Capítulo 2. El archivo limpio #3
A las ocho y media, bajaron a cenar algo al bar de la plaza de la Llana.
Pidieron un plato combinado cada uno y media botella de vino blanco.
Comieron despacio. Hablaron poco del caso.
Hablaron más de Moro, de la foto que había mandado doña Pilar, de la hermana de Clara en Valencia, del calor.
A las diez menos cuarto volvieron al apartamento.
Clara guardó la carpeta en el fondo del armario de su habitación, bajo su propia ropa interior.
Era el peor escondite posible por previsible, y por eso mismo, el mejor: cualquiera que entrara a buscar documentos profesionales, ni se agacharía allí.
Cerró la puerta del armario. Se duchó. Se acostó.
Adrián se quedó un rato más en el salón, con el cuaderno de campo abierto. Anotó.
24 de agosto, 23:30. Clara ha vuelto con información pesada de casa de Mercè.
La carpeta contiene cuaderno privado de Bofill, lista de entradas no autorizadas al fondo (cinco personas entre septiembre 2023 y enero 2025 incluida Laia antes de su nombramiento), dos fotografías y un sobre cerrado para Lamela.
Mañana a las 10 cita con Laia. No revelaremos nada.
Solo observaremos. Aubet es responsable moral pero no físico.
Mercè será imposible de citar como testigo.
Cerró el cuaderno. Se duchó. Se acostó.
Tardó más en dormirse de lo que había pensado.
A las nueve y cuarenta y cinco del día siguiente, estaban los dos en la portería del Cabildo. La misma recepcionista joven. Esta vez avisó a Laia sin llamar a Aubet. Bajó ella sola.
Laia Roure i Mestre apareció por la puerta lateral a las diez en punto.
Era más alta de lo que Adrián había anticipado por las descripciones —una estatura media-alta, cerca del metro setenta—, y más joven en persona que en la edad que Clara le había dicho —treinta y cuatro años, pero con un aspecto que podía pasar por treinta incluso—.
Llevaba el pelo oscuro a media melena, gafas de pasta rectangulares, una blusa beige con un pantalón negro de lino, y zapatos planos.
Sin maquillaje visible. Un reloj masculino de cuero marrón en la muñeca izquierda, que llamó la atención de Adrián por ser demasiado grande para el brazo. Probablemente heredado.
Les tendió la mano. Seca, firme, neutra.
—Bon dia. Soy Laia Roure. ¿Me siguen, por favor? Hay algo más de tranquilidad en el despacho.
Los guió por el pasillo interior, hasta una sala distinta de aquella en la que el día anterior los había recibido Aubet.
Esta era más pequeña, con una sola mesa de madera, dos sillas para visitantes enfrente de la suya, una estantería con libros de archivística, y una ventana alta que daba a un patio interior del edificio.
Sobre la mesa, un ordenador portátil cerrado, un bloc cuadriculado, dos bolígrafos.
Sobre el bloc, el nombre de Clara Bru y el de Adrián Vega escritos en mayúsculas, con una letra rápida pero legible.
Se sentaron los tres. Laia no ofreció ni café ni agua. No por descortesía: por eficiencia.
—El padre Aubet me ha informado ayer por la tarde de su visita y del motivo de la consulta.
Le he pedido a la secretaría que me preparen esta mañana los fondos generales de marginalia catalana que podrían ser útiles para un trabajo académico como el que han descrito.
Antes, permítanme ubicarnos un poco. ¿Pueden precisar qué tipo de marginalia concreta están buscando?
El fondo general es amplio. Acotar ayudaría.
Clara, con la voz que había preparado la noche anterior, respondió:
—Estamos trabajando en un estudio comparado de la marginalia catalana, castellana y gallega de los siglos diecisiete y dieciocho, con énfasis en anotaciones de canónigos sobre textos de archivo.
En Santiago hemos trabajado con don Fabián Lamela en los fondos compostelanos.
En Sevilla, yo he catalogado varios fondos del Cabildo.
Nos interesan, concretamente, marginalias firmadas, fechadas cuando sea posible, y textos devocionales con anotaciones técnicas sobre el edificio.
Laia asintió mientras tomaba nota.
—Firmadas y sobre el edificio. Bien. ¿Les interesan canónigos concretos?
—Felip Vilanova, del XVIII. Es una referencia que nos dio Lamela.
Laia levantó la vista.
Fue un segundo. Un segundo exacto. Pero Clara, que llevaba toda la mañana esperando precisamente una reacción así, la vio con claridad. Laia conocía el nombre. Más aún: Laia sabía que el nombre era un nombre peligroso.
Sin embargo, Laia no dejó traslucir nada. Volvió a bajar los ojos a la libreta, apuntó Vilanova, F. S. XVIII, y continuó.
—Vilanova es un autor con fondo propio, sí. Parte de sus papeles están en el fondo general, accesibles bajo petición. Otra parte está en el fondo reservado, cuya consulta, desde el convenio con el Instituto Europeo, requiere autorización adicional.
—¿Qué tipo de autorización?
—Firmada por el deán del Cabildo y por la dirección académica del IEPS. Formulario conjunto. Es un trámite de unas dos semanas.
—Ya.
—Pueden consultar el fondo general hoy mismo, si les parece. Les ubicamos en la sala de investigadores a partir de las once. Si durante su consulta surge la necesidad de acceder al fondo reservado, tramitamos la solicitud conjunta y volvemos a coordinarnos en septiembre.
—Perfecto.
—Una cosa más, archivera Bru.
—Diga.
—Le pido un favor. El fondo general incluye documentos con marginalia que, en el proceso actual de catalogación moderna, estamos reclasificando.
Algunos están temporalmente fuera de su ubicación original.
Si encuentran referencias que no aparecen donde deberían, no saquen conclusiones apresuradas sobre desaparición o pérdida.
Es un proceso normal de reordenación profesional.
Lo aclaro ahora para evitar malentendidos posteriores.
Clara la miró.
—Entendido.
Aquella última frase, pronunciada por Laia con una corrección impecable, le dijo a Clara más de lo que Laia probablemente había pretendido.
No era una advertencia profesional neutra.
Era una excusa preventiva. Significaba, más o menos: si ustedes descubren que faltan papeles, no pregunten, porque ya les he avisado que es normal.
Clara se limitó a asentir.
Laia se levantó.
—A las once en la sala de investigadores, entonces. Está en el primer piso, subiendo por la escalera del fondo del claustro. Les acompañará Carles, el auxiliar de archivo. Buena mañana.
Les tendió la mano otra vez. Ellos se la estrecharon. Salieron.
En el claustro, a la altura de la fuente, Adrián se detuvo un momento, con el pretexto de mirar las ocas. En realidad, aprovechó para decirle a Clara algo en voz baja.
—No conoce a Vilanova por los libros. Lo conoce porque el nombre está marcado internamente como nombre-rojo.
—Exacto.
—Y su advertencia final ha sido un escudo.
—Ya.
—¿Seguimos con el fondo general?
—Seguimos. A ver qué encontramos.
A las once, Carles, un chico joven con camisa blanca y aspecto de estudiante en prácticas, los instaló en la sala de investigadores.
Les preparó cuatro carpetas con referencias de marginalia catalana del diecisiete y dieciocho.
Les dejó un ordenador con el catálogo informatizado.
Se fue. Adrián y Clara pasaron las cinco horas siguientes trabajando en silencio, con una disciplina de archivo que cualquier observador casual habría confundido con la rutina tranquila de dos investigadores de paso.
Pero los dos, en realidad, iban buscando otra cosa.
Buscaban las entradas en el catálogo para el fondo de Felip Vilanova.
Las encontraron a las doce y media. Las consultaron con la formalidad debida.
Obtuvieron dos expedientes. Los dos contenían manuscritos sueltos, casi todos oraciones privadas del canónigo, sin especial valor.
Lo importante estaba, todo lo importante estaba, en la ausencia.
En el catálogo aparecía, marcada en gris, una entrada con el código AV-FVF-1784-III: Libre devocional, anotado.
Trasladado a fondo reservado el 15-V 2024 por acuerdo de catalogación moderna.
Trasladado en mayo de 2024 nueve meses antes de la muerte de Bofill.
Clara fotografió la pantalla discretamente con el móvil.
A las dos y media, agradecieron a Carles, devolvieron los expedientes, salieron de la Catedral. Bajaron por Jaume I hasta una cafetería pequeña, tranquila, con mesas de mármol y luz diurna, en la calle de la Fusina. Pidieron dos bocadillos pequeños y dos cañas.
Y entonces, sentados allí, Clara sacó la carpeta gris que Mercè le había dado la tarde anterior.
La abrió.
Adrián, por primera vez, vio el contenido.
Durante una hora y media, los dos leyeron el cuaderno privado de Bofill por turnos, con los bocadillos ya terminados, con un segundo café cada uno, compartiendo en voz baja los pasajes más reveladores.
El cuaderno empezaba en 2020 y terminaba el 12 de febrero de 2025 dos días antes de la muerte.
La última entrada, fechada el 12, decía simplemente: Jordi sabe.
Jordi me vigila. La llave está donde la dejé en octubre.
Si Rosa encuentra el sobre, que llame a Fabián.
Clara levantó los ojos del cuaderno.
—¿Rosa? —preguntó Adrián.
—La hermana de Bofill. Vive en Mataró.
—¿Vamos?
—Vamos. Pero no mañana. Mañana quiero mirar la galería superior primero, donde cayó. Con calma. Con los datos que ahora tenemos.
—De acuerdo.
Clara cerró el cuaderno. Lo devolvió a la carpeta. Pagó. Salieron a la calle.
Caminaron en silencio por Jaume I, luego por Princesa, hasta el paseo del Born.
La tarde caía ya amarilla sobre la basílica de Santa María del Mar.
La fachada de piedra, a aquella hora, tenía ese tono cálido que solo los edificios muy viejos consiguen cuando el sol del final del día los toca lateral.
Se detuvieron un momento frente al portal mayor.
—Adrián.
—Sí.
—Aquí abajo, en algún punto, está Mercè escondida si le hace falta.
—Lo sé.
—Eso me tranquiliza.
—A mí también.
Siguieron hacia el apartamento. Por Argenteria, sin acercarse al portal de Mercè.
Por Sots-tinent Navarro hasta casa. Subieron.
Se quitaron los zapatos. Clara guardó otra vez la carpeta en el armario, en el mismo sitio.
Adrián se sentó en el sofá. Puso los pies sobre la mesa. Se quedó mirando el techo.
—Clara.
—Dime.
—Un archivo limpio es un archivo del que alguien ha retirado lo que no quería que se encontrara.
—Correcto.
—Laia lo sabe.
—Laia participa, aunque sea por obediencia.
—¿Crees que se dará cuenta alguna vez de que ella es también un archivo limpio?
Clara, desde la cocina, donde se servía un vaso de agua, se quedó un momento en silencio.
—Esperemos que sí —dijo.
Bebió.
Dejó el vaso en el fregadero.
Miró por la ventana el patio interior, donde una paloma diferente —o la misma— había vuelto al mismo tubo de ventilación.
Afuera, por el hueco entre los edificios del Gòtic, subía una luz dorada y cansada de las seis y media de la tarde.
Una radio distante, probablemente del quinto, reproducía en catalán un informativo de deporte cuyo volumen era el justo para no molestar a los vecinos ni ser escuchado por ellos.
Barcelona, el segundo día, seguía sin abrir sus puertas.
Pero había dejado, en la mesa del apartamento, un cuaderno privado, una lista de cinco nombres, dos fotografías, y un sobre cerrado para un hombre de Santiago.
Era poco y era mucho a la vez. Con esas cuatro piezas, si jugaban bien, podían empezar a reconstruir lo que había pasado entre febrero y agosto.
Y, si jugaban mejor todavía, podían empezar a prevenir lo que, con toda seguridad, Aubet y los suyos estaban preparando ahora contra ellos.