Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 14. La firma
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Capítulo 14. La firma

La firma

El lunes transcurrió casi entero en una espera sostenida.

Adrián se despertó a las ocho y media con la luz gris de Santiago filtrándose por las cortinas.

Desayunó con Clara en el comedor pequeño de la residencia: café, pan gallego con mantequilla, una pieza de fruta.

Lamela se había ausentado por la mañana para asistir a una misa con el cardenal en la Catedral.

Xoán desayunó con ellos, en silencio casi todo el rato, con la concentración serena de los ancianos que saben que la noche les va a exigir un esfuerzo mayor del habitual.

Durante la mañana, Clara redactó un informe detallado para Lamela con toda la información del viaje barcelonés.

Ocho páginas. Metódico, cronológico, con las piezas nombradas, las decisiones tomadas, los aliados identificados.

Al terminarlo, lo guardó en un sobre cerrado y se lo dejó a Lamela en su despacho.

A mediodía, Lamela reapareció. Les comunicó que había contactado con Salvatierra a primera hora de la mañana desde Sevilla, y que el canónigo había recibido por fax —aún utilizaba el fax para cosas sensibles— un documento del Cabildo de Barcelona que merecía examen.

Lamela les tendió la hoja sin decir más.

Clara la leyó con cuidado. Adrián, asomado por encima del hombro.

Era un borrador de convenio académico trilateral.

Entre el Cabildo de Santiago, el Cabildo de Barcelona y el IEPS.

Fechado el 28 de agosto. Dirigido, en copia, al cardenal de Sevilla —probablemente como parte de la operación que incluía el convenio que Salvatierra estaba logrando rescindir—.

Pretendía extender a Santiago las catalogaciones que ya estaban en marcha en Sevilla y Barcelona.

Firmado, en el lado del IEPS, por Ingrid Halvorsen.

En el lado del Cabildo de Santiago, por el deán, Armando Casaldaliga, antiguo compañero de seminario de Lamela.

En el lado del Cabildo de Barcelona, por Jordi Aubet.

Clara levantó la vista.

—Don Fabián.

—Sí.

—El deán de Santiago, ¿está al tanto de todo esto?

—Está al tanto de lo que le han hecho ver. No está al tanto de lo demás. Esa es la diferencia fundamental. Armando es un hombre decente. No es cómplice. Es ignorante.

—¿Y usted va a hablar con él?

—Hoy mismo. A las seis. Después de comer. Antes de que bajemos a la cripta. Necesitamos desactivar ese convenio antes de que se firme. Si baja hoy por la noche y mañana por la mañana el convenio está sobre su mesa, puede firmarlo por inercia.

—¿Qué le va a decir?

—La verdad, en la parte que le corresponde saber.

Que el IEPS ha sido responsable moral y material de la muerte del canónigo Bofill.

Que tenemos pruebas documentales —las que nos ha entregado Laia— y pruebas físicas —las que ustedes han traído de Barcelona—.

Y que firmar un convenio con esa entidad sería deshonroso para el Cabildo.

—¿Le mostrará las pruebas?

—Le mostraré la documentación administrativa. No las piezas físicas. Las piezas físicas son cosa nuestra. Pero con la documentación administrativa, Armando entenderá. Es suficiente.

—De acuerdo.

—Después iremos a la cripta.

Lamela cerró la carpeta con el borrador del convenio y se la metió bajo el brazo. Comieron los cuatro en la residencia. Caldo gallego. Un pescado blanco a la plancha. Fruta. Agua. Ningún vino esa tarde: todos sabían, sin haberlo discutido, que no convenía.

A las cinco y media, Lamela salió hacia el despacho del deán.

Adrián, Clara y Xoán se quedaron en la residencia.

Xoán se retiró a su habitación a descansar.

Adrián y Clara pasearon los dos durante una hora por los alrededores de la plaza del Obradoiro, sin alejarse, con las capuchas de las chaquetas puestas porque había empezado a caer una llovizna fina típica de septiembre gallego.

A las siete menos cuarto, Lamela regresó. Venía con una expresión serena.

—¿Cómo ha ido?

—Bien. Armando ha reaccionado como yo esperaba. Con sorpresa al principio, con preocupación al escuchar los detalles, con decisión al final. El convenio con el IEPS no se va a firmar desde Santiago. Me ha autorizado a transmitir la negativa por escrito esta misma semana.

—Una buena noticia.

—Una muy buena noticia.

—¿Y el convenio con Barcelona?

—Al no firmarlo Santiago, pierde su fuerza. El IEPS, para mantener la operación, tendría que buscar otros socios, y en las próximas semanas el escándalo interno va a ser lo suficientemente visible entre los cabildos peninsulares como para que cualquier otro firmante lo piense dos veces.

Adrián asintió.

—Don Fabián, ¿nos acaba de salvar usted la trilogía?

Lamela sonrió por primera vez desde la cena del domingo.

—No la he salvado yo, Adrián. Ustedes la han salvado al bajar al Born el viernes. Yo solo he acelerado administrativamente lo que ya era inevitable.

A las siete y cuarto, Lamela fue a llamar a Xoán. A las siete y media, los cuatro estaban en la sala del Cabildo, con las dos piezas de piedra todavía sobre la mesa. Lamela las envolvió en pañuelos limpios y las guardó en una pequeña bolsa de tela oscura.

—Vamos.

Salieron los cuatro de la residencia por la puerta lateral. Cruzaron el claustro. Entraron por una pequeña puerta al sector del trasaltar mayor. Lamela llevaba una lámpara de pilas grande, Xoán su bastón, Adrián una linterna frontal, Clara otra.

Bajaron por una escalera de servicio que Adrián no conocía todavía: una escalera estrecha, de piedra, con peldaños irregulares, iluminada por una sola bombilla amarilla muy tenue en el techo.

Veintidós peldaños. Al final, un corredor bajo con el techo de bóveda de cañón, de unos cinco metros de largo, y, al fondo, una puerta de hierro antigua con dos cerraduras: una moderna, probablemente del siglo veinte, y otra mucho más vieja, del siglo dieciocho, con el hueco labrado en forma de pequeño medallón.

Lamela abrió la moderna con una llave de su manojo. Clara, entonces, sacó del bolsillo la llave de plata del Born. La insertó en la cerradura vieja. La hizo girar.

Un clic seco.

La puerta se abrió con un pequeño crujido.

Habían pasado doscientos trece años desde la última vez que alguien había hecho ese gesto.

La cripta menor era más pequeña de lo que Adrián había anticipado.

Unos seis metros por cuatro, con el suelo de piedra gastada, el techo bajo de bóveda, y cuatro pequeños nichos laterales tallados en la pared.

En el centro, una lápida horizontal de piedra clara, sin inscripción visible.

En el muro del fondo, una hornacina pequeña con restos de cera sobre la base, y, junto a ella, un pequeño altar de piedra con un paño bordado muy viejo y dos candelabros de hierro oxidado.

Lamela encendió la lámpara grande. La luz amarillenta llenó el espacio.

—Fabián —dijo Xoán, desde la puerta, tanteando con el bastón—, dime qué ves.

Lamela se acercó al altar central. Miró la lápida de piedra clara del centro. La examinó con cuidado.

—Xoán. La lápida central está intacta. Tiene una inscripción muy gastada en el canto superior. No la puedo leer con esta luz. Clara, ¿tiene una linterna más potente?

Clara se acercó con la suya. Se agacharon los dos junto a la lápida. Adrián sostenía la lámpara lateral para iluminar. Xoán permanecía junto a la puerta, con Adrián al lado describiendo en voz baja lo que veían.

—La inscripción está en latín —dijo Clara despacio—. Hic sub aqua silente custos quietis dormit.

—Aquí, bajo el agua silenciosa, duerme el custodio del reposo —tradujo Lamela.

Xoán se quedó muy quieto.

—Fabián.

—Sí.

—Repite.

Lamela repitió.

—Hic sub aqua silente custos quietis dormit. Aquí, bajo el agua silenciosa, duerme el custodio del reposo.

Xoán apoyó el bastón contra la pared y dio dos pasos tanteando hacia el centro de la cripta. Se quedó parado. Adrián, a su lado, entendió por su postura que Xoán estaba escuchando.

—Hay agua debajo —dijo Xoán.

—Sí, Xoán —respondió Lamela—, se oye apenas. Un pequeño hilo. Una cisterna interior.

—Muy abajo. Profundo.

—Al menos tres metros bajo la lápida, diría yo.

—Entonces la lápida no es una lápida funeraria. Es una tapa.

—La tapa de una cisterna.

—Una cisterna que contiene un custodio.

Hubo un silencio.

Adrián, todavía con la lámpara en la mano, miró a Lamela.

—Don Fabián.

—Sí.

—¿Estamos hablando de una tumba?

—Estamos hablando de una tumba, sí.

—Pero es una tumba que es también una cisterna.

—Eso es lo que parece.

—¿De quién?

Lamela se enderezó. Miró a Xoán. Xoán, con la cabeza ligeramente ladeada, escuchando todavía, contestó desde el centro de la cripta.

—De alguien que vivió en el siglo cuarto o quinto. Probablemente un obispo o un presbítero. Probablemente el primer custodio peninsular. Probablemente la persona que inventó el sistema.

Lamela bajó la cabeza.

—Xoán, eso sería...

—Sería lo que Bofill siempre sospechaba sin decirlo. Y lo que tú y yo siempre sospechamos sin decirlo tampoco.

—Sí.

—La raíz común de las redes peninsulares. Físicamente localizada aquí, en esta cripta. Bajo agua silenciosa.

—Enterrada dentro del agua.

—Enterrada dentro del agua.

Adrián, de pie junto a Xoán, tuvo una sensación rara.

El oficio, que había conocido como una red distribuida —custodios por toda la península, piezas dispersas, pistas en libros, campanas que se desfasaban—, se le acababa de concentrar en una sola tumba subterránea, en una sola cripta, a cuatro metros bajo el altar del Apóstol, en una sola persona anónima del siglo cuarto o quinto que había establecido un modo de cuidar ciertos saberes que había sobrevivido mil seiscientos años.

—Clara.

—Sí.

—Esto es lo que hemos venido a encontrar.

—Esto es lo que hemos venido a encontrar.

—Esto explica todo.

—Explica todo.