Capítulo 2. El archivo limpio #2
—¿Cómo vivió usted los seis meses entre la muerte de Bofill y la llamada mía?
Mercè se quedó quieta un momento.
—Le contesto. Los viví mal. Pero no como una viuda.
Como una testigo que no sabe a quién contarle lo que ha visto, y que sabe que si se lo cuenta a quien no corresponde, lo siguiente que encuentran en el claustro es a ella misma.
Durante cuatro meses no salí de este piso más que lo imprescindible.
Luego, en junio, decidí que si me iba a morir, que fuera en la calle y no aquí, y empecé a salir otra vez.
Paseo una hora cada mañana. Bajo a Santa María del Mar todos los viernes a la misa de las siete. Leo mucho. Rezo. Espero.
—Y hoy ha aparecido mi nombre.
—Hoy ha aparecido su nombre. Lamela me había escrito en julio diciéndome que ustedes vendrían en agosto. No me dijo la fecha. Pero me dijo que, si Bofill les había indicado ponerse en contacto conmigo, el código de reconocimiento sería mencionar a Josep Arnau. No a Bofill. A Arnau.
Clara parpadeó.
—Yo no he mencionado a Arnau.
—No. Pero su compañero sí lo va a mencionar cuando venga. Eso es lo que Lamela habrá transmitido. Y si no lo hace él, lo menciono yo, y luego vemos cómo reacciona. En cualquier caso, hoy ya tenía yo claro que eran ustedes por la manera en que usted me ha hablado al teléfono.
—¿Cómo?
—Usted no dijo soy Clara Bru, de Sevilla. Dijo nos encontramos en Barcelona. Dijo nos ha dado su número. Usó el plural. Un agente del IEPS, o un periodista, habría usado el singular. El plural significa custodia en compañía. Arnau me enseñó eso en 1984.
—Es sutil.
—Todo lo que ha sobrevivido durante siglos en esta red es sutil, Clara. Lo no sutil se rompe en la primera semana.
Hubo otra pausa.
Clara, sin pensarlo, formuló la pregunta que no tenía planeado formular esa tarde.
—Mercè. ¿Por qué no dejó usted el oficio cuando murió Arnau en el ochenta y nueve?
Mercè sonrió por primera vez desde que había abierto la puerta. Fue una sonrisa pequeña, algo triste.
—Porque cuando uno ama a un hombre que tiene un oficio secreto, y ese hombre muere, a uno le quedan dos maneras de seguir amándolo.
Una es olvidarlo y volver a ser la misma que era antes de conocerlo.
Otra es continuar lo que él hacía. Yo elegí la segunda.
Ni por mérito ni por heroísmo. Por inercia.
Por no saber vivir sin tener un trabajo que no me pagaban.
—Ya.
—¿Es una respuesta suficiente?
—Es una respuesta honesta.
—Bueno. Ya es más de lo que se suele recibir.
Mercè se levantó. Fue a la cocina. Volvió con una pequeña lata redonda con galletas de mantequilla, de las que se compran en las confiterías del barrio. Abrió la lata. Las ofreció. Clara cogió una. Mercè otra. Las comieron en silencio.
Cuando terminaron, Mercè habló de otra cosa.
—Señora Bru.
—Clara, por favor.
—Clara, entonces. Una cosa práctica. A partir de mañana, y durante los próximos siete o diez días, es probable que Aubet les haga seguir a ustedes dos.
No hablo de espionaje policial. Hablo de seguimiento discreto: alguien del Cabildo que los vea entrar y salir de ciertos sitios, que apunte con quién hablan, a qué hora llegan al apartamento, cuándo salen.
No es paranoia. Es procedimiento. Aubet es un hombre metódico. Lo hará.
—Ya.
—¿Cómo se protegen ustedes de eso?
Clara lo pensó un momento.
—Con transparencia aparente. Hacer muchas cosas que parecen turísticas.
Pasear por el Born, visitar iglesias, comer en terrazas, parecer un matrimonio en vacaciones.
Y las visitas útiles —a usted, a Joan Baptista— las hacemos disimuladas dentro del paseo.
Nunca dos visitas útiles el mismo día. Cambiar de ritmo. No repetir recorridos.
—Muy bien. Eso es lo que yo haría. Añada una cosa más.
—¿Cuál?
—Usen mi casa el mínimo. Si quieren verme, llámenme y vayamos al claustro de Sant Pau del Camp un día, al Born otro día, a Santa María del Mar otro. Distintos escenarios. Que nadie identifique este portal como una constante.
—De acuerdo.
—Por hoy ya tiene bastante.
Clara se levantó. Recogió la carpeta. La metió en la mochila pequeña.
—Mercè. Adrián vendrá a verla cuando usted le permita.
—Cualquier día de éstos. Prefiero que venga solo, como ha venido usted. Y prefiero que la próxima vez que nos veamos los tres juntos no sea en esta casa. Iremos al claustro de Sant Pau del Camp, o a la cripta de Santa María del Mar, o a un café abierto.
—Perfecto.
—Una cosa más.
—Dígame.
—No abra la carpeta en su apartamento esta noche.
Clara se detuvo.
—¿Por qué no?
—Porque si Aubet ha enviado ya a alguien a instalar una cámara o un micrófono en su piso, ese alguien la habrá instalado. No es probable. Pero es posible. Y si abren la carpeta delante de una cámara, pierden la ventaja de que nosotros sepamos lo que ellos no saben todavía.
—¿Dónde, entonces?
—En una cafetería con buena iluminación y sin mucha gente. Mañana por la mañana. Con el compañero. A puerta de calle.
—Entendido.
Mercè la acompañó hasta la puerta.
—Un último detalle —dijo Mercè, ya con la mano en el pomo—. Cuando vayan a ver a Joan Baptista, díganle que la gelatina se la mandaré la semana que viene. Él entenderá.
—¿La gelatina?
—Él entenderá.
—De acuerdo.
Abrió la puerta. Clara salió al rellano. Mercè, antes de cerrar, añadió una frase en voz muy baja.
—Clara. Lo siento por ustedes.
—¿Por qué?
—Porque han venido a Barcelona a formarse y se van a ir con menos fe que con la que han llegado. Eso, al que lo pasa, no se lo consuela nadie.
Cerró.
Clara bajó las escaleras con la carpeta bajo el brazo.
En la calle Argenteria, a las siete y pico, había caído ya ese momento del verano en que la luz es todavía clara pero el calor ha perdido el filo.
Los turistas paseaban por la estrecha calle en dirección a Santa María del Mar.
Una pareja mayor comía helados apoyados en un escaparate cerrado.
En la esquina con la plaza del Born, un guitarrista tocaba una pieza de Tárrega con una dignidad profesional que Clara, en otra situación, se habría parado a escuchar.
Esa tarde no. Pasó al lado sin detenerse.
Al llegar a la altura de la basílica, decidió no volver al apartamento directamente.
Cambió de ruta. Bajó por Sombrerers, cruzó Montcada, y desembocó en la plaza del Palau.
Caminó, cambiando de acera dos veces, hasta la altura del Pla de Palau.
Miró tres veces atrás. No vio a nadie siguiéndola, lo cual probablemente no quería decir nada, pero al menos era una forma de entrenamiento.
Llegó al apartamento a las ocho menos veinte.
Adrián la esperaba sentado a la mesa del salón, con el cuaderno abierto y una taza de café enfriándose a su lado.
Al oír la llave, se levantó. La miró a la cara.
Clara no dijo nada. Le entregó la carpeta, la mochila, y fue directamente a la cocina.
Bebió agua, dos vasos seguidos. Se apoyó contra la encimera con las manos mojadas.
Adrián no la presionó. Se quedó en el salón mirando la carpeta, sin abrirla, esperando.
Clara volvió al cabo de un minuto. Se sentó.
—Aubet lo mató.
Adrián la miró.
—¿Literalmente?
—No literalmente. Pero sí en el sentido que cuenta.
Lo citó en el claustro a las tres de la madrugada sabiendo lo que iba a provocar.
Bofill fue, estuvieron hablando cuarenta minutos, Aubet se marchó.
Bofill, solo, subió a la galería superior, tuvo un mareo real —tenía hipotensión, Mercè lo sabía—, y cayó.
Aubet no lo empujó. Pero Aubet sabía que podía pasar algo así. Y Aubet se fue habiéndolo preparado.
—¿Cómo sabe Mercè todo esto?
—Porque estaba allí. En el claustro. Escondida en un rincón. Bajó esa noche porque Bofill la había llamado a las diez pidiéndole que lo hiciera, por si acaso.
Adrián absorbió la información en silencio.
—¿Lo va a testificar?
—No. Jamás. Porque si habla, lo siguiente es que Aubet descubra que ella existe, y Aubet tiene detrás al IEPS. Y el IEPS no tiene límites cuando se trata de silenciar voces. Mercè lo sabe. Nosotros también lo sabemos a partir de esta tarde.
—Entiendo.
—Adrián, no podemos abrir la carpeta aquí. Dice Mercè que es posible que nos hayan puesto cámaras o micrófonos. No es probable, pero no se puede descartar. Mañana lo vemos en un café.
—De acuerdo.
Clara miró la carpeta sobre la mesa. Miró por la ventana del salón al patio interior. Había oscurecido un punto desde que entró. La luz del oeste, que le llegaba oblicuamente por el hueco entre los edificios, se había puesto más amarilla.
—Adrián.
—Sí.
—Mañana tenemos cita con Laia Roure a las diez en la Catedral.
—Lo sé.
—No confiamos en Laia. No diremos nada que no sea estrictamente técnico. Vamos a pedirle acceso a los fondos generales, no al reservado. Vamos a hacer como si buscáramos información sobre marginalia catalana para un artículo académico. Somos dos colegas educados que vienen de fuera.
—De acuerdo.
—Es posible que ella misma, en las próximas semanas, nos dé información sin quererlo. O que, en el mejor de los casos, se dé cuenta de algo que no sabía sobre su propia situación. Si se diera cuenta, podría cambiar de bando. Es un arco narrativo que tenemos que dejar abierto.
—Entendido.
—Para eso hace falta paciencia.
—La tengo.
Clara sonrió apenas.
—Ya lo sé.