Capítulo 6. La llave pequeña
La llave pequeña
Mercè no les abrió la puerta de Sant Pau del Camp.
Los esperaba ya dentro, sentada en el banco corrido de la galería norte del claustro, en el mismo sitio donde tres días antes se habían sentado con Oriol Mercader.
Llevaba un vestido gris claro, más ligero que el de Argenteria, y un pañuelo fino del mismo tono sobre los hombros.
Tenía, en la mano derecha, una novela de tapas blandas, abierta por la mitad.
Al verlos entrar, cerró el libro sin señalar la página.
Las personas que tienen que acordarse de demasiadas cosas, pensó Adrián, aprenden a no necesitar marcapáginas.
Se acercaron.
—Bona tarda, senyora Fiol.
—Buenas tardes.
Mercè se levantó con un pequeño esfuerzo de rodillas, les estrechó las manos. A Clara la saludó con una cortesía normal. A Adrián, al apretarle la mano, le añadió una segunda operación: lo miró fijamente durante dos segundos, estudiándolo con una atención que no era descortés pero tampoco casual.
—Usted, entonces, es Adrián Vega.
—Soy.
—Josep Arnau.
—Josep Arnau.
Mercè asintió, con una pequeña sonrisa.
—Bien. Siéntense.
Se sentaron los tres en el banco. El claustro de Sant Pau del Camp, a las siete, estaba casi vacío.
La señora de la portería había retirado ya la caja registradora y rondaba por las galerías con una escoba corta y una pequeña bolsa, recogiendo las colillas que algunos visitantes dejaban caer sin miramiento a pesar de los letreros de prohibido fumar.
Los únicos otros ocupantes eran una pareja de jubilados sentados en la galería opuesta, que hablaban en catalán en voz muy baja sobre algo que probablemente no tenía nada que ver con los protagonistas.
Mercè tenía, sobre el regazo, la novela cerrada. Sobre la novela, cruzadas, sus dos manos.
—Cuéntenme.
Clara empezó.
—Mercè. Esta mañana hemos ido a Sant Pere de Ribes. Hemos visto a Joan Baptista y a Aurora. Hemos estado con el Llibre de les oques. Me lo hemos traído a Barcelona. Está en el apartamento, en lugar seguro.
—Bien.
—Joan nos ha dado también la carta de Pere Miró de 1948.
—La carta críptica, sí.
—Y la hemos descifrado.
Mercè levantó la cabeza muy levemente.
—¿Ya?
—En cinco minutos. Yo. Con la información que tenemos desde Santiago sobre el cruce mediterráneo-atlántico. Pere hablaba de agua que no se ve, cantores que cantan pero no se ven, y custodia ajena. Es Montserrat. La cisterna bajo el ábside, la escolanía, la custodia benedictina no diocesana.
Mercè se quedó quieta un momento.
—Montserrat —repitió, despacio—. Por supuesto. Qué tontos hemos sido todos.
—Joan ha sido el primero en reconocerlo. Él llevaba sesenta y dos años pensando en la carta y no lo había visto.
—No lo había visto porque le faltaba una pieza. Ninguno de nosotros, Màrius, Arnau, Joan, ninguno sabía lo del cruce. La hipótesis de redes independientes nos llegó tarde. Solo Fabián, desde Santiago, tenía sospechas. Y ni él las confirmó hasta que el medallón llegó a sus manos.
—Correcto.
—Clara.
—Sí.
—Me alegro.
Hubo una pausa.
Adrián intervino con cortesía.
—Mercè. Nos gustaría —si usted nos lo permite— visitar el armario de la sacristía pequeña de Santa María del Mar. El que Bofill mencionó en su carta a Lamela. El que tiene la O grabada y contiene, según él, el Libro de las trece.
Mercè se quedó quieta.
—¿Usted ha leído la carta de Màrius?
—La leímos el sábado por la noche. Se la entregó Rosa Bofill a Clara en Mataró.
Mercè cerró los ojos un momento. Los abrió.
—Por supuesto —dijo—. Esa carta. En 2018 Màrius me dijo que la escribiría. Me dijo también dónde iba a depositarla. Le dije que no me lo dijera a mí, que se lo guardara. Hizo bien.
—Nos la entregó Rosa.
—Correcto. En el sobre había una llave de bronce pequeña con una O grabada.
—Sí.
—Esa llave abre, efectivamente, el armario del sobreático de la sacristía pequeña. Yo tengo desde 1980, regalo de Arnau, la copia de la llave lateral del acceso a la sacristía. Mi llave abre la puerta exterior. La de ustedes abre el armario interior. Necesitamos las dos.
—Ya.
—¿Quieren que vayamos?
—Esta noche, si es posible.
Mercè miró la hora en un pequeño reloj de pulsera antiguo que llevaba en la muñeca derecha.
—Son las siete y cuarto. La misa vespertina de Santa María del Mar es a las siete y media. Termina a las ocho. Después hay media hora de rezo silencioso. A las ocho y media el sacristán principal cierra. Si entramos con él, a la hora de cierre, con discreción, podremos quedarnos después.
—¿No sospechará?
Mercè sonrió.
—El sacristán principal se llama Pau Vilalta.
Tiene setenta y seis años. Conoce la llave lateral desde hace cuarenta.
Jamás ha preguntado qué abre. Él sigue, en el oficio de los sacristanes viejos, una regla simple: si la persona que tiene la llave lleva la misma llave desde hace décadas y nunca ha hecho nada raro, no se pregunta.
Pau, como Nil, es gente de la casa en el sentido estricto.
No es custodio. Es silente. Hay diferencia.
—Hay diferencia.
—Bien. A las ocho y diez vamos para allá. Andando despacio, para llegar en el momento exacto.
Mercè se levantó. Recogió la novela. La metió en un pequeño bolso de tela que llevaba colgado del hombro. Se quedó un momento mirando el claustro.
—Clara.
—Sí.
—¿Sabe que he pasado buena parte de la tarde aquí leyendo?
—Lo imagino.
—Llevo cuarenta años viniendo a este claustro los lunes.
No todos los lunes; no soy tan metódica.
Pero casi. Arnau venía aquí con cierta regularidad en los años ochenta, y después de su muerte me convertí en una de las tres o cuatro personas que sigue frecuentando este sitio sin que sea turista.
Lo he visto cambiar. Los primeros años, después de la muerte de Franco, venía más gente del barrio.
Ahora casi solo turistas y un par de viejos como yo.
Es un claustro que se ha quedado huérfano.
—Como tantas cosas.
—Como tantas cosas, sí.
Se quedó callada un rato más.
—Hoy quería recordarles, antes de ir a lo concreto, que esto que hacemos los tres ahora, y todo lo que los tres vamos a hacer en los próximos días, no es una novela ni una partida de ajedrez.
Es oficio. No hay medallas. No hay fotografías.
Si algún día a ustedes alguien les reconoce por lo que van a hacer, es que han hecho algo mal.
—Lo sabemos, Mercè.
—Lo saben. Pero convenía que yo se lo recordara.
Salieron del claustro a las siete y media, con el calor de agosto aún pegado a la piedra.
El Raval, a esa hora, estaba en plena vida: terrazas llenas, vendedores ambulantes ofreciendo latas de cerveza, niños pequeños jugando con patinetes, grupos de turistas borrachos con mochilas mal cerradas.
Mercè caminaba entre todo aquello con la imperturbabilidad de los barceloneses viejos que llevan toda la vida cruzando barrios que cambian alrededor de ellos.
Bajaron por la calle del Hospital, cruzaron las Ramblas en la altura del Liceu, se metieron por la calle Ferran, desembocaron en la plaza de Sant Jaume, atajaron por Jaume I y siguieron hasta la calle Argenteria.
Adrián se dio cuenta, a los pocos minutos, de que Mercè caminaba con una precaución discreta: cambiaba de acera dos veces, se detenía un momento en un escaparate, aprovechaba las paradas para mirar con el reflejo del cristal lo que quedaba a su espalda.
—¿Nos siguen? —preguntó Adrián en voz baja, cuando volvieron a juntarse después de un cruce.
—Hasta ahora, nadie. Pero uno no deja de mirar solo porque cree que no le siguen. Uno mira por costumbre.
—Ya.
—A partir de mañana, probablemente nos seguirán. Hoy aún estamos en margen.
Llegaron a Santa María del Mar a las ocho menos cuarto.
La plaza del Fossar de les Moreres, al lado de la fachada, tenía la iluminación discreta del monumento histórico al anochecer.
Un flautista tocaba a unos treinta metros una melodía irlandesa.
Dos turistas asiáticas se hacían fotos contra la fachada.
Entraron por la puerta principal, como unos visitantes más.
La basílica, por dentro, tenía la nave central con su vuelo vertical característico —la planta unitaria, las columnas esbeltas cada trece metros, las bóvedas de crucería que parecían flotar—, y, en el presbiterio, un grupo reducido de fieles en misa.
Un cura joven celebraba, con voz pausada, las lecturas del día.
Las llamas de las velas del altar temblaban ligeramente por la corriente de alguna puerta lateral mal cerrada.
Mercè les indicó con la barbilla una hilera de bancos al fondo de la nave sur.
Se sentaron los tres. Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos —la misa duró lo habitual más unos minutos extra por un sermón breve sobre la paciencia en tiempos de cambio, tema adecuado a la hora— Adrián, Clara y Mercè permanecieron sentados con la naturalidad de los feligreses dispersos.
Adrián recibió la comunión por cortesía.
Clara no. Mercè sí, con la discreción profesional de las personas que comulgan sabiendo por qué.
A las ocho y treinta, el cura terminó la misa. Los fieles empezaron a desfilar hacia las puertas. Mercè se levantó sin prisa, dejó que tres o cuatro personas pasaran delante, y con un gesto mínimo hacia Adrián y Clara les indicó que la siguieran hacia el lateral.
Cruzaron por la nave sur. Pasaron junto a una capilla lateral con un retablo barroco.
Al fondo, al lado izquierdo de la cabecera, una puerta pequeña de madera, semi-oculta tras una columna, tenía el letrero discreto acceso privado.
Mercè sacó de su bolso la llave lateral, una llave grande de hierro forjado antiguo, la insertó en la cerradura, y abrió con la tranquilidad de quien entra a su casa.
Los tres pasaron. Mercè cerró detrás, pero no echó el pestillo. Se guardó la llave.