Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 13. Las dos llaves
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Capítulo 13. Las dos llaves

Las dos llaves

El viaje de Barcelona a Santiago duró, en total, trece horas y cuarenta minutos.

Salieron de Sants a las cinco y cincuenta y tres.

Llegaron a Chamartín a las ocho y cuarenta.

Tuvieron una escala de cuarenta minutos en Madrid, que aprovecharon para desayunar en un bar de la estación: dos cafés con leche, dos tostadas, y un zumo de naranja cada uno.

A las nueve y veintiséis tomaron el tren a Santiago, un AVE directo que haría paradas en Medina del Campo, Zamora, Ourense, y finalmente Santiago de Compostela.

Duración del segundo trayecto: seis horas y quince minutos.

Durante ese segundo tramo, Adrián y Clara durmieron por turnos.

Clara la primera mitad, Adrián la segunda.

El vagón estaba medio lleno. Un grupo de peregrinos franceses preparándose para hacer el Camino a partir de Ourense iban cinco filas más adelante; una familia con dos niños pequeños, detrás; un hombre solo con portátil, enfrente al otro lado del pasillo.

Nadie les prestaba atención. Pasaban, a efectos de cualquier observador externo, como una pareja madura de viajeros domingueros, sin prisa, con mochilas pequeñas, con la calidad silenciosa de los que llevan muchos años viajando juntos sin haber sido nunca pareja.

En Medina del Campo, a las diez y veinte, Adrián recibió un mensaje de Nil. Dos líneas escuetas.

Aubet ha vuelto del viaje en el primer vuelo de la mañana. Ha estado reunido con Halvorsen por videoconferencia desde las diez. A las once han constatado que ustedes no aparecen. Mercè les envía un abrazo. Nada ha pasado aquí. Buen viaje.

Adrián se lo enseñó a Clara. Clara lo leyó sin cambiar la expresión.

—Mercè está bien.

—Nil está bien.

—Laia no ha escrito.

—Porque Lamela le ha dicho que no lo haga hasta el lunes.

—Bien.

Siguieron en silencio. A las once y media, pasando por la llanura castellana, Clara sacó el cuaderno con la transcripción del memorial y lo estudió de nuevo.

Adrián, al otro lado, reabrió el cuaderno azul para seguir trabajando en el artículo académico sobre Bofill.

La pieza de piedra con la inscripción iba en la mochila de Adrián, envuelta en el pañuelo, en el fondo.

La llave de plata iba en el bolsillo interior del pantalón de Clara.

La otra llave, la grande con las tres muescas, en el bolsillo de la chaqueta de Adrián, envuelta también.

A las tres y cuarenta y un minutos de la tarde, el tren entró en la estación de Santiago de Compostela.

El cielo, sobre Santiago, estaba encapotado con una nubosidad baja gris clara, con la humedad específica de Galicia a comienzos de septiembre.

La temperatura era unos diez grados más baja que la de Barcelona.

Adrián, al bajar del tren, lo notó inmediatamente: el aire olía a hierba mojada, a piedra antigua húmeda, a un rastro de eucaliptos lejanos.

Nada que ver con el calor pegajoso mediterráneo del que acababan de salir.

En el andén, Fabián Lamela los esperaba.

Estaba de pie al final del andén, solo, con una gabardina gris sobre sotana negra, un paraguas cerrado en la mano derecha, y una serenidad de sacerdote viejo que no había cambiado desde marzo.

A su lado, medio paso detrás, un hombre aún más viejo, de unos noventa años, de estatura baja, con una cazadora de pana verde oscuro, pantalón marrón, boina, bastón de madera en la mano, y unos ojos muy claros que no miraban a Adrián y Clara —no podía mirarlos, porque estaba ciego—, sino que recibían, con una atención absoluta, el sonido de los pasos.

Adrián y Clara se acercaron.

Lamela les tendió la mano. Firme, como siempre. Larga.

—Clara. Adrián.

—Don Fabián.

—Este es Xoán Ferro.

Xoán extendió la mano, con la precisión exacta de los ciegos veteranos. Adrián se la estrechó primero.

—Buenas tardes, don Xoán.

—Buenas tardes, restaurador.

La voz de Xoán era baja, gruesa, con un deje gallego fuerte y un timbre grave de hombre muy viejo que ha dedicado la vida entera a escuchar cosas que nadie más escuchaba. Adrián notó, solo al oírla, que esa voz llevaba décadas modulada por el oficio.

Clara le estrechó después.

—Archivera.

—Don Xoán.

—Disculpen que haya bajado a recibirles yo también. Fabián me ha dicho que venían con algo importante, y yo llevaba meses sin poner los pies en la estación. Me apeteció.

—Nos honra.

—No es honor. Es oficio.

Caminaron los cuatro hacia la salida. Xoán iba apoyado en el brazo de Lamela, con el bastón en la mano contraria.

El paso, muy lento pero firme. Al salir a la plaza, Lamela les indicó un coche pequeño estacionado cerca: un Peugeot gris, viejo, que probablemente tenía más años que la boina de Xoán.

Subieron los cuatro. Lamela conducía. Xoán de copiloto. Adrián y Clara detrás.

Durante el trayecto, solo a media voz, Lamela les dijo tres cosas.

Una: la cita en la sala del Cabildo sería a las siete y media de la tarde, después de una cena ligera en la residencia canonical.

Dos: Xoán iba a quedarse con ellos hasta la noche, y había pedido dormir en una habitación contigua a la de ellos en la hospedería.

Y tres: les agradecía profundamente que hubieran llegado en día y hora pactados, porque, en sus propias palabras, este oficio no perdona la impuntualidad cuando lo importante está en marcha.

A las cuatro y veinte llegaron a la residencia canonical.

Les asignaron dos habitaciones contiguas con vista al Obradoiro.

Les dieron media hora para ducharse y descansar.

A las cinco, cena ligera en el comedor pequeño de la residencia, con una cocinera que trabajaba allí desde hacía cuarenta años y que les sirvió una sopa de verduras, un plato pequeño de merluza al horno, y unas manzanas asadas.

Xoán comió despacio. Lamela, con más apetito.

Adrián y Clara, con un cansancio manso que no les dejaba mucho espacio para el hambre.

A las seis y cuarenta y cinco, subieron los cuatro a la sala del Cabildo.

La sala, que Adrián y Clara ya conocían de la visita de marzo, tenía ese olor particular de las salas capitulares antiguas: cera de muebles, piedra vieja, un rastro vago de incienso de una ceremonia lejana.

La gran mesa de castaño en el centro, con ocho sillas alineadas.

Las ventanas altas, con los cristales ligeramente emplomados, dando al patio interior del claustro.

Al fondo, un sencillo crucifijo de madera oscura, y, debajo, un armario con dos puertas cerradas con llave que Lamela había abierto antes de que entraran.

—Siéntense.

Se sentaron. Xoán, a la cabecera. Lamela a su derecha. Adrián y Clara, enfrente.

Clara, con cuidado profesional, colocó sobre la mesa el cuaderno con la transcripción del memorial, los dibujos con los esquemas de los siete puntos, la pieza de piedra con la inscripción latina —desenvuelta, con su peso modesto reposando sobre un pañuelo blanco—, la llave de plata con el pequeño medallón, la llave mayor con las tres muescas sevillanas, y la nota en latín encontrada en la caja metálica del Born.

Lamela miró cada pieza, una por una, sin tocarlas.

Al llegar a la pieza de piedra, se detuvo.

—Clara.

—Sí, don Fabián.

—La inscripción.

—Fides aquae, memoria petrae, silentium nostrum. La misma que ustedes me mostraron en marzo.

—Palabra por palabra.

—Palabra por palabra.

Lamela cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, tenía una expresión distinta a la que había tenido durante la cena. Más vieja. Más lúcida. Más cargada.

—Xoán.

—Sí, Fabián.

—Lo que ustedes traen de Barcelona —dijo Lamela, dirigiéndose ahora a Adrián y Clara, pero mirando a Xoán—, es probablemente la confirmación de una hipótesis que llevamos décadas sosteniendo sin poder probar.

Que las redes peninsulares no son tres independientes, como pensábamos.

Sino tres ramas de un mismo sistema antiguo.

Una raíz común latina, probablemente romana tardía, probablemente del siglo cuarto o quinto, que se diversificó durante la alta Edad Media según las necesidades locales pero mantuvo fórmulas compartidas.

Xoán asintió lentamente.

—Lo sospechábamos.

—Lo sospechábamos. Y Bofill lo sospechaba. Y Arnau antes que él. Pero nadie tenía la prueba física.

—Ahora la hay.

—La hay.

Adrián intervino, despacio.

—Don Fabián. Esa pieza de piedra estaba en el cruce del Born. No en un fondo documental. No en un archivo secreto. En una hornacina natural, cerca de una caja metálica que guardaba esta llave de plata y esta nota. ¿Qué sentido tiene que estuviera allí?

Lamela lo pensó.

—Señal de referencia. La pieza de piedra sería un marcador.

Los custodios que entraran al punto del Born, si entraban con la formación adecuada, reconocerían la inscripción.

Sabrían que estaban en un punto autorizado.

Y, recíprocamente, los custodios de Santiago sabrían, al ver la inscripción en su propia catedral, que esa inscripción también existía en otros puntos del sistema. Era, por así decirlo, el sello común.

—¿Por qué Bofill nunca nos habló de esa inscripción durante el viaje?

—Porque Bofill no conocía la inscripción. Nunca había bajado al cruce del Born. Él sabía que existía el cruce, por los documentos de Pere Miró, pero nunca había verificado in situ. Lo que acaban de hacer ustedes esta madrugada es lo que Bofill quería haber hecho durante cuarenta años.

Clara, con una voz muy baja, añadió:

—Entonces Bofill murió antes de poder verificar.

—Bofill murió antes de poder verificar.

—Eso es triste, don Fabián.

—Es muy triste. Pero es también, Clara, la razón por la que ustedes han hecho lo que han hecho.

Bofill murió sin verificar. Pero dejó las instrucciones para que alguien verificara.

Y ustedes las siguieron. Si él estuviera aquí ahora, mirando esta pieza de piedra, tendría la misma expresión que tengo yo.