Capítulo 8. La testigo
La testigo
El hotel en Gràcia se llamaba Pensió Bonavista.
Lo había encontrado Adrián la mañana del miércoles en un buscador, filtrando por pago en efectivo, no turístico, y con al menos una crítica reciente en catalán —las pensiones con reseñas en catalán, le explicó Clara, eran las que usaban vecinos que se quedaban a dormir una noche cuando había un problema en casa, no viajeros de paso.
Era, en efecto, una pensión pequeña y modesta, en un segundo piso de la calle Topazi, con seis habitaciones, una pequeña sala común con televisor apagado, y una dueña llamada Dolors que no hizo preguntas al ver los dos documentos de identidad.
—Dos noches —dijo Adrián.
—Dos noches, cuatrocientos ochenta euros, desayuno incluido.
—¿En efectivo?
—En efectivo se lo puedo dejar en cuatrocientos cincuenta.
—Hecho.
Dolors les entregó dos llaves. Habitaciones separadas en la misma planta, la tres y la cuatro.
Les subió una toalla adicional cada uno.
Les informó de que el desayuno se servía de ocho a diez en la sala común, y de que si preferían café en la habitación podían pedirlo por un recargo de un euro. Les deseó buena estancia y se retiró.
El primer día en Gràcia —aquel miércoles— lo pasaron con un propósito claro: no ser vistos y completar lo que les faltaba con Mercè.
Mercè había bajado ese mismo miércoles desde Montserrat a Barcelona, en tren, para una única visita al médico que tenía pendiente desde hacía semanas en el Hospital del Mar, y aprovechaba para verles antes de volver arriba esa misma tarde.
Quedaron con ella en la cripta de Santa María del Mar a las tres en punto.
La cripta estaba casi siempre cerrada al público salvo en contadas ocasiones, pero Mercè tenía acceso por su llave lateral y les había preparado un tiempo tranquilo.
Llegaron a la plaza de Santa María a las tres menos veinte.
Esperaron quince minutos sentados en un banco, observando el movimiento de la plaza.
Dos adolescentes repartían folletos de una escuela de idiomas; un hombre mayor paseaba un terrier blanco con una calma digna; una mujer joven tocaba el violonchelo a la entrada de la basílica con un talento real que, si no fuera por el entorno turístico, habría merecido un auditorio.
Dejaron unas monedas en su estuche al levantarse y entraron en la basílica.
Mercè los esperaba ya dentro, sentada en un banco lateral de la nave sur.
Llevaba el pelo más corto de lo habitual —se lo habían cortado en Montserrat— y un vestido azul oscuro nuevo, probablemente comprado allí arriba, con un bolsito pequeño de cuero antiguo colgado del hombro.
Se la veía, para sorpresa de Clara, descansada.
Los tres días en el monasterio la habían asentado.
—Bona tarda.
—Mercè.
Se levantó. Les hizo un gesto para que la siguieran.
Cruzaron la nave hasta la puerta lateral de la que habían salido el lunes por la noche.
Mercè abrió con su llave grande antigua.
Esta vez, en lugar de subir a la sacristía pequeña, giraron a la derecha, por un pasadizo más corto que terminaba en una escalerilla de piedra descendente.
—Catorce peldaños —dijo Mercè, mientras bajaba—. Es más fresco abajo.
Bajaron. La cripta era un espacio rectangular de unos ocho metros por cinco, con el suelo de losas antiguas, tres arcos ciegos en las paredes, y una única bombilla amarilla en el techo bajo.
Olía a piedra fría, a humedad muy moderada, y a ese rastro vagamente floral que dejan las velas apagadas hace tiempo.
Había dos bancos de madera adosados a las paredes, una mesa pequeña con tapete gris, una jarra de agua, tres vasos, un plato con galletas.
Todo, pensó Clara, lo había preparado Mercè antes de subir al Hospital del Mar.
—Siéntense.
Se sentaron los tres en torno a la mesa. Mercè sirvió el agua con la precisión de siempre.
—Hoy —dijo— voy a contarles lo que les prometí. Lo que vi en el claustro la noche del 13 de febrero. No por entero, pero con más orden que el viernes pasado. Lo voy a hacer aquí, en la cripta, porque esta cripta es, de todos los sitios de Barcelona, el que menos eco tiene.
—Gracias.
—Empiezo.
Mercè bebió. Dejó el vaso. Cruzó las manos sobre la mesa.
—Màrius me llamó a las diez y doce minutos de la noche.
Estaba en la cocina de mi piso, había cenado ya.
Me dijo que Aubet le había llamado, que iban a verse en el claustro a las tres de la madrugada, que él iba a ir, y que si a las cuatro yo no tenía noticias suyas, llamara a Fabián Lamela.
Le dije que iría al claustro igualmente, como testigo.
Me dijo que no lo hiciera. Le dije que sí. Colgamos.
Clara y Adrián no la interrumpieron.
—Me abrigué, me puse zapatos cómodos, cogí la llave lateral de Santa María del Mar por si tenía que refugiarme, y salí de mi casa a las once y cuarenta.
Iba por las calles despacio, porque tenía tiempo.
En la plaza de Sant Jaume me crucé con tres personas: un chico joven, una pareja de recién salidos de un bar, y un hombre mayor solo.
A los tres los recuerdo con precisión porque una mujer como yo, a esa hora, por esas calles, los observa. Nadie me prestó atención.
—¿Entró por el claustro o por la Catedral?
—Entré por una puerta que desconozco si sigue operativa: la de la calle Sant Sever, una entrada de servicio de la canónica que llega al claustro por el pasillo norte.
Yo tenía copia de la llave desde 1987. Màrius me la había dado en secreto por si alguna vez era necesario.
Esa fue la única vez en treinta y nueve años que la usé. Entré a las doce menos diez.
—¿Nadie la vio?
—Nadie. Al entrar al claustro, me coloqué en una esquina cubierta por el naranjo grande, junto al muro sur.
Desde allí se ve la mitad del claustro: la galería oeste, la fuente, el estanque con las ocas.
No se ve la galería este, ni la escalera del suroeste, ni la galería superior por ese mismo lado.
—¿Estaba oscuro?
—Las luces nocturnas de cortesía estaban encendidas: cuatro bombillas amarillas. Suficiente para ver sombras, no para identificar caras a distancia.
—Siga.
—Màrius entró a la una y treinta y cinco, aproximadamente.
Lo reconocí por la silueta y por la manera de caminar.
Lleva... llevaba una forma de caminar muy particular, con las manos cogidas detrás de la espalda.
Cruzó el claustro sin prisa. Se sentó en el banco de la galería oeste.
Se quedó solo durante unos cincuenta minutos.
Tranquilo. Yo, desde mi rincón, lo observaba de vez en cuando.
—¿Hizo algo durante esos cincuenta minutos?
—Nada. Se quedó sentado mirando las ocas. Una vez se levantó para acercarse a la fuente, miró el agua, volvió a sentarse. Las ocas cambiaron de vigilante una vez en esa franja. Màrius lo notó, supongo, porque se rió levemente para sí. No oí la risa. La vi.
Mercè respiró.
—A las dos y media exactas, Aubet entró al claustro por la puerta de servicio del pasillo de la canónica. Venía con gabardina y paraguas. Al entrar, se detuvo un momento en el centro. Buscó con la vista. Localizó a Màrius. Caminó hacia él. Se sentó a su lado en el banco.
—¿Cuánto duró la conversación?
—Cuarenta minutos. De las dos y media a las tres y diez.
—¿Pudo oír algo?
—Nada. Estaban demasiado lejos, y hablaban en voz muy baja. Vi gestos, movimientos de manos. Màrius estaba sereno durante la mayor parte. Aubet, más tenso. En los últimos diez minutos, Aubet empezó a negar con la cabeza con más frecuencia. Màrius, en cambio, se mantuvo tranquilo hasta el final.
—¿Y después?
—A las tres y diez, Aubet se levantó. Recogió el paraguas. Le dio la mano a Màrius —lo vi claramente—, inclinó la cabeza, y salió por la misma puerta por la que había entrado. Un gesto cortés. Lo aclaro porque entonces pensé que la reunión había terminado bien.
—Pero no había terminado.
—No, no había terminado. Màrius se quedó solo en el banco.
Durante unos cinco minutos estuvo quieto.
Luego se levantó, caminó hasta la fuente, sacó el móvil del bolsillo, y me marcó.
La llamada entró a las tres y diecisiete.
Yo no contesté porque estaba vigilando el claustro y no quería que el sonido del teléfono en mi bolso me delatara.
Le corté en el segundo tono, silenciándolo.
Màrius, al ver que no le contestaba, colgó.
Guardó el móvil. Se quedó un momento de pie junto a la fuente. Respiró hondo. Miró las ocas.
—¿Y después?
Mercè hizo una pequeña pausa.
—Y después, en vez de salir por la puerta por la que había entrado, se dirigió a la esquina noreste del claustro.
—La escalera de la galería superior.
—La escalera de la galería superior. Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé con certeza. Pero lo he pensado muchas veces en estos seis meses. Creo que quiso, antes de salir, echar un último vistazo al claustro desde arriba. Cosa que le encantaba hacer. Decía que la galería superior era el único sitio del que se entendía el oficio entero de un solo golpe de vista.
Clara asintió discretamente.
—Continúe.
—Subió por la escalera. Desapareció de mi ángulo de visión. Pasaron, yo diría, unos cuatro o cinco minutos. Eran las tres y veinte, veintidós, por ahí. No veía nada porque la galería superior, desde mi esquina, queda tapada por la copa del naranjo.
—¿Oyó algo?
—Oí un sonido muy breve. Un sonido sordo. Como un golpe amortiguado sobre hierba.
—La caída.
—La caída.
Mercè bajó los ojos al agua.
—No me moví inmediatamente. Si le digo la verdad, Clara, me quedé paralizada en la esquina unos treinta segundos.
Quizá un minuto. No conseguía procesar lo que acababa de oír.
Después, me di cuenta de que el sonido correspondía a la caída de un cuerpo, y salí de mi esquina.
Caminé hacia el estanque. Y vi a Màrius.
—¿Cómo estaba?