Capítulo 8. La testigo #2
—Boca abajo, sobre la hierba del jardincillo, al lado del estanque.
Las ocas se habían levantado todas. Tres estaban cerca del cuerpo, con las cabezas altas y los picos orientados hacia él.
Las otras se habían replegado al borde contrario del estanque.
Uno de los picos estaba manchado de verde, de la hierba, no de sangre. No había sangre. Todavía no.
—¿Estaba consciente?
—No. Me arrodillé junto a él. Le puse la mano en el cuello. Tenía pulso muy débil. Respiraba, pero apenas. Le dije su nombre tres veces. No respondió.
—¿Llamó a alguien?
—Dudé. Durante unos segundos largos. Si llamaba al 112, una ambulancia tardaría ocho o diez minutos, la policía llegaría después, el caso se haría público y Aubet quedaría absolutamente fuera de sospecha en los informes oficiales, porque él había salido antes y nadie lo vincularía a nada.
Si no llamaba, Màrius iba a morir solo. La decisión me costó lo que recuerdo como una eternidad y que en realidad fueron cuarenta o cincuenta segundos.
—Llamó.
—Llamé. Al 112. Les dije que había visto a un señor mayor caer en el claustro de la Catedral, que parecía herido, y que no me identifiqué cuando me lo preguntaron.
Colgué. Me quedé con Màrius durante los siete minutos que tardó la ambulancia.
Le tomaba el pulso cada cuarenta segundos.
Se iba debilitando. A los cuatro minutos, dejé de sentirlo.
Le dije al oído, en voz muy baja, dos cosas.
La primera, una oración. La segunda, una promesa.
La promesa es mía con él, y no se la voy a decir.
—No se lo pedimos.
—Gracias.
Hubo un silencio.
—A los seis minutos oí una sirena lejana.
Me incorporé, rodeé el claustro por el lado opuesto al que había entrado, y salí por la puerta de servicio norte.
Cerré la puerta con llave detrás. Caminé hacia mi casa por un recorrido indirecto: bajé a Jaume I, subí por Ciutat, crucé Vía Laietana, bajé de nuevo por Argenteria hasta casa. Llegué a las cuatro y veintidós.
—¿Alguien la vio?
—Nadie. Lo comprobé.
Mercè bebió. Se pasó la mano por la muñeca, el mismo gesto automático que Adrián le había visto el lunes.
—Esa madrugada no dormí. A las seis y veinte me llegó un mensaje de Nil al móvil.
Me escribió literalmente: Senyora, ha passat una cosa amb don Màrius.
Vaja aviat cap aquí. No le contesté. No fui al Cabildo.
No podía. Si llegaba temprano, sospecharían.
Me quedé en casa. A las ocho, escuché en la radio de un vecino que había habido un fallecimiento accidental en la Catedral.
A las diez, Nil me llamó y me dio detalles.
Ya para entonces el Cabildo había cerrado el caso como muerte natural por hipotensión en galería superior.
—¿Le dijo Nil que había sido solo un mareo?
—Me dijo literalmente lo que Aubet había preparado para decir.
—Ya.
—Durante las dos semanas siguientes, viví con la certeza íntima de que Aubet era responsable y con la imposibilidad absoluta de probarlo.
Fue la peor época. Llegué a pensar en escribir una carta abierta al arzobispo y firmarla.
Un día me senté a hacerlo. No lo escribí.
En mitad del folio entendí que una carta así no protegería a Màrius.
Solo me expondría a mí y daría a Aubet la oportunidad de construir una defensa elaborada que acabaría por limpiarle completamente el nombre.
No hay justicia útil para los custodios.
Solo hay memoria. Decidí quedarme en la memoria.
Hubo un silencio largo.
Clara, con la voz un punto más baja, preguntó:
—Mercè. Una cosa que necesitamos saber. Aparte de usted, ¿había alguien más en el claustro esa noche?
Mercè la miró.
—Hasta el sábado pasado —dijo—, yo habría contestado que no.
Porque desde mi rincón no vi a nadie más.
Pero ustedes me enseñaron el sábado que la galería superior quedaba tapada por el naranjo.
Y el almacén del suroeste, también. Y las huellas que Adrián encontró el sábado en el suelo del almacén prueban que sí había alguien.
Alguien con suelas blandas. Alguien que subió por el suroeste antes o durante el encuentro de Màrius con Aubet.
—¿Usted oyó algo que pudiera corresponder a esa persona?
Mercè lo pensó con cuidado.
—Lo he estado pensando todos estos días.
Hay un detalle al que entonces no di importancia.
Pasados los primeros cinco minutos de Màrius solo en el banco, antes de que llegara Aubet, oí un crujido en la galería este.
Un crujido como de una puerta mal empujada.
Miré hacia allí. No vi a nadie. Pensé que era una oca que se había movido demasiado.
Pero ahora pienso que probablemente fue esa tercera persona entrando.
Lo que no sabría decir es si se quedó en la galería superior o bajó al nivel del claustro antes de la caída. No la oí moverse.
—Pero estaba.
—Estaba. Con casi total seguridad. Sí.
Clara miró a Adrián. Adrián miró a Clara.
—Mercè —dijo Adrián—, hay una hipótesis que no habíamos contemplado hasta ahora.
—Cuál.
—Que esa tercera persona no fuera del IEPS.
Mercè parpadeó.
—¿Cómo dice?
—Quiero decir: estábamos asumiendo que la tercera persona era un empleado o colaborador del Instituto Europeo. Pero hay una posibilidad menos obvia. Que fuera alguien de la red misma.
Mercè frunció el ceño.
—¿Un custodio?
—O un ex-custodio. O alguien que hubiera sido descartado por Màrius en su momento, alguien con acceso antiguo, alguien con algún resentimiento acumulado.
Alguien conocido. Porque una persona que sube al almacén del suroeste sin disparar alarmas, con llave propia —recuerde que la cuarta llave era la de Màrius, guardada en su casa— y con conocimiento del claustro, no es necesariamente un técnico suizo del IEPS.
Puede ser alguien de dentro que ha decidido colaborar con ellos.
Mercè se quedó muy quieta.
—No había pensado en eso.
—Piénselo ahora.
Mercè cerró los ojos unos segundos.
Cuando los abrió, tenía una expresión distinta.
—Pere Girona —dijo.
Clara levantó la cabeza.
—¿Pere Girona?
—Canónigo emérito de Urgell. Està... estaría ahora mismo en la casa de ancianos de Vic, si sigue vivo.
Màrius lo formó en 1985 y lo descartó en 1988.
Pere Girona tiene, si no ha muerto, ochenta y siete años.
Pero tenía dos cosas: una llave de la casa de Màrius —vivió como inquilino en el piso de Bofill durante dos años, del 85 al 87—, y un rencor antiguo hacia Màrius por haber cerrado su formación.
Màrius me lo mencionó una sola vez, en 1991, y siempre con cuidado.
—¿Usted lo conoció?
—Personalmente, no. Màrius nunca me lo presentó.
—¿Podría estar vivo?
—Tendría que comprobarlo. Si está vivo, estará en la residencia Sant Jordi, a las afueras de Vic. Tiene dos sobrinos que lo visitan.
Clara se pasó la mano por la cara.
—Mercè, si Pere Girona es la tercera persona, eso cambia el cuadro entero. Ya no es solo el IEPS. Es el IEPS usando a un ex-custodio descartado. Y eso significa que la operación contra Bofill fue, además de todo lo demás, personal.
—Sí.
Hubo un silencio.
—¿Qué hacemos con esto? —preguntó Mercè.
Adrián pensó un momento.
—Mercè —dijo—, no es una información que nos sirva para acusar a nadie.
Pero sí nos sirve para entender mejor el cuadro.
Si Pere Girona es la tercera persona, el IEPS lo usó porque, probablemente, desde hace años tenían con él un contacto quieto.
Un contacto que les informaba, sin escándalo, desde dentro, durante décadas.
Esa información es oro para nosotros a partir de ahora, pero no hoy.
Primero cerramos lo del cuadernillo en Montserrat.
Después lo del Born. Y, solo al final, si queda tiempo y energías, intentaremos una visita a la residencia Sant Jordi.
Si Pere Girona está vivo, no va a huir a ninguna parte.
—De acuerdo.
Mercè bebió agua.
—Mercè —dijo Clara—, una cosa más.
—Diga.
—Esto que nos acaba de contar, ¿puede contárselo a Joan Baptista y al hermano Ramon Cases en Montserrat mañana?
—Puedo.
—Quiero que ellos dos lo oigan. Tienen que saber con exactitud lo que pasó. Si algún día nosotros faltamos, ellos serán los portadores de este conocimiento.
—Lo haré mañana. Se lo contaré en la biblioteca, antes de abrir el fondo.
—Gracias.
—A ustedes.
Hubo otro silencio.
Adrián, al cabo, propuso algo que llevaba un rato dándole vueltas.
—Mercè.
—Sí.
—¿Quiere usted venir al Born con nosotros cuando bajemos?
Mercè sonrió.
—Adrián, tengo setenta y ocho años. Hace cinco que no bajo a ningún subsuelo que no sea esta cripta o la de Santa Eulalia.
El Born me haría daño a las rodillas. Pero se lo agradezco.
Me quedaré en Santa María del Mar aquella noche, como una especie de centinela simbólico.
Si ustedes no salen del Born en el tiempo previsto, yo llamaré a Lamela. Es mi parte del trabajo.
—De acuerdo.
—Pero voy a darles otra cosa antes de que se vayan hoy.
—Qué.
Mercè abrió su bolsito de cuero. Sacó una hoja doblada. La abrió. Se la tendió a Clara.
Era un pequeño mapa dibujado a mano, en una hoja blanca de cuaderno, con la rotulación clara de una persona que ha dibujado mapas muchas veces.
El dibujo representaba el interior del Born Centre Cultural, con el nivel musealizado visible y, marcado con una línea de puntos, un recorrido desde la entrada por una puerta de servicio trasera hasta un punto concreto en un rincón del nivel inferior.