Capítulo 12. Bajo el mercado
Bajo el mercado
El contacto con Pau Franch lo gestionó Nil.
Adrián le había pedido el martes, con cautela profesional, si conocía a alguien dentro del equipamiento del Born Centre Cultural de confianza, y Nil, sin preguntar el motivo, había respondido que sí: un técnico de mantenimiento que a veces iba a la Catedral a consultas arquitectónicas cruzadas, un hombre serio, al que Bofill había apreciado.
Adrián le dio las gracias. Nil le dijo que al día siguiente se lo presentaría en un bar del Born.
Se vieron el miércoles por la tarde. El bar era pequeño y sencillo, en la calle de la Argenteria, cerca de Santa María del Mar.
Adrián llegó solo —Clara, ese mismo día, estaba con Laia, pasando a limpio para Lamela los documentos del correo interno del deán—.
Nil lo esperaba en una mesa lateral con un hombre de unos cuarenta años, corpulento, calvo, con barba corta de tres días, vestido con un polo gris y pantalón de trabajo oscuro.
Al verlo, Nil hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Pau, este es Adrián Vega, restaurador de Sevilla.
—Encantado.
—Adrián, este es Pau Franch, jefe de mantenimiento del Born Centre Cultural desde hace once años.
Se estrecharon la mano. Pau tenía un apretón firme y rápido, profesional.
Adrián se sentó frente a él. Pidieron dos cervezas y un refresco —Nil no bebía alcohol en horas laborables—.
Hablaron durante media hora de cosas distintas: del edificio antiguo del Born, de la excavación del 2002, de los problemas de drenaje que el equipamiento había tenido el invierno pasado, de los criterios de conservación del Ayuntamiento.
Adrián escuchó más que habló. A los quince minutos, había hecho una composición de lugar sobre Pau.
Era un hombre inteligente, con formación técnica sólida, sin ínfulas, que leía por las noches —al principio de la conversación había mencionado de pasada un libro reciente sobre arqueología industrial— y que tenía con el edificio del Born una relación afectiva que iba más allá de su función profesional.
El tipo de persona que, en una ciudad, sostiene silenciosamente la calidad del patrimonio común sin que nadie lo note.
A la media hora, Nil se despidió.
—Yo me retiro. Los dejo hablar de lo que les corresponde.
Pagó su refresco, se levantó, y se fue. En la mesa quedaron Adrián y Pau, solos.
Pau esperó a que Nil saliera del bar. Después, con una serenidad práctica, dijo:
—Sé por qué está aquí.
—¿Lo sabe?
—Más o menos. Màrius Bofill me visitó en el Born en diciembre del año pasado.
Tuvimos una conversación de tres horas. Me habló, sin contarme todo, de lo que pasaba bajo el nivel musealizado.
Me dijo que el equipamiento tenía un piso inferior no excavado que él y otros colegas de oficio conocían desde el ochenta y cinco.
Me dijo también que, si algún día alguien venía a preguntarme con discreción, lo más probable era que esa persona fuera de confianza y merecería mi colaboración.
—¿Le dijo quién?
—Dos nombres posibles. Fabián Lamela, canónigo de Santiago. Y, textualmente, los colegas de Sevilla, sin precisar nombres. Usted es colega de Sevilla, si no me equivoco.
—Lo soy.
—Bien. ¿Qué necesita?
Adrián lo pensó un momento antes de contestar. La franqueza, en ese tipo de conversaciones, no era un lujo: era la única moneda válida.
—Necesito bajar al nivel inferior del Born el viernes por la noche, con una persona más.
Tenemos motivos técnicos concretos para bajar esa noche y no otra.
Necesitamos acceso a una hornacina lateral del lado sureste, donde, según un documento del cuarenta y siete que hemos podido consultar, hay un pequeño depósito con una pieza que el Instituto Europeo de Patrimonio Subterráneo ha intentado localizar desde hace años.
No somos del Instituto. No trabajamos para ellos.
Somos personas que estamos intentando que lo que hay ahí abajo no caiga en sus manos.
Pau asintió despacio.
—Cuánto me pagan.
—Lo que sea razonable.
—Seiscientos euros.
—De acuerdo.
—En efectivo.
—En efectivo.
—No por el dinero, Adrián. El dinero es la manera de que esta conversación quede oficialmente clasificada como un arreglo privado entre dos adultos, y no como una colaboración estructurada con la institución que me emplea. Si se complicara, es el único cubrimiento legal que tengo.
—Lo entiendo.
—Bien.
Pau bebió de su cerveza.
—Les abro el viernes a las dos de la madrugada.
Puerta de servicio norte, la que da a la calle Comerç.
Accedo yo con mi tarjeta. Les acompaño al nivel inferior.
No entro con ustedes en la cámara sureste: eso es cosa suya.
Yo me quedo en el pasillo. Si tardan más de dos horas, los saco.
Si aparece un aviso de seguridad, los saco antes.
Trabajo con linterna frontal, sin luces generales, para no activar sensores de movimiento. ¿Les parece?
—Les parece.
—Llevan ustedes el material.
—Lo llevamos.
—Una cosa más, Adrián. Y esta es importante.
—Diga.
—Si esa noche alguien entra por una vía que yo no controlo, yo no puedo protegerlos.
Y alguien podría. Los de su Instituto del que ustedes huyen tienen acceso al nivel musealizado por convenio académico.
Pueden pedir permisos legítimos para una inspección nocturna.
Si han detectado movimiento, puede que hayan pedido ya el permiso.
El viernes por la noche, no puedo garantizarles intimidad absoluta.
Puedo garantizar que yo, personalmente, no les voy a delatar.
No puedo garantizar que no nos encontremos con sorpresas.
—Lo asumimos.
—De acuerdo.
Brindaron, secamente, con las cervezas.
Pau se levantó. Le dio la mano a Adrián.
—Hasta el viernes.
—Hasta el viernes.
Entre el miércoles y el viernes, la semana discurrió con una lentitud estratégica que Adrián, a posteriori, recordaría como la semana más deliberadamente tranquila de su vida profesional.
Clara trabajó por las mañanas con Laia en un piso alquilado por horas en la zona alta del Eixample —Laia había preferido no recibirlos ni en su piso compartido de Gràcia ni en el Cabildo—, transcribiendo y cotejando los documentos internos del deán.
Lamela, desde Santiago, participaba por teléfono en las sesiones: había decidido tomarse el caso de Laia en persona, y le estaba proponiendo una estrategia de salida ordenada —dimisión con motivos académicos plausibles, desvinculación del IEPS con comunicado razonable, y reorientación profesional hacia el Archivo de la Corona de Aragón, donde él tenía contactos propios.
Adrián, por las mañanas, se dedicaba a dos cosas.
La primera, avanzar en el artículo académico sobre Bofill, que le había tomado un cuerpo más sólido del que él mismo había previsto: siete páginas ya, con el aparato de notas empezado.
La segunda, ejercitar el oído en los puntos de la ciudad que aún no había escuchado técnicamente.
El martes por la mañana había pasado tres horas en la cripta de Sant Pau del Camp.
El miércoles, dos horas en el subsuelo romano del MUHBA.
El jueves, una visita larga a la sacristía mayor de Santa María del Pi, con un pretexto académico que el sacristán joven de allí aceptó sin sospechas.
En los tres puntos, Adrián había encontrado los dos pulsos superpuestos.
En los tres, con sincronizaciones distintas.
En Sant Pau del Camp, el cuatro-uno mediterráneo dominaba; en el MUHBA, los dos pulsos estaban casi equilibrados; en Santa María del Pi, sorprendentemente, el dos-tres occidental prevalecía, indicando que ese punto estaba más vinculado a la red oeste que a la mediterránea.
Anotaba todo en el cuaderno azul, con una disciplina que le habría gustado a Bofill.
Las tardes las pasaban juntos. Comían con calma.
Paseaban. En dos ocasiones, visitaron a Mercè en su piso de la calle Argenteria, breve y discretamente, para coordinar.
Mercè había vuelto de Montserrat el martes por la tarde, con un aspecto sereno.
Nil, por su parte, les informaba cada día con un mensaje corto al móvil sobre el movimiento del Cabildo: Aubet había salido el miércoles por la mañana a Ginebra, habría de volver el viernes al mediodía.
El viaje no era excepcional —Aubet iba a Ginebra cada dos o tres meses por asuntos del IEPS—, pero la coincidencia con la luna nueva, pensó Clara, probablemente no lo era.
El jueves por la noche, Clara dijo una cosa en la cena.
—Adrián.
—Dime.
—Mañana, cuando volvamos del Born, no vamos a quedarnos en Barcelona mucho más.
—¿No?
—Creo que no. Si la bajada sale bien, tenemos el testimonio verificado in situ. Si sale mal, no hay una segunda oportunidad. Sea cual sea el resultado, después del viernes no hay razón para seguir aquí.
—Y después de aquí.
—Santiago. Directamente. Sin pasar por Sevilla. Tenemos que entregar el testimonio a Lamela cuanto antes. Nosotros dos, en persona. No por correo.
—De acuerdo. ¿Cuándo crees que salimos?
—El domingo. Tren de la mañana. Madrid. Y desde Madrid a Santiago.
—Largo.
—Muy largo. Pero es el camino seguro. Un vuelo pone los nombres en un sistema. Un tren, no.
—De acuerdo.
Siguieron cenando.
—Clara.
—Sí.
—¿Tú cómo estás con la bajada?
—Menos tranquila de lo que pensaba esta mañana.
—¿Qué ha cambiado?
—Laia me ha dicho hoy algo. Aubet, antes de salir a Ginebra, hizo una cosa que no había hecho nunca en los meses que ella lleva en el Cabildo.
Pidió a la secretaría un listado completo de todos los accesos al claustro y a las dependencias subterráneas de los últimos siete días.
El listado incluye empleados, técnicos, sacristanes, consultores externos.
Lo quería, dijo, para un informe administrativo.
No es plausible. Ese listado no se usa para informes administrativos. Se usa para investigaciones internas.
Adrián respiró hondo.