Capítulo 3. La galería superior
La galería superior
La galería superior del claustro de la Catedral de Barcelona no estaba abierta al público.
Era, en realidad, una franja estrecha de piedra que corría por encima de los arcos apuntados, a unos cinco metros y medio del suelo del patio, accesible únicamente por dos escaleras de caracol discretas en las esquinas del claustro.
La del noreste, que partía del pasillo lateral, y la del suroeste, que salía directamente de un pequeño recinto usado como almacén de mantenimiento.
En el plano del edificio, la galería no aparecía como espacio funcional sino como coronamiento arquitectónico.
Los sacristanes y canónigos, sin embargo, llevaban ocho siglos subiendo a ella para tareas de inspección y mantenimiento.
No era raro subir. Era raro, eso sí, subir de madrugada.
Adrián y Clara llegaron al Cabildo a las diez y media de la mañana del día siguiente, vestidos como trabajadores técnicos.
Adrián con un pantalón gris oscuro, camisa blanca con las mangas arremangadas, y una bolsa de herramientas al hombro.
Clara con una camisa masculina holgada, pantalón vaquero, zapatillas y una libreta grande.
Habían llamado a Laia a primera hora pidiendo acceso a la galería superior con el pretexto de una consulta arquitectónica para el artículo académico: querían examinar la talla de las claves de bóveda desde arriba, un detalle que no se puede apreciar desde el suelo.
Laia, tras un silencio breve al teléfono, había dicho que no veía problema, que se lo avisaría a Nil Vergès, el sacristán mayor, y que él les abriría.
Nil los recibió en la entrada lateral del claustro a las once en punto.
Tenía sesenta y un años, cara de hombre que había pasado la vida a la intemperie de los interiores, las manos gruesas, y un delantal azul marino sobre camisa gris.
Dio los buenos días en un catalán cortés y pasó al castellano sin que se lo pidieran.
—Laia me ha dicho que querían subir a la galería.
—Si es posible —contestó Clara—. Solo unas fotografías y algunas mediciones.
—No hay problema. Vengan.
Los guió por el pasillo lateral hasta la escalera del noreste.
Abrió con una llave propia del manojo que llevaba colgado del cinturón.
La puerta dio paso a una escalera de caracol estrecha, de peldaños de piedra gastados por la mitad izquierda.
Empezaron a subir. Nil iba delante, con la linterna del móvil encendida —no había luz en el hueco—, Adrián detrás, Clara la última.
Los veintiséis peldaños, contados involuntariamente por Adrián, desembocaban en un rellano diminuto que daba, a través de una pequeña puerta de madera sin cerradura, a la galería.
Nil empujó la puerta.
Salieron a la galería superior.
Era, efectivamente, estrecha: poco más de un metro de ancho, con el parapeto bajo de piedra labrada del lado interior —el que miraba al patio— y el muro ciego del claustro al otro lado.
La piedra, a aquella hora, había empezado a calentarse con el sol matutino.
El aire, sin embargo, aún conservaba algo de la frescura nocturna.
Desde arriba, el claustro se veía con otra composición entera: la fuente pequeña en el centro, el estanque con las ocas a la derecha, los naranjos y las palmeras dispersos, el suelo de losas gastadas, los arcos apuntados de las galerías inferiores enmarcando todo el conjunto como un marco de retablo.
Adrián se apoyó un momento en el parapeto, con las dos manos, y miró hacia abajo.
La caída era real. Cinco metros y medio era una altura pequeña en términos abstractos, pero allí, con la piedra gastada bajo los pies y el vacío delante, era suficiente.
Un hombre de setenta y nueve años que se inclinara sobre el parapeto y perdiera el equilibrio no tenía posibilidad de sostenerse. Caía entero.
—¿Fue ahí donde lo encontró? —preguntó Adrián a Nil, señalando con la barbilla el jardincillo junto al estanque.
Nil lo miró.
—Sí, señor. Justo ahí.
—¿Puede contarnos exactamente cómo?
Nil dudó un segundo, como quien evalúa si el relato corresponde o no a este momento. Decidió que sí.
—Llegué a las seis y cuarto, como siempre. Abrí la puerta lateral, encendí las luces bajas del jardín. Lo vi enseguida. Estaba boca abajo, en la hierba, con los brazos a los lados y una pierna un poco doblada. No le di la vuelta. No había que dársela. Llevaba varias horas ya.
—¿Estaba el móvil con él?
—Sí. Junto a la mano derecha. En la hierba. Tenía la pantalla apagada, pero al tocarlo para retirarlo se encendió, y había una llamada perdida a las cuatro menos cuarto. De la señora Fiol.
—¿Mercè Fiol?
—Sí.
—¿Eso lo dijo al Cabildo cuando informó del hallazgo?
Nil apartó los ojos un segundo hacia el vacío del claustro. Luego los volvió a los de Adrián.
—No, señor. El móvil lo retiré yo antes de que llegara el deán. Lo guardé en un cajón de la sacristía pequeña. A los dos días, cuando la policía y el forense ya habían terminado, llamé a la señora Fiol por mi cuenta y se lo llevé a su casa.
—¿Por qué hizo eso?
—Porque a don Màrius no le habría gustado que un canónigo joven leyese el registro de sus llamadas antes que nadie.
Nil lo dijo con toda serenidad. Como si hubiera recitado un precepto de oficio aprendido hacía décadas.
—Entiendo —dijo Adrián.
Clara, detrás, intervino.
—Nil. ¿Recuerda la posición exacta del cuerpo?
—Sí. Estaba orientado, digamos, con la cabeza hacia el estanque y los pies hacia la galería.
Los ojos cerrados. Sin sangre apenas; una pequeña herida en la sien izquierda.
La hierba estaba aplastada alrededor. Las ocas estaban todas en el estanque, quietas, mirando.
No se habían acercado al cuerpo. No se acercaron en toda la mañana, hasta que lo retiraron.
—¿Y había señales de que alguien hubiera caminado por la hierba?
—Ninguna. La hierba estaba intacta salvo donde él cayó. El jardinero había segado el día anterior, lo recuerdo porque cuando miré supe enseguida que nadie había pasado por encima desde entonces.
Clara asintió. Abrió su libreta. Anotó.
Adrián se agachó junto al parapeto para examinarlo de cerca.
Los muros de piedra tallada del parapeto, a aquella altura, tenían un desgaste desigual: en algunas zonas, donde la gente se apoyaba habitualmente —las esquinas, los lugares desde los que se ve mejor el patio—, la piedra estaba más pulida.
En otras, conservaba el grano original del corte medieval.
Adrián pasó la yema del índice por el borde superior del parapeto, a la altura donde, según la posición relativa del cuerpo, Bofill habría estado apoyado antes de caer.
Había, en efecto, una zona de desgaste que continuaba las palmas de un hombre adulto apoyándose en la piedra.
No era un desgaste excepcional; cualquier sacristán que hubiera subido alguna vez a mirar el jardín podría haber dejado un desgaste similar.
Lo que sí era detectable, bajo la luz rasante del sol matutino, era algo distinto: un pequeño residuo de color oscuro, casi imperceptible, adherido a una de las juntas de mortero entre dos sillares del parapeto.
Adrián sacó de la bolsa de herramientas una pinza fina y una bolsita de plástico pequeña. Con la pinza, despegó con cuidado una fibra diminuta, apenas dos milímetros, y la depositó en la bolsita.
Nil lo miró sin decir nada.
—¿Qué es? —preguntó, al cabo.
—No lo sé todavía. Probablemente un hilo de tela. Si lo analizamos, sabremos de qué prenda.
—Ya. Un hilo.
—Sí. En un lugar donde, según dice, nadie había subido aquella noche salvo dos personas: don Màrius y don Jordi.
Nil se quedó callado unos segundos.
—¿Jordi subió aquí? —preguntó.
—Eso estamos intentando establecer.
Nil miró el parapeto. Miró la bolsita. Miró a Adrián.
—Si Jordi subió aquí esa noche —dijo, despacio—, yo no lo sé. Pero esto no lo he limpiado yo. Y los del servicio de limpieza solo limpian el suelo y las baldas. No los parapetos. Los parapetos no se limpian.
—Exacto.
Clara, desde un poco más atrás, estaba de pie contra el muro ciego, mirando el patio. Adrián levantó la vista hacia ella.
—Clara.
—Sí.
—Desde aquí, ¿alguien puede oír una conversación al nivel del banco de la galería oeste?
Clara lo pensó. Miró hacia abajo, al banco de piedra en el que, según el plano, se había sentado Bofill durante la espera de Aubet.
—Depende del volumen. Si los dos hablan en voz baja, no. Si alguien alza la voz, probablemente sí.
—¿Y al revés? Si alguien está aquí arriba, ¿lo ven desde el banco?
—Solo si levantan la vista. La galería superior, desde el banco, queda en el borde de la visión periférica. Si uno mira la fuente o las ocas, no se la ve. Hay que levantar los ojos deliberadamente.
—O sea que alguien pudo haber estado aquí arriba esa noche, escuchando, sin ser visto desde abajo.
—Podría.
Nil, que escuchaba con atención, añadió:
—Señor Vega.
—Dígame.
—Si hubo alguien aquí arriba esa noche, no fue don Jordi.
Don Jordi bajó al claustro por la puerta lateral y subió por el mismo sitio.
La escalera de caracol del noreste la controlo yo.
Pasa por un pasillo que solo tiene una puerta.
Si don Jordi hubiera entrado por allí, habría tenido que llamar a mi timbre, porque la puerta del pasillo estaba cerrada con llave. Y yo no oí ningún timbre aquella noche.
Adrián lo miró.
—¿La otra escalera?
—La del suroeste. Sale del almacén de mantenimiento. Esa tiene otra entrada, desde la calle dels Comtes, y llave independiente. Podría haber subido alguien por ahí sin que yo me enterase.
—¿Quién tiene esa llave?