Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 10. El mar y la piedra #2
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Capítulo 10. El mar y la piedra #2

A las once, salieron de la playa. Subieron caminando por la avenida del Marqués de l'Argentera.

Tomaron un café en una terraza de la calle Princesa.

A la una, comieron tapas en un bar pequeño.

A las tres, estaban en el hotel. Clara se echó una siesta de dos horas.

Adrián se quedó en la sala común con el cuaderno nuevo, escribiendo.

No tomaba notas del oficio. Escribía otra cosa: una primera versión, en borrador, del artículo académico sobre Bofill que le había prometido a Rosa en Mataró.

Dos páginas. No estaban terminadas. Pero era un comienzo.

A las cinco de la tarde, el móvil de Adrián sonó. Era Tomás Beltrán, desde Sevilla.

Adrián descolgó.

—Tomás.

—Adrián. ¿Le pillo bien?

—Bien.

—Le llamo por un asunto del claustro.

—Dígame.

—Anoche, sobre las once y media, tuvimos una cosa rara.

La campana de Santa María de la Giralda, la campana de Santiago —usted sabe cuál le digo—, se desfasó durante unos cuarenta segundos.

No un desfase grande. Un pelín de grado, dos décimas.

Pero sostenido. Cuando volvió a su sitio, pasaron otros veinte segundos.

No hubo viento. No hubo tormenta. El aire estaba quieto.

Lo he comprobado con la estación meteorológica del aeropuerto. El desfase no tiene causa ambiental.

—Tomás. ¿En otro sitio alguien estaba trabajando?

—He hecho las llamadas. Rafael no estaba en el claustro. Salvatierra tampoco. Nadie más tiene las llaves. Eso no ha sido nadie de aquí.

—¿Desde Santiago?

—Lamela me lo ha contestado hace un rato. Allí todo tranquilo. Ni bajadas, ni movimientos.

—Entonces, Barcelona.

—Eso sospecho yo. Si Barcelona tiene movimiento, la campana de Santiago —que es la que captura los movimientos del eje oeste— lo registra. Lleva doscientos años registrándolo. Es su oficio.

—Tomás, gracias por llamar.

—No hay de qué. Cuide usted. Y, oiga, don Adrián, el padre Salvatierra me ha contado lo del perro. Lo siento.

—Gracias, Tomás.

—Un abrazo.

Colgó.

Adrián se quedó sentado, con el móvil en la mano.

A las once y media de la noche del sábado en Sevilla, alguien había hecho algo en Barcelona que había llegado a Santiago, y de Santiago a Sevilla, como las ondas de una piedra en un estanque.

Adrián no había estado en ningún sitio relevante la noche anterior.

Clara tampoco. Mercè estaba en Montserrat.

Joan Baptista, en Sant Pere de Ribes. Laia, probablemente, en su piso de Gràcia. Nadie de los aliados.

El movimiento, entonces, lo habían hecho los otros.

Adrián subió a la habitación de Clara. Le contó en dos frases lo de Tomás.

—Han bajado —dijo Clara.

—Han bajado.

—¿Al Born? ¿A la cripta de Santa Eulalia?

—No lo sé. Pero han bajado a alguno de los puntos. Y lo han hecho el sábado, a una hora en la que Barcelona está vacía de gente seria.

—Nos están preparando el terreno.

—O están ganando tiempo antes de que lleguemos.

—O las dos cosas.

Adrián se sentó en el borde de la cama.

—Clara. Tenemos que bajar a la cripta esta noche.

—Ya.

—¿Con Nil?

—Le llamo yo.

Clara marcó. Nil contestó al primer tono.

—Senyora Bru.

—Nil. Esta noche a las once, si usted pudiera abrirnos.

—Donde.

—La cripta de Santa Eulalia.

Hubo un silencio muy pequeño al otro lado.

—A las once. La puerta lateral del claustro. Abra usted que yo les abriré.

—De acuerdo.

Colgaron.

Clara miró a Adrián.

—A las once.

—A las once.

—Come algo ahora.

—Vale.

A las once menos cinco, entraban por la puerta lateral del claustro.

Nil los esperaba en el pasillo con una linterna encendida.

Cerró con llave tras ellos. Cruzaron el claustro a oscuras, guiados solo por la linterna de Nil.

Las ocas, al oírlos, levantaron la cabeza, reconocieron el andar de Nil, volvieron a dormirse.

La vigilante de turno los siguió con la mirada un rato más.

Nil los llevó por la puerta interior de la Catedral. Cruzaron la nave del templo, también casi a oscuras, con solo la lamparilla del sagrario encendida al fondo. Bajaron, por una escalera lateral que Adrián no conocía todavía, a la cripta de Santa Eulalia, que estaba bajo el altar mayor.

La cripta era un espacio circular, con una bóveda baja, ocho columnas finas y el sepulcro central de Santa Eulalia, de alabastro, con el relieve labrado en el siglo catorce. Nil encendió una pequeña luz lateral, discreta. La cripta quedó en penumbra amarilla.

—Necesitamos silencio absoluto —dijo Adrián.

—Les dejo. Yo me quedo arriba en la nave. Si oigo algo, bajo.

—Gracias, Nil.

Nil subió.

Clara y Adrián se quedaron solos en la cripta.

Adrián se sentó en el suelo, con la espalda contra la columna del lado norte, las piernas dobladas, las manos sobre las rodillas.

Clara hizo lo mismo, contra la columna de enfrente.

Apagaron el móvil. Apagaron incluso la luz del reloj.

Dejaron solo la lamparilla lateral que Nil había dejado encendida.

Durante los primeros cinco minutos, solo se oía el silencio.

Un silencio pesado, el de las criptas antiguas, que no es ausencia de sonido sino presencia de piedra fría alrededor.

Adrián cerró los ojos. Respiró despacio.

Lo que intentaba hacer era, como le había enseñado Tomás en la Giralda meses atrás, vaciar primero el oído de los ruidos superficiales para que emergieran los subyacentes.

A los siete u ocho minutos, empezó a oír el primero.

Un pulso muy bajo, regular, casi imperceptible. Dos latidos cortos seguidos de tres más largos. Dos y tres. El pulso del eje occidental. El ritmo de Santiago con el que él había estado practicando durante cinco meses.

Adrián sonrió apenas en la oscuridad. Lo había encontrado.

A los doce o trece minutos, empezó a oír el segundo.

Era más difícil. Estaba, literalmente, por debajo del primero. Un zumbido largo, grave, con una periodicidad distinta. Cuatro pulsaciones muy bajas seguidas de una quinta más grave todavía. Cuatro y uno. El pulso mediterráneo.

Adrián abrió los ojos.

Miró a Clara. Clara también tenía los ojos abiertos. Se miraron durante unos segundos.

—Lo oyes —susurró Clara.

—Lo oigo.

—Los dos.

—Los dos.

—¿A la vez?

—Escucha.

Cerró los ojos otra vez. Clara también.

Los dos ritmos estaban allí, superpuestos, en planos distintos.

El dos-tres más agudo, más cercano, más rítmico.

El cuatro-uno más bajo, más de fondo, más lento.

Durante un rato, los oyó por separado, saltando la atención de uno al otro.

Después, lentamente, los oyó a la vez. Los dos pulsos se cruzaban en un tejido complejo.

A veces coincidían —cuando el tercer latido del dos-tres caía sobre la quinta pulsación grave del cuatro-uno—, y en ese momento se producía algo así como un golpe sordo que hacía vibrar la piedra muy levemente, apenas perceptible bajo las manos apoyadas en el suelo.

Se separaban. Volvían a coincidir. Se separaban otra vez.

Era, pensó Adrián, exactamente como un compás musical compuesto. El dos-tres contra el cuatro-uno. Un pulso híbrido que producía, cada cierto número de ciclos, un punto de resonancia.

Calculó mentalmente. Para que el tercer latido del dos-tres coincidiera con la quinta pulsación del cuatro-uno, tenía que pasar un ciclo de quince unidades.

Cinco pulsaciones completas del ritmo corto equivalían a tres pulsaciones completas del ritmo largo.

Tres-cinco-quince. Un número divino. Un número que cualquier constructor gótico medieval habría reconocido sin vacilar.

Adrián abrió los ojos.

—Clara.

—Sí.

—Ya está.

—¿Qué está?

—Barcelona.

—Cuéntame.

—Son dos pulsos superpuestos. El dos-tres del eje occidental, el cuatro-uno del eje mediterráneo.

Cuando se sincronizan, cada quince unidades, producen una resonancia.

Esa resonancia es lo que los custodios catalanes habrán estado oyendo y registrando desde siempre.

Y esa resonancia es probablemente lo que provocó el desfase de la campana de Santiago anoche: alguien, en Barcelona, entró en uno de los puntos del cruce durante un ciclo de resonancia.

—Entraron en el momento exacto.

—Entraron en el momento exacto.

—Eso es conocimiento técnico avanzado, Adrián. El IEPS tiene a alguien con este conocimiento.

—El IEPS tiene a Pere Girona con este conocimiento. Probablemente.

—Probablemente.

Se quedaron los dos en silencio.

El pulso seguía allí, regular, insistente, llenando la cripta como una respiración inmensa y muy lenta.

Adrián pensó, sin querer, que cada vez que una catedral de Europa había resistido durante siglos había sido, entre otras cosas, porque un puñado de personas como ellos dos se había sentado de madrugada en sus criptas a escuchar el edificio.

—Clara.

—Sí.

—Nunca había sentido esto tan claro.

—Lo sé. Yo tampoco.

—Tengo ganas de levantarme y abrazarte.

—Resiste. Somos testigos, no amantes.

—Lo sé. Lo digo por decirlo.

—Bien dicho.

Se rieron los dos, muy bajo, entre dos latidos del dos-tres.

A las doce y media, subieron a la nave. Nil los esperaba sentado en un banco del fondo, con la linterna apagada, con los brazos cruzados. Al verlos subir, se levantó.

—¿Han oído lo que querían oír?

—Más —dijo Clara—. Hemos oído lo que no sabíamos que queríamos oír.

Nil sonrió. Una sonrisa pequeña, sin boca.

—Bien.

—Nil —dijo Adrián, despacio—, ¿usted oye los pulsos?

Nil bajó la mirada un segundo.

—Señor Vega, yo los he oído siempre. Desde que entré en esta casa.

Pero no sabía lo que eran. Pensé durante años que eran el metro, o el tráfico, o el murmullo de las ocas.

Don Màrius me dijo una vez, hace cinco años, que eran otra cosa.

No me explicó el qué. Pero me dijo: Nil, si un día alguien baja a la cripta a escucharlos en serio, acompáñelos.

Es trabajo de los que entienden de verdad.

—Gracias por habernos acompañado esta noche.

—Era mi parte.

Salieron los tres por la puerta lateral del claustro. Nil cerró con llave. En la plaça de la Seu, a las doce y cuarenta, la ciudad dormía con esa quietud de las madrugadas sevillanas de verano, pensó Adrián, aunque aquí las piedras eran otras. Se despidieron de Nil.

—Hasta mañana, si nos necesita.

—Hasta cuando me necesiten.

Nil se fue por la calle del Bisbe en dirección a Sant Andreu.

Adrián y Clara esperaron un minuto en la plaza.

Bajaron por Sant Jaume y Ferran. Tomaron un taxi en Rambla Catalunya para subir a Gràcia.

El taxista, un hombre de unos sesenta años, los llevó sin hablar hasta la puerta de la Pensió Bonavista.

Entraron al hotel. Dolors estaba todavía despierta detrás del mostrador, viendo un programa antiguo por la televisión. Les dio las buenas noches con una inclinación de cabeza, como siempre.

Subieron a la segunda planta. Se detuvieron ante la puerta de Adrián.

—Clara.

—Sí.

—Mañana es lunes. Montserrat.

—Ya.

—Ya estamos preparados.

—Ya estamos preparados.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Adrián.

Entraron cada uno a su habitación.

Adrián, antes de acostarse, abrió el cuaderno nuevo. La primera página, con la única frase que había escrito el viernes —Moro, doce años, galgo, gracias—, la mantuvo intacta. En la segunda página, escribió el pulso que acababa de identificar.

Dos-tres superficial. Cuatro-uno profundo. Coinciden cada quince unidades. Resonancia compleja. El cruce es real. Esto es Barcelona.

Cerró el cuaderno. Apagó la luz.

Afuera, sobre Gràcia, las estrellas casi no se veían por la luz urbana.

Pero existían, igualmente. Como las ocas en el claustro.

Como los pulsos en la cripta. Como las personas buenas que, en algún rincón no visible de la ciudad, dormían esa noche con la misma paciencia con la que habían dormido, siglos atrás, sus tatarabuelos y sus tatarabuelas.

Adrián durmió profundamente. Sin sueños. Por primera vez desde el jueves.

Dos habitaciones más allá, Clara también.

La ciudad, en esa hora, hacía lo que hace siempre: respirar.

En cuaternario lento por debajo, en dos y tres más rápido por encima, y en tres y uno en las campanas exteriores que, cada cuarto de hora, marcaban sobre los tejados la última forma de oficio que ningún IEPS podría jamás contabilizar en sus informes trimestrales.

Barcelona, por fin, había empezado a abrir puertas.

La más importante se abriría mañana, a mil metros de altura, en la biblioteca de un monasterio benedictino construido sobre una montaña de piedra, al otro lado del río Llobregat, donde un hombre llamado Ramon Cases los esperaba desde las nueve y veinte de la mañana, con un café cortado y una sonrisa discreta de bibliotecario.

Y donde, en un tomo encuadernado en 1948, dormían ocho hojas manuscritas que habían estado esperando a alguien durante setenta y ocho años para volver a ser leídas.