Cualquiera que ofrezca un máximo esta noche está adivinando.