Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Prólogo. Las ocas de febrero #4
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Prólogo. Las ocas de febrero #4

—¿Estás en la galería superior?

—Sí.

—Baja, Màrius. No te quedes ahí.

—Estoy bajando ya.

—No, no estás bajando. Estás apoyado en el parapeto. Lo oigo en tu voz. Baja.

Bofill sonrió. Mercè, incluso por teléfono, oía cosas que no se veían.

—Ya bajo —dijo—. Te llamo desde abajo.

—Te espero.

Colgó.

Guardó el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta.

Y entonces, en el momento en que se disponía a apartarse del parapeto para ir hacia la escalera, le dio el mareo.

Fue un mareo pequeño. Uno de esos mareos bajos, repentinos, que le asaltaban a veces en los últimos meses al ponerse de pie deprisa o al levantar la cabeza con demasiada brusquedad.

El cardiólogo le había advertido, medio año antes, que eran episodios de hipotensión ortostática, frecuentes en hombres de su edad, y que si se agravaban convenía ajustar la medicación.

Bofill había decidido no ajustar nada. A los setenta y nueve años, uno acepta pequeños mareos como acepta pequeñas pérdidas de memoria.

Pero esta vez el mareo fue más profundo.

El suelo se le movió bajo los pies. El parapeto, al que tenía aún una mano apoyada, se le escurrió. Intentó agarrarse con más firmeza, pero el cuerpo, por un segundo, no le obedeció. Se inclinó hacia delante sin querer.

Lo último que pensó, con una nitidez que a él mismo le sorprendió en su último segundo lúcido, fue:

Las ocas, por fin, van a cambiar de turno.

Cayó.

Cayó en silencio, sin un grito, con el cuerpo todavía a medio inclinar, como quien se desmaya y al desmayarse arrastra el peso entero hacia adelante. Tardó dos segundos y medio en tocar el suelo.

El impacto sonó apenas: un golpe sordo, amortiguado por la chaqueta y por la hierba húmeda del jardincillo donde estaban las ocas, que absorbió parte del cuerpo. La fuente siguió sonando con su murmullo bajo. El surtidor continuó soltando agua.

Las ocas, las trece, se levantaron todas al mismo tiempo con un batir de alas enérgico.

Durante unos diez segundos, solo se oyeron las alas en el claustro.

Luego se fueron calmando, una a una. La vigilante de turno, que había estado atenta desde que Aubet entrara, caminó hasta el cuerpo con pasos cortos.

Lo miró. No lo picó. Las ocas no comen carroña.

Se limitó a mirarlo durante un minuto largo, con esa atención suya de las ocas.

Luego se dio media vuelta y volvió al estanque.

Las demás, lentamente, se volvieron a acomodar a la orilla.

Una se durmió. Otra se durmió.

La vigilante de turno, por respeto a algo que ninguna oca podría haber nombrado, no volvió a dormirse esa noche. Mantuvo la cabeza levantada hasta el amanecer.

A las tres y cuarenta y dos minutos, el móvil de Bofill, que había caído con él y había quedado en el césped junto a su mano derecha, vibró. Era una llamada entrante de Mercè.

Sonó seis veces.

Nadie la contestó.

Y entre el sexto timbre y el séptimo —el que ya no llegó a oírse, porque la llamada saltó al buzón—, Mercè Fiol, sola en su cocina de la calle Argenteria, con las manos frías por el miedo, supo sin haber bajado al claustro qué había pasado.

Se puso el abrigo.

Y, para entonces, Aubet llevaba ya veinte minutos en su casa, quitándose la gabardina mojada en el recibidor, encendiendo una lámpara baja del salón, sirviéndose un dedo de brandi en una copa pequeña, y sentándose en un sillón a esperar que amaneciera sin haber hecho, aparentemente, nada.

Nada que pudiera probarse, al menos.

Aunque en el interior de Aubet, esa noche, algo se rompió —discretamente, sin ruido, como se rompen las cosas en los hombres educados en el norte— que ya no se volvería a recomponer.

Lo supo, con una nitidez fría, cuando el brandi le quemó la garganta y notó que no le sentaba bien.

Lo dejó a medias.

Se quedó sentado, mirando la lámpara, hasta las seis.

A las seis en punto, se duchó.

A las siete, estaba en el despacho.

Y, a las siete y cuatro, todo Barcelona seguía sin saber que el único hombre que conocía el fondo entero había muerto cuatro horas antes en un jardín con trece ocas, por un mareo, o casi por un mareo, en una madrugada de lluvia fina de febrero.

El primer sacristán, Nil Vergès, abrió la puerta del claustro a las seis y quince, encendió las luces bajas del jardín, y vio el cuerpo a los treinta segundos.

Se santiguó.

No gritó.

Los sacristanes viejos, como las ocas, tampoco gritan.

Llamó al Cabildo en silencio, con una voz muy contenida, y esperó junto al cuerpo durante los once minutos que tardaron en llegar.

Las ocas, las trece, lo miraron llegar. Lo conocían desde hacía veinte años. No se movieron.

El amanecer empezó a subir sobre los tejados del Gòtic con esa torpeza tibia de los amaneceres de febrero, cuando el cielo se vuelve gris antes de volverse azul.

En la calle Basea, el piso de Bofill quedó cerrado para siempre, con el libro abierto sobre el hule, la taza del descafeinado sin lavar, y, en el cajón de la mesa, la pequeña libreta negra con tres líneas escritas a lápiz.

Llamada de Aubet, 22:17. Quiere verse a las tres en el claustro. Dice que por el fondo. No es por el fondo. No vuelvo si no vuelvo.

En la cocina, las luces seguían encendidas.