Capítulo 2. El archivo limpio
El archivo limpio
Mercè vivía en un primer piso de la calle Argenteria, en un edificio estrecho y antiguo, encajado entre una tienda de quesos artesanos y un portal de apartamentos turísticos con el rótulo en inglés.
Clara llamó al telefonillo a las seis menos tres.
Una voz seca le contestó con un suba sin preguntar quién era.
La escalera, de mármol blanco gastado, olía a lejía y a un rastro dulzón que al segundo piso Clara identificó: alguien estaba guisando algo con comino.
Antes de que Clara llegara al rellano, la puerta del primero ya estaba abierta una rendija, sostenida por una cadenita de seguridad puesta. Una mujer menuda, vestida de gris, con el pelo blanco muy corto y los ojos grises muy vivos, la observó durante unos segundos sin abrir del todo.
—Pase.
Cerró la cadena. Abrió. Dejó entrar a Clara. Cerró detrás de ella con un giro de llave que también echó el pestillo. Dos cerraduras. Era otoño operativo, aquello, no paranoia doméstica.
El piso era pequeño, ordenado, con el suelo de baldosa hidráulica antigua bien conservada, una lámpara de pie junto a un sillón de orejas, una mesita redonda con tapete de ganchillo, dos butacas de tela clara y una librería entera que subía del suelo al techo.
En una pared, una reproducción modesta de una Anunciación de Fra Angelico.
En otra, una fotografía en blanco y negro, pequeña, de un hombre mayor con sotana, probablemente Josep Arnau, aunque Mercè no se la señaló.
El aire acondicionado estaba apagado; Mercè tenía las ventanas entornadas y una pequeña corriente circulaba entre la calle y el patio interior, moviendo muy levemente la cortina de lino.
—Siéntese. ¿Agua?
—Agua, por favor.
Mercè fue a la cocina y volvió con una bandeja de madera, dos vasos altos, una jarra con agua, un plato con rodajas delgadas de limón.
Puso la bandeja sobre la mesita. Sirvió.
Le tendió un vaso a Clara, cogió el suyo, se sentó en el sillón de orejas frente a ella.
Las dos bebieron al mismo tiempo, sin tostarse, con esa sincronía natural de las personas que acaban de reconocerse sin palabras.
Mercè dejó su vaso. Cruzó las manos sobre el regazo.
—Cuénteme —dijo—. Pero cuénteme como si yo ya supiera la mitad. Que la sé.
Clara asintió.
—Don Fabián Lamela nos dio sus señas en julio. Él mismo no sabía que Bofill había muerto. Nos enteramos hoy al mediodía, en la portería del Cabildo, de boca del canónigo Jordi Aubet. Que nos recibió, por cierto, sin haberlo concertado. Alguien le avisó en cuanto apareció mi nombre en la recepción.
—Aubet es quien lo mató.
Lo dijo sin subir la voz. Lo dijo con la calma con la que se declara una verdad sabida. Clara apretó el vaso un poco más de lo que tenía previsto.
—Quiere decir...
—Quiero decir que Aubet lo citó en el claustro a las tres de la madrugada.
Quiero decir que Bofill fue. Quiero decir que estuvieron hablando unos cuarenta minutos.
Quiero decir que después Aubet se fue. Y quiero decir que Màrius, una vez solo, subió a la galería superior para verla desde arriba, tuvo un mareo, y cayó.
Una cosa no es la otra. Pero tampoco son dos cosas separadas. ¿Me sigue?
—La sigo.
—Bien.
Mercè bebió agua.
—Le voy a contar cómo sé todo esto. Pero no hoy entero. Hoy, lo que corresponde. ¿Sabe usted lo que es Santa María del Mar?
—Sé el edificio.
—Sabe la iglesia. Pero le voy a hablar del subsuelo.
Debajo del presbiterio, no cualquier persona del culto, hay unas cámaras viejas.
Arnau me las enseñó en 1980. Me dio una copia de la llave del acceso lateral, el que pasa por la sacristía pequeña.
Esa llave la guardo desde entonces. Nunca la he usado para esconderme yo.
Pero sé usarla. Y tengo la opción de esconderme allí cuando haga falta.
Hay un camastro, una manta, una cantimplora de agua, una linterna, un saco de nueces, lo que don Josep dejó preparado en 1982 y yo he ido renovando cada cinco años.
Se lo digo porque, si en algún momento de los próximos días yo dejo de contestar al teléfono, no se asusten.
Vayan allí a buscarme. A la hora de misa de siete de la tarde, con cualquier pretexto, y bajen por la escalera de servicio que está detrás del confesionario del fondo.
Clara lo anotó mentalmente. No sacó la libreta. Eso también lo aprendió en ese momento: con Mercè no se escribía delante. Se escuchaba, se retenía, y se escribía después.
—¿Por qué podría necesitar esconderse?
—Porque Aubet sabe que existo. No sabe lo que sé.
Pero sabe que existo. Y aunque él no haga nada, las personas que están detrás de él pueden hacer algo por su cuenta.
No le estoy contando novela. Le estoy contando la realidad administrativa de una institución académica que lleva años comprando silencios.
—El Instituto Europeo.
—El Instituto Europeo. Sí.
—Lamela mencionó el nombre en julio.
—Con cuidado, supongo.
—Con cuidado.
—Bien.
Mercè se levantó. Fue a la librería. Bajó de la segunda balda, entre dos volúmenes de teología moral, una carpeta gris delgada. La trajo. La puso sobre la mesita. Se volvió a sentar.
—Màrius me dejó esto en diciembre. Me dijo: si un día aparece gente de Sevilla o de Santiago preguntando, y yo ya no estoy, dáselo. Si aparece alguien que no sea de Sevilla o de Santiago, quema la carpeta. Usted es de Sevilla. Se la doy.
Clara cogió la carpeta con las dos manos. La abrió en su regazo.
Dentro había cuatro cosas. Un cuaderno pequeño, de tapas negras, con unas treinta páginas escritas a mano. Una lista mecanografiada con nombres y fechas. Dos fotografías en papel satinado antiguo. Y un sobre cerrado con el nombre de Fabián Lamela escrito a tinta negra.
—El cuaderno —dijo Mercè— es la libreta privada de Màrius. La libreta de los últimos cinco años. La que usaba para apuntar cosas que no quería que figurasen en los cuadernos de trabajo del archivo. La letra es fina pero legible. Léala usted con calma, en su casa. No aquí.
—De acuerdo.
—La lista mecanografiada son los nombres de las personas que han entrado al fondo reservado del archivo sin autorización entre septiembre de 2023 y enero de 2025 Màrius iba apuntándolos con las fechas. No son muchos. Son cinco.
Clara miró la lista. Leyó los cinco nombres.
Uno era Aubet, con seis entradas. Dos eran personas del IEPS, identificadas por iniciales.
Uno era un nombre que no reconoció, con una sola entrada.
Y el quinto era L. Roure, con tres entradas, la primera fechada en enero de 2025 es decir, cuatro meses antes de que Laia Roure asumiera formalmente el cargo.
—Laia Roure estuvo en el fondo antes de ser archivera oficial —dijo Clara, despacio.
—Con la llave que Aubet le hizo copiar. Sí.
—Eso es muy grave.
—Lo es. Pero Laia, en sí, no es el problema. Laia es una pieza puesta allí. El problema es quién la puso.
—¿Y las fotografías?
Mercè cogió las dos fotos y se las pasó.
La primera era un retrato de Bofill en su despacho, tomado desde un ángulo lateral, sin que él mirase a cámara.
Lo había hecho, probablemente, Mercè misma, con el móvil, sin avisarle, en una de sus visitas.
Bofill, inclinado sobre una mesa, con una lupa de joyero en la mano derecha, leía un documento.
La expresión era la de un hombre concentrado, tranquilo, absolutamente en lo suyo.
Una foto doméstica. Una foto de archivo privado.
—Es para que usted lo conozca —dijo Mercè—. Quería que supiera qué cara tenía mientras trabajaba. No la de los obituarios. La buena.
—Gracias.
—La otra es otra cosa.
La segunda fotografía, también tomada con un móvil pero desde más cerca, mostraba una página de un libro antiguo, abierto sobre una mesa de archivo, bajo una lámpara.
La página estaba en catalán, con una letra cursiva del diecisiete o dieciocho, a dos columnas, con márgenes generosos.
En el margen izquierdo, con tinta más reciente y una letra más moderna, alguien había anotado tres palabras:
Segona porta. Cel·la quarta.
Clara levantó los ojos.
—Segunda puerta. Celda cuarta.
—Sí.
—¿De dónde es este libro?
—Del fondo reservado de la Catedral. La foto la hizo Màrius un día antes de morir.
—¿La escritura de la anotación marginal es también suya?
—No. Fíjese bien en la letra.
Clara acercó la foto. La letra de la anotación era distinta de la que había visto en el cuaderno negro. Más redonda. Con las as cerradas de arriba. Una letra del siglo diecinueve tardío o incluso del veinte temprano.
—Es una letra antigua.
—Es una letra vieja, sí. De un canónigo que vivió hace al menos un siglo.
—¿Sabe quién?
—Tengo una idea, pero no se la voy a decir todavía. Deje que lo averigüe usted sola, con su compañero, y con Joan Baptista cuando lo vean. Si se lo digo yo, pierde el trabajo de encontrarlo. Y en este oficio, Clara, los trabajos no ganados no valen nada.
Clara asintió.
Guardó las fotografías dentro del cuaderno. Cerró la carpeta. Se la puso sobre las rodillas.
—Mercè.
—Dígame.
—¿Qué hago con el sobre para Lamela?
—Se lo da la próxima vez que vaya a Santiago. Si la cosa se complica antes, llama usted por teléfono a don Fabián, le dice que tiene un sobre mío, y él decide si la manda usted por valija, por correo certificado, o por un mensajero de confianza. Yo no voy a decidirlo por él.
—De acuerdo.
Hubo una pausa.
Clara bebió más agua. El aire de la calle entraba por la ventana abierta con un olor tibio a verano catalán: mezcla de asfalto caliente, de comida cocinándose en algún piso, de humedad del mar que a esa hora empezaba a subir.
Mercè, sentada frente a ella, tenía las manos entrelazadas sobre el regazo y miraba a Clara con esa atención serena de los que han decidido que ya no tienen prisa por dar su confianza a nadie, pero que cuando la dan, la dan entera.
—¿Puedo preguntarle algo personal, señora Fiol?
—Si es pertinente, sí.