Capítulo 3. La galería superior #2
—Tres personas. El jardinero, que es un hombre de confianza desde hace treinta años, y que esa noche estaba en Manlleu con su familia porque era el cumpleaños de su madre.
El jefe de mantenimiento, que tiene setenta años y vive en Sant Andreu, y que no podía haber subido nada aquella noche porque estaba en el hospital Vall d'Hebron después de una operación de vesícula. Y yo.
—Entonces sobraba una llave.
—Oficialmente, no. Pero había una cuarta, la de don Màrius. Don Màrius tenía todas las llaves del claustro. Llevaba cincuenta años teniéndolas.
—¿Y dónde estaba esa llave la noche de su muerte?
Nil apretó los labios.
—Estaba en su bolsillo interior. La encontré yo al vaciarlo antes de que llegara la Guardia Urbana. Le retiré el móvil y las llaves. Las llaves las devolví al cajón de la sacristía mayor esa misma mañana.
—¿Todas las llaves?
—Todas las que llevaba. Sí.
—¿Y las que tenía en su casa?
—Eso no lo sé.
Adrián y Clara se miraron.
—Nil —dijo Clara—, en el piso de don Màrius, ¿fue usted?
—No, señora. No soy familia. En el piso entraron primero el deán, luego la hermana de don Màrius cuando bajó de Mataró, y después los de la entidad académica, que tenían un convenio para catalogar el fondo privado del archivero si éste fallecía sin testamento explícito.
Clara tomó aire.
—¿El IEPS entró en el piso?
—El Instituto, sí. Yo me enteré después. Una mañana de finales de febrero vi salir del portal de la calle Basea a dos hombres con cajas de documentos. Eran ejecutores del convenio, según explicaron al portero. Tenían autorización firmada.
—¿Y la hermana lo permitió?
—La hermana no vino a Barcelona hasta dos semanas después del entierro. Cuando vino, el piso ya estaba parcialmente vaciado. Le dijeron que era parte del protocolo.
Clara cerró los ojos un momento.
—Nil.
—Dígame.
—¿Usted, personalmente, qué pensó?
Nil miró al patio.
—Yo pensé que a don Màrius no lo enterraron bien.
Lo dijo sin énfasis.
Se hizo un silencio. Las ocas, abajo, levantaron brevemente las cabezas al oír un grupo de turistas que entraba al claustro desde el lado este. La vigilante de turno miró a los visitantes. Volvió a bajar la cabeza cuando concluyó que eran inofensivos.
Adrián aprovechó el movimiento para preguntar otra cosa.
—Nil. ¿Por qué nos está contando todo esto?
Nil tardó un poco en contestar.
—Porque don Màrius me tenía estima. Me tenía estima desde 2006, cuando entré yo aquí a trabajar, y no me la había retirado.
Y porque, cuando ustedes llegaron ayer a la portería preguntando por él, supe por la cara de la recepcionista y por la velocidad con que llamó a don Jordi que ustedes no eran como los otros académicos que han venido a consultar el archivo en los últimos meses.
—¿Qué otros?
—Han venido tres, en los últimos meses. Todos con tarjetas del IEPS. Todos muy educados. Ninguno bajó al jardín a contar las ocas.
Adrián se permitió una sonrisa pequeña.
—Es un dato.
—Es el dato.
Nil miró el reloj de pared pequeño que llevaba en el delantal, uno de bolsillo, antiguo.
—Señores, no les puedo tener aquí arriba más de un cuarto de hora más. A la una pasa el turno de limpieza por esta galería y me preguntarán por qué tengo visitas.
—Entendido. Una última cosa, Nil.
—Dígame.
—La escalera del suroeste, la que da al almacén de mantenimiento. ¿Podemos entrar?
—Hoy no. Está el jefe de mantenimiento trabajando abajo. Lo han dado de alta la semana pasada. Cualquier otro día, a partir de las cuatro de la tarde, estará cerrado. Si quieren, les abro yo.
—¿Mañana?
—Mañana a las cinco.
—Ahí estaremos.
Bajaron. Clara fotografió discretamente, con el móvil, la junta del parapeto donde había estado la fibra.
Hizo fotos panorámicas de la galería entera, de la escalera, del rellano, del acceso.
Nil no interfirió. Al llegar abajo, los acompañó hasta la puerta lateral del claustro.
Les dio la mano a los dos, con firmeza. Se despidió en catalán.
—Fins demà a les cinc.
—Fins demà.
Salieron a la plaça de la Seu. El sol ya pegaba con fuerza.
Un grupo de estudiantes de bachillerato recibía una explicación frente a la escalinata de la fachada.
Un matrimonio mayor descansaba a la sombra de un farol.
Una niña pequeña, de la mano de su padre, miraba fijamente a un pájaro posado sobre una barandilla.
Caminaron hasta un café interior en la calle dels Comtes. Se sentaron en una mesa apartada. Pidieron dos cafés largos. Durante unos minutos, ninguno habló.
Fue Clara quien rompió el silencio.
—Nil es confiable.
—Lo es.
—Eso cambia las cosas.
—Las cambia mucho.
—Adrián. Alguien más estuvo en el claustro esa noche, aparte de Bofill y de Aubet. Eso no lo sabía ni Mercè, probablemente. O lo sabía pero no me lo dijo ayer por no cargar el relato. Alguien subió a la galería superior por la escalera del suroeste, por la que controla el almacén de mantenimiento.
—Con la llave de quién.
—Con una llave que tenía Bofill en su casa. Que alguien extrajo antes de la caída, o inmediatamente después, del piso de la calle Basea. Pudo ser uno de los ejecutores del convenio del IEPS. O alguien que trabajaba para ellos.
—O la copia que Aubet le hizo hacer a Laia. Lo mismo que la del fondo reservado.
Clara lo miró.
—Es una posibilidad.
—La más probable, Clara.
—Probable, sí. Pero no demostrada.
Adrián bebió café.
—Entonces lo que pasó esa noche fue esto: Aubet convocó a Bofill al claustro.
Bofill fue. Aubet, oficialmente, fue el único que habló con él.
Pero, a la vez, había alguien más en la galería superior, escuchando, con la llave del almacén de mantenimiento en el bolsillo.
Y esa persona, probablemente, no salió cuando Aubet se fue. Se quedó.
—Y cuando Bofill subió.
—Y cuando Bofill subió a la galería, no estaba solo.
Clara cerró los ojos. Los volvió a abrir.
—Mercè no vio a esa persona porque estaba en la penumbra del lado opuesto del claustro.
Desde el rincón donde se escondió ella, la escalera del suroeste y la galería superior quedan completamente tapadas por el cuerpo de un naranjo grande.
Solo se ve el lado del banco de la galería oeste y la fuente.
Por eso Mercè, con toda honestidad, nos ha dicho que Bofill se cayó solo.
Lo dijo porque es lo que vio. Pero pudo haber visto una parte del claustro donde, efectivamente, no había nadie. Mientras que en la otra parte sí.
—Exacto.
Hubo un silencio.
—Adrián —dijo Clara, despacio—, esto cambia el cuadro. Si hubo una tercera persona en la galería superior, el mareo de Bofill pudo no haber sido solo hipotensión. Pudo haber sido hipotensión ayudada. Un pequeño empujón. Una mano en el hombro. No hace falta más.
—Ya.
—Y si eso fue así, entonces no estamos hablando de complicidad moral de Aubet. Estamos hablando de homicidio planificado por Aubet y ejecutado por otro.
—Sí.
—¿Podremos probarlo?
Adrián se pasó una mano por la cara.
—No lo sé, Clara. Tenemos una fibra. Podemos analizarla.
Si resulta que es tela de una prenda que podamos vincular a alguien del IEPS, tenemos algo.
Si no, tenemos un hilo perdido. Y aunque tuviéramos algo sólido, llevarlo a una fiscalía significa sacar la red a la luz.
Y eso es exactamente lo que no queremos.
—Ya.
—Lo que podemos hacer, en cambio, es usar la información para actuar. No para acusar.
—¿Cómo?
—Haciéndoles saber, a Aubet y a los suyos, que sabemos. Sin decirles cómo lo sabemos. A veces, cuando un antagonista cree que lo saben, cambia de comportamiento.
—O ataca.
—O ataca.
—Adrián, si tuviésemos aquí a Salvatierra, ¿qué haría?
Adrián sonrió.
—Salvatierra llamaría a Mercè esta misma tarde para preguntarle si había oído hablar de la tercera persona. Dejaría que ella lo confirmase o lo negase con su propia memoria. Y, si lo confirmase, buscaría al responsable por vía indirecta, sin hacer ruido, hasta tener un nombre propio.
—Eso es lo que vamos a hacer.
—Eso es lo que vamos a hacer.
Clara sacó el móvil. Marcó. Mercè le contestó al cuarto tono.
—Mercè.
—Clara.
—Una pregunta, por teléfono. Pero rápida. ¿Usted, esa noche, vio la galería superior?
Un silencio largo al otro lado.
Luego, con una voz baja pero firme:
—No. Desde donde yo estaba no se veía. Había un naranjo.
—¿Es posible que hubiera alguien allí arriba?
—Es posible, sí.
—¿Tiene alguna intuición sobre quién?
—No. Pero si la hay, Clara, Màrius no murió solo. Eso cambia las cosas.
—Ya. Lo sabemos.
—Clara, no vengan a casa hoy. Ni mañana. Voy a salir a Montserrat el fin de semana. Volvemos a vernos el lunes en Sant Pau del Camp, a las siete, claustro interior.
—De acuerdo.
—Tengan cuidado.
Colgó.
Clara dejó el móvil sobre la mesa.
Adrián la miró.
—Se ha puesto nerviosa.
—Se ha puesto precavida. Que no es lo mismo.
—¿A Montserrat?
—Es su refugio histórico. Su abuelo era de allí. Va cuatro o cinco veces al año. Allí nadie la conoce con apellido, solo como la senyora Mercè. Si quiere pasar un fin de semana tranquila, lo hará. Y entre tanto, nosotros nos ocupamos de la siguiente fase.
—Que es.
—Mataró. Rosa Bofill. La carta de su hermano.