Capítulo 14. La firma #2
Lamela, en el centro, se acercó a la hornacina del muro del fondo.
Sacó del bolsillo las dos pequeñas piezas de piedra —la del Born y la de Santiago— que había traído envueltas en pañuelos.
Las desenvolvió. Las colocó, una al lado de la otra, sobre la base de la hornacina, junto a los restos de cera antiguos.
—Devolvamos las piezas a su sitio —dijo—. La del Born, porque merece estar junto a su gemela. La de Santiago, porque Xoán la encontró en 1973 y la guardó cuarenta y tres años en una caja de zapatos en su habitación. Es hora de que las dos descansen aquí, juntas, donde deben estar.
Clara miró a Lamela.
—Don Fabián, ¿vamos a dejar la pieza del Born aquí?
—Sí, Clara. No nos la llevamos. Las piezas no son botines. Son marcadores. Se quedan donde indican el lugar que indican. La del Born era de Barcelona. Ahora, unidas, pertenecen a Santiago. No hay contradicción. Son del oficio, no de los custodios individuales.
—Bien.
Lamela depositó las dos piezas. Ajustó su posición. Retrocedió un paso.
La hornacina, con las dos piedras gemelas reunidas después de siglos, tenía una presencia que Adrián no sabría haber anticipado: humilde, íntima, definitiva. Como un altar muy pequeño que no necesitaba ser grande porque su gravitación venía de otra parte.
—Xoán.
—Sí, Fabián.
—¿Rezamos?
—Rezamos.
Lamela comenzó, en voz muy baja, una fórmula en latín que Adrián no reconoció del todo.
Era breve, de tres o cuatro líneas, con ritmo cadencioso.
Xoán respondió con una contestación ritual, también en latín.
Repitieron la fórmula entre los dos tres veces.
Clara se mantuvo de pie, en silencio, con las manos unidas. Adrián, también.
Duró unos dos minutos.
Al terminar, Xoán dijo simplemente:
—Que descanse.
—Que descanse.
Lamela recogió la lámpara. Caminaron los cuatro hacia la salida. Clara cerró la puerta con la llave de plata. Lamela la volvió a cerrar con la suya moderna.
Subieron despacio los veintidós peldaños. Adrián ayudó a Xoán en los últimos seis: el anciano estaba cansado, pero mantenía una firmeza discreta que sorprendía para sus noventa años.
En la sala del Cabildo, al volver arriba, se sentaron los cuatro en torno a la mesa de castaño. Lamela sirvió un poco de agua para cada uno. Se quedaron en silencio unos minutos.
Fue Xoán quien habló primero.
—Archivera.
—Sí, don Xoán.
—¿Usted qué ha sentido ahí abajo?
Clara lo pensó.
—He sentido que estaba en un sitio donde se llevaba años esperando que alguien llegase. No a mí en particular. A alguien. Y que el tiempo, mientras esperaba, no se había impacientado.
Xoán asintió.
—Restaurador.
—Sí, don Xoán.
—¿Y usted?
Adrián tardó un poco más en contestar.
—He sentido —dijo, despacio— que el oficio es más antiguo de lo que nadie de nosotros merece.
Xoán sonrió apenas.
—Esa es una buena frase.
—Gracias.
—Esa frase la podría haber escrito el obispo del cuarto siglo.
—Posiblemente.
Hubo otro silencio.
Lamela, entonces, se dirigió a los dos.
—Clara, Adrián. Hay una cosa más que quiero hablar con ustedes antes de que se acuesten. Es administrativa.
—Dígala.
—Llevamos meses en esta trilogía. Han aprendido.
Han sufrido. Han crecido. Y han traído de vuelta dos piezas físicas que van a cambiar lo que podemos decir del oficio durante los próximos siglos.
Me parece que es hora de que la relación entre ustedes y este Cabildo se formalice un poco. No mucho. Pero un poco.
—¿Cómo?
—Firmando un documento.
Adrián levantó las cejas.
—¿Firmando qué, don Fabián?
Lamela sacó de la carpeta una hoja impresa. La colocó sobre la mesa.
Era un documento corto, mecanografiado, en castellano.
Se titulaba Acta de inscripción como custodios adjuntos del oficio compostelano.
En el cuerpo del texto, tres párrafos: uno que reconocía la trayectoria y los servicios prestados por Clara Bru i Adrián Vega en los últimos dieciocho meses; otro que los inscribía formalmente en el registro interno del Cabildo como custodios adjuntos, con los derechos y deberes correspondientes; y un tercero que los ponía en sucesión de los canónigos Bofill y Arnau, considerándose que continuaban el oficio que aquellos habían ejercido.
El documento estaba firmado ya por Lamela y por Xoán. Faltaban dos firmas: las de Adrián y Clara.
Clara lo leyó despacio. Cuando terminó, levantó los ojos.
—Don Fabián.
—Sí.
—Esto es...
—Esto es lo que ustedes son ya, en los hechos. Este documento lo recoge por escrito.
Adrián miró a Clara. Clara miró a Adrián.
—¿Firmamos?
—Firmamos.
Lamela puso sobre la mesa dos bolígrafos.
Clara firmó primero. Lo hizo con la letra pequeña y precisa de la archivera que es: nombre completo, apellidos, firma, una letra debajo con la fecha.
Adrián firmó después. Lo hizo más despacio, con una firma un poco más grande, con la pluma corriendo por el papel como corre el lápiz de un restaurador que ha dedicado veintidós años a acertar con los trazos de otros.
Lamela recogió el documento. Lo metió en una carpeta junto a otros papeles.
Se levantó, fue al armario del fondo de la sala, sacó un libro grande encuadernado en piel marrón —un libro que Adrián reconoció: el libro de registro que había visto, abierto, en marzo, durante su primera visita—, añadió a mano dos líneas al final, cerró el libro, lo devolvió al armario, cerró con llave.
—Ya está.
Volvió a la mesa.
—Ya son ustedes custodios adjuntos formales.
No van a cambiar de vida por esto. Pero, si algo les ocurre, a partir de ahora serán enterrados en la sección del cementerio de Compostela que nos corresponde a los canónigos archiveros.
Y su nombre aparecerá, con fecha y función, en el libro del oficio. Es poca cosa. Pero es significativa.
Adrián sonrió apenas.
—Gracias, don Fabián.
—Gracias a ustedes.
Xoán se levantó con una pequeña ceremonia.
—Yo me retiro. Mañana me levanto a misa de siete.
—Yo también —dijo Lamela.
Se despidieron. Adrián acompañó a Xoán hasta su habitación. Clara acompañó a Lamela hasta el despacho. Al cabo de diez minutos, Adrián y Clara se encontraron en el pasillo de sus habitaciones.
—Clara.
—Sí.
—Hemos firmado.
—Hemos firmado.
—¿Lo habías previsto?
—No. Don Fabián lo ha decidido hoy por la tarde. Creo que ha sido una respuesta a la pieza del Born. Le ha confirmado una hipótesis que él llevaba décadas cultivando, y ha sentido que nosotros merecíamos el reconocimiento.
—Es emocionante.
—Lo es.
Hubo un silencio.
—Adrián.
—Sí.
—Mañana volvemos a Sevilla.
—Volvemos a Sevilla.
—¿Con qué?
—Con mucho más de lo que venimos a buscar.
—Y sin Moro.
—Y sin Moro.
—Perdón. No quería.
—No pasa nada. Es verdad.
Se quedaron en el pasillo un minuto más. Clara, al final, dijo:
—Adrián.
—Dime.
—Quiero invitarte a un vino mañana por la noche. En Casa Ricardo. Como quedamos la semana pasada en Sants.
—Hecho.
—Mañana.
—Mañana.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Clara.
Entraron cada uno a su habitación.
Adrián escribió en el cuaderno azul, antes de apagar la luz:
Lunes noche, Santiago. Bajamos a la cripta menor con Lamela y Xoán.
La llave de plata del Born abrió la puerta cerrada desde 1813.
La cripta contiene una lápida que es tapa de cisterna funeraria.
Dentro, bajo el agua, reposa probablemente el primer custodio peninsular, del siglo IV o V.
Raíz común confirmada físicamente. Dejamos las dos piezas de piedra reunidas en la hornacina del fondo.
Lamela nos ha hecho firmar como custodios adjuntos formales del Cabildo compostelano. Mañana, Sevilla.
Cerró el cuaderno.
Apagó la luz.
Fuera, sobre el Obradoiro, la llovizna había cesado. Las dos torres se recortaban contra un cielo nocturno ligeramente estrellado, por primera vez en tres días.
En la cripta menor, dos pisos más abajo, las dos piezas gemelas de piedra descansaban juntas, con una quietud que ninguna cámara había registrado jamás.
Y la lápida, con su inscripción en latín casi ilegible, seguía siendo tapa de una cisterna donde el agua silenciosa seguía corriendo, como corría desde hacía mil seiscientos años, sin que ningún custodio, vivo o muerto, tuviera por qué explicar por qué.
El oficio, a veces, no pedía explicaciones.
Solo pedía puntualidad.
Y Adrián y Clara, aquella noche, habían llegado puntuales.