Capítulo 6. La llave pequeña #2
Estaban ahora en un pasillo estrecho, de piedra oscura, iluminado por una única bombilla amarillenta muy alta.
El aire, más fresco que en la nave, tenía un olor distinto: a piedra fría, a cera vieja, a humedad moderada pero perceptible.
Al fondo, una escalera corta de cuatro peldaños subía a un rellano con otra puerta, más pequeña, de madera clara con una cerradura mediana.
—La sacristía pequeña —dijo Mercè en voz baja.
—¿Esa puerta de arriba?
—Esa puerta. No es la sacristía principal, que está al otro lado del presbiterio y tiene mucho más trasiego.
Ésta es una sacristía secundaria del siglo quince.
Se usa hoy para guardar objetos litúrgicos de poco valor.
Pau, el sacristán, pasa por aquí una vez a la semana como mucho. Algunas semanas no pasa.
Subieron los cuatro peldaños.
—¿Pasa hoy?
—Hoy no. Lo sé porque Pau me saludó al entrar en la misa y al despedirse al final. No ha tenido tiempo de subir aquí entre la misa y el cierre. Y, por su rutina, después del cierre se va directo a casa.
—Bien.
Mercè empujó la puerta, que estaba entornada, no cerrada con llave.
Entraron a una habitación pequeña, de techo bajo, con una lámpara de pared muy tenue.
Estanterías con candelabros de plata antigua sin brillo, algunas casullas viejas dobladas sobre baldas, un pequeño armario a la derecha, y, al fondo, un armario estrecho más grande, de madera oscura muy antigua, con una pequeña letra O grabada en la puerta y una cerradura sencilla.
Adrián sacó la llave pequeña de bronce del bolsillo. La desenvolvió del pañuelo.
Mercè se apartó un paso.
—Ábralo usted, Adrián. A mí, por honestidad con Màrius, no me corresponde.
Adrián asintió.
Se acercó al armario. Miró la cerradura. La llave encajaba de primer intento, como si la hubieran hecho para ella —que, obviamente, era lo que había pasado. La hizo girar. Un clic suave, limpio, propio de las cerraduras bien engrasadas aunque no usadas durante años. La puerta se abrió.
El interior del armario era más profundo de lo que sugería por fuera.
Estantes rudimentarios. En el superior, dos candelabros antiguos de plata con restos de cera vieja pegada.
En el del medio, un cáliz sin consagrar, con una base dañada.
En el inferior, varias piezas menores: un purificador doblado, dos corporales con pequeñas manchas, un crucifijo de madera con un brazo partido.
Abajo de todo eso, debajo del estante inferior, el fondo del armario.
Adrián se agachó.
—Mercè, ¿hay un doble fondo?
—Eso dijo Màrius. Lo preparó él mismo en 1988 con ayuda de Arnau. Me lo contó años después.
—¿Sabe cómo se abre?
—No. Màrius no quiso decírmelo.
Adrián pasó la mano por el fondo con cuidado.
La madera era lisa, sin juntas visibles.
Pero, al recorrer con la yema el borde izquierdo, junto a la pared interna, encontró una pequeña discontinuidad: una minúscula rendija de unos milímetros, casi imperceptible.
Presionó suavemente. Nada. Intentó al otro lado. Tampoco. Probó el centro.
Tras una pequeña presión con ambas manos, una parte del fondo cedió con un sonido seco: un resorte oculto. Adrián levantó el panel. Debajo, un compartimento falso de unos cuatro centímetros de profundidad, ocupando casi todo el ancho del armario.
Dentro, solo una cosa.
Un libro manuscrito encuadernado en pergamino, del tamaño de un cuaderno escolar, con el lomo sin título y las tapas limpias. Junto al libro, una pequeña bolsa de tela que contenía —se veía al tacto— una llave más grande que la de Adrián.
Clara se acercó. Adrián recogió con cuidado el libro y la bolsa. Miró a Mercè.
—¿Puedo?
—Puede.
Se apartó al centro de la sacristía, donde caía la luz de la lámpara de pared con más intensidad, y abrió el libro por la primera página.
La primera hoja contenía, en letra caligráfica del siglo diecinueve, un incipit breve:
Registre dels tretze custodis de la Seu de Barcelona, des de l'any MDCCCXXXIV fins al present. Escrit per mà del canonge Pau Arnau i Jofre, al seu darrer any de ministeri.
Debajo, en la misma letra, una nota:
Aquest llibre no ha de sortir mai d'aquesta custòdia. Si un dia ha de sortir, que surti cap a Santiago, no cap a Sevilla, ni a Tarragona, ni a cap altra seu. Que Santiago el tingui i decideixi.
Clara tradujo en voz baja, mientras Adrián iba pasando páginas con cuidado.
—Registro de los trece custodios de la Seo de Barcelona, desde el año 1834 hasta el presente.
Escrito por mano del canónigo Pau Arnau y Jofre, en su último año de ministerio.
Y la nota: este libro no debe salir nunca de esta custodia.
Si un día ha de salir, que salga hacia Santiago, no hacia Sevilla, ni a Tarragona, ni a ninguna otra sede. Que Santiago lo tenga y decida.
Mercè, que escuchaba desde el lateral, asintió lentamente.
—Pau Arnau y Jofre —dijo— era el bisabuelo de Josep Arnau. El que empezó el registro moderno. Muerto en 1878. Josep me habló de él más de una vez.
—Custodia compartida.
—Custodia compartida, sí.
Clara pasó las páginas. El libro tenía una estructura ordenada: cada custodio figuraba con su nombre completo, su lugar de nacimiento, las fechas de inicio y fin de su servicio, y, en una columna lateral, las iniciales de las personas a las que él mismo había formado.
Era un árbol genealógico. Entre 1834 y 2025 el libro registraba en total sesenta y cuatro custodios.
El último, en la última página con entrada, era:
Màrius Bofill i Serrat, nascut a Mataró el 1946, iniciat per Manuel Terrades i Prats el 1976, custodi principal des del 1978. Ha format: Josep Arnau i Montaner (1977-1989), Enric Bosc (1982), Pere Girona (1985), Joan Baptista Miró i Pons (com a conservador, 1984).
Y debajo, en letra distinta, más reciente, con la tinta de un bolígrafo azul:
No ha format successor oficial. Si aquest llibre arriba a altres mans, que se sàpiga que Mercè Fiol Ribera n'ha estat consultora de confiança des del 1985, tot i no estar inscrita formalment. La decisió sobre la successió queda oberta.
Clara levantó la vista.
—Firmado por el propio Bofill, en los últimos meses. Le dio el registro continuidad hasta el final.
—Hasta el final, sí.
Adrián miró a Mercè.
—Mercè. En este libro está usted. Bofill la incluyó.
Mercè asintió muy levemente. Parpadeó dos veces rápido, pero no lloró. Se pasó la mano por la muñeca en un gesto automático. No dijo nada.
Clara pasó unas páginas más. Comprobó, con la eficiencia de su oficio, que en el libro había también un breve apéndice final con descripciones de las principales ubicaciones físicas del oficio en Barcelona: la sacristía pequeña de Santa María del Mar, donde estaba ese mismo armario; la cripta de Santa Eulalia bajo el altar mayor de la Catedral; el almacén de mantenimiento del suroeste —que Nil había sospechado, con razón, como punto operativo—; y un cuarto lugar, que Clara leyó con creciente atención:
Lloc IV: cambra sota el mercat del Born, nivell inferior al de l'excavació actual, accessible per la porta de servei del Museu d'Història, amb autorització del personal tècnic.
Punt de connexió entre l'eix occidental i el mediterrani.
Custòdia tècnica difícil, ja que el lloc no pertany al Capítol.
Cal comptar amb algú que treballi allà i sigui d'estima.
—El Born —dijo Clara.
—El Born —contestó Mercè, con una sonrisa fatigada—.
Lugar cuatro. El cruce. Màrius y Josep nunca pudieron bajar allí.
Lo intentaron en 1985, pero el acceso estaba en obras.
Desde entonces, fue musealizado por el Ayuntamiento en el 2002 y ya no volvió a estar disponible salvo con permisos específicos.
—¿Alguien ha bajado alguna vez al nivel inferior?
—Que yo sepa, nadie de nuestro oficio. Solo personal municipal de obras. Y arqueólogos.
—¿Y por eso Pere Miró enterró allí el cuadernillo del cruce?
—No. Pere Miró enterró el cuadernillo en Montserrat. El Born es otra cosa: es el lugar físico al que el cuadernillo describe. El mapa está en Montserrat. El territorio, en el Born.
Adrián asintió.
—Mercè.
—Sí.
—Hay una llave más en el doble fondo.
—Mire de qué es.
Adrián sacó la bolsa de tela. Dentro, una llave de bronce más grande que la primera, de cabeza cuadrada, sin letras grabadas pero con una pequeña marca lateral —tres muescas finas, exactamente como las que las vieiras del sistema sevillano llevaban en el canto.
Adrián la miró. Miró a Clara. Miró a Mercè.
—Tres muescas.
—Tres muescas —repitió Mercè—. Son las nuestras. Las muescas catalanas son cuatro, no tres. Las tres son del sur.
—Las del sur.
—Sí. Esa llave no es de Barcelona, Adrián. Esa llave es de Sevilla, o para Sevilla. La guardaba Màrius aquí por alguna razón que solo él conocía. Llévensela. Si no saben qué abre, seguro que Salvatierra lo sabe. O que, cuando llegue el momento, se verá clara.
—¿Por qué la tendría Màrius en un armario de Santa María del Mar?
—Arnau se la trajo de Sevilla en un viaje en 1983. Le dijo a Màrius: ésta aquí, hasta que alguien de Sevilla la reclame. Han tardado cuarenta y tres años. Pero han reclamado.
Adrián guardó la llave en un pañuelo limpio y la metió en el bolsillo con la otra.
Cerró el compartimento falso del armario. Volvió a cerrar la puerta del armario con la llave pequeña de la O. Devolvió las llaves al bolsillo interior.
Clara metió el Libro de las trece en la mochila. Lo envolvió primero en un pañuelo limpio que llevaba en la bolsa. Lo colocó entre dos libros que ella misma había llevado a modo de tapadera —dos novelas de bolsillo— para disimular el volumen en caso de revisión casual.
Se miraron los tres.
—¿Nos vamos? —preguntó Mercè.
—Nos vamos.
Salieron del sobreático por la misma puerta por la que habían entrado. Bajaron los cuatro peldaños. Cruzaron el pasillo corto. Mercè abrió la puerta lateral, dejó pasar a Adrián y Clara, y cerró ella detrás, echando esta vez sí el pestillo con la llave grande antigua.