Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 12. Bajo el mercado #2
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Capítulo 12. Bajo el mercado #2

—Nos está cerrando el círculo.

—Nos está cerrando el círculo. Y, si baja al Born este viernes por la noche alguien del IEPS con autorización oficial, nos lo vamos a encontrar allí. Por eso Pau no nos garantiza intimidad.

—Clara.

—Sí.

—¿Damos marcha atrás?

Clara lo pensó diez segundos.

—No —dijo—. Si retrocedemos ahora, ellos bajarán antes que nosotros y encontrarán lo que nosotros no podremos recuperar.

Si bajamos nosotros y nos encontramos con ellos, al menos sabremos con qué nos encontramos.

Mejor enfrentarse a la incertidumbre conocida que retroceder ante la incertidumbre imaginada.

—De acuerdo.

—Adrián.

—Sí.

—Si mañana por la noche pasara cualquier cosa rara, quiero que sepas que entre las cosas importantes que han pasado en mi vida, una es la noche del domingo pasado en la cripta de Santa Eulalia. Cuando oímos los dos pulsos juntos por primera vez.

—Gracias por decírmelo.

—Te lo digo por si acaso.

—Yo también pienso lo mismo.

Volvieron a la Pensió Bonavista a las diez y media.

El viernes por la noche, a la una y cincuenta de la madrugada, Adrián y Clara caminaban por la calle Princesa en dirección al Born.

Iban en silencio. Llevaban cada uno una mochila pequeña con linterna frontal, botella de agua, cámara compacta, cuaderno, pañuelo grande para envolver cualquier objeto que hallaran, guantes finos de archivo, y, en el caso de Adrián, la navaja Opinel del maestro Don Eulogio.

La llave de Rosa Bofill con la O grabada y la llave mayor con las tres muescas sevillanas las llevaba Clara, envueltas en un pañuelo limpio dentro del bolsillo interior del pantalón.

A las dos menos cinco, giraban por la calle Comerç.

Pau Franch los esperaba en una pequeña puerta de servicio lateral, casi invisible desde la calle, entre dos contenedores de reciclaje. Vestía ropa de trabajo oscura. Tenía la tarjeta electrónica ya en la mano.

—Puntuales.

—Puntuales.

—Adentro.

Abrió la puerta con un pequeño pitido que apenas se oyó.

Los tres entraron. Pau cerró. Se pusieron las linternas frontales.

Pau los guió por un pasillo de servicio interno, con pavimento de cemento pulido, paredes blancas, y varios armarios metálicos con instalaciones eléctricas.

Bajaron por una escalera de servicio hasta el nivel musealizado.

Desde allí, Pau los llevó a una puerta pequeña al fondo del sector suroeste, casi detrás de una exposición permanente sobre la vida cotidiana en la Barcelona del dieciocho.

—Esta puerta no está señalizada —susurró Pau—. Para el público, es un cuarto de mantenimiento. Realmente da al nivel inferior no excavado.

Insertó la tarjeta. La abrió. Bajaron once peldaños de piedra muy antiguos, probablemente originales del subsuelo romano, gastados por dos mil años de pisadas ocasionales.

Al final, una cámara amplia, rectangular, con el suelo de tierra apisonada y las paredes de piedra irregular.

La luz de las linternas frontales formaba pequeños círculos amarillos sobre el suelo y los muros.

—El nivel inferior —dijo Pau en voz baja—.

Unos veinte metros de largo por quince de ancho.

Nadie ha excavado aquí oficialmente. Los arqueólogos del 2002 se detuvieron en el nivel superior por recomendación del equipamiento.

Se dejó esta parte como reserva patrimonial, para futuras investigaciones.

La hornacina sureste, de la que me hablaron, está allí, al fondo a la derecha.

—Pau. ¿Usted se queda aquí?

—Me quedo aquí. Junto a la escalera. Si hay cualquier problema, les silbo. Un silbido corto para salida inmediata. Dos silbidos cortos para alerta menor.

—Entendido.

—Adelante.

Adrián y Clara cruzaron la cámara.

Al fondo, a la derecha, había efectivamente una hornacina: una pequeña excavación en la pared, de unos sesenta centímetros de ancho, cincuenta de alto, cuarenta de profundidad.

La entrada estaba parcialmente tapada por una baldosa caída, que en el documento de Pere Miró se describía con precisión.

Adrián se agachó. Movió la baldosa con cuidado.

La retiró. Iluminó el interior con la linterna frontal.

Dentro, había algo.

Una pequeña cámara labrada en la pared, con los bordes tallados de forma irregular, contenía, al fondo, una pieza envuelta en un paño oscuro muy gastado por el tiempo.

Adrián extendió la mano, con guante, y retiró el paño despacio.

Debajo había una pieza de piedra labrada, del tamaño de un puño, con una inscripción visible en la cara superior.

Al lado de la pieza, una segunda cosa: una pequeña caja metálica de unos diez centímetros de lado, con una cerradura mecánica antigua.

Clara, detrás, se agachó junto a él.

—Esto es.

—Esto es.

Adrián sacó la pieza de piedra primero. La sostuvo a la luz de la linterna. La inscripción era en latín tardío, grabada con una técnica profesional. Clara se acercó.

FIDES AQVAE MEMORIA PETRAE SILENTIVM NOSTRVM.

—La misma inscripción de Santiago —dijo Clara, muy bajo.

—La misma. Palabra por palabra. Fides aquae, memoria petrae, silentium nostrum.

—Esa inscripción estaba en Compostela. Lamela nos la enseñó.

—Y está aquí.

—Eso significa —dijo Clara, despacio, pensando en voz alta— que las dos redes compartieron esta fórmula en algún momento. Que no son redes independientes. Que tienen una raíz común.

—Una raíz común latina. Probablemente romana.

—Probablemente sí.

Adrián envolvió la pieza en un pañuelo limpio y la guardó en la mochila.

Clara, a su vez, sacó la caja metálica. Pesaba poco. La agitó muy suavemente: algo sonaba dentro, pequeño, metálico. Intentó abrirla: la cerradura estaba intacta pero oxidada. No cedía.

Adrián sacó la llave mayor con las tres muescas sevillanas. La probó. Encajó.

Hizo girar.

La caja se abrió con un clic seco, limpio.

Dentro, sobre un fondo de terciopelo descolorido, una pequeña llave de plata, muy fina, con un pequeño medallón grabado en la cabeza. Al lado, un trozo de papel doblado.

Clara cogió el papel primero. Lo desdobló. Era una nota corta, en latín, escrita con tinta negra por una mano antigua.

Clavis aperit portam inter mare et flumen. Custos sit sanctvs vel nvllvs sit.

—La llave abre la puerta entre el mar y el río —tradujo Clara en voz baja—. El custodio sea santo o que no lo sea ninguno.

—Entre el mar y el río.

—El mar Mediterráneo y el río Llobregat. El Born está entre los dos. Y esta cámara es, probablemente, el punto geográfico exacto del cruce entre las dos cuencas hídricas. El punto donde la red mediterránea y la red occidental se tocan sin mezclarse.

—Esta llave, entonces, abre...

—Algo que todavía no sabemos.

Adrián guardó la llave de plata, el papel y la caja en la mochila. Se levantó.

Miró el reloj. Eran las dos y cuarenta. Llevaban cuarenta y cinco minutos abajo.

—Vámonos.

—Vamos.

Cruzaron la cámara de vuelta. Pau los esperaba junto a la escalera. Los miró subir. Por la cara de Adrián entendió, sin que nadie dijera nada, que habían encontrado lo que buscaban.

Salieron por la puerta de servicio. Pau cerró. Eran las tres menos cuarto.

—Pau —dijo Adrián—, gracias.

—De nada.

—El pago.

—Mañana, si no les importa.

—Mañana.

Se dieron la mano. Pau desapareció por la calle Comerç en dirección a su coche, aparcado a dos manzanas. Adrián y Clara caminaron en la dirección contraria, hacia el Born, hacia el taxi más cercano que pudieran encontrar.

En la plaza del Born, a las tres y cinco, un coche estaba aparcado junto a la fachada de Santa María del Mar.

Un sedán oscuro, con los cristales tintados, con las luces apagadas.

Un hombre esperaba apoyado junto a la puerta del copiloto.

Llevaba una chaqueta ligera, pantalón oscuro, zapatos de suela blanda.

Al ver a Adrián y Clara cruzar la plaza, se incorporó.

Clara tomó el brazo de Adrián.

—Adrián.

—Lo veo.

—Tranquilos. Caminamos.

Siguieron andando como si no lo hubieran visto.

A la altura del coche, el hombre se despegó de la puerta y se interpuso en la acera.

Era alto, de unos sesenta y tantos años.

Tenía el pelo blanco cortado al cepillo.

La cara angulosa. Adrián no lo había visto nunca en persona, pero entendió inmediatamente, con una especie de reconocimiento interno que no provenía de ninguna fotografía, quién era.

—Señor Vega. Señora Bru.

Tenía un leve acento castellano del norte, de los pueblos de Palencia, y una voz que había sido joven alguna vez y ya no lo era.

—Buenas noches —dijo Clara, con una neutralidad de hierro.

—Soy Pere Girona. Canónigo emérito de Urgell. Me tomo la libertad de presentarme. Sé que probablemente ya saben quién soy.

Adrián asintió mínimamente.

—Lo sabemos.

—Quiero ser breve. Les he esperado aquí esta noche para decirles una sola cosa, a la cara. Yo no empujé a Màrius Bofill.

Clara lo miró.

—Nadie ha dicho que lo empujara.

—Pero alguno de ustedes lo ha pensado. Yo estaba esa noche en la galería superior.

Subí por la escalera del suroeste, con la llave que don Màrius tenía en su casa.

Eso es cierto. Pero no subí por voluntad propia.

Subí porque la señora Halvorsen me pidió que subiera, como testigo adicional, por si Aubet no conseguía lo que tenía que conseguir.

No necesitó que yo hiciera nada. Bofill cayó solo.

—Señor Girona —dijo Clara, con la misma frialdad profesional—, ¿por qué nos lo cuenta ahora?

—Porque estoy enfermo y voy a morir en los próximos seis meses. Y porque ya no tengo nada que perder que no haya perdido antes. Y porque un hombre de ochenta y siete años con cáncer de páncreas no debería llevar un secreto así a la tumba si puede evitarlo.

—Eso no le redime de su colaboración.