Capítulo 9. Lo que muere en agosto #2
—Clara —empezó Laia—, voy a ser directa.
He descubierto algo esta mañana, revisando mi propio expediente de personal.
Un descuido administrativo me ha dejado acceso a un correo interno del deán del Cabildo, fechado el 18 de enero de 2025 en el que habla ya de mí como archivera sustituta, con detalles específicos de mi contrato, la cantidad salarial, y las condiciones.
—El 18 de enero.
—Casi un mes antes de la muerte de Màrius Bofill. Que fue el 14 de febrero.
—Ya.
—El correo del deán va dirigido a dos personas. Una es Jordi Aubet, canónigo del Cabildo. La otra es una dirección del IEPS en Ginebra, firma desconocida pero probablemente la dirección ejecutiva. Es un correo de tres líneas. Dice, en la última: procedemos según el calendario acordado.
Clara mantuvo la expresión neutra. Dentro, sin embargo, registró la frase con una precisión exacta.
Según el calendario acordado. Significaba que el nombramiento de Laia había sido pactado antes de la muerte de Bofill.
Significaba que, en algún momento de enero, alguien —el deán, Aubet, Halvorsen— había decidido que Bofill iba a faltar pronto, y había empezado a organizar la sucesión.
—Laia. ¿Está usted en condiciones de compartir conmigo ese correo?
Laia abrió la carpeta. Sacó una fotocopia impresa. La giró hacia Clara. Clara la leyó sin tocarla.
Era exactamente lo que Laia había descrito. Tres líneas. La última, una frase asesina.
—¿Usted sabe leer esto como lo estoy leyendo yo?
—Lo leo como lo lee usted.
—¿Cuál es entonces su posición?
Laia respiró.
—Mi posición es que he estado ocupando durante cuatro meses un puesto para el que fui nombrada en una operación que asumía la muerte de mi predecesor antes de que mi predecesor muriera.
No puedo seguir ocupándolo sin contaminarme.
Pero tampoco puedo irme hoy sin más, porque eso levantaría sospechas que serían utilizadas contra Màrius, contra Mercè, contra usted, contra mí misma. Estoy atrapada, Clara. Y le pido ayuda.
—Laia.
—Sí.
—Usted en Lovaina, hace años, ¿estudió con Halvorsen?
—No. La conocí en un congreso de Viena en el dos mil veintitrés. Dos cafés. Nada más. No tengo relación personal con ella.
—¿Y con Aubet?
—Aubet me entrevistó en junio de dos mil veinticinco. Fue él quien me recomendó para el concurso. Yo acepté de buena fe. No tenía por qué sospechar nada.
—La creo.
—Gracias.
Hubo una pausa.
—Laia —dijo Clara—, si le sirve una respuesta honesta, le diré que creo que usted ha sido manipulada.
Pero también le diré que esa no es una situación que yo, personalmente, pueda resolver.
Lo que puedo hacer es ponerla en contacto con alguien que sí.
Fabián Lamela, canónigo emérito de Santiago.
Él tenía correspondencia con Bofill durante cuarenta años.
Si usted quiere, le paso su número de teléfono esta misma noche.
Llámele mañana. Cuéntele lo que me ha contado a mí. Él decidirá cómo orientarla.
—Sí. Por favor, el número.
Clara lo escribió en una servilleta. Se lo entregó.
—Laia.
—Sí.
—Una pregunta.
—Dígala.
—Durante estos cuatro meses, ¿usted ha pasado información al IEPS sobre el trabajo del fondo reservado?
Laia cerró los ojos un momento.
—Durante el primer mes, sí. Lo hice convencida de que formaba parte del convenio académico y de que era un procedimiento normal. A partir de mediados de junio dejé de hacerlo. No supe formular en palabras por qué dejé de hacerlo. Pero dejé de hacerlo.
—Bien.
—¿Eso es suficiente?
—No, Laia. Eso es un inicio. Pero es un inicio honesto. Lamela lo sabrá valorar.
—Gracias.
Hubo un silencio.
Laia bebió por primera vez de su café americano.
—Clara.
—Sí.
—Una cosa más, si no es abuso.
—Dígala.
—Màrius, durante el tiempo que nos conocimos —yo fui alumna suya en un curso de paleografía en 2016—, me trató con mucha dignidad.
Me habló como si yo fuera una igual, cuando yo era una estudiante de máster.
Cuando me llegó la oferta del Cabildo en 2024 la acepté también pensando que honrarlo era aceptarla.
Ahora entiendo que ocurrió justo lo contrario.
Quiero que usted sepa que yo... que yo no pretendía. .. que yo no sabía que...
—Laia.
—Sí.
—Tranquila. Yo sé que no sabía. Mercè Fiol, que era amiga íntima de Màrius, también lo sabe. No está usted sola en esto. Está confundida, está asustada, pero no está sola.
Laia asintió sin hablar.
Se secó con el pañuelo los ojos, con una discreción profesional.
—Gracias, archivera.
—Laia, llámeme Clara, por favor.
—Clara.
—Termínese el café. Lo necesita.
Laia sonrió una sonrisa pequeña. Bebió. Terminó el café.
Se despidieron a las siete menos cuarto. Antes de salir, Laia hizo una última pregunta.
—Clara. Una cosa que le quería decir antes.
—Diga.
—El padre Aubet me pidió ayer por la tarde un informe sobre cuál es exactamente el trabajo que ustedes están haciendo en el Cabildo.
Me pidió detalles. Yo no le he entregado nada concreto.
Le he dicho que estaban trabajando con material del fondo general sobre marginalia del XVIII, y que parecían académicos serios.
Nada más. Se fue malhumorado. No sé qué hará a continuación.
—Gracias por avisarme.
—Es lo menos.
Se despidieron con un apretón de manos que era ya casi una complicidad.
Laia salió primero. Clara se quedó cinco minutos más en la mesa, sola, bebiendo el té frío, para no salir juntas. Cuando pagó y salió, la plaza del café estaba iluminada por las farolas amarillas del atardecer de Gràcia. Caminó hasta la pensión por un recorrido tranquilo.
Al volver al hotel, encontró a Adrián en la sala común. Estaba sentado en uno de los sofás, con el cuaderno nuevo sobre las rodillas, abierto, y un bolígrafo en la mano. Había escrito una sola frase en la primera página. No quiso enseñársela. Clara tampoco preguntó.
—¿Cómo ha ido? —dijo Adrián.
—Mucho mejor de lo que esperaba. Laia se ha derrumbado. Voluntariamente. Ha descubierto esta mañana que su nombramiento se organizó un mes antes de la muerte de Bofill. Le he pasado el teléfono de Lamela. Llamará mañana.
—Entonces tenemos una cuarta aliada catalana.
—La tenemos.
—Eso es muy bueno, Clara.
—Es muy bueno.
—¿Qué hacemos con esta información esta noche?
—Esta noche, Adrián, tenemos permiso para no hacer nada. Mercè me lo dijo esta mañana. Dense permiso para parar. Demos.
Adrián sonrió levemente.
—De acuerdo.
—¿Salimos a andar un rato?
—Salimos.
Salieron del hotel a las ocho y media de la noche.
Era viernes. Gràcia, a esa hora, tenía la vida típica de los barrios catalanes en un viernes de septiembre: gente salíendo del trabajo, pequeños grupos de amigos ocupando terrazas, niños todavía despiertos jugando en las plazas mientras sus padres cenaban en los bares.
Caminaron hacia el sur, cruzaron Diagonal por Passeig de Gràcia, bajaron hasta plaça Catalunya.
Desde allí, sin decidirlo del todo, se metieron por las Ramblas.
Era una caminata sin objetivo. Andaban por el placer físico de andar.
Ni siquiera hablaban mucho. En algún momento, a la altura del Liceu, Clara se detuvo a comprar dos higos negros en un puesto callejero, y siguieron comiéndolos mientras andaban, con los dedos pegajosos.
En la plaça Reial se sentaron diez minutos en un banco a ver a dos adolescentes aprendiendo a patinar con monopatines.
Adrián miraba con una mezcla de curiosidad paternal y cansancio antiguo. Clara lo observaba con cariño de reojo.
A las diez y pico entraron al Barri Gòtic por la calle Ferran.
Bajaron sin rumbo por callejuelas estrechas.
Se cruzaron con turistas, con parejas jóvenes, con un borracho educado que les pidió un cigarrillo y aceptó el no fumo con un gracias de todas formas.
En una esquina de la calle Lledó, en una plaza pequeña que Adrián no habría sabido nombrar, un hombre joven tocaba el saxofón bajo una farola amarilla.
Tocaba una pieza lenta, melancólica, sin amplificación, con una limpieza de sonido real.
Adrián se paró.
—¿La conoces? —preguntó.
—No.
Se quedaron los dos de pie, a unos seis metros del músico, escuchando.
El saxofonista, un chico de veintitantos años, con camisa blanca mal planchada y unos pantalones oscuros demasiado grandes, tocaba sin mirar alrededor.
No había puesto estuche abierto para las monedas.
No tocaba para ganarse la vida. Tocaba para tocar.
La pieza duró unos seis minutos. Adrián reconoció, a la mitad, el giro melódico: era Lush Life, la balada de Billy Strayhorn, aunque muy libremente interpretada.
La tocó tres veces, dos como estaba escrita y una tercera improvisando sobre ella con una libertad que sorprendió a Adrián.
Cuando terminó, bajó el instrumento. Se pasó la muñeca por la frente.
Miró a los dos oyentes con una pequeña sonrisa.
Adrián se acercó. Sacó un billete de diez euros de la cartera. Se lo ofreció al músico.
—Gracias —dijo Adrián en castellano.
El músico dudó. Tardó un segundo en aceptar.
—Moltes gràcies.
—De res.
Se alejaron. Clara, a los tres pasos, miró a Adrián.
—Diez euros es mucho.
—Hoy me lo podía permitir.
—Ya.
Siguieron andando. A los cinco minutos, en otra calle estrecha, Clara le puso la mano a Adrián en el brazo —cinco segundos, no más— y dijo:
—Adrián.
—Sí.
—Va a estar bien.
—Ya lo sé.
—No me refiero a que va a estar bien ahora. Me refiero a que va a estar bien a largo plazo. Tú, quiero decir.
—Ya lo sé, Clara.
—Ya lo sabes. Pero yo necesito decírtelo igual.
—De acuerdo. Gracias.
Llegaron al hotel pasadas las once y media. Dolors les dio las buenas noches con una inclinación de cabeza desde su despacho. Subieron a la segunda planta. Adrián se paró ante su puerta.
—Clara.
—Dime.
—Mañana por la mañana duermo hasta que el cuerpo me pida. No pongo despertador.
—Yo tampoco.
—¿Comemos juntos?
—Hacia las dos, en algún sitio cercano.
—Hecho.
—Buenas noches, Adrián.
—Buenas noches, Clara.
Adrián entró en su habitación. Cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama. Miró la pared durante unos minutos. Se levantó. Fue al balcón —su habitación, a diferencia de la de Clara, tenía un pequeño balcón con dos macetas vacías— y se apoyó contra la barandilla.
Abajo, la calle Topazi estaba vacía. Solo una farola amarilla daba luz al pavimento.
Adrián pensó en Moro. Pensó en la primera vez que lo había visto, en una perrera de las afueras de Sevilla, doce años atrás: un galgo joven, delgado, asustado, con el hocico hundido entre las patas, al que alguien había devuelto.
Él lo había adoptado por impulso, sin planificación.
Se lo había llevado a casa esa misma tarde.
Moro había olido cada rincón del piso durante dos horas seguidas, con una seriedad profesional, antes de decidirse a tumbarse.
Se tumbó junto a la entrada, vigilando la puerta.
Había dormido allí, en esa misma postura, cada noche durante los dos primeros años.
Solo después, muy despacio, había empezado a migrar hacia el dormitorio, y finalmente hacia el pie de la cama.
Adrián pensó en todas las veces que lo había sacado a pasear por el río.
En las mañanas de invierno en las que Moro se resistía a salir porque hacía frío.
En los veranos en que buscaba sombras con una eficacia milagrosa.
En el gesto de cabeza que hacía cuando Adrián decía Moro, vamos, levantando los ojos con una paciencia antiquísima, como diciendo ya voy, no me metas prisa.
Pensó en la manta verde.
Y ahí, en el balcón pequeño de la Pensió Bonavista, a las once y cincuenta de la noche del viernes, Adrián se echó a llorar.
Lloró durante unos cuatro o cinco minutos. Sin ruido. Con las manos apoyadas en la barandilla, los hombros un poco inclinados, y los ojos cerrados. El mismo llanto íntimo que los hombres adultos practican de vez en cuando sin que nadie los vea.
Clara, en la habitación de al lado, no lo oyó.
Pero lo supo.
Porque las personas que comparten oficio saben cosas así por otras vías.
Se quedó en su cama, sin encender la luz, respetando el silencio.
Y le dedicó a Moro, sin levantarse, un pequeño pensamiento de archivera: un galgo viejo que durmió a los pies de un hombre bueno durante doce años. Gracias por estar ahí, Moro. Sábado treinta de agosto de dos mil veinticinco Barcelona, once y cincuenta y tres minutos de la noche. Consignado.
Se durmió poco después.
Adrián también, al cabo de media hora.
Fuera, en la calle Topazi, la farola siguió iluminando el pavimento vacío hasta el amanecer.
Y, en algún punto del Eixample, un oficinista del IEPS trabajaba todavía preparando los papeles para la reunión del lunes, sin saber que los dos sevillanos habían perdido esa noche algo pequeño que, para ellos, era grande, y que por tanto iban a llegar a la reunión con un cansancio distinto del que Ginebra había calculado.
A veces, la gravedad interna de los custodios es justamente eso.
Llegar cansados, por las razones correctas, a las reuniones equivocadas.