Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 6. La llave pequeña #3
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Capítulo 6. La llave pequeña #3

Se encontraron en la nave lateral sur de Santa María del Mar. La basílica estaba vacía. Pau Vilalta, el sacristán, apagaba lentamente las últimas velas del altar con un apagavelas de mango largo. Al verlos, les dedicó una inclinación de cabeza breve. No preguntó.

Salieron por la puerta del Born, la trasera, que daba a la plaça de Santa María. Afuera, la noche caliente de finales de agosto había empezado a instalarse con esa tibieza pegajosa del Mediterráneo.

Caminaron los tres en silencio hasta la plaza del Born.

Allí, Mercè se detuvo.

—Hasta aquí voy con ustedes. Ya no necesitan que les acompañe. Yo voy a casa. Mañana salgo a primera hora hacia Montserrat.

—¿Sola?

—Sola. Una hermana mía me espera allí. Dormirá conmigo en la hospedería. No se preocupen. Volveré el viernes con ustedes, en el mismo tren que Joan y Aurora, cuando bajen del monasterio.

—De acuerdo.

—El jueves ustedes y Joan Baptista subirán a primera hora. Yo ya estaré allí. Nos encontraremos en la biblioteca del monasterio a las once, con el hermano Ramon Cases. Él les abrirá el fondo.

—Entendido.

—Una cosa más.

—Diga.

—Desde mañana, y durante los días que estén en Barcelona, les recomiendo que se mantengan alejados del apartamento tanto como puedan.

Aubet ya sabe, seguramente, que fuimos esta noche a Santa María del Mar.

Pau Vilalta no dirá nada, pero alguien que los haya seguido desde el Raval hasta aquí, si lo había, sí.

Mañana tienen que moverse por la ciudad como si estuvieran haciendo turismo intensivo.

Restaurantes distintos. Iglesias distintas.

Museos. Y la noche del miércoles duerman en un hotel, no en el apartamento.

Cambien de escenario. El apartamento déjenlo sin las cosas importantes dentro.

—¿Y las cosas importantes?

—Yo me llevo el Libro de las trece esta noche a Montserrat. Se lo pongo en manos del hermano Ramon para que lo custodie en el fondo reservado del monasterio mientras nosotros resolvemos lo otro. Es más seguro allí que en su armario doméstico.

—¿Está segura?

—Sí.

Clara sacó el libro de la mochila, lo envolvió otra vez en el pañuelo, y lo entregó a Mercè.

Mercè lo guardó en su bolso de tela. Era un bolso modesto, sin atención visible. Probablemente, pensó Adrián, el mejor escondite posible.

—Entonces hasta el jueves, Mercè.

—Hasta el jueves.

Se despidieron. Los tres besos catalanes, esta vez, de los cuatro protocolarios, con tranquilidad. Mercè tomó calle abajo hacia Argenteria. Adrián y Clara se quedaron un momento más en la plaza, sentados en un banco, mirándola alejarse.

Cuando Mercè desapareció por la esquina, Clara se volvió a Adrián.

—Adrián.

—Sí.

—Tenemos dos llaves más esta noche. En realidad, tres.

—La del armario, la de las tres muescas de Sevilla, y el libro.

—Bueno, el libro no es una llave, pero sí es una ficha fundamental. Y las dos llaves, sí.

—Ya.

—La pequeña con la O abrió el armario.

—La grande con las tres muescas la llevamos a Salvatierra.

—Que no es Barcelona, por cierto.

—¿Es entonces una de las cuatro del itinerario de Màrius, o no?

Clara lo pensó un momento.

—Creo que no. Las cuatro llaves del itinerario de Màrius, las quatre claus, tienen que ser catalanas. Tienen que abrir cosas catalanas. La grande con las muescas sevillanas es otra cosa. Es una pieza que Arnau trajo en 1983 y que queda fuera del sistema de Màrius. Pertenece a otro juego.

—A Sevilla.

—A Sevilla.

—Entonces ¿cuánto llevamos del itinerario de Màrius?

—Una. La primera. La de la O, que abrió el armario donde estaba el libro de los custodios y donde, incidentalmente, también estaba la llave sevillana. Eso es lo que el armario contenía. El libro, la llave del sur, y nuestra llave. Tres piezas en un mismo compartimento.

—Quedan tres llaves catalanas por encontrar.

—Tres.

—Y el cuadernillo en Montserrat.

—Y el cuadernillo en Montserrat. Pero el cuadernillo no es una llave. Es el mapa.

Hubo un silencio.

—Clara.

—Sí.

—¿Sabes qué?

—Qué.

—Estoy empezando a entender cómo funciona esta cadena. De verdad. No en abstracto. En concreto. Cada paso abre una puerta y, detrás de la puerta, hay otra puerta, y detrás otra. Pero no son puertas infinitas. Son trece. Como las ocas.

Clara lo miró.

—Eso es lo que Mercè quería que entendiéramos, Adrián. Las ocas son trece porque el oficio tiene trece nodos. No más. No menos. Cada nodo, un custodio. Cada custodio, una llave. Cada llave, una puerta.

—Y si falta un custodio, falta un nodo.

—Falta un nodo.

—Y ahora, en Barcelona, faltan doce. Solo queda Mercè.

—Y nosotros dos, de prestado.

—Y nosotros dos, de prestado.

Clara cerró los ojos un momento.

—Adrián.

—Sí.

—Vamos a Montserrat el jueves. Vamos a encontrar el cuadernillo. Vamos a leer el mapa. Vamos a bajar, si podemos, al cuarto lugar del Born. Y vamos a ver qué pasa.

—Y vamos a volver a Sevilla con la llave de las tres muescas.

—Y vamos a volver a Sevilla con la llave de las tres muescas. Cuando podamos.

Adrián respiró hondo.

—Clara. Si llegamos vivos a Sevilla, te invito a un vino.

—Hecho.

—En Casa Ricardo.

—Hecho.

Se levantaron del banco. El cielo sobre el Born, a las nueve y media, tenía ese azul oscuro con restos de luz por el oeste que solo dura veinte minutos. Algunas estrellas, muy escasas por la contaminación lumínica, empezaban a aparecer encima de las agujas de Santa María del Mar.

Caminaron hacia el apartamento sin prisa, cambiando de acera dos veces, por costumbre ya aprendida.

Al llegar al portal de la calle Sots-tinent Navarro, Adrián se paró antes de meter la llave.

—Clara.

—Dime.

—Pienso que tenemos que llamar a Salvatierra esta misma noche.

—Pienso lo mismo.

—Subimos, llamamos, bebemos algo.

—Subimos, llamamos, bebemos algo.

Subieron. Clara dejó la mochila sobre la mesa del comedor. Adrián sacó las dos llaves del bolsillo y las puso sobre la mesa, una junto a la otra. La pequeña con la O, con la pátina del bronce antiguo. La grande con las tres muescas en el canto, con un brillo más frío, más castellano.

Clara llamó a Salvatierra. En el altavoz.

Contestó al cuarto tono.

—¿Clara?

—Padre. Estamos los dos. Usted también, padre, hace rato que lo llamamos.

—Claro, claro. Cuéntenme. Estoy aquí con el perro de ustedes, por cierto.

—¿Con Moro?

—Doña Pilar lo ha traído esta tarde. Le ha dado un pequeño bajón, y hemos estado con él. Ahora mismo duerme a mis pies. Tranquilo.

Adrián tragó saliva.

—Padre, ¿es grave?

—Es lo que es, Adrián. Es un perro de doce años largos, y los galgos no duran mucho más. Come poco desde esta semana. Bebe. Pilar lo cuida como si fuera suyo. No quiero que se alarmen ustedes en Barcelona por esto. Solo que lo sepan. Para que, si algo pasa, no les pille como un susto.

Clara miró a Adrián. Adrián se pasó la mano por la cara.

—Gracias por avisar, padre —dijo Adrián—. Gracias de verdad.

—Pasando a lo otro. Cuéntenme. Ha pasado algo hoy.

Clara le resumió en cuatro minutos lo del libro, el armario, la llave sevillana, Mercè, Montserrat, los cuatro puntos físicos del oficio barcelonés, el itinerario de las cuatro llaves de Màrius, los hallazgos del almacén del suroeste, y Aubet como sospechoso principal.

Salvatierra escuchó sin interrumpir. Al final, solo dijo:

—Clara.

—Sí.

—La llave de las tres muescas es de Sevilla.

Aquí la conocemos bien. Es una llave de las que en el oficio se llaman de paso.

Se usaba para entrar a una capilla lateral del Alcázar desde la Catedral, por un pasadizo construido entre 1570 y 1620 que estaba clausurado desde hacía casi un siglo.

Que esté en sus manos ahora, sacada del armario de Santa María del Mar, significa que alguien decidió en 1983 sacarla de aquí para que aquí no apareciera. Como medida de protección.

—¿Por qué?

—Porque hay pasadizos que solo se abren cuando hay que abrirlos. Si esa llave estuvo cuarenta y tres años en Barcelona, es que durante cuarenta y tres años no hubo motivo para abrirlo. Ahora que ha vuelto, a lo mejor lo hay.

—¿Y cómo sabremos si lo hay?

—No lo sabrán hasta volver. Traigan la llave. Yo les espero. No pienso en esto como urgencia, sino como posibilidad. Si vuelven y no hay motivo para abrirlo, guardamos la llave otra vez. Si lo hay, lo abriremos.

—Entendido.

—Padre.

—Dígame, Adrián.

—¿Hay algo más que nos quiera contar?

—No mucho. Rafael está bien. Tomás también.

El claustro de Sevilla, tranquilo. Las ocas de allí son los cuervos, como saben, y los cuervos siguen viniendo.

Eso va a buen ritmo. Aquí no hay novedades operativas.

Concéntrense ustedes en lo suyo. Montserrat el jueves.

El cuadernillo. El Born después. Si consiguen eso, el resto se coloca.

—De acuerdo.

—Y cuiden a Mercè.

—La cuidamos.

—Gracias a los dos. Descansen. Mañana llámenme si pueden.

Colgaron.

Clara cerró el móvil. Miró las dos llaves sobre la mesa.

Adrián miró por el balcón el patio interior.

La luz de la cocina de doña Assumpció del cuarto estaba encendida, como probablemente había estado encendida durante años en las noches en las que Bofill, desde la calle Basea, estaba despierto a esa hora y podía verla.

Era una luz amarilla, bajísima, familiar.

—Adrián.

—Sí.

—¿Abrimos una botella?

—Abrimos una.

Clara fue a la cocina. Volvió con una botella de vino tinto barato que habían comprado el viernes y que no habían abierto. Descorchó con un sacacorchos de mango de madera. Sirvió dos copas. Se sentó frente a Adrián en la mesa.

Brindaron en silencio.

Bebieron el primer sorbo también en silencio.

Adrián, al cabo, habló primero.

—Clara.

—Sí.

—Si Moro se muere esta semana, no vuelvo.

—Lo sé.

—Quiero decir, a Sevilla. No pienso volver sin terminar esto. Si se muere, pido a Salvatierra que lo entierre con doña Pilar, me escribo con ella, y me quedo aquí hasta el domingo.

—Lo sé.

—No hace falta que me digas si estoy bien o mal. Solo te lo cuento.

—Lo sé.

Clara le sirvió más vino.

—Yo, a cambio, te cuento a ti una cosa.

—Cuenta.

—Hoy, en casa de Joan Baptista, cuando he descifrado la carta de Pere Miró en cinco minutos, he sentido una cosa rara. Una cosa que llevo persiguiendo toda mi vida profesional sin haberla sentido así antes.

—¿Cuál?

—Me he sentido absolutamente en mi sitio.

Absolutamente. Por primera vez. Como si todos estos años de estudiar paleografía, marginalia, catalogación, fueran para este momento.

Un hombre ciego de ochenta y tres años que llevaba sesenta y dos años esperando una pieza, y la pieza la he traído yo, sin haberla planeado, simplemente porque sabía cosas que él no podía saber. Ha sido... ha sido muy fuerte, Adrián.

—Te felicito.

—No es por felicitación.

—Ya.

—Es porque, a partir de esa sensación, entiendo de pronto por qué Carmen Izquierdo, en Sevilla, me reclutó sin preguntarme. Ella sabía que yo iba a tener un momento así, algún día. Y quiso que yo estuviera, cuando me llegara el momento, en un sitio donde el momento sirviera a alguien más que a mí.

—Eso es lo que hacen los mayores, Clara.

—Sí. Y ahora lo entiendo.

Bebió.

Adrián bebió también.

—Clara.

—Sí.

—Cuando todo esto termine, vas a reclutar a alguien. No ahora. En diez años. Pero lo vas a hacer. A un archivero joven, a una archivera joven, a alguien que ni siquiera sospecha que está siendo observado. Y no le vas a preguntar si quiere.

—Eso es lo que hacen los mayores, Adrián.

Sonrieron los dos con cansancio.

Siguieron bebiendo sin hablar.

Afuera, en el patio interior, la luz del cuarto de doña Assumpció siguió encendida al menos hasta las once y cuarto, cuando Adrián, antes de acostarse, pasó por el salón y se fijó. Después, se apagó.

Como probablemente cada noche desde hacía tres años.

Como probablemente se apagaría la luz de cualquiera de ellos, algún día, en otro patio interior de otra ciudad, vistos por alguien más joven que, al cabo del tiempo, haría el mismo oficio que ellos estaban haciendo aquella noche.

La cadena.

Con trece eslabones por turno.

Como las ocas.

Como siempre.