Capítulo 5. El libro de las ocas #3
—No lo descifré yo sola. Lo descifré con tres personas presentes: usted, Adrián, y el propio Pere Miró, que dejó las pistas suficientes.
Lo único que yo he hecho es leer las pistas con los datos de hoy, que usted no podía tener.
Joan, su tío Pere confiaba en que quien viniera después tendría información que él no tenía.
Y la tenía. La tengo yo. Por coincidencia y por oficio.
—¿Qué información?
—Que el cruce mediterráneo-atlántico existe no como metáfora, sino como topografía concreta.
Eso nosotros en Santiago lo sabemos desde hace seis meses.
Lamela lo supo desde que el medallón llegó a Compostela.
En Barcelona no lo sabían; ustedes lo sospechaban.
Yo traigo la confirmación. Y con esa confirmación, las pistas de Pere Miró se ordenan solas.
Joan Baptista bajó la cabeza un momento.
—Es impresionante, Clara.
—Gracias.
—No. Es impresionante en el sentido literal. Me ha impresionado. Me lleva a preguntarle una cosa.
—Dígamela.
—¿Ustedes me acompañarían a Montserrat esta semana?
Adrián intervino.
—Por supuesto.
—Yo hace tres años que no viajo. Mi hermana María, la pequeña, vive en Manresa, y la última vez que la vi fue cuando ella vino aquí en 2021 Subir a Montserrat con ustedes sería, para mí, además del asunto del cuadernillo, una pequeña concesión al mundo antes de que el mundo me deje del todo.
Aurora me prepararía la bolsa. Iríamos los tres. Les agradecería mucho que aceptaran.
—Aceptamos —dijo Clara—. Cuando usted diga.
—Jueves. Temprano. A las siete de la mañana cogemos el tren desde aquí a Barcelona, el metro a Plaça Espanya, y desde allí el Ferrocarrils Catalans hasta Montserrat. Llegamos al monasterio a las diez. Aurora nos prepara bocadillos. Volvemos por la tarde, antes de las siete.
—De acuerdo.
—Una cosa más.
—Dígame.
—En Montserrat, el hermano Ramon Cases, bibliotecario adjunto del fondo reservado, fue discípulo mío entre 1998 y 2005. Es hombre de mi confianza absoluta. Él nos abrirá lo que haga falta. Voy a llamarlo hoy mismo para avisarlo.
—Perfecto.
—Entonces, no hay más. Acabemos la sesión. Llévense el libro. Es suyo desde esta mañana. Cuando las ocho hojas aparezcan, las integran al libro en su sitio y el conjunto se queda con quien decida Fabián Lamela. No conmigo.
Clara volvió a la mesa. Envolvió el libro en la tela de lino con la cortesía que Joan Baptista le había enseñado con el gesto. Cerró la caja de cedro. La metió en su mochila grande, con cuidado excesivo.
—Gracias, don Joan Baptista.
—Clara, por favor, llámeme Joan.
—Gracias, Joan.
Joan sonrió.
—Y ahora —dijo— Aurora nos ha preparado sopa. Comeremos los tres. Aurora nos acompañará. Y después, si no les importa, les voy a pedir que me dejen descansar una hora porque un hombre de ochenta y tres años que en cinco minutos ha oído resolver un acertijo de sesenta y dos años necesita una siesta.
—Por supuesto.
Salieron los tres del despacho. En el comedor, Aurora había puesto ya cuatro platos soperos. La sopa de pescado humeaba en una fuente grande. Un pan rústico cortado en rodajas. Una botella de agua con gas. Una de vino blanco pequeña.
Se sentaron. Aurora sirvió a Joan Baptista primero. Luego a Clara. Luego a Adrián. Luego a sí misma.
Comieron con esa calma específica de las casas catalanas antiguas donde comer bien no es un lujo sino un trabajo tan serio como cualquier otro.
Aurora conversó sobre temas menores —el calor de ese año, una boda próxima en el pueblo, una reparación del tejado que estaban esperando hacer en septiembre— con la cortesía exacta de quien sabe que hay una conversación más importante al fondo pero no tiene por qué meterse en ella.
Joan Baptista intervino poco durante la comida; parecía cansado.
Pero comió entera su sopa y aceptó un segundo pedazo de pan.
Al terminar, cuando Aurora se llevó los platos, Joan Baptista se volvió a Clara.
—Clara.
—Sí.
—Una cosa más, antes de que se marchen.
—Dígame.
—Mercè Fiol me escribió el sábado por la noche diciéndome que les dijera una frase. Me dijo que ustedes lo entenderían. La frase es: la gelatina la mando la semana que viene. ¿Tiene sentido para ustedes?
Clara parpadeó un momento. Le tomó unos segundos.
—No exactamente. Lo recuerdo. Mercè nos dijo el jueves que, cuando viniéramos aquí, se la transmitiéramos a usted. Pero no nos dijo qué significaba.
Joan Baptista sonrió.
—Porque el significado se lo guarda ella.
Es un código entre nosotros dos. Hace años.
Desde Arnau. Significa estoy bien y estoy en un lugar donde puedo seguir estando bien.
Si Mercè les ha dicho que nos transmitan esa frase, es porque sabía que yo iba a preocuparme por ella cuando se enterara de la muerte de Màrius. Y está tranquilizándome.
—¿Por qué habría de preocuparse usted?
—Porque Mercè es la última persona viva, aparte de mí, que conoció en persona a Arnau y a Màrius a la vez. Si ella falta, parte del conocimiento tácito que tenemos se rompe.
—Entiendo.
—Bien. Díganle, cuando la vean el lunes, que el jueves vamos a Montserrat, y que si ella lo desea, puede bajar al monasterio el viernes a recogerse. La hospedería benedictina la acogerá con gusto. Que lo decida ella.
—Se lo transmitiremos.
—Gracias.
—A usted, Joan.
Salieron de la casa a las tres menos cuarto. Aurora los acompañó hasta la puerta. Se despidieron con dos besos —Aurora los dio con esa naturalidad de las señoras mayores catalanas, en ambas mejillas, sin aspavientos— y les prometió que el jueves, a primera hora, les tendría los bocadillos listos.
Caminaron hasta la estación bajo el sol denso de la tarde.
En el tren de vuelta, Clara colocó la mochila con el libro entre sus pies, como una cosa muy viva que no podía perder de vista.
Adrián, enfrente, miraba por la ventanilla.
La costa del Maresme al revés: ahora a la derecha el mar, a la izquierda las montañas bajas.
Durante la primera media hora del viaje no hablaron.
Fue Clara la que rompió el silencio.
—Adrián.
—Sí.
—Tenemos el Llibre de les oques.
—Lo tenemos.
—Y tenemos una pista concreta para el cuadernillo perdido.
—La tenemos.
—Y tenemos, en realidad, una cosa más.
—¿Cuál?
—Tenemos a Joan confiado en nosotros. Y a Aurora.
—Sí.
—Eso vale mucho.
—Sí.
Clara miró por la ventanilla.
—Adrián, ¿te das cuenta de algo?
—Di.
—Llevamos cinco días en Barcelona. En cinco días hemos identificado a los tres aliados catalanes que nos correspondía encontrar. Mercè, Nil, Joan Baptista. No hay cuarto. Con ellos tres formamos la única red que queda viva aquí.
—¿Tres?
—Tres.
—Laia es la cuarta, si la recuperamos.
—Si la recuperamos.
—Que todavía es posible.
—Que todavía es posible, sí.
Clara cerró un momento los ojos.
—Es poco.
—Es lo que hay.
—Es poco —repitió ella—, pero es suficiente si lo gestionamos bien.
Adrián la miró.
—¿Tú qué habrías preferido?
Clara tardó en contestar.
—Habría preferido encontrar a Bofill vivo —dijo, al fin—.
Habría preferido que esta novela fuera la novela del aprendizaje, y no la novela de la investigación.
Habría preferido que los custodios barceloneses siguieran siendo cinco o seis, que tuvieran entre ellos una cierta rutina, que tuvieran incluso pequeñas discusiones internas por temas menores, y que nosotros viniéramos a sentarnos en las esquinas a aprender.
Pero Màrius se murió, y el libro que hemos venido a escribir no es el del aprendizaje.
Es otro. Y me enfada. Me enfada bastante, Adrián.
—Ya.
—Perdón.
—No hay perdón que dar.
—Gracias por oírlo.
—Gracias por decirlo.
Clara abrió el móvil. Miró el reloj. Las cuatro menos diez.
—Mercè a las siete en Sant Pau del Camp.
—Ya.
—Vamos al apartamento, dejamos el libro en lugar seguro, y vamos.
—De acuerdo.
Adrián miró por la ventanilla. A la altura de Sitges, el mar estaba especialmente quieto, con ese brillo plateado de las tardes de agosto al principio de la bajada del sol.
Se acordó de la Barceloneta. Se acordó de Moro.
Se acordó, también —sin razón aparente— de una frase que Salvatierra le había dicho un día en Sevilla, hablando de la custodia: el oficio no admite despedidas. Solo tránsitos.
Pensó en don Màrius Bofill. Pensó en Pere Miró. Pensó en Jeroni Miró, el tatarabuelo de Joan, canónigo de Castellvell. Pensó en la cadena entera.
En la cadena, por primera vez, él y Clara eran eslabones. No aprendices. Eslabones.
Apartó la mirada de la ventanilla.
—Clara.
—Sí.
—Al bajar del tren, paramos un minuto en la estación. Hay un buzón. Mando una postal a Salvatierra.
—¿Una postal?
—Una postal del mar catalán. Dos líneas. Lo pensaba ayer en la playa, en la Barceloneta. Quiero que sepa que pensamos en él. Y una postal llega antes que una carta y cuesta menos que una llamada.
—Perfecto.
—Pídeme una para ti y otra para Lamela.
Se rió Clara, la primera risa limpia que él le oía desde el prólogo.
—Una para Lamela también.
Compraron las tres postales al llegar a la estación de França.
En la pequeña librería de la estación, un quiosco que vendía revistas y recuerdos turísticos, escogieron una con una foto de la Sagrada Familia para Salvatierra —porque Salvatierra, como sacerdote, apreciaría el gesto—, una de Santa María del Mar para Lamela, y una del claustro de la Catedral, con las trece ocas visibles, para ellos mismos, como recuerdo privado.
Antes de salir de la estación, Adrián escribió las tres, apoyado en el pequeño mostrador de venta de sellos. Las de sus dos destinatarios decían lo mismo, casi palabra por palabra:
Estamos en Barcelona. Màrius Bofill murió en febrero. Estamos trabajando. Tenemos el libro. Pensamos en usted todos los días. Adrián y Clara.
Compraron los sellos. Echaron las postales al buzón de la estación.
Al salir a la calle de las Carreteras, a las cuatro y veinte, Adrián sintió una extraña satisfacción menor por haberlo hecho.
Era una cosa pequeña. Pero en la pequeñez residía algo importante: el sistema no se sostenía solo con descubrimientos y con combates.
Se sostenía también con postales, con sopas de pescado de Aurora, con cafés de Mercè, con cortesías de Nil, con visitas a Rosa en Mataró.
Con restos de cortesía que, juntos, tejían la tela.
Como siempre.
Desde el siglo ocho.
Desde el claustro de Sant Pau del Camp.
Desde antes.
Al volver al apartamento, Clara guardó el Llibre de les oques en el armario, bajo su ropa interior, en el mismo sitio que el sobre, las llaves y la carpeta de Mercè.
El armario se había convertido, al cabo de cinco días, en el archivo más pequeño y más clandestino que ninguno de los dos había manejado nunca.
A las siete menos diez salieron hacia el Raval.
Mercè los esperaba.