Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 1. Las campanas de agosto
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Capítulo 1. Las campanas de agosto

Las campanas de agosto

El avión aterrizó en El Prat a las diez y veintitrés de la mañana del veinticuatro de agosto, con siete minutos de adelanto sobre la hora prevista, y Adrián Vega entendió, antes incluso de bajar las escalerillas al bus de pista, que Barcelona iba a ser otra cosa.

Desde la ventanilla había visto, durante los últimos veinte minutos, el Mediterráneo a mano derecha —plano, azul oscuro, con esa quietud veraniega que en los aeropuertos del sur parece mentira pero es cierta— y, a la izquierda, los montes bajos del Llobregat vestidos de ocre seco.

La ciudad, al acercarse, se había ido dibujando con esa textura particular que tienen las ciudades grandes vistas desde la altura del descenso: un damero ordenado al fondo —el Eixample de Cerdà— y, más cerca del mar, una mancha irregular de callejuelas y tejados oscuros que debía ser el casco antiguo.

Clara, en el asiento del pasillo, leía un libro de bolsillo que había comprado el día anterior en una librería de la calle Sierpes.

Era una novela de Mercè Rodoreda. Había decidido llevarla como preparación lingüística, con la vaga idea de que en el avión y en los momentos muertos iría acostumbrando el oído al catalán.

Adrián, que la conocía desde hacía casi un año y medio, sabía que esa era exactamente la clase de pequeña planificación propia de ella: discreta, útil, nunca compartida en voz alta.

El vuelo había sido tranquilo. Habían salido de Sevilla a las ocho y veinte, habían pasado el control sin colas, habían desayunado cada uno un cruasán y un café cortado en la cafetería de la terminal.

Durante el vuelo, apenas habían hablado.

Adrián, que no dormía en aviones, había estado mirando por la ventanilla y anotando en su cuaderno de campo una lista de cosas prácticas para los primeros días —comprar una tarjeta SIM local, localizar el apartamento, llamar a doña Pilar para confirmar que el perro había pasado bien la noche, escribir a Salvatierra para avisar de la llegada—.

Clara había dormido la última media hora.

Al bajar del avión, el aire del mediodía les golpeó con su densidad pegajosa de agosto catalán.

No era el calor seco de Sevilla, al que Adrián estaba acostumbrado.

Era otro. La humedad, el olor salino muy leve del mar que se adivinaba al fondo, la sensación de que el sudor, una vez empezaba, no se iba a ir en todo el día.

En Sevilla, en agosto, uno sudaba y al poco se le secaba la piel.

En Barcelona, en agosto, uno sudaba y seguía sudando.

—Hace calor —dijo Adrián, por decir algo.

—Hace otra cosa —contestó Clara.

Lo dejó ahí. Clara, cuando decidía no extenderse, no se extendía. Adrián había aprendido a respetar esos silencios suyos sin preguntar. La conversación entre ellos, a esas alturas, funcionaba por turnos implícitos: a veces hablaba uno, a veces hablaba el otro, y nunca los dos a la vez.

Recogieron el equipaje en la cinta cuatro.

Una maleta cada uno, ambas pequeñas, con ruedas silenciosas.

Clara llevaba además una mochila grande de cuero marrón que contenía el portátil, dos libretas, una lupa de joyero, un sobre con cartas de presentación, y un paquete pequeño envuelto en papel de estraza que no había abierto en todo el viaje y sobre el que Adrián no había preguntado.

Salieron a la sala de llegadas. Un chico joven sostenía un cartel con el nombre de García Martínez pero no era de lo suyo.

Dos mujeres mayores se abrazaban con alegría ostensible.

Un grupo de turistas ingleses con camisetas de fútbol pasaban arrastrando maletas enormes.

Todo el escenario ordinario de un aeropuerto internacional a media mañana.

Bajaron al metro.

El trayecto desde el aeropuerto hasta la parada de Urquinaona, donde debían cambiar a la línea uno para llegar a la zona del apartamento, duró cuarenta y seis minutos.

Adrián, de pie junto a la puerta del vagón, miraba pasar las estaciones con el distanciamiento profesional del que va aprendiendo una ciudad nueva.

Clara, sentada, había retomado la novela.

Entre estación y estación, Adrián observaba a los demás pasajeros: una pareja joven de turistas franceses con guías de viaje, un hombre mayor con un periódico catalán cuyo titular no alcanzaba a leer del todo, dos mujeres jóvenes que conversaban en voz baja en alemán, un niño pequeño con su madre que lloriqueaba sin mucho empeño por algo que la madre le negaba.

Nadie hablaba castellano en ese vagón. Eso también, pensó Adrián, era información.

Salieron a la superficie por las escaleras de Urquinaona.

El sol cayó sobre ellos de pronto, blanco, vertical.

Adrián miró el reloj: las doce menos diez.

Según el plano que Clara había imprimido la noche anterior, el apartamento —en la calle Sots-tinent Navarro, en pleno Barri Gòtic— quedaba a unos doce minutos andando desde allí.

Decidieron ir a pie, con las maletas, para ir formándose la geografía de la zona.

Bajaron por Via Laietana. La avenida, ancha, recta, dividía la ciudad con una seriedad casi decimonónica: a la izquierda, las calles estrechas del Born; a la derecha, las del Gòtic.

Los edificios tenían esa calidad severa de piedra clara que Adrián asociaba vagamente con Madrid, pero con volúmenes distintos, más verticales, más apretados.

Pasaron frente a una sucursal del Banco de España, un hotel boutique con la fachada recién restaurada, un edificio modernista con balcones forjados, dos o tres tiendas turísticas que ya estaban abiertas.

A la altura de la plaza Urquinaona habían pasado junto a un quiosco.

Adrián, por un reflejo que solo se dio cuenta de tener cuando ya estaba hecho, había levantado la vista hacia la portada del diario La Vanguardia.

Titular sobre la ola de calor europea. Debajo, en letra menor, una cita del alcalde sobre la ocupación hotelera. Nada más. Todo normal. Todo prosa.

Siguieron andando.

La calle Sots-tinent Navarro, cuando por fin la encontraron, era estrecha, corta, entre un tramo de la calle Jaume I y la plaza de la Llana.

El apartamento, en el número seis, era un tercer piso sin ascensor, con la fachada de piedra antigua y dos balcones estrechos a la calle.

Subieron los tres pisos despacio, arrastrando las maletas por la escalera, cruzándose en el segundo con una mujer joven que bajaba con un carrito de compra y que los saludó con un bon dia breve.

La encargada del piso —una mujer de unos cuarenta años, rubia, con una camiseta negra y unos pendientes grandes, que se presentó como Montse— los esperaba arriba con la puerta abierta.

Les hizo un recorrido rápido por las dos habitaciones, el baño, la cocina con una cafetera italiana, el salón-comedor con un sofá cama y una mesa redonda junto al balcón interior.

Les enseñó el aire acondicionado, les advirtió de que no lo pusieran por debajo de los veintidós grados porque se congelaba, les dejó las llaves, las instrucciones para la wifi, y una hoja impresa con recomendaciones de bares cercanos. En diez minutos se fue.

Adrián dejó su maleta en la habitación pequeña. Clara se quedó con la grande, la que tenía una ventana a la calle. No lo habían discutido; simplemente pasó. Adrián colgó la cazadora de verano en el respaldo de una silla del salón, sacó el cuaderno de campo y lo dejó sobre la mesa.

Clara apareció desde su habitación con una camiseta limpia y el pelo recogido. Había cambiado.

—¿Vamos? —dijo.

—Vamos.

Bajaron a la calle. Compraron agua y fruta en una tienda de la plaza de la Llana, subieron a dejarla en el piso, y salieron hacia la Catedral. El plan era simple: una primera visita reconocimiento, sin pretensiones. No habían pedido cita. Llegarían como visitantes cualquiera.

El recorrido, a pie, duró nueve minutos.

Cruzaron la plaza de Sant Jaume, donde dos grupos de turistas escuchaban a sus respectivos guías frente al Palau de la Generalitat y al Ajuntament.

En una esquina, un músico callejero tocaba el acordeón con una dignidad profesional.

Adrián, al pasar, le dejó una moneda de un euro por costumbre sevillana. El músico asintió sin dejar de tocar.

Subieron por la calle Bisbe. La calle, estrecha, con su arco neogótico famoso entre dos edificios, estaba llena de turistas fotografiándose. Pasaron bajo el arco sin detenerse. Al llegar a la plaça de la Seu, el espacio se abrió.

La Catedral de Barcelona se les presentó entera.

Adrián se detuvo unos segundos. No por emoción estética, aunque había algo de eso; se detuvo porque llevaba semanas viendo fotografías del edificio —Clara le había hecho estudiar el plano, las secciones, los inventarios de obra— y ver el edificio real, a la luz del mediodía, con los focos apagados y las agujas recortadas contra el azul seco del cielo, era otra cosa.

La fachada neogótica, terminada en 1913 por Font, con sus tres chapiteles, su rosetón central, sus tres portadas alineadas, era reconocible desde cualquier ángulo.

Pero en persona tenía una masa que las fotografías no transmitían. Ocupaba. Imponía.

Clara, a su lado, miraba el rosetón con la atención profesional de la archivera.

—Esta fachada es moderna —dijo, como para sí misma—. Lo que está detrás, no.

—Lo sé.

—Quiero decir que hay que tener eso presente. La fachada es del diecinueve tardío. El cuerpo de la iglesia, el claustro, la cripta, todo eso es de entre los siglos trece y quince.

—Lo tengo presente.

—Vale.

Cruzaron la plaça. En la escalinata de entrada, una mujer con pañuelo pedía limosna con la discreción correcta. Adrián le dejó una moneda. La mujer agradeció con un gesto mínimo de la cabeza.

Entraron.