Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 7. Lo que no se nombra
53%

Capítulo 7. Lo que no se nombra

Lo que no se nombra

La convocatoria llegó a primera hora del martes. A las ocho y doce de la mañana, el móvil de Clara sonó mientras ella aún estaba en la cocina preparando el café. Número del Cabildo. Contestó.

—Buenos días, señora Bru. Soy Montse, secretaria del padre Aubet. El padre le ruega, si es posible, que usted y el señor Vega se pasen por su despacho esta mañana a las once. Le gustaría conversar con ustedes sobre algunas cosas.

—¿Algunas cosas?

—Eso es lo que me ha indicado.

Clara miró el móvil un segundo.

—¿Puede decirme qué cosas, concretamente?

—No me lo ha precisado. Si usted me lo permite, le diré al padre que cuenta con ustedes a las once.

—Dígaselo.

—Muchas gracias. Que tengan buen día.

Colgó.

Adrián, sentado a la mesa del comedor con el cuaderno de campo abierto, levantó la cabeza.

—¿Aubet?

—A las once en su despacho. No ha dicho para qué.

—Sabe que fuimos anoche a Santa María del Mar.

—O sospecha que fuimos. No es lo mismo.

—La diferencia es de tono.

—Correcto.

Adrián bebió café. Se pasó la mano por la nuca.

—Clara. ¿Vamos?

—Vamos. Nunca conviene no ir a una reunión que un antagonista propone, salvo que no ir sea parte de una estrategia declarada. Nosotros no tenemos estrategia declarada. Vamos.

—Pero vamos con reglas.

—Vamos con reglas. Primera: ni mención al Libro de las trece, ni a la llave sevillana, ni a Mercè, ni a Montserrat.

Segunda: hablamos en plural sobre nosotros dos, en singular sobre cualquier otra persona.

Tercera: sobre Aubet, sonreímos. Sobre Halvorsen, si sale, no sabemos quién es.

Cuarta: si pregunta por nuestros planes, decimos que nos vamos el sábado.

—¿Aunque no sea verdad?

—Aunque no sea verdad.

Adrián asintió.

—Una cosa más.

—Dime.

—Si él nos deja caer un dato sensible, no reaccionamos. Que no sepa nunca lo que nos interesa y lo que no.

—Exacto.

Se vistieron. Clara con una blusa gris y pantalones oscuros. Adrián con camisa blanca. Profesionales serios. Visitantes educados. Invisibles.

A las diez y cincuenta entraron al Cabildo.

La misma Montse que había llamado, una mujer de unos cuarenta años con el pelo recogido y gafas de pasta discreta, los recibió en la portería y los acompañó al piso superior.

El despacho de Aubet estaba al final de un pasillo con suelo de madera antigua.

Llamó con los nudillos. Desde dentro se oyó un endavant claro.

Aubet los recibió de pie, detrás de un escritorio grande de nogal.

Había en la pared, a su espalda, una estantería con libros de lomo oscuro, una pequeña lámina enmarcada con un plano del Barri Gòtic del siglo dieciocho, y un crucifijo de plata pequeño sobre una repisa.

La ventana, a su izquierda, daba a un patio interior del edificio, con un naranjo pequeño en el centro.

Sobre el escritorio, una carpeta cerrada, un bolígrafo de buena marca, y una botella pequeña de agua mineral con dos vasos limpios.

—Bon dia, archivera Bru. Señor Vega. Gracias por venir. Les ruego, disculpen la formalidad. Siéntense.

Dos sillas acolchadas frente al escritorio. Se sentaron. Montse se retiró cerrando la puerta.

Aubet se sentó. Abrió la carpeta despacio. De la carpeta no sacó nada, pero mantuvo las dos manos apoyadas sobre ella. Un gesto profesional. Abrir la carpeta era el equivalente a sacar la agenda: preparaba la escena.

—Bien. Les explico por qué les he convocado.

Adrián y Clara permanecieron en silencio.

—Hace dos días —empezó Aubet—, concretamente el sábado por la mañana, Nil Vergès, el sacristán mayor, les abrió a ustedes el almacén de mantenimiento del suroeste con el pretexto de una consulta arquitectónica sobre las claves de bóveda.

Nil es un empleado excelente. Se lo digo con total respeto.

Pero Nil tiene, como tantos profesionales veteranos, una lealtad a las personas que él estima que a veces sobrepasa los canales institucionales.

Cuando el jefe de mantenimiento regresó el sábado a las once para el turno de limpieza semanal, notó en el suelo del almacén una capa de cera residual desplazada, compatible con que alguien hubiera estado trabajando con una linterna rasante y posiblemente con una espátula en la zona de la escalera metálica.

Notó también, en una de las baldas, una huella de guante fino de archivero, del tipo que usan los restauradores y los archiveros profesionales para manipular objetos sensibles.

Hizo una pausa.

—Les pregunto: ¿ustedes recogieron algún tipo de material o residuo de ese almacén?

Clara, sin cambiar la expresión, contestó.

—Sí.

Aubet levantó ligeramente las cejas. Probablemente no esperaba una admisión tan directa.

—¿Qué recogieron?

—Una pequeña cantidad de cera de limpieza acumulada cerca de la escalera.

La recogimos porque observamos en ella marcas compatibles con pisadas más antiguas de lo que la rutina de limpieza del almacén permitía presumir.

Nos pareció un dato arquitectónicamente interesante dentro de nuestra consulta.

Llevamos una muestra para análisis a una tienda de restauración en Ciutat Vella, de las especializadas en materiales patrimoniales. Todavía no tenemos el resultado.

Aubet la miró durante un par de segundos largos.

—¿Una consulta arquitectónica?

—Una consulta arquitectónica. Sí.

—Archivera Bru, no me subestime.

—No la subestimo, padre Aubet. Le explico lo que hemos hecho.

—Me está usted diciendo que su interés en el almacén del suroeste era arquitectónico.

—Le estoy diciendo que, dentro de nuestra visita al claustro con Nil, solicitamos también acceder al almacén porque habíamos leído en un informe técnico de 1972 —que figura en el catálogo abierto del Cabildo, por cierto— que ese almacén presenta una singularidad en la cimentación por desplazamiento histórico del muro sur.

Nos interesaba verificarlo con nuestros propios ojos.

Al hacerlo, notamos marcas en la cera y tomamos una muestra.

Es lo que habría hecho cualquier restaurador serio. No tiene ningún alcance más.

Adrián intervino, con una suavidad calculada.

—Padre Aubet. Si le hemos incomodado involuntariamente, se lo hacemos saber. No era nuestra intención.

Aubet se recostó en el sillón.

—Señores. Les voy a ser franco. La muestra que ustedes recogieron no tiene en sí mucho valor.

Lo que tiene valor, para mí, es el hecho mismo de que la hayan recogido.

Porque eso me indica que ustedes están, efectivamente, investigando algo distinto de la marginalia catalana del dieciocho.

Y que Nil les está ayudando en esa investigación.

Hubo una pausa.

Clara no se movió.

—Padre —dijo, entonces, con una voz absolutamente tranquila—, ¿usted tiene algún problema profesional con el sacristán Nil Vergès?

—Ningún problema.

—¿Entonces por qué le menciona?

—Por honestidad. Le digo lo que he deducido.

—Le corrijo lo deducido. Nil no nos ha ayudado en una investigación. Nos abrió una puerta en respuesta a una petición legítima canalizada a través de la señora Roure, archivera titular. Si eso le parece a usted impropio, le corresponde hablar con Nil, no con nosotros.

—No me parece impropio, archivera. Me parece significativo.

—Es una diferencia sutil.

—Precisamente.

Aubet sonrió brevemente. Una sonrisa sin calor.

—Bien. Seguimos.

Sacó de la carpeta una hoja con un pequeño organigrama impreso, y la giró hacia ellos.

—Esto es una estructura del Instituto Europeo de Patrimonio Subterráneo, del que probablemente ya saben algo.

Soy colaborador externo de esta institución desde hace años.

El Cabildo ha firmado con el IEPS un convenio marco para la catalogación del patrimonio subterráneo de la Catedral de Barcelona.

Y el IEPS, por su parte, mantiene convenios similares con más de veinte catedrales europeas, entre ellas la de Sevilla.

Clara no parpadeó.

—No tenía noticia del convenio con Sevilla —dijo, con neutralidad perfecta.

—No me sorprende. El Cabildo de Sevilla no lo ha publicitado.

—¿Cuándo se firmó?

—En febrero de este año.

—¿Febrero?

—El 22 de febrero. Un mes después de la muerte del padre Bofill, a quien tanto apreciaron ustedes, según tengo entendido.

Clara registró internamente el dato —22 de febrero, ocho días después de la muerte—, pero no dejó que el registro se le notara en la cara.

—Entiendo.

—La razón por la que les he citado esta mañana —continuó Aubet— es para proponerles una cosa que, con todos los respetos, a mí me parece que les conviene a ustedes y al oficio de ambos.

El IEPS está buscando dos figuras intermedias —una archivística y una de restauración— para coordinar un proyecto bianual de investigación en tres catedrales españolas: Sevilla, Barcelona, y una tercera que aún se está negociando.

Los contratos son generosos. Financiación europea.

Publicaciones científicas firmadas por los investigadores seleccionados. Visibilidad académica internacional.

Adrián miró a Clara. Clara no apartó los ojos de Aubet.

—Padre. ¿Me está usted ofreciendo un contrato?

—Les estoy, formalmente, comunicando la disponibilidad de dos plazas, cuya candidatura les invito a considerar. Si les interesa, pueden presentar su propuesta hasta el 30 de septiembre. Yo mismo, como colaborador externo, me ofrezco a redactar las cartas de apoyo correspondientes.

Clara mantuvo los ojos en Aubet. Durante medio minuto, no contestó.

—Padre.

—Sí.

—Le agradezco la comunicación. No voy a rechazarla aquí y ahora porque no quiero ser descortés, y porque uno debe estudiar las cosas antes de contestar.

Pero le digo ya una cosa para que lo sepa: mis decisiones profesionales las tomo desde Sevilla.

No desde Barcelona. Y las tomo en consulta con mi Cabildo y con mi director académico.

No acepto ofertas de contrato en conversaciones privadas sin documentación previa.

—No hay ninguna documentación previa pendiente. Se la podemos enviar hoy mismo por correo electrónico.