Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 15. Hacia el norte
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Capítulo 15. Hacia el norte

Hacia el norte

El martes por la mañana amaneció despejado sobre Santiago.

Adrián se despertó a las siete menos veinte, sin despertador.

Por la ventana de la habitación se veía la fachada del Obradoiro con los focos nocturnos aún encendidos, aunque el cielo ya había empezado a aclarar.

Se quedó unos minutos mirando las dos torres.

Pensó, sin proponérselo, que era la cuarta vez en su vida que se despertaba mirando esa fachada, y que cada una de las cuatro veces había sido distinta.

La primera, en marzo, con el medallón recién recuperado y la inquietud del oficio recién instalada.

La segunda y la tercera, en los viajes de formación con Lamela durante la primavera.

La cuarta, aquella mañana, con un documento firmado en el libro del Cabildo que le convertía, oficialmente y para siempre, en custodio adjunto de la sede compostelana.

Era, pensó, una progresión ordenada.

Se duchó. Se vistió. A las ocho menos cuarto bajó al comedor. Clara ya estaba allí, con un café y una tostada sin tocar, leyendo algo en el móvil.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Qué lees?

—Un mensaje de Laia. De anoche. Dice que Aubet, ayer por la tarde, convocó una reunión urgente del Cabildo de Barcelona.

Le pidió al deán una investigación interna por sospecha de filtraciones documentales.

El deán se la concedió de entrada, pero cuando Laia, en la reunión, mencionó el correo interno del dieciocho de enero en el que su propio nombramiento figuraba pactado antes de la muerte de Bofill, Aubet cambió el tono.

La reunión se suspendió sin conclusiones.

Laia dice que Aubet, al salir, no le dirigió la palabra.

—¿Cómo está Laia?

—Tranquila. Dice que ha llamado a Lamela para informarle. Lamela le ha dicho que ella presente su dimisión esta semana, con los argumentos académicos que habían preparado, y que se retire del Cabildo ordenadamente. Laia va a hacerlo el miércoles.

—¿Y después?

—Archivo de la Corona de Aragón, a partir de octubre. Lamela ya ha hablado con ellos. Le dan plaza.

—Bien. Se cierra limpiamente.

—Se cierra limpiamente.

Clara miró el móvil un segundo más. Lo guardó.

—Adrián.

—Sí.

—Hay otra noticia.

—Dime.

—Mercè ha vuelto a dormir esta noche en su piso de Argenteria. Primera noche desde el trece de febrero. Me lo ha escrito a las siete y cuarto de esta mañana.

Adrián sonrió apenas.

—Eso es bueno.

—Es muy bueno.

—Escríbele.

—Ya le he escrito.

Desayunaron juntos. Las campanas de la Catedral, a las ocho en punto, dieron el cuarto de las ocho con su tañido lento. Adrián, por costumbre reciente, las contó: dos y tres. El pulso occidental. Ya le era familiar.

A las nueve, Lamela bajó al comedor con Xoán. Habían estado ambos en la misa de siete y media. Se sentaron con ellos. Xoán pidió solo un vaso de leche caliente. Lamela, café.

—Los llevo a la estación a las diez y diez —dijo Lamela—. Su tren sale a las once y veintidós. Enlace en Madrid a las tres y veinte. Llegada a Sevilla a las cinco y cuarenta.

—Gracias, don Fabián.

—No hay gracias que dar.

Hubo un silencio.

—Don Fabián. Antes de irnos, quería preguntarle una cosa.

—Diga, Adrián.

—Lo que vimos ayer en la cripta menor. ¿Qué hacemos con ese conocimiento?

Lamela bebió un pequeño sorbo de café. Tardó en contestar.

—Adrián. Ese conocimiento no se hace. Se guarda.

Xoán y yo lo guardaremos aquí hasta que Xoán o yo faltemos, y después lo guardará el custodio siguiente.

Ustedes lo guardarán en Sevilla. Salvatierra, si Ignacio considera oportuno informarle —que lo considerará oportuno, pero en el momento que él decida—, lo guardará también.

Laia, con el tiempo, probablemente lo sabrá.

No somos más. No somos menos. En los próximos cincuenta años quizá seamos, sumados, una docena de personas las que sepamos exactamente qué hay bajo el altar del Apóstol. Eso es todo.

—¿Nunca se publica?

—Nunca se publica.

—¿Por qué?

—Porque publicado pasaría a ser patrimonio administrable.

Y patrimonio administrable es exactamente lo que el IEPS ha estado intentando crear durante diez años.

Lo que los custodios hemos protegido durante mil seiscientos años es, precisamente, el derecho de ciertos saberes a no ser administrables. Publicar es perder. Guardar es cuidar.

—Entiendo.

—Si dentro de siglos la humanidad cambia lo suficiente como para que ciertos saberes ya no necesiten protección, entonces alguien decidirá. Pero ese momento no es el nuestro. Nuestro momento es el de la protección.

—De acuerdo.

Xoán, que había estado escuchando en silencio con su vaso de leche en la mano, intervino.

—Adrián.

—Sí, don Xoán.

—Una cosa más.

—Dígamela.

—Antes de irse, me gustaría que subieran conmigo al campanario. Quince minutos. No les va a retrasar para el tren.

—Por supuesto.

—Clara también.

—Por supuesto.

A las nueve y veinte, los cuatro subían por la escalera del campanario.

Xoán, con una agilidad sorprendente para sus noventa años —debía conocer cada peldaño de memoria—, subía apoyado en su bastón con Lamela a medio paso.

Adrián y Clara iban detrás. La escalera era estrecha, con cincuenta y seis peldaños en total según le murmuró Xoán a Clara a mitad de camino.

Al llegar arriba, la bruma matinal de Santiago se había disipado casi del todo.

El campanario era un espacio cuadrado con cuatro vanos grandes orientados a los cuatro puntos cardinales.

En el centro, la gran campana del Apóstol colgaba de una viga de madera antigua, inmóvil.

Tres campanas menores, a los lados, en soportes más recientes.

El aire, a aquella altura, tenía una limpieza que contrastaba con el aire tibio y cerrado de la cripta menor de la noche anterior.

Xoán se apoyó en la pared oeste, de espaldas al Obradoiro.

—Acérquense —dijo.

Se acercaron.

Xoán, con los dos bastones —el suyo y el de Lamela—, dio dos golpecitos suaves en el suelo de piedra.

—Este campanario lo pisé por primera vez en 1951.

Tenía quince años. Era aprendiz del viejo Ourives, campanero emérito, y me trajo aquí para que aprendiera a escuchar la campana mayor.

Pasé los catorce años siguientes subiendo a este mismo lugar dos veces por semana.

Luego la ceguera fue ganando, pero no perdí el oído.

Desde 1973, soy yo el campanero titular.

Llevo cincuenta y tres años oyendo esta campana.

Desde que perdí la vista del todo, la oigo mejor que antes.

Hizo una pausa.

—Les traigo aquí antes de que se vayan porque, desde este punto, se oyen las campanas de media Galicia cuando el aire está limpio. Hoy está limpio. Escuchen.

Se quedaron los cuatro en silencio.

Durante un minuto, Adrián no oyó nada particular. Solo el aire, muy ligero, circulando por los vanos. Algunas palomas lejanas. Algún coche subiendo por una calle cercana.

Al cabo, empezó a oír.

Primero, una campana muy lejana del suroeste.

Un tañido breve, solo, que marcaba la media hora en algún pueblo lejano.

Luego, otra, del norte, respondiendo con un tañido equivalente.

Luego, una tercera, del este, más cerca.

Y finalmente la propia campana del Apóstol, silenciosa todavía, que Xoán detectaba por la vibración del aire contra la piedra.

—Tres campanas hermanas —dijo Xoán—. Cada una en su pueblo. Suenan casi a la misma hora, pero nunca exactamente. Siempre con dos o tres segundos de desfase. Ese desfase es información.

—¿Qué información?

—El estado del aire. La presencia o ausencia de tormenta lejana. La temperatura del suelo. Los niveles del agua en los aljibes de los pueblos cercanos. Una docena de variables, todas sutiles. Quien oye las campanas de su comarca oye el estado entero de la comarca, sin necesidad de periódicos.

Adrián cerró los ojos un momento.

—Don Xoán.

—Sí.

—Esto es una red.

—Esto es una red.

—No de custodios.

—No de custodios. De iglesias. La red de los campanarios.

Que es una red distinta y paralela a la nuestra, pero que coincide con la nuestra en ciertos puntos.

La nuestra es subterránea, de siete o trece o doce nudos por ciudad, con custodios humanos.

Ésta es aérea, de muchos miles de nudos, con campaneros humanos o, cada vez más a menudo, con sistemas automáticos que no escuchan nada.

Las dos redes, durante siglos, se hablaron. Ahora se hablan poco. Es una pena.

—Don Xoán.

—Sí.

—Si un día falta usted...

—Cuando falte.

—Cuando falte, ¿quién oirá las campanas de Galicia?

Xoán sonrió.

—Adrián, eso es lo que llevo décadas preguntándome yo.

No tengo sucesor. No lo he formado. Durante años pensé que era un problema.

Ahora, a los noventa, creo que es el orden natural de las cosas.

Algunas tradiciones mueren con quien las ejerce.

Quizá no pase nada. Quizá el mundo aprenda a vivir sin oir sus propias campanas.

Quizá sea peor. No lo sé. Pero se trata de aceptar.

—Es triste.

—Lo es. Pero también es digno.

Hubo otro silencio.

Clara, entonces, se adelantó. Se colocó al lado de Xoán. Le apoyó la mano en el brazo.

—Don Xoán.

—Dime, archivera.

—Si usted me enseñara a oír las campanas de Galicia, yo vendría a Santiago dos veces al año, durante los años que fuera necesario, hasta aprender.

Xoán giró la cabeza hacia ella. No sonrió enseguida. Tardó unos segundos, como si necesitara procesar lo que acababa de oír.

—¿Lo dice en serio, Clara?

—Lo digo en serio.

—Usted es archivera, no campanera.

—El oficio no siempre respeta los títulos previos.

Xoán soltó una pequeña risa de hombre viejo. Una risa suave, con algo de sorpresa y algo de cansancio agradecido.

—No me esperaba esa propuesta.

—Me lo imagino.

—Déjeme pensarlo una semana.

—Pensemos los dos.

—De acuerdo.

Xoán apretó el brazo de Clara brevemente. Luego se separó. Bajó el bastón. Dio un pequeño giro hacia Lamela.

—Fabián.

—Sí.