Capítulo 10. El mar y la piedra
El mar y la piedra
El sábado por la mañana Adrián se despertó a las diez y media sin despertador, con esa sensación particular de los duelos recientes en que uno, al abrir los ojos, primero siente la luz y dos segundos después recuerda que el mundo ha cambiado sin pedir permiso.
Se quedó en la cama un rato. Escuchó, al otro lado de la pared, los pasos de Clara que se preparaba para bajar a desayunar.
Se levantó. Se duchó con agua fría. Se vistió con el pantalón claro y una camisa azul. Bajó a la sala común.
Clara estaba terminando un café. Le sonrió al verlo.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Dolors me ha guardado una tostada para ti.
—Gracias a Dolors.
Desayunó despacio. Comió dos tostadas con aceite y tomate.
Bebió un zumo de naranja recién exprimido.
El café, lo tomó más largo que de costumbre.
Hablaron poco. Dolors, desde la barra, no interfería.
Había en la sala ese silencio específico de las pensiones pequeñas los fines de semana por la mañana, cuando los huéspedes ocasionales han salido ya y quedan solo los que viven más tiempo.
A la una, habían quedado en comer en un restaurante de barrio en la plaça del Sol.
Salieron del hotel a las doce y media. La mañana, a diferencia de la tarde anterior, estaba despejada.
El cielo, azul muy limpio. La temperatura, sorprendentemente agradable para septiembre en Barcelona: veinticuatro grados, quizá veinticinco.
Comieron en una mesa de la terraza bajo la sombra de un plátano grande.
Arroz con verduras, ensalada grande, un pescado a la plancha para compartir, un vino blanco pequeño.
Durante la comida, hablaron poco del caso.
Hablaron sobre todo de otras cosas: de la hermana pequeña de Clara en Valencia, que acababa de comprarse una casa; del maestro de Adrián, Don Eulogio, que cumplía noventa años en octubre; de una amiga común de Sevilla que había vuelto a fumar y que no lo decía.
Hablar de temas menores, por una vez, fue un pequeño lujo.
Al pagar la cuenta, Clara miró a Adrián.
—Adrián.
—Dime.
—Hace ahora cosa de una semana que llegamos. Tengo una propuesta.
—Escucho.
—Mañana, domingo, vamos a la playa.
Adrián la miró.
—¿A la playa?
—A la Barceloneta. Por la mañana temprano, antes del turismo.
Nos metemos los pies en el agua. Nos sentamos en la arena dos horas sin hablar si queremos, o hablando si queremos, pero sin móvil y sin trabajo.
Volvemos al hotel por la tarde. Y el domingo por la noche, si nos sentimos con fuerza, bajamos al claustro de la Catedral con Nil.
A escuchar. Porque los dos ritmos de Barcelona, que todavía no has descifrado, van a aparecer tarde o temprano, y no quiero que aparezcan cuando estemos ya en Montserrat.
Quiero que aparezcan aquí. En la cripta de Santa Eulalia. Con tiempo.
—De acuerdo.
—¿Te parece bien?
—Me parece muy bien.
—Bien.
El domingo por la mañana salieron a las siete y media del hotel.
La Barceloneta, a esa hora, tenía una vida distinta de la que conocen los turistas: pescadores mayores con caña al final del espigón, corredores solitarios por el paseo, algún grupo de viejos haciendo estiramientos frente al mar, un bañista ocasional nadando en paralelo a la playa con brazadas tranquilas.
El aire era limpio, con ese olor salino matinal que en las costas mediterráneas solo dura un par de horas antes de que el calor lo disuelva.
El mar estaba muy quieto. Una sola ola pequeña, repetitiva, rompía suavemente en la orilla cada cuatro o cinco segundos.
Bajaron por la rampa del paseo. Se quitaron las sandalias.
Clara se arremangó los pantalones hasta las rodillas.
Adrián también. Caminaron descalzos por la orilla, en dirección al hotel Vela, durante unos quince minutos.
El agua estaba fresca, no fría: la temperatura justa que el Mediterráneo tiene a primeros de septiembre, antes de que las tormentas de mitad de mes bajen la temperatura del baño.
Los pies se hundían en la arena mojada con esa suavidad específica del Mediterráneo, diferente del arenón duro del Atlántico.
Se sentaron al cabo de un rato en la arena seca, a unos cinco metros del borde del agua.
Clara sacó de la mochila dos toallas pequeñas.
Se sentaron sobre ellas, con las piernas estiradas, las manos apoyadas en la arena detrás.
El sol, a las ocho menos veinte, todavía bajo, les daba en el lado derecho de la cara.
Durante la primera media hora, no hablaron casi.
Miraban el mar.
Clara, con el pelo recogido en una coleta baja, sin maquillaje, con una camisa blanca grande por encima del bañador —no se iba a bañar, solo la había traído por precaución—, tenía esa expresión quieta que ponía cuando estaba pensando en más cosas de las que pensaba articular.
Adrián, a su lado, miraba alternadamente el mar y un punto indefinido de la arena.
De vez en cuando, enterraba los dedos de los pies en la arena mojada con un movimiento pequeño, la sacaba, la dejaba resbalar.
El gesto básico que todos los humanos, sin excepción, hacen cuando se sientan junto al mar.
—Clara.
—Sí.
—Hay un sonido de fondo.
—¿Cuál?
—Las olas. Cuentas tres antes de que rompa una cuarta. Tres-uno.
Clara lo miró.
—¿Estás escuchando ritmo en el mar?
—No a propósito. Pero el oído ya no se apaga. Ahora cuenta solo.
Clara escuchó.
—Es verdad —dijo, al cabo—. Tres pequeñas y luego una más grande. Tres-uno.
—Sí.
—¿Y eso te dice algo?
—No lo sé.
Se quedaron callados.
Hacía, pensó Clara, cinco días exactos que Mercè les había dicho en la cripta de Santa María del Mar que no corrieran. Cinco días pensando sin prisa, confirmando pistas, localizando a Laia como aliada, enterrando a Moro. Había algo, en ese ritmo, que empezaba a parecerse a un trabajo sostenible.
—Adrián.
—Sí.
—Lo del otro día.
—Dime.
—Lo que hablamos. De nosotros dos.
—Sí.
—Quería decirte una cosa más. Solo una. No es una insistencia. Es una aclaración.
—Dime.
—Lo que te dije entonces —que si nos convertíamos en pareja perdíamos la capacidad de ser testigos uno del otro— era verdad. Lo sigue siendo. No me he arrepentido. Pero hay una parte que no te dije y que quiero decirte ahora.
—Adelante.
—La parte que no te dije es que, en otras circunstancias, si yo no fuera archivera y tú no fueras restaurador, y si este oficio no existiera, probablemente tú y yo ya seríamos una pareja.
Eso es todo. Lo digo por honestidad. Para que sepas cómo es el sacrificio que estamos haciendo los dos y, sobre todo, para que sepas que el sacrificio es real y no una pose.
Adrián tardó un momento en contestar.
—Clara.
—Sí.
—Gracias por decírmelo.
—No hay de qué.
—Yo también te tengo que decir algo equivalente, entonces.
—Adelante.
—Cuando Elena y yo nos separamos, hace cuatro años, yo pensé durante un año entero que no iba a volver a enamorarme.
Y no me he enamorado desde entonces. Pero en mayo del año pasado, cuando tú viniste por primera vez al taller a preguntarme lo del retablo del Salvador, una parte de mí registró que, contra lo que yo creía, no era cierto que no pudiera volver a enamorarme.
Y el hecho de que no hayamos dado el paso en dieciséis meses, Clara, no es porque no haya habido posibilidad.
Es porque he aprendido, a mi edad, que hay cosas que son más importantes que enamorarse.
—¿Como qué?
—Como trabajar al lado de la persona que más admiras en el mundo, sin estropearla.
Clara se quedó quieta.
—Eso es muy bonito, Adrián.
—Es como lo siento.
—A mí me pasa lo mismo.
—Ya.
Clara apoyó la cabeza contra el hombro de Adrián. Dos segundos. Tres. Luego la apartó.
—Perdón —dijo, con una risita pequeña—. Se me ha escapado.
—No tienes que pedir perdón.
—Vale.
Siguieron mirando el mar.
El sonido del oleaje, como Adrián había detectado, marcaba un ritmo cuaternario: tres olas menores seguidas de una más grande, con una regularidad que tenía algo de hipnótico.
Adrián, al cabo de un rato, se dio cuenta de otra cosa: bajo el ritmo cuaternario superficial, había un pulso de fondo, mucho más grave, que solo se oía si uno dejaba de escuchar el ritmo obvio.
Era un zumbido bajísimo, como una respiración lejana.
La marea. La corriente. El movimiento entero del Mediterráneo contra la costa catalana.
—Clara.
—Sí.
—Hay un segundo sonido.
—¿Cuál?
—Debajo del ritmo de las olas. Un zumbido muy grave. Largo. Regular.
Clara cerró los ojos. Se concentró unos segundos.
—Sí. Lo oigo. Es como... un cuatro-uno muy lento. Cuatro pulsaciones graves seguidas de una más grave.
—Cuatro-uno.
—Cuatro-uno.
Adrián abrió los ojos. La miró.
—Clara. Ese es el pulso mediterráneo.
—El pulso...
—Lamela dijo en Santiago que la red catalana estaría marcada por algo distinto del tres y dos y del dos y tres. Dijo que Barcelona es cruce. Que tendría dos pulsos. Uno como el nuestro, y otro distinto.
—El nuestro, dos y tres.
—Dos y tres. Y aquí, además, cuatro y uno.
—Aquí, ahora mismo, en la playa, estoy oyendo cuatro y uno. En el mar. No en la piedra.
—Y si en el mar está, y la hipótesis del cruce es correcta, en la piedra también tiene que estar.
—Sí. Pero solo si uno lo escucha.
—Exacto.
Adrián se quedó en silencio.
—Esta noche —dijo, despacio—, bajamos con Nil.
—Esta noche bajamos con Nil.
Miraron el mar un rato más.
A las nueve y media, Adrián se metió en el agua. Solo hasta las rodillas. Se quedó un par de minutos allí de pie, mojándose la cara con las manos. Cuando salió, tenía las pestañas húmedas y un aspecto reblandecido, como si acabara de despertarse por segunda vez.
Clara, desde la toalla, lo miró con afecto.
—Estás bien.
—Estoy bien.
—Moro te diría que has hecho una cosa rara.
Adrián sonrió.
—Moro me decía cosas raras todos los días.