Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 9. Lo que muere en agosto
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Capítulo 9. Lo que muere en agosto

Lo que muere en agosto

El teléfono de Adrián sonó a las cuatro y cuarenta y dos minutos de la madrugada del jueves.

Adrián estaba dormido con un sueño superficial, uno de esos sueños que los hombres de su edad tienen la noche anterior a un viaje importante, y al primer timbrazo ya había abierto los ojos.

Al segundo, buscaba el móvil sobre la mesilla.

Al tercero, vio el nombre en la pantalla y supo, antes de descolgar, qué le iban a decir.

—Salvatierra.

—Adrián.

La voz del canónigo estaba más baja que de costumbre. Había en ella esa sobriedad pequeña de los sacerdotes viejos cuando tienen que decir cosas que no son urgentes pero son definitivas.

—¿Moro?

—Hace cuarenta minutos, Adrián. En la cocina de Pilar. Dormido. Con una manta. Sin un quejido.

Adrián cerró los ojos.

—¿Estaba solo?

—No. Pilar se había quedado con él esta noche porque lo notaba flojo.

Lo tenía en la cocina, en el camastro de siempre.

Se quedó un rato sentada con él hasta las tres y media, y luego se echó en el sofá del salón pegado a la puerta.

Se durmió. A las cuatro y cinco se despertó por un pequeño ruido, fue a la cocina y lo encontró ya frío.

Se ve que hubo un momento, un estertor breve, y se fue.

Sin sufrir. No ha sufrido, Adrián. Te lo aseguro.

—Gracias, padre.

—¿Estás solo?

—Estoy en un hotel pequeño en Gràcia. Clara está en la habitación de al lado. Voy a despertarla.

—Despiértala, sí. No te quedes solo con esto media hora.

—De acuerdo.

—Adrián.

—Sí.

—Yo me quedo con Pilar un rato más. Ella quiere llamarte para decírtelo en persona. Le he dicho que espere a las seis. Que te dé una hora para asentarlo. Aceptó.

—Gracias.

—Y otra cosa. Si quieres que yo me haga cargo del entierro aquí, Pilar y yo lo llevamos. Conozco un sitio en las afueras de Sevilla donde se hace con dignidad. Hoy mismo. A mediodía. Si lo prefieres así, tú te quedas en Barcelona y nos encargamos nosotros.

—Sí, padre. Por favor. Háganlo ustedes.

—De acuerdo.

—Padre.

—Dime.

—Si puede, pídale a Pilar que, antes del entierro, le deje la manta en el camastro. Que no se la retire. Que la tire con él. Era su manta.

—Se lo pido. Te lo prometo.

—Gracias.

—Adrián. Lo siento mucho.

—Lo sé.

Colgaron.

Adrián se quedó sentado en el borde de la cama con el móvil en la mano derecha, mirando la pared. Durante unos dos minutos, no se movió. Luego se levantó, se puso los pantalones, salió al pasillo descalzo y llamó con los nudillos a la puerta de Clara.

Clara abrió a los pocos segundos. Tenía el pelo revuelto, una camiseta grande por encima de las rodillas, los ojos dormidos pero atentos. Al ver la cara de Adrián, se apartó sin preguntar.

—Pasa.

Adrián entró. Se sentó en la silla junto al escritorio. Clara se sentó en el borde de la cama, frente a él.

—Moro.

—Ya.

—Hace cuarenta minutos. En la cocina de Pilar. Salvatierra estaba allí hasta las once. Pilar se quedó con él esta noche.

—Lo siento.

—No ha sufrido.

—Me alegro de eso.

—Salvatierra se encarga del entierro esta mañana. Le he dicho que sí.

—Bien.

Hubo un silencio.

—Adrián.

—Dime.

—Hoy no vamos a Montserrat.

—No.

—Llamo yo a Mercè. Tú llama a Joan.

—De acuerdo.

Clara cogió el móvil. Eran las cinco menos veinte. Mercè, probablemente, estaría ya despierta —la mujer llevaba cuarenta años despertándose a las cinco y media, con o sin motivo—, pero en cualquier caso la llamaría.

—Mercè.

Mercè contestó al segundo tono.

—Clara.

—Mercè, no vamos a ir hoy a Montserrat. Ha muerto el perro de Adrián esta madrugada en Sevilla. No está en condiciones.

Hubo un silencio breve.

—Lo entiendo. ¿Necesitan aplazar cuánto?

—Si pudiéramos ir el lunes en lugar de hoy, nos vendría mejor. Nos da dos o tres días para reorganizarnos.

—El lunes está bien. Se lo digo a Joan Baptista y a Aurora esta mañana. Ellos también lo aplazan. Le digo a Ramon Cases que nos espere el lunes a las once, no hoy.

—Gracias.

—Dígale a Adrián que lo siento.

—Se lo diré.

—¿Ustedes van a estar bien estos tres días?

—Vamos a estar bien.

—Clara.

—Sí.

—No hagan nada esos tres días. Quédense quietos. No se acerquen al Cabildo, no se acerquen al Born, no se acerquen a mi casa. Dense permiso para parar. Cuando vuelvan el lunes, volverán con más claridad.

—De acuerdo.

—Hasta el lunes.

—Hasta el lunes.

Colgaron.

Adrián, por su parte, llamó a Joan Baptista. Fue Aurora quien descolgó. Adrián le explicó con pocas palabras. Aurora, con una calidez contenida que tenía un algo de Mercè, dijo solo las cosas son así, señor. Les esperamos el lunes. Joan Baptista le pasó a Adrián al teléfono durante unos segundos.

—Adrián.

—Joan.

—Sepa una cosa.

—Dígala.

—Cuando murió mi perra en el noventa y tres, lloré más que cuando murió mi madre. No me avergonzó entonces y no me avergüenza decirlo ahora. Un perro viejo que ha dormido quince años a los pies de su amo y que muere sin pedirle nada es una cosa seria.

—Gracias, Joan.

—Hasta el lunes.

Colgaron.

Adrián dejó el móvil sobre el escritorio.

Se apoyó con las dos manos en la mesa. Durante un minuto entero, no dijo nada.

Clara tampoco dijo nada. La habitación, a las cinco menos diez de la madrugada, estaba iluminada solo por la pequeña lámpara de la mesilla.

Por la ventana entreabierta entraba un aire ligeramente más fresco que el del día anterior.

—Clara.

—Sí.

—Tengo que llamar a Pilar a las seis.

—Lo sé.

—¿Te importa que me quede aquí contigo hasta entonces?

—Quédate.

Adrián se levantó de la silla. Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, las rodillas dobladas. Clara, desde la cama, le acercó una almohada. Adrián la puso detrás de la espalda. Cerró los ojos.

No lloró.

Clara tampoco le obligó a llorar. Se quedó sentada en la cama, con la sábana sobre las piernas, mirando por la ventana el cielo que iba cambiando muy despacio de azul oscuro a gris.

Durante casi una hora, ninguno de los dos habló.

Había un silencio limpio en la habitación, uno de esos silencios raros que se producen cuando dos personas comparten una pérdida que es solo parcialmente suya y aceptan que la parte compartida no necesita palabras.

A las seis en punto, el móvil de Adrián sonó. Era Pilar.

—Pilar.

—Adrián, hijo. Ha sido muy tranquilo.

—Ya me lo ha dicho el padre Salvatierra.

—Estaba en su camastro, con la manta verde que le pusiste en junio. Cuando lo encontré, tenía la cabeza apoyada sobre una zapatilla mía. Se había arrastrado un poco, como cuando quería cerca algo con olor familiar. No lo vi sufrir.

—Gracias, Pilar.

—No he querido moverlo. Lo he dejado tal cual hasta que ha venido don Ignacio. A las cinco y media hemos lo envuelto entre los dos en la manta. Se lo ha llevado él en el coche. A las doce será el entierro. Don Ignacio me lleva conmigo. Si tú quieres, luego te llamo.

—Sí, por favor. A las cinco de la tarde, cuando vuelvas. Una llamada corta, Pilar. Lo justo.

—A las cinco, entonces.

—Gracias.

—No tienes por qué darlas, hijo. Los perros son lo más agradecido que se le puede dar a un viejo como yo. Él me ha hecho compañía tanto como yo a él.

—Pilar.

—Sí.

—Cuídese usted ahora.

—Me cuido, hijo.

Colgaron.

Adrián dejó el móvil en el suelo a su lado. Miró a Clara.

—Ya está.

—Ya está.

—Ahora, si te parece, me voy a mi habitación a ducharme y a vestirme. Y bajamos a desayunar.

—Bajamos.

Adrián se levantó. Antes de salir de la habitación, se detuvo un momento.

—Clara.

—Dime.

—Gracias por no haberme dicho nada durante esta hora.

—Gracias a ti por habérmelo pedido así.

Adrián asintió. Salió.

El desayuno en la Pensió Bonavista se servía en la sala común.

A las ocho y media, bajaron. Dolors había preparado café, zumo de naranja, tostadas con aceite y tomate, un plato con embutido, y un pequeño bol con fruta cortada.

Había una pareja mayor de holandeses en la mesa del rincón, conversando en voz baja. Se saludaron con un gesto.

Desayunaron despacio. Adrián comió poco pero comió.

Clara, más. Terminado el desayuno, bajaron a la calle.

El cielo de Barcelona estaba cubierto, con esa nubosidad baja y pegajosa de los primeros días de septiembre cuando se acerca una tormenta del oeste que todavía no acaba de llegar.

Pasearon sin rumbo por el barrio. Entraron en una librería.

Clara compró una novela catalana que no había leído.

Adrián compró un cuaderno nuevo, uno barato, con tapas azules.

Hacia las once, el móvil de Clara vibró. Era Laia Roure.

Clara miró la pantalla con sorpresa. Contestó.

—Clara.

—Laia.

—¿Puedo pedirle que nos veamos hoy?

Clara miró a Adrián. Adrián asintió.

—Sí.

—No quiero que nos veamos en el Cabildo. Prefiero fuera. Esta tarde, a las seis, si le parece. En un sitio que sea mío. Digamos un café.

—¿Dónde?

—El café Salambó, en Gràcia. Calle Torrijos. ¿Lo conoce?

—Lo busco y lo conozco a las seis.

—A solas, si puede ser.

—De acuerdo.

—Gracias, Clara.

Colgó.

Adrián la miró.

—¿Laia?

—Laia.

—Algo ha pasado.

—Algo ha pasado.

A las seis menos cinco, Clara entró al café Salambó.

Era un sitio amplio, de techo alto, con una barra larga de madera oscura, mesas de mármol redondas, luz tamizada, y una clientela mixta de vecinos del barrio y estudiantes.

Olía a café bueno y a bizcocho caliente.

Laia estaba ya en una mesa del fondo, pegada a la pared, con un café americano sin tocar delante y una carpeta pequeña sobre la mesa. Se levantó al verla.

—Gracias por venir.

—No hay de qué, Laia.

Se sentaron. Clara pidió al camarero un té verde. Esperaron en silencio hasta que el camarero se fue.