Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 4. El claustro del Raval #2
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Capítulo 4. El claustro del Raval #2

Entraron. El piso olía a bizcocho reciente. En la cocina, un hornillo con cafetera. En el comedor, una mesa redonda cubierta con un mantel de hilo azul, cuatro sillas, una cristalera pequeña con dos tazas, un azucarero y un plato con el bizcocho cortado en rebanadas.

Rosa sirvió café, sin preguntar si querían. Les puso bizcocho. Se sentó enfrente de los dos.

—Ustedes saben quién soy.

—Lo sabemos —dijo Clara.

—Y yo sé, más o menos, por qué han venido.

—¿Cómo dice, señora?

—Márius me explicó, hace siete años, que un día vendrían ustedes, o alguien parecido a ustedes, a buscar un sobre que él me dejó.

Yo no entendía entonces de qué hablaba. No le hice preguntas.

Las mujeres de mi generación no le hacíamos preguntas a los hombres de nuestra familia cuando tomaban decisiones serias.

Ahora, a la vejez, creo que hice mal. Pero es lo que hay.

Adrián intentó decir algo cortés. Rosa levantó la mano con una precisión educada.

—No me consuele, señor. Lo sé yo. A lo que íbamos. Después de enterrar a mi hermano, abrí un cajón suyo —uno que él me había enseñado en 2018 al darme el sobre— y saqué este sobre cerrado. No lo he abierto. Está tal cual. Yo no tengo por qué abrirlo. Se lo doy a ustedes con una sola condición.

—Dígala, señora.

—Que cuando hayan leído lo que contenga, me digan, al menos, si mi hermano murió con razón.

Clara lo pensó durante un segundo.

—Señora. Su hermano no murió con razón. Murió porque dedicó su vida a cuidar algo que valía ser cuidado, y porque había gente a la que ese cuidado les molestaba. Si a eso usted le llama morir con razón, sí. Si le llama morir justamente, no.

Rosa la miró durante un rato largo.

—Me vale esa respuesta.

Se levantó. Fue al dormitorio. Volvió al cabo de un minuto con un sobre de papel manila de tamaño medio, cerrado con solapa y con el nombre de Fabián Lamela escrito a tinta negra por el anverso. Lo puso sobre la mesa. Se sentó.

—Aquí está.

—Gracias.

—Hay también una llave.

—¿Una llave?

Rosa abrió el sobre con cuidado, sin romperlo del todo: había dejado una esquina por donde introducir los dedos. Sacó, del interior, una llave de bronce pequeña, con una O grabada en la cabeza, y la puso sobre la mesa. Volvió a meter la solapa en su sitio, sin sellar.

—Esta llave estaba dentro. Cuando él me dejó el sobre en el diecinueve, me dijo que si alguien la necesitaba, iría a por ella. Y que, si no, la tuviera yo aunque no supiera qué abría. Llevo siete años teniéndola. Ahora se la llevan ustedes.

—¿Sabe qué abre, señora?

—Tengo una sospecha. Pero no es verificable.

Cuando mi hermano y yo éramos pequeños, nuestro padre nos llevaba un domingo al año a la abadía de Santa María del Mar, en Barcelona.

A mí me aburría. A Màrius le encantaba. Había en la sacristía pequeña un armario antiguo con una cerradura rara, con la letra O grabada en la puerta.

Nuestro padre nos lo enseñaba siempre. Mi hermano, de mayor, tenía acceso.

Yo no sé si esta llave abre ese armario. Pero tengo la intuición.

Clara miró la llave. Miró el sobre. Miró a Rosa.

—Señora.

—Diga.

—¿Podemos abrir el sobre aquí, delante de usted?

—No, por favor. Ya me he quedado tranquila. Lleven ustedes el sobre. Léanlo donde les parezca oportuno. Si en algún momento les parece que hay algo que yo deba saber, me llaman. Pero no se sientan obligados.

—De acuerdo.

Rosa bebió café.

—Una cosa más, señores, si no les importa.

—Diga.

—El funeral de mi hermano fue muy corto.

El Cabildo lo pidió así. No hubo responso.

No hubo comentario público. Yo lo acepté porque no estaba en condiciones de discutir.

Lo enterré aquí en Mataró, en el panteón familiar.

Hoy, a ustedes que han venido desde Sevilla y que conocen su trabajo, les pido un pequeño favor.

—Dígalo.

—Si alguna vez pueden, escriban algo sobre él. Un artículo, una nota, algo. Me parece muy injusto que un hombre que dedicó la vida entera al archivo no tenga en ningún lugar escrito ni siquiera un elogio de oficio. Se lo pido como hermana.

Clara se acercó.

—Rosa. Ya habíamos pensado en hacerlo. Vamos a escribir un artículo académico sobre su hermano, con sus publicaciones y su contribución a la paleografía catalana. Firmado por mí, y probablemente por don Fabián Lamela desde Santiago. Se lo prometo. La llamaré cuando lo publiquemos.

Rosa cerró los ojos un momento.

—Gracias, hija.

Hubo un silencio.

—No me llamen Rosa como me ha llamado usted ahora —añadió ella, abriendo los ojos—. Está bien. Señora Bofill es más correcto. Pero hija me ha gustado. Me ha recordado a cuando era joven.

Clara sonrió.

—Señora.

—Usted digan.

—¿Nosotros podemos volver a visitarla?

—Cuando quieran. Soy vieja y me aburro. Avisen el día antes.

—Lo haremos.

Cogieron el sobre, la llave, el café terminado, el bizcocho de sobra envuelto en un papel que Rosa les impuso contra la protesta cortés de ambos. Rosa los acompañó hasta la puerta. Les estrechó la mano a cada uno. A Clara, además, le apoyó la palma en la mejilla durante dos segundos.

—Dígale a mi hermano, si pueden, que pienso en él cada mañana cuando hago la cama.

—Lo haremos.

La puerta se cerró con un clic suave.

Volvieron a la estación. Cogieron el tren de las once y cuarto.

En el trayecto, ni Adrián ni Clara abrieron el sobre.

Lo llevaba Clara, en la mochila pequeña, junto a la llave.

Leyeron en silencio, cada uno por su lado, con esa suerte de recogimiento que a veces aparece en los trenes de cercanías cuando dos personas han vivido juntas una escena que necesita asentarse.

Llegaron a la estación de França a las doce y cuarto. Bajaron caminando hasta el Born, pasaron junto a Santa María del Mar sin entrar, y subieron al apartamento. Clara dejó la mochila sobre la mesa. Se quitó las sandalias. Fue a la cocina a servirse agua.

Adrián se sentó. Miró el sobre. Esperó.

Clara volvió con dos vasos de agua, se sentó enfrente, y con el canto de un cuchillo de mesa abrió la solapa limpiamente, sin romper el papel. Extrajo el contenido.

Eran cinco hojas manuscritas, dobladas en tres, escritas por las dos caras con la misma letra fina y legible de los cuadernos de Bofill. Encabezando la primera hoja, una sola línea:

Para quien venga después de mí, si yo no vuelvo.

Clara las extendió sobre la mesa, las ordenó, empezó a leer en voz baja.

La carta estaba fechada el 11 de febrero de 2018 Bofill, con una prosa clara, describía durante las dos primeras hojas el estado de la custodia catalana en ese momento: los miembros activos (él mismo, Mercè como asesora no declarada, Joan Baptista Miró como conservador del Llibre de les oques, un custodio menor de Tortosa llamado Enric Bosc, y un cuarto nombre —Pere Girona, canónigo emérito de Urgell, muy mayor, ya casi sin capacidad de acción— que Clara anotó mentalmente para preguntar a Lamela después).

En las dos hojas siguientes, Bofill describía con orden administrativo la estructura del fondo reservado, los códigos de acceso, los documentos más sensibles, y una lista de los manuscritos que no debían en ningún caso salir del archivo sin supervisión de un custodio.

La quinta hoja era la más personal.

Era, en realidad, una carta dirigida a Fabián Lamela.

Querido Fabián —empezaba—, si estás leyendo esto es porque yo ya no estoy.

Te escribo con calma, siete años antes de la fecha que puedas estar viendo arriba, porque a los setenta y dos años uno ya empieza a escribir cosas para después.

Tengo una sospecha que no he podido todavía sustanciar, y que te pido que sustancies tú si algún día tienes los medios.

El canónigo Jordi Aubet, incorporado al Cabildo hace unos meses, no está aquí por casualidad.

Conoce demasiado. Me hace preguntas demasiado bien orientadas.

Viene de Lovaina, donde estudió con una tal Ingrid Halvorsen, que dirige un instituto privado en Ginebra especializado en patrimonio subterráneo.

Yo no había oído hablar de ella, pero en los últimos dos meses he encontrado su nombre en tres correos ajenos al Cabildo que he visto por azar en el despacho del deán.

Estoy preocupado. Si algún día nos pasa algo malo a los custodios del sur o a mí, investiga por ese lado. Ingrid Halvorsen, IEPS, Ginebra.

Adjunto una llave, que está en el sobre junto a esta carta.

Esa llave abre el armario pequeño del sobreático de la sacristía menor de Santa María del Mar.

El armario, que es de los años veinte del siglo pasado, tiene una O grabada en la puerta.

Dentro del armario no hay nada valioso aparentemente; solo unos candelabros viejos y un cáliz de plata sin marca.

Pero bajo el fondo del armario, en un compartimento falso que yo mismo preparé en 1988 con ayuda de Josep Arnau, está el único documento que en esta red no debe caer en manos ajenas.

Lo llamamos, entre nosotros, el Libro de las trece.

Es un registro manuscrito con los nombres, fechas y puntos de contacto de todos los custodios catalanes conocidos desde 1834.

No sé si ese registro tiene todavía valor operativo.

Pero tiene valor simbólico. Si lo lees, Fabián, decide tú qué hacer con él.

Recomendación mía: destrúyelo si no sirve, o consérvalo tú en Santiago bajo tu custodia hasta que aparezca quien deba continuarla.

Gracias por todos estos años de correspondencia. No sabes lo que me ha valido tener un amigo al otro extremo de la península con quien compartir este oficio. Sin ti, habría sido mucho más solitario.

Un abrazo fraternal.

Màrius.

11 de febrero de 2018

Clara terminó de leer. Dejó la hoja sobre la mesa con cuidado. Se pasó la mano por los ojos.

Adrián esperó.

—Adrián.

—Sí.

—Ese armario con la O grabada es el que Rosa recordaba de su infancia. Está en Santa María del Mar. En una sacristía a la que Mercè tiene acceso por la llave lateral que Arnau le dio en 1980.