Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 8. La testigo #3
65%

Capítulo 8. La testigo #3

—Este mapa lo dibujó Màrius para mí en el 2018 cuando me contó lo del cuarto punto.

Me dijo: si alguna vez tienes que entrar al Born sola, ésta es la ruta.

Nunca lo usé. No es algo para una mujer mayor sola.

Pero ustedes sí pueden usarlo. La ruta es exacta.

La puerta trasera está cerrada con una cerradura mecánica.

Màrius no me dio la llave; me dijo que la llave la consiguiera yo misma el día que me hiciera falta. No me hizo falta.

Clara miró el mapa con atención.

—Mercè. ¿Sabe usted quién podría abrir esa puerta trasera?

—Un técnico del equipamiento. Probablemente el jefe de mantenimiento o uno de los dos auxiliares.

Esos empleados son, en general, gente del Ayuntamiento.

Si uno de ustedes tiene la sensibilidad de acercarse a uno de ellos, sin ser imprudente, probablemente pueda lograr que les abra por una cantidad razonable.

O por una conversación en la que compartan, sin detalles operativos, lo que les interesa.

Clara dobló el mapa con cuidado y se lo guardó en el bolsillo interior.

—Gracias, Mercè.

Se levantaron.

Mercè, antes de cerrar la cripta con su llave, miró un momento a Adrián.

—Adrián.

—Sí.

—¿Cómo está su perro?

Adrián se sorprendió.

—¿Cómo sabe lo del perro?

—Me lo dijo Clara el viernes por teléfono. Por casualidad. Le pregunté si tenía animales y me dijo que no, pero que usted sí, un galgo viejo en Sevilla. Me acordé ahora. Algunos detalles se me quedan.

—Está mal. Salvatierra lo ha acogido en su casa para acompañarlo estos días. Me dicen que come poco. Es un galgo de doce años.

—Doce es mucho para un galgo.

—Lo es.

—Si se muere, Adrián, no se maltrate por no estar con él. Uno de los privilegios de los perros viejos es precisamente que pueden morir sin su humano delante y no les molesta. La compañía de Salvatierra y de la vecina es equivalente a la suya. Se lo digo yo, que he visto morir a dos perros así.

—Gracias, Mercè.

—No se maltrate.

—Lo intentaré.

Salieron los tres de la basílica por la puerta lateral. Mercè echó llave. En la plaza, a las cinco menos diez, el calor seguía denso. Mercè se puso unas gafas de sol oscuras. Se ajustó el pañuelo al cuello.

—Hasta mañana, entonces.

—Hasta mañana, Mercè.

—Salgan del apartamento del hotel a las seis en punto de la mañana. Salgan separados. Nos vemos en la estación de Plaça Espanya a las seis y treinta para tomar el cremallera. Yo estaré allí.

—De acuerdo.

—Buena tarde.

Mercè caminó hacia la calle Argenteria. No a su casa: se metió en un bar de la calle Sant Antoni Abat a tomar un café mientras esperaba el tren de la tarde a Montserrat. Clara, detrás de Adrián, la siguió unos pasos con la mirada.

—¿Volverá a casa esta noche? —preguntó Adrián.

—No. Dormirá en el monasterio. Dijo que hasta el viernes no regresa a Argenteria.

—Bien.

—Adrián, tengo que decirte una cosa.

—Dime.

—Mercè, cuando nos ha contado que dejó de sentir el pulso de Màrius a los cuatro minutos, ha dicho que le dijo dos cosas al oído. Una oración y una promesa. No nos ha dicho la promesa.

—Lo he notado.

—Yo creo que la promesa es que ella, algún día, antes de morir, va a volver al claustro de noche y va a decirle a Aubet a la cara lo que sabe. No para acusarlo. Solo para que él sepa que ella sabe.

—Es posible.

—Si lo hace, Adrián, será muy arriesgado. Una mujer de setenta y ocho años confrontando a solas con un canónigo de cuarenta y seis en un claustro vacío... las probabilidades no son buenas.

—No.

—Tenemos que asegurarnos, antes de irnos de Barcelona, de que ella no pueda hacer eso sola. O que, si lo hace, vaya acompañada.

—De acuerdo.

Se quedaron un momento más en la plaza. Un sacerdote joven —no Aubet— salía en ese momento de la basílica con unos papeles bajo el brazo. Los miró de pasada. Siguió su camino sin detenerse.

—Vamos —dijo Clara.

—Vamos.

Volvieron al hotel por un camino largo, cambiando dos veces de metro.

Gràcia, a las seis de la tarde, tenía esa vida de barrio catalán antiguo que no se parecía en nada al Gòtic turístico: niños jugando en las plazas, ancianos sentados con bastón hablando en catalán, tiendas pequeñas de ropa y de comida ecológica, pisos con banderas esteladas en los balcones y pisos con banderas republicanas rojo-amarillo-moradas.

Subieron al hotel. Dolors les saludó desde detrás del mostrador con una cortesía seca. Entraron cada uno en su habitación para preparar la mochila del día siguiente.

Adrián metió en la suya: la cazadora ligera, una linterna compacta con pilas de repuesto, dos bolígrafos, una libreta pequeña, una navaja Opinel —la del maestro Don Eulogio, siempre la mismo—, una botella de agua, la cartera con dinero en efectivo suficiente, los dos documentos de identidad, una barrita energética.

Clara llamó a la puerta hacia las siete y media.

—Pasa.

Entró con un sobre en la mano.

—Te he impreso esto en el locutorio de Verdi. Para que lo lleves mañana.

Era un sobre blanco. Dentro, dos hojas: una con una fotocopia del carnet de Clara y datos de contacto suyos en Sevilla; otra con datos equivalentes de Adrián.

—¿Qué es esto?

—Si pasa algo mañana, es lo que le entregarán a quien corresponda para identificar quién éramos.

Adrián la miró.

—Clara.

—Lo sé. Es excesivo.

—No es excesivo. Es prudente. Lo llevaré conmigo. Lleva tú uno igual con los míos, por si a ti te pasara y a mí no.

—Ya lo llevo.

—Vale.

Se quedaron un momento en silencio.

—Adrián.

—Sí.

—¿Tienes hambre?

—No mucha.

—Yo tampoco. Pero bajemos a tomar algo suave. Una sopa. Un bocadillo. Hay que cenar.

—De acuerdo.

Bajaron. Un bar en la plaza de Virreina, sencillo, con mesas al aire libre bajo un árbol. Pidieron dos sopas de verduras y una ración de jamón pequeña. Bebieron agua. Comieron despacio.

—Clara.

—Sí.

—¿Tú cómo estás con lo de mañana?

—Nerviosa. Pero ordenada.

—Igual yo.

—Adrián, si mañana pasa algo, quiero que sepas una cosa.

—Dime.

—Que te haya conocido hace un año y medio es una de las cosas buenas que me ha pasado en la vida.

Adrián la miró.

—A mí también. Pero no va a pasar nada mañana.

—Probablemente no. Pero quería decirlo.

—Lo has dicho.

Bebieron vino blanco barato. Caía la tarde sobre Gràcia con una luz amarilla cansada. Los vencejos cruzaban alto, en grupos pequeños, con su chillido de finales de agosto.

A las diez menos cuarto estaban cada uno en su habitación.

Adrián, antes de dormir, escribió en el cuaderno:

Miércoles 3 de septiembre. Mercè confirmó fragmentariamente los detalles de la noche del 13 de febrero.

Confirmado: hubo una tercera persona, muy probablemente Pere Girona, canónigo emérito de Urgell, descartado por Bofill en 1988 y posible colaborador silencioso del IEPS.

Investigar si sigue vivo en residencia Sant Jordi de Vic.

Mañana Montserrat: tren de las 6:30 desde Plaça Espanya con Joan Baptista, Aurora, Mercè.

Encuentro con Ramon Cases en la biblioteca a las 11.

Localizar el cuadernillo. Clara ha dicho esta noche que conocerme ha sido una de las cosas buenas de su vida. Yo igual.

Cerró el cuaderno.

Apagó la luz.

En la plaza de Virreina, abajo, un grupo de adolescentes cantaba una canción popular catalana con guitarra, sin maldad, sin urgencia, con la espontaneidad de los jóvenes de agosto que todavía no saben que tienen que dormir pronto porque al día siguiente alguien va a morirse en alguna parte del mundo y ese alguien les importará.

Adrián, en Gràcia, los escuchó unos minutos más antes de dormirse.

Luego se durmió.

Sin sueños.