Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 3. La galería superior #3
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Capítulo 3. La galería superior #3

Regresaron al apartamento a las dos y media.

Comieron algo ligero: pan con tomate, queso, fruta.

Clara se sentó a la mesa con el cuaderno de Bofill, que todavía no habían terminado de leer del todo.

Dedicaron las dos horas siguientes a repasarlo entero, tomando notas.

Había en él una serie de entradas codificadas que al principio parecían ininteligibles, y que Clara fue descifrando como un juego: cada vez que Bofill escribía J.

se refería a Jordi Aubet; F., a Felip Vilanova, autor del siglo dieciocho; L.

, a Laia Roure; I., al Instituto; M., a Mercè; F.L.

, a Fabián Lamela; J.B., a Joan Baptista.

La última entrada, la del 12 de febrero, decía literalmente: Jordi sabe.

Jordi me vigila. La llave está donde la dejé en octubre.

Si Rosa encuentra el sobre, que llame a Fabián.

Pero había, debajo de esa última entrada, en el reverso de la página, otra anotación en letra aún más pequeña y apretada, que se les había escapado el día anterior.

Decía:

Si además de Jordi hay otro, lo sabré por el calzado. Los que él trae desde Ginebra usan suela de caucho blanda. Las marcas en el suelo del almacén del suroeste se ven bajo linterna rasante. Si pasa algo, que Nil mire el suelo del almacén antes de que limpien.

Clara levantó la vista.

—Adrián.

—Sí.

—Mañana, cuando Nil nos abra el almacén, miramos el suelo primero. Antes de cualquier otra cosa.

—Linterna rasante.

—Linterna rasante.

Adrián cerró el cuaderno con cuidado. Miró la hora. Las cinco menos veinte.

—Clara. Si sabemos que Nil nos va a abrir mañana a las cinco, y Bofill dejó escrito que las marcas pueden estar ahí, tenemos que hacer una cosa antes.

—¿Cuál?

—Llamar a Nil ahora para que no permita que limpien el almacén esta tarde.

—Llama tú.

Adrián cogió el móvil. Marcó a Nil con el número que el sacristán les había dado al despedirse. Contestó al primer tono.

—Nil.

—Señor Vega.

—Una cosa, rápida. Cuando mañana nos abra el almacén del suroeste. ¿Ha pasado el servicio de limpieza por allí desde febrero?

—Sí, señor. Pasa cada semana.

—¿Esta semana ya ha pasado?

—Hoy no, señor. Pasa los sábados por la mañana.

Adrián cerró los ojos.

—Nil, mañana es sábado.

—Sí, señor. Mañana a las once.

—¿Podemos entrar antes?

—A las siete de la mañana, yo les abro.

—Ahí estaremos.

—Fins demà a les set.

Colgó.

Clara lo miraba con atención.

—Nos acabas de meter en una carrera contrarreloj.

—Nos metió Bofill. Nosotros solo hemos leído el aviso a tiempo.

—A las siete.

—A las siete.

Clara se levantó. Guardó el cuaderno en el armario. Se fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua con hielo, miró por la ventana del salón el patio interior, donde la luz de las cinco entraba oblicua y quieta.

—Adrián.

—Dime.

—Cuando termine todo esto, sea cuando sea, quiero escribir un artículo académico sobre don Màrius Bofill.

Con su nombre. Con su trayectoria. Con las monografías que publicó.

Sin mencionar nada de la red, claro. Solo el hombre, el archivero profesional, el paleógrafo.

Quiero que su nombre conste en alguna parte además del obituario y del acta del Cabildo.

—Es una buena idea.

—Quizá don Fabián quiera co-firmarlo.

—Querrá.

—Bien.

Clara se apartó de la ventana. Volvió a la mesa. Miró a Adrián con esa atención limpia que tenía cuando cerraba mentalmente una decisión.

—Adrián.

—Sí.

—Nosotros, si un día nos matan, quiero que alguien escriba también un artículo académico sobre nosotros. Sin mencionar la red. Solo los oficios. La archivera de Sevilla. El restaurador del sur. Algo pequeño, profesional, que conste.

—Hecho.

—¿Tú lo harías por mí?

—Por supuesto.

—Yo por ti también.

—Ya lo sé.

—Vale.

Se hizo un silencio breve.

Afuera, una campana lejana —Santa María del Mar, probablemente; Adrián se iba afinando al oído barcelonés— dio las cinco en punto con su tañido de tres-tres-uno. Adrián las contó, por costumbre ya.

—Clara. ¿Sabes lo que pasa con estas campanas?

—Dime.

—Que cada vez las oigo distintas. Hoy las he oído más finas. Ayer las oí más metálicas. Es la misma campana, pero el oído la recibe distinta según el día.

—O es la misma campana y el mundo sonoro a su alrededor cambia.

—Puede ser.

—¿Cuál de las dos cosas prefieres creer?

—No lo sé. Pero apunto las dos.

Adrián sacó el cuaderno de campo. Escribió.

Campanas de Santa María del Mar: se oyen distintas cada día. Verificar si es cuestión del oído o de la ciudad. Posible variable: el aire, el calor, la humedad. Otra: la posición del observador. Otra: lo que el observador lleva aprendido ese día. Tres hipótesis. Probablemente las tres a la vez.

Cerró el cuaderno.

Miró a Clara.

—A las siete pasamos a recoger a Nil mañana. Ahora, si te parece, bajamos a cenar y dormimos temprano.

—Me parece bien.

Bajaron a cenar. Esta vez a una taberna pequeña de la calle Lledó, a seis minutos del piso, donde el camarero —un hombre joven de origen pakistaní, exactamente como en el bar de la plaza de la Llana, aunque este se llamaba distinto— les preparó dos ensaladas y un arroz a compartir.

Comieron despacio. Hablaron de cualquier cosa.

A las nueve y media estaban en el apartamento. A las diez y cuarto, ya dormían.

Adrián, antes de apagar la luz, dejó el despertador a las seis y cuarto de la mañana.

Fuera, sobre los tejados del Gòtic, la noche catalana de agosto se instalaba con un calor residual y una humedad pegajosa que nadie en esa parte de la ciudad sabía cómo nombrar sin rendirse.

Las ocas, en su claustro, dormían con turnos rotatorios de vigilancia.

Como siempre.

Como desde hacía siglos.

Alguien, en algún punto del Eixample, estaba preparando ya el correo electrónico de la mañana siguiente para Ginebra, informando de que los dos sevillanos, después de dos días en Barcelona, acababan de pedir acceso al almacén de mantenimiento del claustro.

Era un dato. Se mandaba por si acaso. Nadie, al otro lado, actuaría esa noche. Pero lo archivarían.

Y esa también era una forma, silenciosa, de estar en el oficio.