Capítulo 11. El agua que no se ve
El agua que no se ve
El tren cremallera de Montserrat salió de la estación de Plaça Espanya a las seis y treinta y seis minutos de la mañana del lunes.
Adrián y Clara, Mercè ya esperándolos en el vagón de la cabecera, y Joan Baptista y Aurora, que habían llegado desde Sant Pere de Ribes en el tren anterior, coincidieron los cinco en el coche delantero a las seis y veintiocho.
Fue un encuentro breve, de apretones de manos y pequeñas palabras de aliento: Joan Baptista, sentado ya en un asiento doble junto a Aurora, apretó durante unos segundos la mano de Adrián al darle el pésame por Moro sin nombrar al perro, con un lo siento, amigo que se quedó en el aire con una densidad particular.
El viaje duró una hora y treinta minutos.
La vía, después de dejar atrás Montserrat Aeri, empezaba a subir con la inclinación característica del cremallera, y el paisaje del Bages se desplegaba en la ventanilla: la cuenca agrícola, los pueblos pequeños, las masías dispersas, y, cada vez más cerca, la mole de la montaña mágica de la liturgia catalana con sus formas orgánicas —los dedos de piedra, los cruces, las agujas que no habían sido talladas por ninguna mano.
El cielo, aquella mañana, estaba limpio.
La temperatura, a medida que subían, bajaba gradualmente.
A las ocho y cinco, el tren llegó al apeadero de Montserrat con una campanada única, muy breve, que saludó al edificio del santuario.
Bajaron los cinco. Aurora había preparado dos mochilas con bocadillos para el día entero.
Joan Baptista, con su bastón plegable que había traído desde casa, caminaba despacio por la plaza del monasterio apoyándose levemente en el brazo de Adrián.
Mercè, a la derecha, se había adelantado a la recepción de la hospedería para dejar algunas cosas que había traído.
A las ocho y media, se reunieron los cinco en el atrio pequeño de la basílica y entraron a la misa de ocho y media, la más temprana, que se decía en el presbiterio con una voz baja y una asistencia escasa: dos monjes concelebrantes, una religiosa mayor en uno de los bancos laterales, y tres peregrinos dispersos.
Adrián no se había considerado nunca un hombre particularmente religioso.
Pero aquella mañana, por motivos que no sabía nombrar del todo —quizá el ritmo de la noche anterior en la cripta de Santa Eulalia, que le había dejado el oído abierto; quizá la muerte reciente de Moro; quizá, simplemente, Montserrat, que producía efectos raros en los visitantes—, aceptó la misa con más atención que de costumbre.
El cura joven que celebraba leyó la epístola de san Pablo a los Filipenses con una pronunciación pausada y catalana que a Adrián le pareció hermosa.
El Senyor és a prop. No us angoixeu per res.
El Señor está cerca. No os angustiéis por nada.
Al terminar la misa, a las nueve y veinte, salieron a la plaza.
Mercè los llevó a tomar un café en el bar pequeño de la hospedería.
Aurora y Joan Baptista se sentaron a una mesa lateral.
Adrián, Clara y Mercè a otra contigua. Mercè se había quitado el pañuelo que llevaba a la llegada.
Tenía un color distinto al de Barcelona: más sereno, menos tenso, un rostro descansado.
—Ramon Cases nos espera a las once en la sala de lectura del fondo —dijo Mercè—. Tenemos casi dos horas por delante. Les propongo algo. Antes de bajar al cuadernillo, subamos los cinco a la capilla del trono. Es breve. Vale la pena.
Subieron. La Moreneta, al fondo de su pequeño camarín alto, detrás del altar mayor, recibía a los peregrinos con esa quietud suya.
Mercè se arrodilló ante el reclinatorio.
Aurora también. Joan Baptista, por imposibilidad física de arrodillarse, permaneció de pie, con las manos cruzadas delante.
Clara y Adrián, sin arrodillarse ni hacer nada especial, se quedaron a un lado, respetuosos.
La escena duró unos tres o cuatro minutos. Nadie habló.
Al salir, bajaron por la escalinata opuesta. Mercè y Aurora encabezaban. Joan Baptista y Adrián, detrás. Clara, al lado, observándolo todo con la atención del archivero que sabe que lo que está viviendo es material.
A las once menos cinco, estaban los cinco en la sala de lectura del fondo, en el segundo piso del ala norte.
Era una sala sobria: suelo de madera encerada, estanterías con libros antiguos de lomo oscuro, una mesa de trabajo grande en el centro con seis lámparas de archivero, dos ventanas altas que daban a la montaña, y un retrato al óleo pequeño de un abad del siglo dieciocho sobre la pared principal.
El hermano Ramon Cases les esperaba de pie junto a la mesa.
Era un hombre de unos setenta años, de estatura media, con el hábito benedictino negro y una sonrisa discreta.
Llevaba gafas de pasta dorada y un pequeño rosario de madera pendiendo del cinturón del hábito.
Al ver a Joan Baptista entrar, dio un paso hacia él con una emoción contenida.
—Joan.
—Ramon.
Se estrecharon la mano con fuerza. Ramon mantuvo el apretón un segundo más de lo normal.
—Hacía años.
—Hacía cinco.
—Te veo bien.
—Me ves ciego. Pero bien por dentro.
—Así es como importa.
Se soltaron. Ramon saludó después a Aurora, a Mercè, a Clara y a Adrián con la cortesía serena de los monjes benedictinos.
—Siéntense, por favor. He preparado el material.
Sobre la mesa, un libro grande encuadernado en piel marrón oscura, del tamaño de un atlas escolar, con el lomo marcado en dorado: Informe sobre obres a la cripta.
1948. Ramon había colocado al lado dos guantes blancos, una lupa de joyero, un bloc de notas, dos lápices bien afilados, y una pequeña jarra de agua con cinco vasos.
Se sentaron. Ramon se sentó enfrente.
—Este volumen —empezó— forma parte del fondo documental del Informe sobre las obras de consolidación de la cripta basilical realizadas entre 1947 y 1951.
Lo escribió un equipo de cuatro personas: el hermano Martí Coma, el técnico Pere Miró i Badia de Tortosa, el arquitecto Ramon Puig Boada, y el albañil jefe Antoni Vall.
El tomo contiene informes técnicos, planos, fotografías, y correspondencia.
Es un documento de consulta habitual. Lo consultan dos o tres veces al año investigadores de patrimonio.
Hizo una pausa.
—Lo que ustedes vienen a buscar, según me ha explicado Mercè, está dentro del tomo pero no figura en su índice. Les voy a dejar trabajar solos. Yo estaré en mi despacho, en el pasillo. Si necesitan cualquier cosa, llamen a la puerta.
—Gracias, hermano.
Ramon se levantó. Antes de salir, apoyó brevemente la mano sobre el hombro de Joan Baptista.
—Joan.
—Dime.
—Me alegro de que hayas subido.
—Yo también me alegro.
Ramon salió.
Se quedaron los cinco alrededor de la mesa.
Clara se puso los guantes blancos. Abrió el tomo con cuidado.
Las primeras páginas contenían un índice detallado en catalán del contenido del informe, con secciones numeradas: obras de drenaje, consolidación de bóvedas, cimentación este, cimentación oeste, reparación de dos pilares, y un apéndice final titulado Documentació annexa no catalogada, capítol obert.
—Apéndice final —dijo Clara, en voz baja—. Documentación anexa no catalogada. Capítulo abierto.
—Eso es —asintió Mercè.
Pasó directamente al apéndice. El apéndice ocupaba las últimas treinta páginas del tomo.
Contenía, efectivamente, diversas piezas sueltas no catalogadas: notas manuscritas del técnico Antoni Vall sobre pequeñas reparaciones posteriores, una carta del arquitecto Puig al abad sobre un desacuerdo técnico menor, varios dibujos a lápiz de detalles constructivos, y, hacia el final, un grupo de hojas que se distinguían del resto por tener un grosor de papel diferente, un color ligeramente más amarillento, y un formato más pequeño que el de los folios del informe.
Ocho hojas.
Encuadernadas dentro del tomo como si fueran parte del apéndice, pero cuidadosamente distintas.
Clara las levantó con cuidado.
Las ocho hojas estaban cosidas por el lomo con un hilo fino, formando un cuadernillo. En la primera, escrito con la letra inconfundible de Pere Miró i Badia, un título en catalán:
Memorial del creuament entre la xarxa occidental i la xarxa mediterrània. Descripció topogràfica dels set punts accessibles. Redactat a Tortosa, juny del any MCMXLVII. Dipositat a Montserrat, maig del any MCMXLVIII, per la salvaguarda comuna.
Clara tradujo en voz baja.
—Memorial del cruce entre la red occidental y la red mediterránea. Descripción topográfica de los siete puntos accesibles. Redactado en Tortosa en junio del año 1947. Depositado en Montserrat en mayo del año 1948, para la salvaguarda común.
Joan Baptista, desde su silla, dejó escapar una respiración larga.
—Está ahí —susurró.
—Está ahí —confirmó Clara.
Mercè, a su vez, se había puesto muy recta en la silla. No tocaba el cuadernillo. Se limitaba a mirarlo.
Clara empezó a pasar las páginas una a una.
Las siete páginas siguientes contenían, efectivamente, descripciones topográficas de siete puntos subterráneos de Barcelona.
Cada punto ocupaba una página. Había, para cada uno, un pequeño esquema a mano —unas líneas rectas, algunas curvas, letras identificando accesos y direcciones— y, debajo, un párrafo denso en catalán con las coordenadas exactas, las referencias arquitectónicas visibles desde el punto, y la manera correcta de acceder.
Los siete puntos estaban, según fue leyendo Clara: