Capítulo 5. El libro de las ocas #2
Joan Baptista se acercó al armario. Sacó del bolsillo del chaleco una llave pequeña y la insertó en la cerradura con un gesto absolutamente preciso.
La hizo girar. Abrió. Del interior sacó una caja de cedro pequeña, de unos veinticinco centímetros de lado, con las aristas desgastadas por el tiempo.
La llevó a la mesa. La depositó con cuidado.
—Este es el Llibre de les oques. Encuadernado en piel de becerro en 1784 por el propio canónigo Felip Vilanova.
Contiene doscientos treinta y seis folios numerados, de los cuales ocho fueron cortados por mi tío Pere Miró en 1948 y depositados por separado.
Donde, él no me lo dijo. Me dejó solo una carta con una pista críptica que yo, en sesenta y dos años, no he conseguido descifrar. Les paso la caja entera.
Abrió la tapa de la caja. Dentro, envuelto en una tela de lino antigua color crema, el libro.
Clara se acercó con la precaución profesional de los archiveros. Lo desenvolvió ella. Joan Baptista se apartó un paso para dejarle espacio.
El libro era pequeño, de formato octavo, con tapas de piel de becerro oscura muy gastada.
El lomo, de cinco nervios, conservaba aún restos de un título dorado que el tiempo había casi borrado: Llibre de les oques.
En el canto superior, un cierre de bronce que se había oxidado. Clara lo abrió con cuidado.
La primera página contenía un incipit en catalán del siglo dieciocho, escrito con caligrafía cuidada:
Llibre de les tretze oques del claustre de la Seu de Barcelona, e dels memorials dels qui les han alimentades e cuidades en aquest ofici, des del any MDCCXXXII fins al present dia. Escrit per mans del canonge Felip Vilanova i Serra, als trenta-set anys de son ministeri.
Adrián, por encima del hombro de Clara, no leía todas las palabras pero seguía el sentido.
Libro de las trece ocas del claustro de la Seo de Barcelona, y de los memoriales de los que las han alimentado y cuidado en este oficio, desde el año 1732 hasta el día presente.
Escrito por manos del canónigo Felip Vilanova y Serra, a los treinta y siete años de su ministerio.
—El libro es aparentemente un registro de cuidadores de las ocas —dijo Joan Baptista, desde detrás—.
De ahí el título. Durante las primeras cincuenta páginas, en efecto, lo es: relación de canónigos y sacristanes que se ocuparon de alimentarlas entre 1732 y 1810.
Fechas, anécdotas menores, detalles técnicos sobre su cuidado. Aparente trivialidad.
—¿Aparente?
—A partir de la página cincuenta y uno, cambia de registro.
Lo que parece un registro de ocas se convierte en otra cosa.
Sigue nombrándolas, sí. Pero nombrarlas, a partir de cierto momento, es una fórmula para no nombrar a los custodios humanos.
Cada oca corresponde a un custodio. Trece ocas, trece custodios.
Y cuando muere una oca, muere también el custodio correspondiente.
Es un sistema de registro codificado. Felip Vilanova lo inventó en 1767 para escapar a las sospechas de la Inquisición barcelonesa, que aquel año había empezado a investigar a varios canónigos.
Clara pasó las páginas con cuidado. Efectivamente, a partir del folio cincuenta y uno, las entradas cambiaban: en vez de decir don Pere Casadevall cuidó las ocas desde 1740, decían cosas como la quarta oca ha viscut sota la cura del seu alimentador fins al mes de maig del any MDCCLXVIII, en què s'escolà al matí per la porta vella.
La prosa se volvía oblicua, metafórica, con un léxico específico.
Clara, que llevaba años leyendo documentos codificados, reconoció enseguida el mecanismo.
—Es un sistema eficaz —dijo.
—Eficaz y peligroso. Porque si una persona ajena descifra el código, tiene los nombres de todos los custodios barceloneses desde 1732 hasta 1810. Por eso el libro quedó bajo custodia privada desde el principio. Nunca estuvo en el archivo del Cabildo.
—¿Cómo llegó a su familia?
—Mi tatarabuelo, Jeroni Miró, fue el custodio catalán entre 1865 y 1891.
Era cura párroco de Castellvell del Camp.
Cuando murió, le legó el libro a su hijo mayor, Lluís, que era ya seminarista.
Lluís lo pasó a mi tío abuelo Pere, que fue canónigo de Tortosa desde 1910 y custodio mediterráneo hasta su muerte en 1963.
De Pere me llegó a mí, por testamento verbal, en el 64.
—¿Y entre 1810 y 1865? —preguntó Clara—. ¿Quién lo custodiaba?
Joan Baptista sonrió apenas.
—Esa es una pregunta muy buena. No tengo respuesta.
Ni la tenía Màrius. Ni la tenía Arnau. Entre 1810 y 1865 hay un hueco.
El libro, entre el folio doscientos diez y el doscientos quince, contiene entradas que parecen escritas por otra mano, con tinta distinta, con una letra más vacilante.
Esas cinco páginas son probablemente las escritas en ese periodo.
Pero por quién, no lo sabemos. Si un día lo averigua alguien, que me llame al otro barrio.
Clara asintió con una seriedad que era casi sonrisa.
Siguió pasando páginas hasta el final. A partir del folio doscientos dieciocho, el libro había sido continuado por la mano de Pere Miró, con entradas entre 1910 y 1948.
En el folio doscientos veintiocho, la escritura se interrumpía bruscamente.
Los folios doscientos veintinueve a doscientos treinta y seis estaban ausentes: los bordes de papel cortado con precisión quirúrgica eran visibles en el lomo, como pestañas.
El cuadernillo que faltaba contenía ocho hojas.
—Las ocho hojas cortadas —dijo Clara.
—Las ocho hojas cortadas. El cuadernillo crítico.
—¿Y sabe usted qué contenían?
—Sí y no. Mi tío Pere me lo explicó una vez, vagamente, en 1962, un año antes de morir.
Me dijo que ese cuadernillo contenía un mapa topográfico.
No un dibujo. Una descripción verbal, muy precisa, de una serie de puntos subterráneos barceloneses que, vistos juntos, formaban el cruce entre la red oeste —la que ustedes custodian desde Sevilla— y otra red, más antigua, mediterránea, que sube desde Cartagena por la costa, pasa por Barcelona y sigue hacia el norte.
El cruce es un lugar físico. Está bajo la ciudad.
Mi tío lo vio una sola vez, en 1937, en plena guerra.
Volvió de esa visita con un susto que le duró un mes.
Por eso, en el 48, cortó las ocho hojas y las depositó en un sitio separado para que, si la casa de Sant Pere de Ribes ardía o era asaltada, al menos quedaran la mitad.
—¿Y le dio una pista?
—Me dio una carta. Una sola. La dejó dentro del libro, en la página ciento catorce, como marcapáginas.
Joan Baptista se acercó. Tendió la mano. Clara, que entendió, fue al libro y lo abrió por la página ciento catorce. Dentro, efectivamente, había un sobre pequeño y amarillento, con el nombre de Joan Baptista escrito a pluma en el anverso. Ella lo retiró con cuidado.
—La carta —dijo Joan Baptista— la escribió Pere Miró el 19 de marzo de 1948, en Tortosa. Yo la he leído muchas veces, en los años que todavía veía. Memoricé su contenido. Dice, textualmente:
Hizo una pequeña pausa para recordar. Después recitó con una precisión admirable:
Estimat nebot. Si llegeixes aquesta carta és perquè, d'alguna manera, el Llibre ha arribat a les teves mans i tu has decidit entendre'l.
Les vuit fulles que falten són fonamentals.
Sense elles, el Llibre és història. Amb elles, és mapa.
Les vaig guardar separades per seguretat.
Sé que les podria descriure aquí, però això seria contradir tota la feina d'una vida.
Et dic només això: reposen amb l'aigua que no es veu, prop d'on els cantaires canten però no es veuen, sota una custòdia aliena que les protegeix sense saber-ho.
Si un dia t'ho pregunten, busca allà. Si no t'ho pregunten mai, no les busquis.
El teu oncle.
Pere Miró i Badia. Tortosa, 19 de març de 1948.
Joan Baptista se quedó en silencio.
Adrián y Clara, en el mismo silencio, dejaron que las palabras se asentaran.
Clara las había anotado mentalmente, con la concentración profesional de la archivera. Descansan con el agua que no se ve, cerca de donde los cantores cantan pero no se ven, bajo una custodia ajena que las protege sin saberlo.
—Agua que no se ve —dijo Adrián, despacio—. Cantores que cantan pero no se ven. Custodia ajena.
—Sí.
—Agua que no se ve podría ser un sótano, una cisterna, un aljibe. Cantores que cantan pero no se ven suena a coro cubierto, a los de algunas capillas antiguas que tienen la escolanía detrás de una celosía.
—Sí.
—Custodia ajena es una institución no eclesiástica. O una eclesiástica distinta de la del Cabildo.
—Correcto.
—Montserrat —dijo Clara, de repente.
Joan Baptista levantó un punto la barbilla.
—¿Montserrat?
—Don Joan Baptista, ¿usted no ha pensado nunca en Montserrat?
—Lo he pensado. Pero lo descarté hace décadas.
—¿Por qué?
—Porque mi tío Pere nunca fue a Montserrat en todo el año 1948. Lo puedo probar: conservo su agenda de ese año entera, y no figura ninguna visita a Montserrat entre enero y diciembre. No pudo haber depositado el cuadernillo allí sin ir.
—¿Pero alguien más pudo haberlo depositado en su nombre?
Joan Baptista se quedó quieto.
—Eso no se me había ocurrido.
—Don Joan Baptista, en Montserrat hay escolanía.
La más antigua de Europa. Los niños cantan la Salve diaria detrás de una celosía en la basílica.
Son cantores que cantan pero no se ven. En la biblioteca del monasterio hay, además, un fondo documental histórico con custodia propia, benedictina, no diocesana: custodia ajena al Cabildo de Barcelona.
Y la basílica tiene, bajo el ábside, una cámara de sacristía con una cisterna antigua llena de agua: agua que no se ve. Las tres pistas apuntan al mismo lugar.
Joan Baptista se quedó unos segundos en silencio.
—Archivera Bru.
—Sí.
—Usted ha descifrado en cinco minutos una carta que yo no descifré en sesenta y dos años.