Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 7. Lo que no se nombra #2
56%

Capítulo 7. Lo que no se nombra #2

—Entonces le pido que me la envíe con todos los detalles administrativos. La examinaré con mi Cabildo al regresar.

—Cuándo regresan ustedes a Sevilla.

—El sábado.

—Perfecto. Les envío la documentación antes del viernes.

—Perfecto.

Hubo una micropausa.

Adrián intervino con la misma suavidad de antes.

—Padre.

—Diga.

—Solo una curiosidad profesional, si me permite. ¿El convenio con Sevilla está firmado por parte del IEPS por Ingrid Halvorsen?

Aubet lo miró un segundo más largo de lo necesario. Clara notó la mínima vacilación.

—Sí. La doctora Halvorsen es la directora del IEPS. Firma todos los convenios.

—¿La conoce usted personalmente?

—Coincidí con ella en Lovaina, hace años. Mantenemos contacto profesional regular.

—Eso es útil, supongo.

—Es oportuno.

Adrián sonrió mínimamente.

—Gracias por la información, padre.

Aubet no sonrió.

—Señor Vega, le devuelvo una curiosidad.

—Adelante.

—¿Por qué me pregunta por la doctora Halvorsen?

—Por nada concreto. Su nombre ha aparecido en dos o tres publicaciones académicas que hemos revisado esta semana sobre patrimonio subterráneo.

Es un nombre con peso en el campo. Me interesaba saber si, dado que usted la conoce personalmente, podría eventualmente facilitarnos alguna conversación técnica con ella si el contrato prosperara.

Aubet lo miró. Durante unos segundos, Adrián sintió que el canónigo estaba calibrando si la pregunta era ingenua o no.

—Podría facilitarles una conversación, sí.

—Gracias.

La conversación derivó entonces durante otros diez minutos en detalles administrativos de menor importancia.

Aubet les informó con una cortesía impecable de los plazos del concurso, de los requisitos formales, de los idiomas en los que debía presentarse la candidatura (inglés, francés o castellano), del procedimiento de selección.

Clara tomó notas en una libreta pequeña que había sacado para la ocasión, con la disciplina de quien quiere dar la impresión de estar genuinamente interesada.

Adrián intervenía puntualmente, con preguntas técnicas sobre los proyectos concretos del IEPS en otras catedrales europeas.

Aubet respondía con precisión suficiente.

Era, al final, una conversación profesional que cualquier observador externo habría considerado absolutamente normal.

A las doce menos diez, Aubet cerró la carpeta.

—Les agradezco el tiempo, archivera. Señor Vega. Si necesitan algo más del Cabildo esta semana, ya saben dónde encontrarme.

—Igualmente, padre —dijo Clara—. Le deseamos buen día.

Se levantaron los tres. Aubet les estrechó la mano. El apretón fue firme y corto. Los acompañó hasta la puerta. Montse, afuera, los guió por el pasillo hasta la escalera principal. Antes de que salieran del edificio, Aubet se asomó una última vez desde la puerta del despacho.

—Archivera.

—Sí, padre.

—Una cosa más. Había olvidado decírsela.

—Dígamela.

—El nombre de Felip Vilanova, que usted mencionó el primer día al padre preguntarle por los fondos del archivo, no aparece en ningún autor de nuestro diecisiete ni dieciocho.

Hemos hecho una búsqueda interna tras su consulta.

Querría saber si usted tiene alguna referencia concreta sobre esa figura, para integrarla al fondo.

Clara, sin mover la cara, sonrió con una cortesía perfecta.

—Padre, probablemente confundí el nombre. Lamela me lo mencionó de pasada en Santiago. Es posible que me confundiera yo al transcribirlo. Lo reviso al volver a Sevilla y le envío una nota si lo encuentro.

—Se lo agradecería.

—Por supuesto.

Aubet asintió.

Cerró la puerta.

Clara y Adrián bajaron por la escalera principal sin decir palabra.

Cruzaron el claustro. Pasaron junto a las ocas.

La vigilante de turno, distraída, levantó un segundo la cabeza al verlos y la volvió a bajar.

Salieron por la puerta lateral. Cruzaron la plaça de la Seu, bajaron por la calle Bisbe, cruzaron la plaça de Sant Jaume.

Durante los cuatro minutos en que tardaron en llegar a una calle suficientemente concurrida, no hablaron.

En la calle Ferran, parados frente al escaparate de una librería, Clara habló por fin.

—Adrián.

—Sí.

—Aubet sabe que sabemos.

—Lo sabe.

—Y nos ha intentado comprar.

—Nos ha intentado comprar.

—Y ha mentido sobre Vilanova.

—Ha mentido sobre Vilanova.

Hubo un silencio.

—Clara.

—Di.

—Creo que lo ha hecho en ese orden a propósito.

Primero ha dejado caer lo del sabemos que sabemos.

Después el contrato. Y por último, al despedirnos, el nombre de Vilanova como si se le hubiera olvidado.

Esa tercera pregunta es la que de verdad le importaba.

Ha dejado todo lo demás como decorado para que esa pregunta no se viera.

—Es posible.

—Y tu respuesta ha sido perfecta.

—Gracias.

—Le has dado exactamente lo que quería creer: que nos confundimos, que probablemente no hay referencia sólida, que lo investigarás al volver y, si encuentras algo, se lo mandarás. Con eso él se va tranquilo hoy.

—No se va tranquilo. Él sabe que Vilanova existe. Lo que no sabe es si nosotros lo sabemos. Mi respuesta le ha inclinado hacia pensar que no. Durante las próximas cuarenta y ocho horas, va a actuar bajo esa asunción. Le hemos comprado ese tiempo.

—Que es exactamente lo que necesitamos para Montserrat.

—Que es exactamente lo que necesitamos para Montserrat.

Siguieron andando hacia el apartamento.

—Clara.

—Sí.

—Una cosa que no me deja.

—Dime.

—El convenio con Sevilla. Firmado el 22 de febrero. Ocho días después de la muerte de Bofill. Eso significa que Halvorsen, o quien gestiona esto desde el IEPS, ya tenía el convenio con Sevilla preparado antes de febrero. No se firma un convenio institucional con un Cabildo en ocho días.

—Significa más que eso. Significa que el IEPS estaba coordinando la caída de Bofill en Barcelona con la apertura de Sevilla. Dos movimientos simultáneos. El que cae en el norte-este, el que abre en el sur.

—¿Salvatierra lo sabe?

—Probablemente, a estas alturas, tampoco. Debemos contárselo hoy mismo.

—Sí.

Al llegar al apartamento, Clara llamó a Salvatierra desde el altavoz. Le resumió en cinco minutos el convenio Sevilla-IEPS, los plazos, y el detalle de las ocho jornadas posteriores a la muerte de Bofill.

Salvatierra se quedó un momento callado.

—Clara.

—Sí.

—Voy a levantarme de la silla donde estoy sentado, voy a dejar el perro de ustedes con Pilar, voy a ir al Palacio Arzobispal esta tarde, y voy a hablar con el cardenal sobre ese convenio.

Me va a decir, probablemente, que no sabe nada al detalle, porque los convenios académicos operativos los firma el deán, no el cardenal.

Y me va a mandar al deán. Mañana por la mañana tendré el expediente abierto del convenio. Les llamo mañana a mediodía.

—Gracias, padre.

—Gracias a ustedes. Por avisar.

Colgaron.

Adrián se sentó a la mesa. Se sirvió agua. Bebió lento.

Clara se quedó de pie junto al balcón interior, mirando el patio. Durante un minuto no habló.

—Clara.

—Sí.

—¿Qué piensas?

Se giró. Se apoyó contra el marco de la puerta-balcón.

—Pienso —dijo despacio— que el IEPS es más grande y más rápido de lo que habíamos calculado.

Pienso que no estamos peleando por Barcelona.

Estamos peleando contra una ofensiva coordinada europea.

Pienso que Sevilla, Santiago, Barcelona, son tres nudos de una operación mayor.

Y pienso que, probablemente, hay más convenios ya firmados o en preparación que aún no sabemos.

—Y pienso —añadió— que hemos hecho bien en traer el Libro de las trece fuera de Santa María del Mar anoche. Porque si el IEPS está moviendo esto a la velocidad que parece, es cuestión de días que uno de sus técnicos identifique el armario.

—Ya.

Clara se acercó a la mesa. Se sentó enfrente de él.

—Adrián. Escúchame.

—Dime.

—A partir de esta tarde, y durante las próximas cuarenta y ocho horas, cambiamos la estrategia.

Hasta ahora hemos estado jugando a no ser vistos mientras investigamos.

A partir de ahora jugamos a ser vistos haciendo cosas inofensivas.

Vamos a cenar en restaurantes turísticos.

Vamos a visitar la Sagrada Familia esta tarde como dos visitantes más.

Vamos a hacer que nos vean en la Barceloneta mañana por la tarde.

Vamos a publicar algo en redes, incluso, si hace falta, fingiendo ser vacaciones tardías.

Y el jueves, a las seis de la mañana, salimos hacia Montserrat con Joan sin que nadie nos siga.

—¿Por qué ahora?

—Porque Aubet nos ha dicho esta mañana, con su lenguaje de canónigo, que él sabe.

Eso significa que, a partir de ahora, él va a vigilar con más atención.

Si seguimos moviéndonos como hasta ahora —visitas discretas a archivos, reuniones con sacristanes, paseos nocturnos—, cada movimiento va a ser un dato para él.

Si, en cambio, durante dos días hacemos turismo convencional, lo desenfocamos.

Le damos señales contradictorias. Lo dejamos sin saber qué creer.

—Y el jueves nos esfumamos hacia Montserrat.

—Nos esfumamos hacia Montserrat. Él pensará que hemos ido a hacer una excursión turística más. Cuando se dé cuenta del contenido, ya estaremos de vuelta.

—De acuerdo.

Se levantaron. Comieron algo rápido en casa.

Clara puso dos camisas limpias en la mochila para la excursión de la tarde a la Sagrada Familia.

Adrián hizo lo propio. Bajaron a la plaza de Urquinaona en metro, compraron entradas turísticas normales para la Sagrada Familia con visita guiada, se tomaron el café del turista en un bar con carta en inglés, y a las tres y media estaban haciendo cola en la fachada del Nacimiento entre un grupo de mexicanos y otro de coreanos.