Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 4. El claustro del Raval #3
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Capítulo 4. El claustro del Raval #3

—Los caminos convergen.

—Convergen mucho.

—¿Qué hacemos con el Libro de las trece?

Clara lo pensó.

—Primero, no vamos ahora. Ir a Santa María del Mar hoy, de día, sería ostensible.

Si nos están siguiendo, detectarían la visita.

Además, Mercè dijo ayer que se iba a Montserrat el fin de semana.

Si entramos en Santa María del Mar sin ella, y Aubet se entera, Mercè está en peligro en su regreso.

Hay que esperar al lunes, cuando veamos a Mercè en Sant Pau del Camp, y coordinar con ella.

—De acuerdo.

—Pero hoy, además, tenemos a Oriol Mercader a las siete.

—Ya.

—Vamos a concentrarnos en eso. El sobre, la carta, la llave, el armario: lo archivamos mentalmente para el lunes. Oriol, primero.

—De acuerdo.

Comieron algo ligero. Durmieron la siesta. Adrián, por primera vez desde la llegada, consiguió dormir media hora real, sin sueños.

A las seis y media salieron hacia el Raval.

Cruzaron las Ramblas, subieron por la calle Hospital hasta entrar por San Pau.

El barrio, aquel sábado por la tarde, tenía el tráfico habitual de turistas mezclado con residentes pakistaníes y chinos.

Olores distintos en cada portal: especias, pan, detergente, humo.

Adrián, que solo conocía el Raval de referencias literarias —Jean Genet, Juan Goytisolo—, caminaba con esa atención alerta de los que entran por primera vez en un barrio cuya fama los precede.

Sant Pau del Camp apareció al girar la esquina: un monasterio pre-románico bajo, compacto, de piedra oscura, con una fachada austera y una portada pequeña con dos columnas a los lados.

Uno de los edificios más antiguos de Barcelona, del siglo noveno en su núcleo.

Cuesta creer que en medio del Raval subsista un edificio así.

Entraron por la portería lateral. Pagaron la entrada simbólica —tres euros cada uno, que una señora mayor con una caja les cobró con un ticket— y se adentraron en el pequeño claustro.

El claustro de Sant Pau del Camp era diminuto, íntimo, probablemente el más pequeño de Barcelona.

Apenas quince metros de lado. Las galerías, de arcos polibulados sobre columnas bajas, enmarcaban un jardín interior cuadrado con un par de naranjos, un pozo central con brocal de piedra, y unos bancos corridos.

La luz del atardecer entraba sesgada, cálida, dando a la piedra ese tono miel que solo tienen las piedras muy antiguas cuando se las toca el sol del final del día.

Había poca gente. Una pareja mayor sentada en uno de los bancos. Un hombre solo, con gorra de tela y una barba blanca recortada, que estaba de pie junto al pozo mirando hacia el cielo. Era Oriol Mercader. Adrián lo reconoció por la descripción que Nil les había dado.

Se acercaron.

—¿Señor Mercader?

Oriol bajó la mirada. Sesenta y ocho años.

Ojos azules vivos tras gafas de montura fina.

Una chaqueta de lino clara sobre camisa a cuadros.

Pantalón beige. Zapatillas deportivas de suela blanda, blancas, que llevaban lo suyo de uso.

Las miró Adrián un segundo por pura costumbre profesional desde la mañana en el almacén.

No eran la suela que buscaba. Distinta marca, distinto dibujo.

Pero el detalle de que Oriol, a los sesenta y ocho años, llevara zapatillas deportivas y no zapatos de ciudad le dijo algo: era un hombre de oficio, de los que andan mucho, no de los que se sientan.

—Buenas tardes. Ustedes son los de Clara Bru y Adrián Vega.

—Lo somos.

Les tendió la mano. Firme, sin aspavientos.

—Sentémonos.

Fueron al banco corrido de la galería oeste. Se sentaron los tres. Clara en medio. Oriol a su izquierda. Adrián a su derecha.

Oriol dejó pasar un momento. Miró el naranjo más cercano.

—Màrius me habló de ustedes dos hace casi dos años.

Los dos levantaron la vista.

—¿De nosotros?

—De ustedes. Con nombre propio. En enero de 2023

—Pero entonces nosotros todavía no...

—No, entonces ustedes todavía no habían bajado a ninguna bóveda.

Pero Fabián Lamela, al que Màrius escribía regularmente, le había informado desde Santiago de que en Sevilla habían aparecido dos personas nuevas.

Un restaurador, Adrián Vega, y una archivera, Clara Bru, que estaban empezando a entender cosas del subsuelo de la Catedral.

Màrius tomó nota. Como siempre. Y me lo mencionó a mí, como a veces me mencionaba cosas, sabiendo que yo no estoy en el oficio pero sí lo entiendo.

—Entiendo.

—Él esperaba, desde entonces, que ustedes vinieran a Barcelona tarde o temprano. Tenía asumido que iban a venir. Incluso hizo, durante el último año, preparativos concretos para recibirlos.

Clara y Adrián se miraron.

—¿Preparativos?

—Sí. El más obvio: pidió a Lamela que, si él faltaba, Lamela los enviara a Barcelona a trabajar con su sucesor para formarse en marginalia catalana. Quería que vinieran. Quería que aprendieran. Lo que no sabía, obviamente, es que iba a faltar antes de lo previsto y sin sucesor decente.

—Ya.

—Tomó otros preparativos, menos obvios. Dejó —según me dijo en diciembre de 2024 en la última conversación larga que tuvimos— cuatro piezas dispersas por la ciudad, cuatro cosas concretas, que formarían un itinerario para quien viniera después.

No me dijo cuáles. Me dijo que, si me buscaban, les diera a ustedes el nombre del itinerario. No su contenido. Solo el nombre.

—¿Cuál es el nombre?

Oriol los miró. Sonrió apenas.

—El itinerario se llama les quatre claus. Las cuatro llaves.

—¿Cuatro?

—Cuatro. Ustedes ya tienen la primera, imagino.

Clara, muy despacio, sacó del bolsillo la llave de bronce pequeña con la O grabada.

—Esta.

Oriol la miró.

—Ésa es la primera. Bien. Les quedan tres.

—¿Dónde están?

—Ah. Eso ya no me lo dijo. Lo que me dijo fue que cada una las encontrarían cuando hubieran entendido algo. Quan entenguin una cosa, vindrà la clau. No antes. Si se lo digo yo ahora, me salto el sistema. Y el sistema, como usted bien sabrá, archivera, no se salta.

—No se salta.

—Correcto.

Oriol apoyó las manos en las rodillas.

—Me gustaría darles más pistas. Pero Màrius fue explícito conmigo. Yo soy un colaborador externo, no un custodio. Si yo les diera respuestas, ustedes aprenderían menos. Y aquí, lo que importa es que ustedes aprendan. Aprender, en este oficio, es la única manera de heredarlo.

Clara asintió. Cuando lo dijo en voz alta, tenía la voz un punto más baja que antes.

—Lo entiendo, señor Mercader.

—Oriol, por favor.

—Oriol.

—Bien.

Hubo una pausa larga.

El sol, a aquella hora, había bajado más. La piedra del claustro estaba ya en penumbra, salvo por un rectángulo estrecho del jardín que conservaba luz dorada. La pareja mayor del otro banco se levantó, se dio la mano, y salió.

Oriol, durante esa pausa, miró a Adrián.

—Señor Vega.

—Oriol.

—Una curiosidad, si me permite. Usted ha notado, en estos dos días, algo del ritmo subterráneo de Barcelona.

—Lo he notado.

—¿Cómo es?

—No es como el de Sevilla. No es como el de Santiago. Y a la vez es ambos. Hay dos pulsos superpuestos, de los cuales todavía no he descifrado el segundo.

—Ajá.

—¿Usted sabe cuál es?

Oriol sonrió.

—Señor Vega, yo soy bibliotecario jubilado, no campanero.

Pero sí le puedo decir una cosa: cuando usted llegue a entender el segundo pulso, la tercera llave del itinerario aparecerá.

No se la va a dar Màrius. No se la voy a dar yo.

Se la va a dar el edificio. Lo único que tiene que hacer es seguir escuchando.

Adrián se quedó en silencio.

—Y ustedes, por hoy, ya no deberían preguntarme más. Me prometí a mí mismo no extenderme más de media hora. Llevamos veinticinco minutos. Quedan cinco para otra cosa.

—¿Qué otra cosa?

—Para despedirnos en forma.

—Díganos.

Oriol los miró a los dos, y luego miró al naranjo más cercano.

—Màrius era mi amigo. Lo echo mucho de menos.

Llevo seis meses enfadado con Barcelona porque Barcelona se lo ha tragado sin devolverme nada.

Ustedes dos son, por ahora, lo único que Barcelona me está devolviendo.

Dos sevillanos. Una archivera y un restaurador.

Les estoy profundamente agradecido por haber venido. Y les pido solo una cosa.

—Díganos.

—Que si un día, cuando todo esto esté cerrado, sea donde sea que estén ustedes, me inviten a un café y me cuenten cómo acabó. No los detalles operativos; el espíritu. La última mirada de Márius, si la encuentran. Qué entendió él antes de caer. Eso es lo que yo quiero saber. No más.

—Se lo prometemos —dijo Clara.

—Se lo prometemos —repitió Adrián.

Oriol asintió.

Se levantó.

—Una cosa más. Les quatre claus. Recuerden el nombre.

Y cuando les pregunten si saben por qué son cuatro y no tres o cinco, la respuesta es que no lo saben.

Porque ni Màrius lo supo del todo. Ni Arnau.

Ni Terrades antes que ellos. Es un número heredado.

Uno trabaja con los números que hereda, sin pretender que le expliquen todos.

—De acuerdo.

—Buenas tardes, archivera. Buenas tardes, restaurador.

—Buenas tardes, Oriol.

Les apretó la mano a cada uno. Se puso la gorra. Salió del claustro por la galería opuesta, con el paso tranquilo de los que no necesitan llegar puntuales a ninguna parte.

Adrián y Clara se quedaron sentados.

El sol había caído del todo. En la piedra del brocal del pozo, el rectángulo de luz dorada ya no estaba. En su lugar, una sombra ancha que iba invadiendo el jardín desde el lado oeste.

—Adrián —dijo Clara, al cabo.

—Sí.

—Tenemos cuatro llaves por delante.

—Una la tenemos.

—Sí.

—Tres por encontrar.

—Y un segundo pulso por descifrar.

—Y la visita al armario de Santa María del Mar.

—Y un viaje a Sant Pere de Ribes.

—Y Mercè el lunes.

—Y seguir sin que nos pillen.

—Y no olvidar que tenemos un apartamento, un trabajo, y un perro en Sevilla.

Clara se rió sin ganas. Una risa pequeña, cansada, muy seca.

—Moro está bien, ya lo dijo Pilar esta mañana.

—Bien.

Se quedaron callados un rato más. El claustro estaba vacío ya. Las paredes, de piedra oscura, iban cogiendo la temperatura fresca del atardecer.

Al cabo de cinco minutos, se levantaron. Salieron del claustro por la galería oeste, devolvieron el ticket a la señora de la caja, que ya se estaba preparando para cerrar, y salieron a la calle.

En la calle San Pau, el Raval a las ocho de la tarde del sábado empezaba a llenarse: turistas que bajaban de las Ramblas buscando bares, residentes que salían al fresco, adolescentes jugando con un balón de goma en un pasadizo.

Adrián y Clara caminaron hacia Jaume I por la ruta más tranquila, subieron por Ferran, cruzaron la plaza de Sant Jaume, y a las ocho y media estaban en el apartamento.

Clara guardó el sobre, la carta y la llave de bronce en el armario, en el mismo sitio. Cenaron algo rápido —tortilla, ensalada, un vaso de vino cada uno— y a las diez estaban los dos en la cama.

Adrián, antes de apagar, escribió en el cuaderno.

Sábado 30 de agosto. Nil accedió. Encontramos huellas compatibles en el almacén suroeste: suela blanda, probablemente del IEPS.

Fibra del parapeto pendiente de análisis.

Rosa Bofill nos entregó sobre + llave. La llave abre un armario en sacristía pequeña de Santa María del Mar que contiene, según carta de Màrius, el Libro de las trece.

Mercader confirmó itinerario: les quatre claus.

Tenemos una. Faltan tres. Segundo pulso subterráneo aún no descifrado.

Mercè fuera este fin de semana. Lunes, 19h, claustro Sant Pau del Camp: con ella.

Cerró el cuaderno.

Apagó la luz.

En el patio interior, un aire caliente subía desde las rejillas de ventilación de alguna cocina. Una televisión lejana emitía un partido de fútbol en catalán con el volumen justo para no molestar a los vecinos.

Barcelona, al cuarto día, no había abierto la puerta principal. Pero había empezado, muy despacio, a deslizar pequeñas llaves por debajo. Una cada vez. Con la paciencia de los edificios muy antiguos.