Capítulo 1. Las campanas de agosto #3
Adrián y Clara se levantaron también. Aubet los acompañó hasta la puerta del Cabildo, pasando otra vez por el pasillo interior, despidiéndolos en el umbral con una inclinación ligera de cabeza.
—Mañana a las diez, entonces.
—A las diez.
—Bona tarda.
—Bona tarda.
Salieron.
Cruzaron el claustro en silencio. Pasaron junto a las ocas, que a aquella hora estaban todas en la orilla, descansando al sol de la tarde con los picos metidos bajo el ala o las patas recogidas. Una sola permaneció con la cabeza erguida. Los miró pasar.
Al salir a la plaça de la Seu, Adrián sintió el calor recobrar fuerza sobre la piel. Habían pasado apenas media hora dentro, pero el cambio de temperatura entre el interior del claustro y la plaza era brutal.
Caminaron sin hablar hasta la calle Sots-tinent Navarro.
Subieron los tres pisos del apartamento.
Clara, en cuanto cerró la puerta, se apoyó con la espalda contra la madera y se quedó así unos segundos.
Adrián fue a la cocina, abrió la nevera, sacó dos botellas de agua fría, volvió al salón, se sentó en una silla.
—Siéntate —le dijo a Clara.
Clara se sentó.
Bebió agua despacio.
—Adrián.
—Dime.
—¿Has visto lo que he visto?
—Sí.
—Dímelo tú primero. Quiero comparar.
Adrián lo pensó un momento.
—Aubet no nos esperaba concretamente hoy, pero sabía perfectamente que veníamos.
La recepcionista ha llamado directamente a él, no a la archivera titular que sería lo lógico, ni al deán.
Llamó a él porque a él es a quien le habían pedido que le avisaran en cuanto apareciera alguien preguntando por Bofill.
Y Aubet, cuando ha bajado, ya tenía preparada una versión del fallecimiento, ensayada. No improvisó una palabra.
—Correcto.
—La palabra mareo la ha dicho con demasiada neutralidad. Y el reordenamiento del fondo no es una reordenación, es una limpieza. Nos está diciendo, sin decirlo, que si vamos a buscar documentos concretos, no vamos a encontrarlos.
—Correcto.
—Y la sucesora, Laia Roure, ha entrado en mayo. Bofill murió en febrero. Entre febrero y mayo ha habido tres meses. Un concurso para plaza de archivero del Cabildo debería durar, por lo menos, seis meses, si es un concurso normal. Que haya sido de tres, es extraño.
—Correcto. Y hay una cosa más.
—¿Cuál?
—Aubet no nos ha preguntado si sabíamos algo de la muerte de Bofill.
Nos lo ha contado. Un canónigo que realmente creyera que veníamos de buena fe habría empezado por preguntar.
¿No lo sabían ustedes? ¿Lamela no les avisó?
Eso es lo que habría dicho un canónigo que estuviera informando con sinceridad.
Pero él ha venido con la noticia ya puesta, como quien entrega un comunicado.
No nos ha preguntado nada porque ya suponía que venimos a buscar otra cosa.
Adrián la miró.
—Entonces sabe quiénes somos.
—Sabe quiénes somos. Y no solo por nuestras cartas. Sabe algo más. Quizá le han pasado informe de Sevilla. Quizá, incluso, fuimos mencionados en algún documento que Bofill tenía en su despacho y que ellos leyeron después de su muerte. No lo sé. Pero lo sabe.
—Vale.
Clara dejó la botella de agua sobre la mesa. Se levantó. Fue a su habitación. Volvió al cabo de un minuto con el portátil y con el sobre de papel de estraza que había traído en la mochila. Lo puso sobre la mesa.
—¿Qué es eso? —preguntó Adrián.
—Lo que Lamela me dio en julio cuando estuvimos en Santiago la última vez. Me dijo que lo abriera solo al llegar a Barcelona. Aquí estamos.
Lo abrió.
Dentro había tres cosas. Una carta de Lamela.
Una fotografía antigua en blanco y negro de un grupo de sacerdotes en la escalinata de una iglesia, tomada en los años setenta.
Y una hoja con tres nombres escritos a mano, con sus teléfonos fijos, sus direcciones aproximadas, y una anotación lateral en cada uno.
Los nombres eran:
Màrius Bofill i Serrat — C/ Basea 12. Archivo.
Mercè Fiol i Ribera — C/ Argenteria. Mayor. No anunciar.
Joan Baptista Miró i Pons — Sant Pere de Ribes. Libro.
Al lado de Bofill, Lamela había añadido: el maestro. Hablar primero con él siempre.
Al lado de Mercè: en caso de emergencia. No cuestionar su autoridad.
Al lado de Joan Baptista: para cuando sea necesario. No antes.
Adrián leyó la hoja dos veces.
—Bueno —dijo—. Por lo menos tenemos contactos.
Clara cogió el móvil. Buscó el contacto de Lamela. Marcó. Le esperó el tono. Al tercer tono, le contestó la voz de Lamela, que sonaba tranquila pero con esa ligera precaución de los mayores cuando les llaman a una hora inhabitual.
—Clara.
—Don Fabián.
—¿Están en Barcelona?
—Estamos.
—¿Cómo ha ido?
—Bofill está muerto, don Fabián.
Hubo un silencio completo al otro lado.
Un silencio largo.
Clara aguantó.
Cuando Lamela volvió a hablar, lo hizo con una voz distinta de la anterior. Más vieja. Más despacio.
—Desde cuándo.
—Febrero.
—Febrero.
—Sí.
—Eso es imposible.
—Es lo que nos ha contado el canónigo que nos ha recibido. Jordi Aubet. No lo sabíamos. Usted tampoco, por lo que oigo.
—No. Yo no lo sabía. Màrius me escribió la última carta en enero. En mayo le envié otra, no me contestó, pensé que estaba indispuesto. En junio le envié un saludo de cumpleaños. Tampoco contestó. En julio no escribí porque estábamos preparando la visita de ustedes. No pregunté. No pregunté.
Se quedó callado otra vez.
—Don Fabián —dijo Clara, despacio—, no pasa nada. No podía saberlo.
—Debería haber preguntado.
—Yo tampoco pregunté. Ninguno preguntamos. Concéntrese ahora en lo siguiente, don Fabián. Estamos aquí. Vamos a hacer el trabajo que se puede hacer.
Hubo otro silencio.
—Clara —dijo Lamela, por fin.
—Sí.
—¿Cómo murió?
—Según ellos, un mareo en la galería superior del claustro.
—¿Y ustedes qué piensan?
—Que no fue solo un mareo.
Otro silencio.
—Llamen a Mercè Fiol esta misma tarde. No mañana. Esta tarde, si la encuentran. Dígale quiénes son, de mi parte. Que les recibe hoy o mañana. Hoy mejor. No digan nada por teléfono. Vayan en persona.
—De acuerdo.
—Y otra cosa.
—Dígame.
—Joan Baptista no sabe nada, tampoco. Él también está esperando cartas que no llegan. Llamen a Mercè primero. Después, vayan los dos a Sant Pere de Ribes. Yo mañana le escribo a Joan Baptista una carta de presentación. Se la mando a ustedes por correo electrónico. Imprímanla. Llévensela impresa.
—Se lo agradezco.
—Y Clara.
—Sí.
—Lo que haya pasado en Barcelona ha sido muy rápido. Alguien ha montado una operación muy limpia. Ustedes dos, disculpen el lenguaje, son ahora los únicos que pueden dar luz a esto desde dentro. Les pido una cosa.
—Dígame.
—Cuídense.
Colgaron.
Adrián y Clara se quedaron en la mesa un rato largo sin decir nada.
Afuera, por el balcón interior del salón, se oía vagamente el ruido de una terraza —cubiertos, voces, risa de alguien— y, más lejos, el tráfico atenuado de la calle Jaume I.
El reloj del microondas, desde la cocina, marcaba las dos y cuarto de la tarde.
Adrián se levantó. Fue a la ventana. Miró al patio interior. Era un patio de luces estrecho, con ropa tendida en dos balcones, un tubo de ventilación antigua, y una paloma quieta sobre el tubo.
—Clara.
—Dime.
—¿Llamamos ahora a Mercè?
—Ahora.
Clara marcó el número de la hoja.
Hubo cinco tonos. Al sexto, descolgó una voz de mujer mayor.
—Digui.
—Buenas tardes. ¿Mercè Fiol?
—Sí.
—Mi nombre es Clara Bru. Soy archivera del Cabildo de Sevilla. Nos encontramos en Barcelona. Nos ha dado su número el padre Fabián Lamela, canónigo de Santiago. Venimos en nombre suyo.
Hubo un silencio al otro lado.
Luego, la voz dijo:
—Venga usted sola.
—¿Cómo dice?
—Venga usted sola. Primero. A mi casa. Esta tarde, a las seis. Lo del restaurador, después. Un día después, por lo menos. No vengan los dos primero. Es para su seguridad, y la mía.
Clara miró a Adrián. Adrián asintió.
—De acuerdo. Sola.
—Anote la dirección.
Clara la anotó. Antes de colgar, Mercè añadió una frase más, en voz muy baja.
—Señora Bru.
—Sí.
—No me diga por teléfono cómo se enteró de la muerte de Màrius. Me lo cuenta al llegar.
Colgó.
Clara dejó el teléfono sobre la mesa.
Adrián se sentó de nuevo. Durante un minuto, ninguno habló.
Fue entonces cuando, afuera, sonaron las campanas de alguna iglesia cercana —probablemente Santa María del Mar, por la dirección del sonido—, dando las dos y media de la tarde con ese tañido agudo de las campanas catalanas, distinto del de Sevilla, más brillante, más corto, más seco.
Tres toques. Pausa. Otros tres. Pausa. Un toque sordo final.
Adrián levantó la cabeza.
—Las campanas de aquí suenan distinto.
—Me lo habían dicho —contestó Clara.
—Eso no es solo brillo. Es ritmo.
—¿Las has contado?
—Tres, tres, y uno.
Clara anotó la cifra en su cuaderno.
—Tres, tres y uno —repitió.
—No es tres y dos. No es dos y tres. Es otra cosa.
—Es otra cosa.
Adrián miró por la ventana. La paloma del tubo seguía allí. El patio de luces estaba en silencio. Por algún balcón del quinto se oía, muy bajito, una radio con un programa en catalán que nadie escuchaba.
—Clara.
—Dime.
—Nos va a costar más de lo que habíamos pensado.
—Eso ya lo sabía yo antes de bajar del avión.
—¿Cómo lo sabía?
—Porque Lamela estaba muy serio al despedirse en julio. Más serio de lo suyo. Y don Fabián no se pone más serio de lo suyo por un trabajo normal.
Adrián asintió. Bebió agua.
—Vamos a comer algo.
—Vamos.
Se levantaron. Bajaron a la calle. La plaza de la Llana estaba vacía salvo por una terraza pequeña al fondo.
Se sentaron allí. Pidieron cada uno un plato del día —un arroz de pescado para ella, una ensalada y un filete de atún para él— y una jarra de agua.
Comieron despacio, sin prisa, hablando de cosas que no tenían que ver con el oficio.
De cómo estaba Moro. De si doña Pilar, la vecina de Sevilla, había contestado el mensaje de esa mañana —todavía no—.
De los cuadros de un pintor del XIX que Clara estaba estudiando para un artículo que tenía pendiente.
Del calor. Del precio del agua embotellada en Barcelona comparado con Sevilla.
Fue una comida amable. Cualquier transeúnte que los hubiera visto desde fuera habría dicho que eran dos amigos de viaje, o una pareja madura en vacaciones, comiendo al mediodía en una terraza tranquila del Barri Gòtic.
A las cuatro y media, Clara dijo que iba a descansar un rato antes de las seis. Volvieron al apartamento. Clara se echó en su cama. Adrián se quedó en el salón, sentado a la mesa, con el cuaderno de campo abierto. Anotó.
Primera tarde. Aubet sabía. Bofill murió en febrero. Lamela no lo sabía. Mercè Fiol vive. Laia Roure entró en mayo. Tres tres uno. Un canónigo nuevo maneja la red barcelonesa. El fondo del archivo está siendo limpiado. No venimos a aprender. Venimos a investigar.
Dobló la página. Cerró el cuaderno.
Miró por el balcón interior del salón. El patio de luces seguía quieto. La paloma se había ido. La radio del quinto, también.
Pensó en Moro. Doña Pilar le había enviado, a las tres, una foto del perro tumbado en la alfombra con los ojos cerrados.
Está bien, Adrián. No se preocupe. Hoy no ha comido mucho pero ha bebido agua.
Ayer le puse una manta nueva. Adrián había contestado con tres palabras: gracias, Pilar.
Un abrazo. La vecina había respondido con un emoticono de corazón rojo.
A las cinco y media, Clara salió del dormitorio. Se había cambiado. Se había puesto un vestido ligero, sencillo, gris oscuro, y unas sandalias. Cogió la mochila pequeña, no la grande. Solo el móvil, la cartera, y una libreta fina.
—Me voy.
—¿Vuelves cuándo?
—Si no es muy tarde, a las ocho. Si es más tarde, te aviso.
—Ve con cuidado.
—Iré.
Bajó.
Adrián se quedó solo en el apartamento.
Desde el balcón interior, a los diez minutos, la oyó salir del portal. La calle Sots-tinent Navarro era tan estrecha que la acústica subía fácilmente. Oyó los pasos de Clara alejarse en dirección a Jaume I. Luego, silencio.
Se sentó a la mesa. Sacó el cuaderno otra vez. Abrió una página nueva. Empezó a escribir, con la disciplina de los que saben que la única forma de sostener el pulso de un trabajo largo es anotar cada día, aunque lo anotado parezca poca cosa.
Afuera, las campanas de Santa María del Mar dieron las seis en punto.
Tres. Tres. Uno.
Adrián, que llevaba una hora escuchando ritmos urbanos sin hacerlo consciente, los contó esta vez a conciencia.
Tres. Tres. Uno.
No era el ritmo del subsuelo.
Era el ritmo de la superficie.
Era lo que Barcelona le estaba enseñando en su primer día, todavía sin haberle abierto ni una sola puerta.
La ciudad sabía que habían llegado. Y había empezado a contestarles en su idioma.