Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 13. Las dos llaves #2
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Capítulo 13. Las dos llaves #2

Lamela, entonces, cogió la pieza de piedra y la sostuvo durante unos segundos. La miró despacio. La volvió a posar en el pañuelo blanco.

—Bien. Siguiente punto. La llave de plata.

Clara la acercó.

Lamela la tomó. La observó con atención.

Luego se la pasó a Xoán, quien la tomó con los dedos y la examinó al tacto, con la precisión que los ciegos profesionales adquieren con los años.

Pasó los dedos por la cabeza de la llave, por el medallón grabado, por el cuerpo, por la paleta final. Tardó casi un minuto.

—Fabián.

—Dime, Xoán.

—Esta llave es de las de Compostela.

Lamela levantó la cabeza.

—¿Estás seguro?

—Tan seguro como se puede estar. La cabeza tiene el perfil rectangular ligeramente curvado hacia el centro, con el medallón en la cara posterior.

Es el perfil de las llaves del taller de Meira del siglo dieciocho.

Aquí en Santiago se hicieron cincuenta y siete de estas llaves entre 1720 y 1790.

Se repartieron por Galicia, por parte de la costa cantábrica y, según la correspondencia que el maestro Meira dejó al morir, también por el puerto del mediodía, que probablemente significaba Barcelona o Tarragona.

Lo que tienen en las manos es una llave compostelana fabricada para el eje mediterráneo.

Clara se quedó quieta.

—¿Y qué abre?

Xoán sonrió.

—Abre, si los cálculos del viejo Meira siguen siendo correctos, una puerta concreta del subsuelo de esta Catedral. Una puerta que nadie ha abierto desde 1813.

Lamela, a su lado, se había quedado muy quieto también.

—Xoán, eso... eso no lo habías mencionado nunca.

—No lo había mencionado porque no había motivo. No teníamos la llave. Ahora la tenemos.

—¿Qué hay detrás de esa puerta?

—Eso no lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Fabián, nadie en esta Catedral, incluyendo tú y yo, sabe lo que hay detrás de esa puerta.

Lo que sabemos es que la puerta existe, que está en la cripta menor bajo el altar del Apóstol, que no se abre desde el 27 de septiembre de 1813 —día en que el arzobispo Múzquiz la selló por razones que tampoco nadie ha documentado claramente—, y que desde entonces ha pasado a ser parte de la topografía no visitable del edificio.

A los sucesivos deanes les hemos pedido los custodios la apertura dos veces, en 1901 y en 1953.

Las dos veces nos la denegaron. Desde entonces, no hemos vuelto a pedirla.

—Xoán.

—Sí.

—Si lo que ha dicho Clara es cierto, y la llave abre esa puerta, sería la primera vez en más de dos siglos que un custodio podría acceder a ese espacio.

—Lo sería.

Hubo un silencio largo.

Adrián, despacio, formuló una pregunta.

—Don Xoán. Por qué nos dice usted esto ahora.

—Porque, señor Vega, eso es lo que yo les tenía que contar.

Era lo único que yo tenía de nuevo cuando les llamé el lunes pasado.

Y ahora que ustedes traen la llave, lo que les tenía que contar se convierte en propuesta concreta.

Si ustedes dos, mañana por la noche, quieren bajar con nosotros a la cripta menor, nosotros dos, a pesar de nuestra edad, les acompañamos.

Clara lo miró.

—Don Xoán. Usted tiene noventa años.

—Los tengo, archivera. Tengo noventa y bajar a una cripta no me va a matar. Lo que sí podría matarme es no bajar a la cripta ahora que puedo. La diferencia es relevante.

Clara asintió.

—De acuerdo.

—Fabián.

—Sí, Xoán.

—¿Pedimos permiso al deán esta vez?

Lamela sonrió muy apenas.

—Esta vez, Xoán, no pedimos permiso. Si lo pedimos, nos lo van a negar por tercera vez, y probablemente, dada la influencia creciente del IEPS en todas las diócesis peninsulares, esta tercera vez con argumentos más sólidos que antes.

Si no lo pedimos, bajamos por la escalera de servicio norte como hicieron tus antepasados, abrimos la puerta con la llave, miramos, tomamos nota, salimos, cerramos, y nunca decimos que estuvimos. Decisión.

—Decisión tomada —dijo Xoán.

—Decisión tomada —confirmó Lamela.

Adrián y Clara se miraron.

—Entonces mañana por la noche —dijo Clara—, con ustedes.

—Con nosotros.

Hubo una pausa.

Lamela, entonces, giró suavemente hacia la mesa la nota en latín encontrada con la llave en el Born.

—Clavis aperit portam inter mare et flumen. Custos sit sanctvs vel nvllvs sit.

—La llave abre la puerta entre el mar y el río. El custodio sea santo o que no lo sea ninguno.

Lo leyó despacio.

—Esa nota, Xoán, me preocupa.

—Me preocupa a mí también, Fabián.

—Que no lo sea ninguno. ¿Qué quiere decir?

Xoán bajó la barbilla.

—Quiere decir, probablemente, que la puerta debe abrirla un custodio virtuoso o que no debe abrirla nadie. Que abrirla sin merecerlo tiene consecuencias. O, leído desde otro ángulo, que si no hay custodio virtuoso disponible, la puerta debe permanecer cerrada.

—¿Eso lo cumplimos nosotros?

—Eso, Fabián, no lo cumple nadie nunca del todo. Pero lo cumplimos suficientemente. Lo cumple Clara. Lo cumple Adrián. Tú y yo somos viejos, pero hemos pasado la vida en el oficio. Es lo mejor que tenemos. Si no bajamos nosotros cuatro, no baja nadie.

—De acuerdo.

Lamela se quedó un momento en silencio.

—Adrián, Clara, necesito contarles algo. Antes de mañana.

—Dígalo, don Fabián.

—Hace cuarenta y tres años, Xoán y yo conversamos una noche entera en esta misma sala, sobre esta misma mesa, acerca de la posibilidad de bajar a esa cripta menor.

Era enero del ochenta y tres. Éramos los dos todavía jóvenes; yo tenía cuarenta, él cuarenta y siete.

Teníamos entre los dos la fuerza y la curiosidad suficientes.

Y no teníamos la llave. Decidimos esa noche que, si algún día la llave aparecía, bajaríamos.

Luego pasaron los años. La llave no aparecía.

Crecimos. Xoán se quedó ciego. Yo envejecí.

Y dejamos de pensar en la cripta menor como una posibilidad real. Hasta esta tarde.

Lamela tragó saliva.

—Mañana por la noche bajamos los cuatro. Y lo hacemos no solo por ustedes dos, sino por nosotros dos también. Por cumplir a la versión joven de nosotros mismos.

Adrián se quedó mirando a Lamela.

—Don Fabián.

—Sí.

—Es un honor.

—Es un honor para todos.

Hubo un silencio.

Xoán, entonces, se movió levemente. Buscó, en el bolsillo interior de su cazadora de pana, un pequeño objeto envuelto en un trozo de tela vieja. Lo puso sobre la mesa. Lo desenvolvió.

Era otra pieza de piedra pequeña. Más gastada que la del Born. Con una inscripción en latín también, aunque más erosionada, menos legible.

Adrián se acercó.

—Fides aquae... —empezó a leer. Luego se detuvo—. Es casi la misma.

—Es exactamente la misma —dijo Xoán—. Es la pieza gemela de la de ustedes.

La encontré yo en 1973 en una pared interior de la torre del reloj de la Catedral, cuando se hizo una rehabilitación de la estructura.

La escondí sin decírselo a nadie. Después de cuarenta y tres años, por primera vez, la saco.

La colocamos junto a la suya. Son hermanas.

Adrián colocó la pieza del Born al lado de la de Santiago. Eran, efectivamente, muy similares. Mismo tamaño, mismo tipo de piedra, misma técnica de labrado.

—Dos hermanas en ciudades distintas. Llevaban siglos separadas. Hoy vuelven a estar juntas en la misma mesa —dijo Clara, despacio.

—Hoy vuelven a estar juntas —repitió Xoán.

Hubo otro silencio.

Lamela, con una voz que Adrián nunca le había oído, dijo:

—Vamos a hacer una cosa. Vamos a dejar aquí las dos piedras, encima de la mesa, hasta mañana por la tarde. Y vamos a descansar todos. Necesitamos estar frescos mañana. Adrián y Clara: a dormir. Xoán y yo también.

Se levantaron.

Antes de salir de la sala, Adrián se volvió.

—Don Fabián.

—Sí.

—Antes de dormir, una última pregunta.

—Dígala.

—El convenio Sevilla-IEPS, firmado el 22 de febrero. Salvatierra estaba trabajando en él. ¿Hay novedades?

Lamela cerró los ojos un segundo.

—Las hay. Salvatierra me llamó anteayer.

El Cabildo de Sevilla ha dado marcha atrás.

El convenio está en proceso de rescisión.

El cardenal, al ver la documentación que Salvatierra le presentó, ordenó revisarlo.

Se va a rescindir por motivos administrativos.

Sin ruido público. En dos semanas será oficial.

—Una buena noticia.

—Una buena noticia pequeña, Adrián. No gana una guerra. Gana una escaramuza. Pero es una buena noticia.

—Gracias, don Fabián.

—Gracias a ustedes.

Salieron. Adrián y Clara caminaron por el pasillo hasta sus habitaciones. En la puerta de Clara, antes de separarse, Adrián se detuvo.

—Clara.

—Dime.

—Mañana por la noche, con Lamela y Xoán en una cripta del siglo trece, abriendo una puerta que lleva doscientos años cerrada.

—Ya.

—¿Podemos permitirnos el lujo, los dos, de dormir bien?

—Podemos. Debemos.

—De acuerdo.

Entraron cada uno a su habitación.

Adrián, antes de dormir, escribió en el cuaderno azul.

Domingo. Santiago. Lamela y Xoán nos han recibido como esperábamos.

La pieza del Born tiene gemela: Xoán la encontró en 1973 y la ocultó.

Mañana noche: cripta menor bajo el altar del Apóstol.

Puerta cerrada desde 1813. La llave de plata encontrada en el Born podría abrirla.

Bajamos los cuatro. Sin permiso del deán.

Convenio Sevilla-IEPS en rescisión gracias a Salvatierra.

Cerró el cuaderno.

Miró un momento por la ventana. Sobre el Obradoiro, las luces nocturnas de los focos ya estaban encendidas. La fachada barroca, con sus dos torres y su balaustrada alta, se recortaba contra el cielo gris oscuro de Santiago con una presencia enorme y familiar.

Apagó la luz.

Se durmió casi inmediatamente.

Había un silencio en su cabeza que no había tenido desde hacía semanas.

No era un silencio de vacío. Era un silencio de estar en el sitio correcto, a la hora correcta, con la gente correcta, haciendo el trabajo correcto.

Una combinación rara, que los hombres de cuarenta y tres años solo consiguen tres o cuatro veces en la vida, si acaso.

En la sala del Cabildo, dos pisos más abajo, las dos piezas de piedra con la inscripción latina dormían juntas sobre la mesa de castaño, después de más de doce siglos separadas en ciudades distintas.

Y la llave de plata del maestro Meira, que había viajado de Santiago a Barcelona en algún punto del siglo dieciocho, volvía a estar en Santiago para abrir, después de tanto tiempo, la puerta que la había esperado.

El oficio, a veces, cerraba círculos.

Y cuando los cerraba, lo hacía con una puntualidad tranquila.

Como las ocas.

Como siempre.