Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 5. El libro de las ocas
40%

Capítulo 5. El libro de las ocas

El libro de las ocas

El lunes por la mañana, Adrián y Clara subieron al tren de cercanías de las ocho y treinta y nueve desde la estación de França con destino a Vilanova i la Geltrú, con parada intermedia en Sant Pere de Ribes.

Era día laborable, pero agosto. El vagón, a aquella hora, estaba casi vacío: una mujer joven con uniforme de enfermera leía en una tableta, un hombre mayor con sombrero de paja miraba por la ventanilla, dos operarios con chalecos fluorescentes comían bocadillos sin hablar entre ellos.

Adrián y Clara se sentaron juntos en dos asientos de ventanilla enfrentados, con las mochilas pequeñas sobre el regazo.

Clara llevaba, en el bolsillo interior, la carta de presentación impresa que Lamela le había enviado por correo electrónico el sábado por la noche.

Adrián llevaba la llave de bronce de Rosa Bofill envuelta en un pañuelo en el otro bolsillo.

El domingo había sido un día extrañamente quieto.

No habían salido del apartamento hasta media tarde, cuando bajaron a la Barceloneta por recomendación implícita del cansancio acumulado.

Pasaron dos horas en la arena, descalzos, hablando poco, mirando el mar con esa atención vacía de las personas que llevan varios días acumulando información seria y necesitan, al menos una tarde, no pensar en ella.

De vuelta al apartamento, cenaron algo sencillo y se acostaron temprano.

Adrián, antes de dormir, había enviado un mensaje a doña Pilar, preguntando por Moro.

La respuesta había llegado a las ocho y media de la mañana del lunes, cuando ya iban camino de la estación: Está regular, Adrián.

Come poco. Bebe. Le he puesto una manta nueva. No se preocupe.

El trayecto hasta Sant Pere de Ribes duró cuarenta y cinco minutos.

La costa catalana desfiló por la ventanilla con su calma de lunes veraniego: Castelldefels, Gavà, Sitges, las urbanizaciones blancas, las fincas de viña, los chalets dispersos entre pinares.

En Sitges, subieron dos turistas holandeses con bicicletas plegables.

En Vilanova menos dos paradas, una señora mayor con cesta se apeó.

Sant Pere de Ribes era un pueblo del interior, no costero —cuatro kilómetros tierra adentro—, con una estación pequeña de una sola vía y un apeadero casi rural.

Bajaron. El aire, al salir, tenía un olor distinto del de Barcelona: más seco, más mineral, con un rastro de pino quemado que debía venir de alguna finca.

El sol, a las nueve y media, ya pegaba con fuerza.

La carretera principal bajaba en pendiente suave hacia el núcleo antiguo del pueblo, con sus casas blancas de dos plantas, sus persianas verdes, y un campanario pequeño recortado contra el cielo azul seco del Garraf.

—¿Andamos? —preguntó Clara.

—Andamos.

Caminaron ocho minutos por una calle lateral bajo naranjos amargos.

La casa de Joan Baptista Miró estaba en la calle Major, número veintiocho, un edificio de dos plantas con la fachada encalada y balcones de hierro.

La puerta, de madera oscura, tenía un picaporte en forma de mano de bronce. Adrián llamó.

Abrió una mujer de unos setenta y nueve años, de estatura pequeña, con el pelo blanco recogido en un moño bajo, vestida con una bata de casa estampada y zapatillas de rafia.

Les dedicó una mirada profesional, amable, con esa seguridad de las esposas que llevan años recibiendo visitas de las que no entienden del todo.

—Vostès són els de Sevilla?

—Sí, señora —dijo Clara—. Clara Bru y Adrián Vega. Traemos carta de don Fabián Lamela.

Aurora Canals la miró un segundo más. Luego sonrió.

—Passin. Joan els espera.

Pasaron.

El recibidor de la casa olía a cera de muebles y a café recién hecho.

A la izquierda, una escalera de mármol blanco con barandilla de hierro subía al piso superior.

A la derecha, una puerta entornada dejaba ver un comedor amplio con una mesa redonda ya servida con dos tazas y un plato de galletas.

Aurora los condujo sin embargo a otra habitación, un salón interior más pequeño, con vistas a un patio trasero con una higuera grande y un pozo de brocal bajo.

En un sillón de orejas, junto a una mesita con un libro abierto y una taza de café, estaba Joan Baptista Miró i Pons.

Era alto. Lo notaron incluso sentado. Ochenta y tres años, pero con una complexión sólida que se mantenía bien.

Pelo blanco peinado hacia atrás. Chaleco de punto gris sobre camisa blanca, pantalón oscuro, zapatos de cuero antiguo.

Los ojos abiertos, azules, pero con esa quietud de los ojos ciegos: no buscaban, no rastreaban. Descansaban.

Al oírlos entrar, movió ligeramente la cabeza hacia la puerta, orientándose por el sonido.

—Aurora, són ells.

—Sí, Joan.

—Que entrin. Jo em quedo assegut, si em perdonen. Ja no em llevo per saludar cada vegada.

Clara se acercó al sillón y le tendió la mano sin avisar. Joan Baptista la tomó sin vacilar, localizándola por el movimiento del aire.

—Un gusto, don Joan Baptista.

—Clara Bru, supongo. Archivera. Voz firme, cortesía del sur.

—Soy.

—Siéntese.

Adrián, por su parte, le tendió la mano también. Joan Baptista la estrechó con firmeza.

—Adrián Vega. Restaurador.

—Lo sé.

Aurora trajo dos tazas más, sirvió café en las cuatro, puso el plato de galletas entre ellos, y se retiró sin decir palabra, cerrando la puerta del salón al salir.

Durante los primeros diez minutos, Joan Baptista los sometió —con una cortesía impecable— a un pequeño examen profesional.

Le preguntó a Clara, en primer lugar, por tres nombres concretos de manuscritos catalanes del siglo dieciocho que figuraban en bibliografías especializadas.

Clara respondió a los tres, con precisión, explicando fechas, ubicaciones, particularidades paleográficas.

Joan Baptista asintió despacio. Después se dirigió a Adrián y le preguntó cómo había resuelto en su trabajo profesional los problemas de humedad por capilaridad ascendente en muros de piedra caliza blanda, un caso técnico concreto que Adrián había afrontado varias veces en Sevilla.

Adrián contestó sin presunción, describiendo el método Floor-Drain de los años ochenta, las variantes actuales, y las razones por las que él prefería una solución de ventilación pasiva antes que las inyecciones de silicato.

Joan Baptista, tras escucharlo, hizo un gesto pequeño con la barbilla.

—Bé. Els dos saben el seu ofici.

Lo dijo en catalán, como había hablado hasta ese momento casi todo. Ni Adrián ni Clara pidieron traducción. La frase era suficientemente transparente.

Joan Baptista, entonces, cambió al castellano. Lo hacía con la cortesía de los catalanes cultos mayores que entienden cuándo el huésped merece esa consideración.

—A partir de ahora, en castellano, si les parece. Mi castellano no es espléndido, pero es funcional.

—Como prefiera, don Joan Baptista.

—Tengo setenta y tres años hablando castellano con restauradores y archiveros. Ya sé decir lo que tengo que decir.

Bebió café. Dejó la taza con precisión sobre el plato.

—Bien. Me ha escrito Fabián. Me ha escrito también, por cierto, Mercè Fiol el sábado por la noche. Sé de ustedes más de lo que esperaban que supiera.

Clara y Adrián se miraron.

—Les voy a ahorrar, por tanto, el ritual de las credenciales.

Voy directo. Màrius Bofill me visitó por última vez el 2 de febrero de este año.

Vino en un tren desde Barcelona, igual que ustedes.

Aurora le hizo una sopa de pescado. Comimos los tres.

Después Aurora salió al mercado y Màrius y yo nos quedamos en este mismo salón.

Me dijo dos cosas. Una: que si él faltaba en los próximos meses, la custodia catalana quedaba rota.

Dos: que en ese caso, yo debía entregar el Llibre de les oques a quien me lo pidiera de parte de Fabián Lamela.

—Y hoy venimos nosotros.

—Hoy vienen ustedes.

Hubo una pausa.

—Don Joan Baptista —dijo Clara, despacio—, antes de que nos entregue nada, queremos que sepa una cosa.

Nosotros no somos continuadores oficiales de la custodia catalana.

Somos sevillanos. Nuestra red es otra. Si usted nos entrega el libro, lo entrega a una red distinta de la suya, y aunque haremos todo lo posible por custodiarlo, no podemos garantizarle que vaya a volver a Barcelona.

Joan Baptista sonrió levemente.

—Clara Bru. Le contestaré lo que le contestó mi tío Pere a un canónigo de Tarragona en 1962, cuando el canónigo le preguntó algo parecido: las redes hermanas no necesitan garantías de devolución.

Solo de custodia. Yo les entrego el libro porque Fabián lo pide, porque Màrius lo había previsto, y porque no hay otra opción mejor sobre la mesa.

Ustedes lo llevarán donde lo lleven. Yo, para entonces, probablemente ya no estaré preguntando.

—Entendido.

—Bien.

Joan Baptista se inclinó ligeramente. Con una lentitud que Adrián reconoció enseguida —la lentitud de los ancianos que han aprendido a hacerlo todo al mismo ritmo para no caerse—, se apoyó en los brazos del sillón y se puso de pie.

Aurora, que probablemente oía todo desde la cocina, no entró.

Sabía exactamente cuándo intervenir y cuándo no.

—Vengan.

Los condujo, sin bastón dentro de casa —conocía cada centímetro—, hasta una habitación contigua.

Era una habitación pequeña, con una única ventana alta, una mesa de trabajo de madera oscura, una lámpara de archivero, dos estanterías de libros técnicos, y un armario estrecho con cerradura, en la esquina del fondo.

Sobre la mesa, un tapete de fieltro verde.