Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 12. Bajo el mercado #3
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Capítulo 12. Bajo el mercado #3

—No pretendo redimirme. Solo pretendo que lo sepan.

El Instituto Europeo llevaba dieciocho años manteniéndome con un sobresueldo pequeño pero constante a cambio de información.

Fui el primer custodio en colaborar con ellos.

Antes que nadie. Màrius me descartó en 1988.

Yo me vengué de él durante treinta y ocho años, centímetro a centímetro, sin que él supiera.

Lo que les estoy diciendo es que la historia es más vieja de lo que ustedes creen.

Clara no se movió.

—¿Tiene algo más que decirnos, señor Girona?

—Sí. Una última cosa.

—Dígala.

—La señora Halvorsen tiene mañana una reunión en la oficina del IEPS del Eixample a las once de la mañana.

Les va a convocar a ustedes dos por videoconferencia.

No vayan. Si van, los atrapa. Si no van, ella no puede forzarles ninguna firma.

Les doy este aviso no porque me importen ustedes, sino porque me importa que lo que estaba haciendo Màrius no se pierda del todo.

Considérenlo mi última contribución al oficio.

Dicho esto, abrió la puerta del coche. Se subió al asiento del copiloto. El conductor, una figura que Adrián apenas distinguió tras el cristal tintado, puso el coche en marcha. Se alejaron por la calle Princesa.

Adrián y Clara se quedaron un momento solos en la plaza del Born, a las tres y quince de la madrugada, con una pieza de piedra, una llave de plata, un trozo de papel antiguo, y la certeza súbita de que la historia que estaban viviendo era mucho más vieja de lo que habían calculado.

—Clara.

—Sí.

—Tenemos que irnos de Barcelona mañana. No el domingo.

—Mañana.

—Mañana a primera hora.

—Hacemos las maletas al llegar al hotel, y a las seis cogemos el tren.

—A las seis.

—Llamemos a Mercè ahora mismo. Y a Lamela. Y a Salvatierra.

—Ahora mismo.

Caminaron hacia Jaume I. Encontraron un taxi libre a la altura de la plaza de Sant Jaume. Subieron. Al taxista, un hombre joven de turno de madrugada, le pidieron la Pensió Bonavista.

Durante los doce minutos del trayecto, Clara hizo tres llamadas.

Mercè respondió al segundo tono, despierta a esa hora, como siempre. La puso al corriente en una frase: hemos bajado, hemos encontrado, nos han abordado al salir, nos vamos mañana. Santiago. Mercè dijo solo vayan. Yo cerraré Barcelona por ustedes. Manden un abrazo a Fabián.

Lamela respondió al cuarto tono, medio dormido.

Don Fabián, salimos mañana en el tren de las seis.

Llegamos a Santiago el domingo por la tarde.

Lo que traemos es más grande de lo que pensábamos.

Lamela dijo solo los espero en la estación el domingo.

Xoán también vendrá. No duerman más de lo imprescindible esta noche.

Salvatierra no respondió. Clara le dejó un mensaje de voz de quince segundos: padre, salimos mañana, vamos a Santiago, le llamo desde allí.

Colgó.

Al llegar al hotel, subieron. Cada uno fue a su habitación. Adrián preparó la mochila y la maleta pequeña en veinte minutos. Clara, en otros veinte. A las cuatro y cuarto, estaban los dos otra vez en el pasillo, vestidos, con el equipaje listo. Bajaron.

Dolors, al verlos aparecer a esa hora, no preguntó.

Se limitó a pasarles la factura del final de estancia, que pagaron en efectivo.

Les deseó buen viaje. Les dejó un pequeño paquete de dos bocadillos que ella misma había preparado por si fuera temprano para el desayuno.

Adrián le dio las gracias con una pequeña emoción que le pilló por sorpresa.

Salieron a la calle. Bajaron en taxi a la Estación de Sants. Compraron dos billetes para el tren de las cinco y cincuenta con destino a Madrid Chamartín. Conexión en Madrid con otro tren a Santiago. Total del viaje: nueve horas. El billete, en efectivo.

Se sentaron en la sala de espera.

Eran las cinco y veinte.

Adrián miró a Clara. Clara tenía los ojos cerrados.

—Clara.

—Sí.

—¿Estás durmiendo?

—Estoy descansando.

—¿Has pensado en lo que nos ha dicho Girona?

—Mucho. Pero solo una cosa me importa a corto plazo.

—¿Cuál?

—Que Halvorsen va a enterarse en las próximas horas de que hemos bajado al Born y de que hemos encontrado algo.

Su reunión de mañana a las once era para cerrarnos.

Cuando vea que no aparecemos, sabrá que hemos huido.

Y lanzará lo que tenga en nuestra contra.

Pero no nos va a alcanzar, porque a las once estaremos subidos en el segundo tren y el segundo tren no hace paradas hasta Medina del Campo.

—De acuerdo.

—Adrián.

—Sí.

—Vamos a llegar a Santiago con algo que ellos no esperan que llevemos.

Porque ellos todavía creen que solo el cuadernillo está en juego.

No saben lo de la pieza de piedra con la inscripción romana.

No saben lo de la llave de plata. No saben lo del mensaje en latín.

Lo que traemos no es solo la geografía del cruce.

Es la prueba física de que las dos redes vienen de una raíz común romana.

Eso cambia el mapa entero de la trilogía. No solo la nuestra.

—Lo sé.

—Y Xoán Ferro nos va a estar esperando.

—Lo sé.

Clara abrió los ojos. Miró el reloj de la estación.

—Quince minutos para el tren.

—Quince minutos.

Se levantaron. Caminaron hacia el andén. Pasaron el control de acceso sin incidente. El tren estaba ya estacionado. Subieron al vagón cinco. Se sentaron en dos asientos enfrentados junto a la ventanilla.

A las cinco y cincuenta y tres, el tren arrancó.

Barcelona, detrás, empezaba a amanecer con esa luz gris-azul de los primeros minutos del día. Las agujas de la Sagrada Familia se recortaron un momento contra el cielo naciente, más al este. Las avenidas del Eixample, todavía dormidas, con las farolas amarillas aún encendidas.

Adrián miró por última vez la ciudad desde la ventanilla.

Pensó en Mercè en Argenteria. Pensó en Nil subiendo al Cabildo dentro de dos horas para abrir el claustro.

Pensó en Aubet llegando a la oficina del IEPS a las diez y media para preparar la reunión virtual con Halvorsen.

Pensó en Pere Girona, en algún piso discreto del Eixample, con su cáncer de páncreas y sus dieciocho años de sobresueldo.

Pensó en Moro, enterrado en Sevilla, una tarde ya lejana de hacía exactamente ocho días.

Clara, enfrente, ya se había dormido de verdad, con la cabeza apoyada contra el cristal, el pelo cayéndole a un lado.

Adrián abrió el cuaderno azul. Escribió una sola frase nueva.

Viernes madrugada, salida de Barcelona. Piedra romana con inscripción idéntica a Santiago. Dos redes, una raíz. Girona avisó. Halvorsen no nos atrapó. Mercè cierra por nosotros. Vamos al oeste, otra vez.

Cerró el cuaderno.

Se recostó.

El tren ganaba velocidad a través de los pinares del Vallès. Detrás, el sol apenas empezaba a subir.

Y en el bolsillo interior de su mochila, envuelta en un pañuelo limpio, la pequeña pieza de piedra con la inscripción en latín pesaba apenas doscientos gramos, pero contenía una historia de mil ochocientos años que, aquella madrugada, empezaba a trasladarse hacia Santiago de Compostela, en manos de dos sevillanos cansados, en un vagón de segunda clase, a ciento noventa kilómetros por hora.

Como siempre.

Como cualquier cosa importante que se haya trasladado entre custodios desde los tiempos de los romanos.

Con discreción, con puntualidad, y sin pedir permiso.