Capítulo 4. El claustro del Raval
El claustro del Raval
A las siete menos cuarto de la mañana del sábado, Adrián y Clara caminaban en silencio por Via Laietana en dirección a la Catedral.
Barcelona, a aquella hora, tenía una calidad particular: el calor aún no había subido, el tráfico era escaso, y los pocos peatones —corredores, barrenderos, repartidores— se movían con esa discreción matinal de las personas que trabajan para que la ciudad funcione antes de que la ciudad se entere.
Adrián había cogido la cámara de pared térmica que había traído en el equipaje —no la Flir prestada del libro anterior, que había devuelto meses atrás, sino una de sustitución que le habían dejado en una tienda de Sevilla a modo de préstamo temporal— y un martillo de goma en la bolsa pequeña.
Clara llevaba una linterna de mano potente, la libreta grande, y el móvil con una aplicación de iluminación rasante que, en teoría, podía ayudar a fotografiar huellas tenues sobre suelos lisos.
Nil los esperaba en la puerta de servicio del almacén, en la calle dels Comtes, exactamente a las siete. Llevaba el mismo delantal azul del día anterior. En la mano izquierda, un manojo de llaves. Al verlos, se limitó a inclinar ligeramente la cabeza, y sin hablar abrió la puerta.
Entraron los tres.
El almacén de mantenimiento era una estancia rectangular, estrecha y larga, de unos siete metros por tres, con techo bajo de bóveda rebajada de piedra.
En las paredes, estanterías metálicas llenas de herramientas, cubos, trapos, recipientes de limpieza industrial.
En un rincón, un cortacésped pequeño. En otro, dos escaleras dobles plegadas.
La luz entraba por una única ventana alta, con rejas, que daba a la calle.
Olía a detergente, a hierba cortada y a polvo antiguo de un recinto al que nadie dedicaba más atención de la imprescindible.
Al fondo, una escalera de caracol metálica subía al rellano de la galería superior.
Adrián miró a Nil.
—Nil, necesitamos que nos deje examinar el suelo antes de que toque nada. Cerca de la escalera y en la franja que va desde la escalera hasta la puerta.
—Adelante.
—¿Hoy ha entrado ya alguien aquí, antes que nosotros?
—Nadie, señor. Yo he abierto a las siete justas y he esperado fuera. Esta puerta no se ha tocado desde el viernes por la tarde cuando entró el jefe de mantenimiento para dejar unas bolsas.
—Bien.
Adrián se agachó junto al marco interior de la puerta. Sacó la linterna de la bolsa, la apoyó contra el suelo, la encendió, y empujó el haz casi a ras, en ángulo rasante sobre el pavimento de losas grises.
El efecto fue inmediato. Bajo la luz rasante, el suelo —que a una mirada normal parecía simplemente limpio— reveló una topografía de huellas.
No huellas en el sentido policial, nítidas, completas.
Huellas en el sentido técnico: zonas de fricción diferenciada, sombras de polvo desplazado, marcas casi imperceptibles donde una suela de zapato había aplastado la superficie con más presión que otra.
Adrián las estudió sin mover el haz. Habían sido limpiadas muchas veces.
Sin embargo, al atravesar la luz rasante la capa más reciente de cera del suelo —la cera que el servicio de limpieza aplicaba cada semana—, afloraban, bajo esa capa, depósitos más antiguos de polvo comprimido por pisadas, como si el suelo tuviera, en realidad, varias estratos arqueológicos.
—Adrián —susurró Clara.
—Sí.
—Ahí.
Señalaba con el dedo un punto concreto, a unos dos metros del pie de la escalera metálica, donde se veía, bajo la luz, una marca en forma de media luna alargada.
Era una huella parcial de suela. Y tenía, en el talón, un pequeño círculo central en relieve: el logo de una marca concreta de calzado, pequeño pero reconocible, hundido débilmente en la cera vieja.
Adrián se acercó más. Era una suela de caucho blando. De las de goma.
De las que Bofill había anotado en su cuaderno.
Adrián sacó el móvil. Fotografió la huella desde cuatro ángulos distintos, todos con la luz rasante aplicada. Clara, con la aplicación de iluminación suya, hizo lo mismo.
Adrián movió la linterna unos centímetros más hacia la escalera. Aparecieron, con claridad, otras dos huellas parciales de la misma suela. Una, a medio metro del pie de la escalera. Otra, sobre el primer peldaño metálico.
—La persona subió por la escalera —dijo Clara—. No bajó solo Subió primero.
—Y dejó rastro.
—Y lo que es más extraño: alguien, en algún momento de los últimos seis meses, ha limpiado esta zona muchas veces, pero no lo bastante para borrar este tipo de marcas. La cera nueva las fija. Las hace permanentes, paradójicamente.
—Bofill lo sabía.
—Bofill lo sabía.
Nil, que se había mantenido en silencio, se acercó.
—¿Son huellas de una visita concreta, o acumulación de muchas?
—De uno, diría yo —contestó Adrián—. Las medidas de la suela son consistentes. Son todas de la misma persona. La pregunta es cuándo se depositaron.
—Eso no se puede saber, ¿verdad?
—No con precisión. Pero si el servicio de limpieza aplica cera cada semana, y estas marcas están bajo una capa profunda de cera vieja, estas pisadas son anteriores a los últimos tres o cuatro meses. Probablemente son de febrero o antes.
Nil se pasó la mano por la cara.
—Entonces alguien subió esa noche por aquí.
—Sí.
Adrián miró hacia la escalera. Subió con la linterna unos peldaños. Los primeros tres conservaban, bajo la luz rasante, marcas equivalentes a las del suelo. Del tercer peldaño hacia arriba, el óxido del metal absorbía las huellas y no se veía nada.
Bajó.
—Nil. ¿Esta suela le suena de alguien del entorno del Cabildo?
Nil lo pensó.
—Los sacerdotes de aquí usan zapatos de cuero tradicionales, con suela dura, no de caucho. El jefe de mantenimiento, en cambio, sí usa calzado de trabajo con suela blanda, pero no de esta marca. Yo también. Lo mío es un zapato genérico.
—¿Y los visitantes del IEPS?
—Los dos hombres que entraron al piso de don Màrius a finales de febrero iban con trajes oscuros y zapatos de ciudad. No con calzado deportivo. Pero los del Instituto, cuando vienen al Cabildo por trabajos técnicos, sí usan calzado blando. Lo he visto.
Clara interrumpió.
—¿Usted podría identificarlos si los viera?
Nil sonrió apenas.
—He pasado la vida en una portería, señora. Reconozco a la gente por el caminar antes que por la cara.
—Bien.
Adrián guardó la linterna. Sacó una pequeña bolsa de plástico, la extendió sobre el suelo junto a una de las huellas parciales, y, con una espátula fina, recogió con extremo cuidado un residuo mínimo —microscópico, en realidad— de la cera acumulada sobre la marca.
Cerró la bolsita. La etiquetó con un rotulador: almacén sw, peldaño base, 30 agosto.
Ni Nil ni Clara preguntaron qué iba a hacer con ella. Estaba claro que la iba a guardar por si, algún día, era necesario contrastarla con algo.
Salieron del almacén a las siete y media. Nil cerró la puerta con llave, pasó el pestillo, y les dio la mano a los dos.
—Señores.
—Nil.
—Tengo una pregunta que quiero hacerles antes de que se vayan.
—Diga.
—¿Ustedes me van a informar si esto llega a algún sitio? No para tomar acción personal. Para mi paz.
Clara lo miró un momento.
—Nil, le prometemos que si encontramos un nombre propio, usted será la segunda persona fuera del círculo directo que lo sepa.
—Con eso me basta.
—Gracias.
Nil se alejó por la calle dels Comtes en dirección al Cabildo. Su andar tranquilo de siempre, con las manos entrelazadas a la espalda.
Adrián y Clara se quedaron un momento en la acera.
El sol, a las siete y media, ya calentaba.
Un barrendero con uniforme municipal pasó con la escoba larga, los saludó con un bon dia, siguió su camino.
En una de las ventanas del tercer piso de la casa de enfrente, una señora mayor regaba un geranio con una regadera de plástico rojo.
—Adrián.
—Dime.
—Hoy toca ir a Sant Pau del Camp.
—Oriol Mercader.
—Oriol Mercader.
—¿A qué hora?
—Le dije ayer por teléfono, a las siete de la tarde. En el claustro. Me dijo que sí, pero que le gustaría que fuéramos solos, sin traer la libreta.
—Sin libreta.
—Sin libreta. Dijo literalmente vengan con las manos desocupadas.
—Son muy precavidos todos en Barcelona.
—Todos han visto cómo mueren los amigos.
Adrián aceptó la frase sin añadir nada.
—Tenemos el día por delante, entonces.
—Sí. ¿Quieres que vayamos a Mataró esta misma mañana, aprovechando que Rosa nos espera?
—La llamaste ayer.
—La llamé ayer por la noche, cuando te acostaste.
Estaba despierta. Una mujer de ochenta y dos años viuda no duerme después de las nueve.
Le dije quiénes éramos. Se puso seria. Me dijo que tenía algo que entregarnos, pero no me dijo qué.
Acordamos que podíamos ir hoy o mañana. Le dije que hoy.
Sale el tren de cercanías a las ocho y doce desde la estación de França.
Llegamos a Mataró sobre las nueve. Vuelta a las once si todo va bien.
—Vamos.
Caminaron hasta la estación de França. Compraron billetes.
Se sentaron en un vagón medio vacío. El tren arrancó a la hora.
La costa del Maresme, por la ventanilla, empezó a desfilar con esa luminosidad particular de las playas catalanas a primera hora de la mañana: el mar azul calmo, las urbanizaciones blancas, algún pescador solitario con caña en el agua, los pueblos que se suceden con nombres planos y castigados por el sol.
Llegaron a Mataró a las nueve y dos minutos.
Rosa Bofill vivía en un entresuelo limpio de una calle estrecha del centro, a ocho minutos andando de la estación.
Les abrió una mujer menuda, de estatura escasa, con el pelo blanco recogido con una horquilla de carey.
Ochenta y dos años. Zapatillas de casa. Una bata azul claro sobre un vestido de tirantes también azul.
Los ojos grises, como los de su hermano Màrius, aunque más cansados.
—Pasen. Tengan cuidado con el felpudo, que está gastado.