Capítulo 7. Lo que no se nombra #3
La visita fue larga. Dos horas y cuarto dentro del templo.
Adrián, que nunca había entrado, se detuvo un buen rato bajo las bóvedas del crucero, fascinado a pesar de sí mismo por la luz que entraba por las vidrieras laterales.
Clara, más contenida, sí consiguió disfrutar con honestidad del paseo por las naves centrales.
Los dos, además, hicieron el esfuerzo de hacerse tres o cuatro fotos el uno al otro, como haría cualquier pareja de turistas de mediana edad.
Clara subió una de ellas a una cuenta de Instagram que tenía abandonada desde hacía dos años.
—Ya está —dijo, al guardar el móvil—. Si Aubet tiene gente monitoreando redes sociales —que la tiene, seguro—, esta foto le va a llegar en menos de una hora.
Dirá que estamos de vacaciones. Bajará la guardia.
Pensará que nuestra investigación, por el dinero del contrato, ha empezado a estabilizarse.
—Eres terrible, Clara.
—Soy archivera. Conozco los hábitos de la gente que archiva.
Cenaron en un restaurante turístico del Eixample con mesas en la calle y carta en cinco idiomas. Comieron unos platos mediocres, bebieron vino catalán correcto, y volvieron al apartamento a las diez y media con una lentitud estudiada.
Al subir, Clara fue directamente al armario de su habitación. Lo abrió.
Y se quedó quieta.
—Adrián.
—¿Sí?
—Ven.
Adrián entró. Clara había abierto el cajón superior, donde tenía la ropa interior doblada. Entre dos prendas, se veía el bolsillo abierto de una sudadera.
—No me dejé la sudadera así esta mañana.
—¿Seguro?
—Absolutamente seguro. La doblé al guardarla. La colocación es distinta.
Adrián la miró.
—¿Algo desapareció?
—No. Todo está. El cuaderno privado de Bofill, la carta de Lamela, la carta de Pere Miró, la llave pequeña... todo. Nada ha sido sustraído. Pero alguien ha revisado.
Se quedaron los dos en silencio.
—Alguien ha entrado hoy —dijo Adrián—. Mientras estábamos en la Sagrada Familia.
—Sí.
—Y ha revisado. Y se ha ido sin llevarse nada.
—Sí.
—Eso significa que no querían el material. Querían solo saber qué tenemos.
—Exactamente.
Adrián se pasó la mano por la cara.
—Clara. Nos siguen.
—Nos siguen. Y el contrato de Aubet no era una oferta. Era una distracción mientras alguien entraba aquí a mirar.
—Mientras estábamos en una reunión que él mismo había organizado.
—Mientras estábamos en una reunión que él mismo había organizado.
Clara cerró el cajón con cuidado. Cerró el armario.
—Adrián.
—Sí.
—No podemos seguir en este apartamento.
—No.
—Mañana por la mañana, a primera hora, hacemos las maletas. Nos vamos. Buscamos un hotel pequeño, no turístico, pagado en efectivo si es posible, en un barrio donde no esperen que vayamos. Santa Coloma. Sant Gervasi. Gràcia.
—Gràcia.
—Gràcia.
—Mañana a primera hora.
—Mañana a primera hora.
Se quedaron sentados en el sofá del salón un rato largo.
Adrián miró por el balcón el patio interior.
La luz del cuarto de doña Assumpció estaba encendida, como siempre.
Pensó en ella. Pensó en Bofill, cuarenta y ocho años subiendo y bajando las escaleras de la calle Basea, viendo desde su ventana la luz de otra señora mayor con insomnio.
Pensó en las ocas del claustro. Pensó en los turnos rotatorios.
Pensó, sin quererlo, en Moro en Sevilla, durmiendo a los pies de Salvatierra, que probablemente estaría en la sacristía menor repasando papeles antes de acostarse.
Todo el mundo, en esa hora, haciendo su pequeño oficio.
Todo el mundo, en esa hora, expuesto a alguien que entrara en sus armarios mientras ellos no miraban.
—Clara.
—Sí.
—Llamemos a Mercè para avisarla.
—Mañana. Ahora está en Montserrat, probablemente dormida, y no quiero sacudirla con esto a medianoche. Se lo contamos el jueves al vernos.
—De acuerdo.
—Y llamamos a Salvatierra mañana por la mañana al salir del apartamento.
—De acuerdo.
Hubo un silencio.
—Adrián.
—Sí.
—Una cosa más. Ahora. Que quería decirte.
—Dímela.
Clara se volvió. Lo miró de frente, por primera vez en mucho rato.
—Estamos cansados.
—Los dos.
—Cuando estoy cansada, yo, personalmente, me vuelvo menos prudente en algunas cosas. Me vuelvo más prudente en las profesionales, pero menos en las personales. Me refiero a contigo.
Adrián la miró.
—¿Qué me estás diciendo?
—Te estoy diciendo que me acabas de mirar hace un momento, al descubrir que han entrado en el armario, con una preocupación por mí que no habías tenido antes. Y yo te he mirado con una preocupación equivalente. Y eso es lo que iba a decirte.
Adrián respiró hondo.
—Clara.
—Déjame terminar.
—Sigue.
—Lo que siento yo por ti en este momento, Adrián, no lo voy a llamar amor ni voy a llamarlo atracción ni nada tan concreto.
Es otra cosa. Es, no sé, la sensación de que si te pasara algo durante este viaje, yo no sé qué haría con mi vida.
Y eso es una cosa seria. Tan seria, que me obliga a hablarlo contigo ahora, antes de que la tensión de los próximos días nos haga tomar una decisión que no deberíamos tomar así.
Adrián no se movió.
—Sigue.
—Lo voy a decir claramente, porque mañana a lo mejor ya no puedo.
Si nosotros dos nos convirtiéramos ahora en pareja, perderíamos la capacidad de ser testigos uno del otro.
Y perder esa capacidad, en este oficio, es perder lo único que nos protege.
Tú necesitas que yo te vea de fuera. Yo necesito que tú me veas de fuera.
Si nos ponemos dentro, no hay fuera. Y sin fuera, no hay archivo.
No hay verificación. No hay paciencia. Esto, Adrián, es un oficio de testigos. No de amantes.
Silencio.
—Lo entiendo —dijo Adrián.
—No te pregunto si lo entiendes. Te digo cómo lo veo yo.
—Es como lo veo yo también.
Clara lo miró.
—¿De verdad?
—De verdad. Lo llevo pensando desde que salí del piso de Elena hace cuatro años.
El mejor regalo que un cuerpo adulto puede hacerle a otro cuerpo adulto no es siempre el sexo.
A veces es justamente la decisión consciente de no.
Porque conservar a alguien como testigo vale más que ganar a alguien como pareja.
Hubo un silencio más largo.
—Clara.
—Dime.
—Gracias.
—No hay gracias que dar. Se lo tenía que decir a alguien, y el alguien eras tú.
—Lo entiendo.
—Vamos a dormir.
—Vamos.
Se levantaron.
Antes de separarse en el pasillo, Clara se giró un momento. Puso la mano, muy brevemente, en el antebrazo de Adrián. Un gesto de tres segundos.
—Adrián.
—Sí.
—Mañana, cuando dejemos este apartamento, quiero que salgamos los dos juntos por la puerta, no uno detrás del otro.
Y quiero que entremos juntos en el hotel nuevo, no por separado.
Quiero que, si alguien nos está siguiendo, vea que vamos juntos.
Porque cuando se va en pareja, se va más protegido. Aunque la pareja no sea pareja.
—De acuerdo.
—Gracias.
—Gracias a ti.
Se separaron.
Cada uno a su habitación.
Adrián, antes de apagar la luz, escribió en el cuaderno de campo.
Martes 2 de septiembre. Aubet nos ha convocado y nos ha hecho una oferta de contrato falsa mientras su gente entraba aquí a revisar el armario.
No han tocado nada. Solo han mirado. Mañana nos mudamos a un hotel pequeño en Gràcia.
El jueves subimos a Montserrat con Joan.
Convenio Sevilla-IEPS, 22 de febrero, ocho días después de Bofill.
Salvatierra lo está investigando. Clara ha hablado conmigo de una cosa personal.
No hemos cruzado nada. Lo hablado vale más que lo cruzado.
Cerró el cuaderno.
En el patio interior, la luz del cuarto de doña Assumpció seguía encendida.
Adrián apagó la suya.