Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 11. El agua que no se ve #2
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Capítulo 11. El agua que no se ve #2

Uno. Sota la cripta de Santa Eulàlia a la Seu de Barcelona.

Dos. A la cambra del costat sud-est del claustre, sota l'almàstec de la galeria superior.

Tres. A l'armari amb la O a la sagristia petita de Santa Maria del Mar.

Cuatro. Al nivell inferior no excavat sota l'antic mercat del Born, accés per la porta de servei nord.

Cinco. A la cripta de Sant Pau del Camp, vora l'absis menor.

Seis. A la cambra del Museu d'Història de Barcelona, sota la plaça del Rei, entre el mur romà i la capella de Santa Àgata.

Siete. A la sagristia major de Santa Maria de Pi, sota el paviment, en un punt no marcat.

Clara levantó la vista.

—Siete puntos —dijo—. Pero el cruce, estrictamente hablando, es uno solo. ¿Por qué siete?

—Siete —explicó Joan Baptista, con voz clara— porque la red mediterránea pasa por Barcelona con siete puntos de respiración, como una serpiente con siete escamas.

Cada uno es accesible independientemente.

La respiración completa solo se percibe si se visitan los siete en el orden correcto dentro del mismo ciclo lunar.

Mi tío Pere me contó esto una vez, en el sesenta y dos, un año antes de morir.

Él había visitado los siete puntos en 1937, durante la guerra, en un solo ciclo de seis días.

Volvió de ese recorrido, me dijo, habiendo oído el edificio entero.

—El edificio entero —repitió Adrián, despacio.

—El edificio entero. Barcelona como sistema. Cada uno de los siete puntos aportando una voz distinta. Siete voces. Un coro.

—Trece ocas, siete puntos.

—Trece custodios humanos —corrigió Joan Baptista con una sonrisa pequeña—. Siete puntos físicos. Los números no son simétricos porque los custodios son más de los puntos. Un custodio puede cuidar más de un punto.

Clara siguió pasando.

En la octava y última página del cuadernillo, Pere Miró había escrito una nota final. Era la más corta de todas y la más personal.

Si aquest memorial arriba mai a mans d'un custodi actiu, li deman una cosa: que el llegeixi, el comprengui, i el destrueixi.

El que importa no és el memorial. Importa el coneixement.

Si algú l'ha llegit i el comprèn, el memorial ha complert la seva missió.

El que vingui després haurà de guanyar-se el coneixement pel seu compte. Així ha estat sempre. Així ha de ser.

Clara tradujo.

—Si este memorial llega algún día a manos de un custodio activo, le pido una cosa: que lo lea, lo comprenda, y lo destruya.

Lo que importa no es el memorial. Importa el conocimiento.

Si alguien lo ha leído y lo comprende, el memorial ha cumplido su misión.

Quien venga después tendrá que ganarse el conocimiento por su cuenta. Así ha sido siempre. Así tiene que ser.

Hubo un silencio largo.

Joan Baptista fue el primero en hablar.

—Clara.

—Sí.

—Copie.

Clara lo miró.

—¿Copio o transcribo?

—Transcriba. Letra por letra, esquema por esquema, párrafo por párrafo.

Tiene tiempo hasta las tres de la tarde.

Después, a las tres, destruimos el cuadernillo en el patio interior del monasterio, con la autorización del hermano Ramon.

Devolvemos al tomo solo el hueco vacío. Ninguna traza. Así lo pidió mi tío.

—¿Seguro?

—Clara. Mi tío fue custodio cincuenta y tres años. Sabía lo que pedía. Y yo, que lo he conocido, sé que si no cumplimos esa instrucción precisa, no lo haremos descansar.

Clara asintió despacio.

—De acuerdo.

Adrián intervino.

—Yo, mientras Clara transcribe, puedo ayudar con los esquemas. Los dibujo a escala idéntica en hojas limpias.

—Perfecto.

Se pusieron a trabajar.

Mercè, por su parte, se acercó a Joan Baptista y se sentó a su lado.

Los dos mayores, apartados del trabajo técnico, empezaron a hablar en voz baja en catalán sobre cosas personales.

Aurora, que había salido un momento a la recepción a pedir más café, volvió con una bandejita con cinco tazas.

Colocó una junto a cada uno y se sentó en silencio, con un libro de oraciones que había sacado de su bolso.

La transcripción duró tres horas. Clara trabajaba con una concentración absoluta.

Copiaba cada párrafo con una letra pequeña, apretada, idéntica a la original, en un cuaderno nuevo que Aurora había traído expresamente desde Sant Pere de Ribes, con papel de gramaje similar al del cuadernillo.

Adrián, en paralelo, dibujaba los esquemas con lápiz fino sobre hojas limpias de papel de calco, con una precisión técnica que, desde fuera, tenía algo de restauración de retablo: mediciones con regla, verificaciones, correcciones leves, todo sin prisa.

A las dos y cuarto, habían terminado.

Clara releyó la transcripción página por página, comparándola con el original. Corrigió dos pequeños errores de acento. Leyó una vez más. Declaró la copia cerrada.

Adrián revisó los esquemas. Confirmó las cuatro escalas. Añadió, en el ángulo inferior de cada uno, una pequeña firma ilegible —las iniciales A.V. superpuestas— para autenticidad interna.

Mercè y Joan Baptista, que hablaban en voz baja, detuvieron la conversación y se acercaron.

—¿Terminado? —preguntó Mercè.

—Terminado.

—Bien.

Joan Baptista se levantó. Apoyó la mano en el brazo de Clara.

—Clara.

—Sí.

—Lo que tiene usted ahora en ese cuaderno no es una copia. Es el testimonio. Mi tío lo llamaría así. A partir de este momento, usted es la depositaria. El cuadernillo original ha cumplido su misión. Lo destruimos ya.

—Adelante.

Llamaron al hermano Ramon, que volvió al cabo de un minuto.

Le explicaron en dos frases. Ramon asintió sin preguntas.

Los condujo por un pasillo interior hasta un patio pequeño al fondo del ala norte, un patio cerrado con tres muros de piedra y un cuarto muro con una pequeña hornacina que contenía, en una urna de cerámica gris, las cenizas de todos los documentos que el fondo había incinerado a lo largo de los siglos.

Era un rito antiguo del monasterio: lo que se destruía por razones de custodia se destruía allí, y las cenizas se dejaban mezclarse con las anteriores sin identificación.

Ramon encendió un pequeño brasero de metal al lado de la urna.

Clara, con las manos todavía enguantadas, retiró el cuadernillo del tomo. Cortó con un pequeño bisturí los hilos de la encuadernación. Las ocho hojas quedaron sueltas. Las sostuvo en las manos durante unos segundos.

—¿Alguien quiere decir algo? —preguntó.

Joan Baptista cerró los ojos.

—Clara, por favor, lea en voz alta el último párrafo. El de mi tío.

Clara lo leyó en catalán, despacio, sin traducir:

—Si aquest memorial arriba mai a mans d'un custodi actiu, li deman una cosa: que el llegeixi, el comprengui, i el destrueixi.

El que importa no és el memorial. Importa el coneixement.

Si algú l'ha llegit i el comprèn, el memorial ha complert la seva missió.

El que vingui després haurà de guanyar-se el coneixement pel seu compte. Així ha estat sempre. Així ha de ser.

Se quedaron en silencio los seis —el hermano Ramon incluido.

Clara se acercó al brasero. Depositó las ocho hojas una a una en las brasas. Cada hoja prendió con una pequeña llama amarilla y se convirtió en ceniza en menos de un minuto. El humo era mínimo, casi nulo. El olor, a papel viejo quemado y un rastro vagamente tintero.

Cuando la última hoja se consumió, Clara dio un paso atrás.

Joan Baptista, con una voz muy baja, murmuró en catalán:

—Descansa en pau, oncle. El coneixement està salvat. El testimoni ha passat. Adéu, memorial.

Mercè se santiguó brevemente.

Ramon apagó el brasero. Recogió las cenizas con una pequeña paleta y las vertió dentro de la urna de cerámica gris, donde se mezclaron con las cenizas de generaciones anteriores.

—Ya está.

—Ya está.

Volvieron a la sala. Clara guardó el cuaderno con la transcripción y las hojas con los esquemas en su mochila, envueltos en un pañuelo de lino. Cerraron el tomo Informe sobre obres a la cripta. Ramon lo llevó personalmente al archivo. Volvió al cabo de unos minutos.

—Mercè —dijo Ramon—, el Libro de las trece está en el fondo custodiado. Tal como hablamos.

—Gracias, Ramon.

—Cuando deseen recuperarlo, avísenme.

—Lo haremos.

Almorzaron los seis —el hermano Ramon incluido— en el comedor pequeño de la hospedería: una sopa de arroz con verduras, una ensalada grande, y un pescado asado que Aurora comentó, con la cortesía catalana de las mujeres mayores, que estaba correcte, no excel·lent.

El pescado del Mediterráneo, dijo, hay que comerlo en la costa, no a mil metros de altura.

Ramon rió con la risa pequeña de los benedictinos.

A las cuatro de la tarde, Joan Baptista se retiró a descansar. Aurora con él. Mercè dijo que ella se quedaba esa noche en Montserrat y bajaría a Barcelona al día siguiente. Adrián y Clara, por tanto, bajarían ellos dos solos en el tren de las cinco y media.

Se despidieron en el atrio de la basílica.

Joan Baptista, antes de que Adrián y Clara se marcharan, les dijo una cosa.

—Chicos.

—Sí, Joan.

—Cuando bajen al Born, que no sea esta semana.

—¿Por qué no?

—Porque la semana que viene hay luna nueva. Los siete puntos, en luna nueva, están calibrados para que se oigan bien. En luna llena, el ciclo está desplazado, y cualquiera que entre en ese momento produce desfases que se notan a distancia.

—Entendido.

—El viernes, si pueden, es la noche mejor.

—El viernes.

—Clara.

—Sí.

—Llévese el testimonio a Santiago cuanto antes. No lo guarden en Barcelona más de una semana. Que Lamela lo tenga.

—Lo haremos.

—Adrián.

—Sí.

—Usted, restaurador. Cuide el pulso.

—Lo cuido.

—Y cuídese usted también.

—Lo intento.

Joan Baptista apretó la mano a Adrián. Después a Clara, más despacio. Con una dignidad de hombre mayor que se despide de jóvenes conscientes de su responsabilidad.

—Hasta el próximo viaje.

—Hasta el próximo viaje.

Adrián y Clara bajaron al apeadero.

El tren de las cinco y media salió con puntualidad. Durante el descenso, la montaña de Montserrat se fue empequeñeciendo detrás del cristal. Aurora había insistido en darles un pequeño paquete con dos bocadillos para el camino. Adrián, por costumbre, los aceptó sin protestar.

Se sentaron en un vagón vacío. Clara, con la mochila en el regazo, mirando el paisaje.

—Adrián.

—Sí.

—Lo tenemos.

—Lo tenemos.

—Siete puntos descritos. Cuatro ya verificados por cruce con lo que sabíamos: la cripta de Santa Eulalia, la cámara del claustro bajo el almáciz de la galería superior, el armario con la O en Santa María del Mar, y el nivel inferior del Born.

Tres nuevos: la cripta de Sant Pau del Camp, la cámara bajo la plaça del Rei en el MUHBA, y la sacristía mayor de Santa María del Pi.

—Tres que no teníamos.

—Tres que no teníamos. Y que nadie del IEPS tiene. Porque Aubet, si tuviera los siete puntos, ya no necesitaría hacer nada más en Barcelona.

—El testimonio es nuestro. Y la clave también.

—Sí.

Se quedaron mirando el paisaje.

—Clara.

—Dime.

—Esto cambia las cosas.

—Las cambia mucho.

—Tenemos, con nosotros, información que el IEPS no va a poder recuperar aunque nos incaute todo. Porque aunque incauten el cuaderno, nosotros hemos leído las páginas. Si pasa algo, el conocimiento vive mientras vivamos nosotros.

—Como dijo Pere Miró.

—Como dijo Pere Miró.

Adrián miró por la ventanilla. La luz del atardecer, a medida que bajaban hacia el valle, iba dorando las piedras de la montaña. Al cabo de un rato, habló.

—Clara.

—Sí.

—Cuando volvamos, bajamos al Born el viernes por la noche, como ha dicho Joan.

—El viernes.

—Y antes del viernes, dos cosas. Una: hablamos con Laia para saber qué le ha dicho Lamela estos días. Dos: cerramos el itinerario físico del Born. El acceso. Necesitamos un técnico.

—Pau Franch.

—¿Pau Franch?

—El técnico del equipamiento del Born al que Mercè aludió el miércoles. El que tenía acceso al nivel musealizado y era de confianza. No lo hemos contactado todavía. Esta semana es el momento.

—De acuerdo.

Llegaron a Plaça Espanya a las siete y cuarenta y dos.

Bajaron al metro. Tomaron la línea uno hasta Urquinaona.

Desde Urquinaona, en lugar de subir a Gràcia como habían hecho los últimos días, pidieron un taxi.

Clara le pidió al taxista que les dejara directamente en la Pensió Bonavista.

Dolors los saludó con una inclinación al entrar.

Subieron a la segunda planta. Clara guardó el cuaderno con la transcripción y las hojas con los esquemas en la caja fuerte pequeña que la Pensió había puesto a disposición de los huéspedes en el armario. Cerró con el código. Bajó.

Cenaron cada uno una tortilla francesa y una ensalada en el pequeño comedor de la Pensió. Dolors, a las diez, les ofreció una copa de vino. Aceptaron.

A las diez y media estaban cada uno en su habitación.

Adrián, antes de dormir, escribió en el cuaderno.

Lunes 8 de septiembre. Montserrat. Cuadernillo hallado y transcrito.

Siete puntos, cuatro conocidos + tres nuevos: cripta Sant Pau del Camp, cámara MUHBA, sacristía Santa María del Pi.

Destruimos original. Testimonio en nuestra mano y a Santiago cuanto antes.

Bajada al Born el viernes en luna nueva.

Pau Franch a contactar. Laia sesión esta semana con Lamela por teléfono. Adelante.

Cerró el cuaderno. Apagó la luz.

Afuera, en Gràcia, el viento de la noche había cambiado de dirección. Soplaba ligero desde el oeste, empujando hacia el Mediterráneo nubes muy altas y muy finas que cruzaban el cielo a un ritmo distinto del que cruzaban las personas las calles.

Cruzaban, pensó Adrián —con una frase que le llegó justo antes de caer del todo dormido—, en cuatro y uno.