Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 1. Las campanas de agosto #2
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Capítulo 1. Las campanas de agosto #2

El interior de la Catedral los recibió con su frescor inmediato, esa diferencia de diez grados que tienen las catedrales grandes en agosto y que siempre sorprende, por más veces que uno haya entrado en una.

El templo, a aquella hora, estaba medio lleno: grupos de turistas dispersos, algún fiel suelto en los primeros bancos, un par de sacristanes circulando con paso profesional.

Olía a cera vieja, a piedra antigua, a incienso residual de alguna misa matutina.

Adrián caminó despacio por la nave lateral derecha.

Clara, a su lado, iba mirando los elementos en silencio: los capiteles de las columnas, las claves de bóveda, las vidrieras del lateral sur.

En la cabecera, la capilla real estaba cerrada al paso.

El coro, en el centro de la nave, ocupaba más espacio del que las fotografías sugerían.

Se movieron por el templo durante media hora, sin prisa. No estaban buscando nada concreto. Estaban, literalmente, dejando que el edificio les entrase en el cuerpo.

Al llegar a la altura del crucero, Adrián se paró un segundo. Miró al suelo. Miró a las paredes. No percibió, en una primera escucha, nada particular: ni ritmo, ni vibración, ni anomalía en los pilares. Era temprano. Era la primera visita. La ciudad no se entregaba el primer día.

—No oyes nada —susurró Clara.

—No oigo nada.

—Paciencia.

—Lo sé.

Siguieron.

Al cabo de un rato, salieron del templo por la puerta lateral que daba al claustro. Cruzaron un pasillo pequeño. Y el claustro se les presentó.

El claustro de la Catedral de Barcelona no era grande —unos treinta metros por treinta, aproximadamente—, pero tenía una intensidad específica que Adrián, aun sabiendo por las fotos cómo era, no había anticipado del todo.

Las galerías, de arcos góticos apuntados sobre columnillas delgadas, enmarcaban un jardín central con palmeras, naranjos, magnolias, una fuente con la figura desgastada de san Jorge matando al dragón, y un estanque pequeño, rectangular, con un canal de agua.

Y en el estanque, las trece ocas.

Adrián las contó sin querer. Seis en la orilla izquierda, cuatro en la derecha, tres flotando en el centro.

Trece exactas. Blancas, grandes, con el pico naranja.

Una de ellas, la que flotaba más al fondo, levantó la cabeza al entrar Adrián y Clara, los miró unos segundos con esa atención particular de las ocas, y después siguió a lo suyo.

—Son ellas —dijo Clara, en voz muy baja.

—Son ellas.

Se quedaron un rato de pie, mirando. Una guía turística estaba explicando, al otro lado del claustro, la historia de las ocas a un grupo de visitantes franceses.

Adrián oyó fragmentos sueltos: tradition médiévale.

.. treize oies... symbole de la virginité de sainte Eulalie.

.. La explicación era la estándar, la que figuraba en las guías turísticas, y que relacionaba el número trece con la edad que tenía Santa Eulalia al ser martirizada.

Había otras explicaciones, Clara lo sabía bien. Pero esa era la oficial.

Se acercaron lentamente a la fuente. Se sentaron en un banco de piedra de la galería oeste. Durante unos minutos, no hicieron nada. Solo estaban.

Fue Clara la que se levantó primero. Se acercó a la portería del Cabildo, que daba al claustro por una puerta lateral. Adrián la siguió.

La portería era un espacio pequeño con un mostrador de madera antigua y una mujer joven detrás, de unos treinta años, que los miró con esa cortesía profesional de las recepcionistas catedralicias que llevan años viendo entrar y salir a todo tipo de visitantes.

—Bon dia —dijo Clara—. Vengo a consultar con don Màrius Bofill. Es un asunto académico. Teníamos concertada una visita, pero hace semanas que no conseguimos confirmarla por escrito.

La mujer se quedó quieta durante un segundo más largo de lo esperable.

—Un momento, por favor.

Se levantó. Descolgó un teléfono interno. Marcó una extensión. Habló en catalán en voz baja, de espaldas a ellos, durante unos cuarenta segundos. Colgó. Se volvió.

—Disculpen un momento. Bajan enseguida.

—¿Bajan? —preguntó Clara.

—Sí. El padre Aubet viene ahora. Siéntense, por favor.

Señaló dos sillas junto a la pared. Se sentaron. Adrián miró a Clara. Clara no devolvió la mirada: tenía la vista fija en un pequeño póster enmarcado de la pared frente a ellos, que anunciaba un ciclo de conciertos de música sacra celebrado en mayo. Adrián entendió. No debían hablar allí.

Pasaron cuatro minutos.

La puerta interior se abrió. Salió un hombre de unos cuarenta y cinco años, alto, delgado, con barba corta bien recortada y gafas de pasta discreta.

Vestía sotana negra bien planchada, un cuello romano limpio, y llevaba en la mano izquierda un pequeño cuaderno de tapas de piel cerrado con una goma elástica.

Les dedicó una sonrisa breve, cortés, que no se le iba de los ojos.

—Benvinguts. Soy Jordi Aubet, canónigo del Cabildo. Encantado.

Les tendió la mano. Adrián la estrechó primero. Firme, seca, profesional. Clara después. La sonrisa de Aubet se mantuvo intacta durante los dos apretones.

—Clara Bru, archivera del Cabildo de Sevilla. Adrián Vega, restaurador.

—Encantado de conocerlos. Me habían dicho que vendrían, aunque no tenía la fecha exacta. Disculpen la improvisación. ¿Han hecho buen viaje?

—Muy bueno —dijo Clara.

—Me alegro. ¿Quieren pasar a un despacho para que podamos hablar con más calma?

—Si puede ser.

—Por supuesto. Síganme.

Los condujo por un pasillo interior del Cabildo hasta una sala pequeña, con una mesa redonda de madera, cuatro sillas, dos estanterías con libros de lomo oscuro, y una ventana que daba al claustro. Se sentaron. Aubet, antes de sentarse él, cerró la puerta con un cuidado discreto.

—Bien —dijo, sentándose—. Díganme. ¿Qué les trae a Barcelona?

Clara se tomó un segundo.

—Vinimos —dijo, escogiendo bien— para trabajar con don Màrius Bofill.

Teníamos entendido que él nos esperaba para enseñarnos una serie de manuscritos de su fondo de archivo.

Es un trabajo académico sobre marginalia catalana del siglo dieciocho que llevamos preparando hace tiempo con el canónigo Lamela desde Santiago.

—Ah. Con Fabián.

—Sí.

Aubet asintió despacio. Su sonrisa no se había movido, pero había algo en los ojos, apenas perceptible, una calibración.

—Señora Bru. Lamento tener que darles una noticia triste, que probablemente explica por qué no recibieron respuesta a sus cartas.

Don Màrius Bofill falleció el pasado mes de febrero.

Lo encontramos una madrugada en el claustro.

Había caído desde la galería superior, al parecer por un mareo.

Tenía setenta y nueve años. Lo sentimos profundamente, todo el Cabildo. Era un archivero excepcional.

Hubo un silencio.

Adrián, que estaba mirando a Aubet en el momento en que lo dijo, notó tres cosas a la vez.

Una, que Aubet lo había dicho con una cortesía tan estudiada que la frase sonaba ensayada.

Dos, que la palabra mareo la había pronunciado con una neutralidad un punto excesiva, como si estuviera reproduciendo una versión oficial en lugar de una conclusión propia.

Y tres, que, al decirlo, Aubet no los había mirado directamente a los ojos: les había mirado, durante la frase entera, a la altura del esternón.

Clara, en cambio, reaccionó como reaccionaría cualquier profesional sorprendida por una noticia así en su primer contacto con una institución ajena. Abrió mucho los ojos. Se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

—Lo siento mucho —dijo Aubet.

—¿Cuándo dice que fue?

—A mediados de febrero.

—Pero eso fue hace seis meses.

—Así es.

—¿Y Lamela no lo sabía?

Aubet hizo un gesto pequeño con la cabeza.

—Eso yo no lo sé, señora. La comunicación de los fallecimientos a los colegas de otras diócesis no siempre es tan ágil como debería, sobre todo cuando el finado no tenía parientes directos en el entorno eclesiástico.

Probablemente Fabián se enteró con cierto retraso, y no pensó en informarles a ustedes.

Clara se quedó callada. Adrián, que seguía observándola, notó que Clara estaba, en tiempo real, ajustando una estrategia. La conversación duraría diez minutos más. En esos diez minutos, Clara tenía que decidir hasta dónde se exponía ante Aubet y hasta dónde fingía ignorancia.

Decidió fingir ignorancia completa.

—Nosotros no lo sabíamos —dijo, con una voz que había bajado un tono—. Llevamos meses escribiendo cartas y esperando respuesta. Pensamos que era un retraso administrativo. Bofill era... es... era una persona muy metódica. Nos parecía raro que no contestara.

—Lo entiendo.

—¿Quién ha asumido su puesto?

—Su sucesora es la señora Laia Roure i Mestre, archivera de reconocido prestigio, que tomó posesión del cargo en mayo. Una profesional excelente.

—¿Podríamos hablar con ella? Dado que hemos venido...

—Por supuesto. Hoy no va a ser posible, porque está de reunión externa toda la tarde, pero mañana, si les viene bien, con gusto les concierto una cita para las diez. ¿Les parece?

—Nos parece perfecto.

—Me permito sugerirles que, dado que las circunstancias han cambiado, aprovechen esta tarde para descansar del viaje.

Mañana hablamos con Laia y vemos en qué medida podemos seguir siendo útiles a su consulta.

No sé hasta qué punto los documentos que don Màrius les hubiera enseñado están accesibles en este momento.

Su fondo está siendo objeto de una reordenación, y no todo es consultable.

—¿Una reordenación?

—Un trabajo de catalogación moderna que venía siendo necesario desde hace años. El Cabildo ha firmado un convenio académico para poner el fondo en condiciones de consulta internacional. Es un proceso normal.

—Entiendo.

—De todos modos, como les digo, mañana con Laia veremos. No se preocupen.

Se levantó. La reunión, en clave eclesiástica, acababa de terminar.