Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Prólogo. Las ocas de febrero #3
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Prólogo. Las ocas de febrero #3

—Sí. Don Màrius, le voy a ser muy franco.

El IEPS va a catalogar el subsuelo de esta Catedral con o sin su participación.

Eso está decidido. Con su participación, el proceso puede ser digno, respetuoso, académicamente serio, y usted mismo puede firmar los trabajos como co-investigador principal, con el prestigio que eso le daría en el último tramo de su carrera.

Sin su participación, el proceso va a hacerse igualmente, pero con métodos que a usted no le van a gustar, y a los que no podrá oponerse, porque no tiene usted figura jurídica con la que oponerse.

Bofill lo escuchó hasta el final sin interrumpir. Cuando Aubet terminó, Bofill se tomó unos segundos antes de contestar.

—Jordi.

—Dígame.

—¿Sabe usted lo que acaba de hacer?

—¿Cómo dice?

—Acaba de decirme, en pocas palabras, lo que he estado esperando oír durante tres años. Le estoy agradecido por la claridad. Me la pone usted más fácil.

Aubet frunció el ceño apenas.

—No le entiendo.

—Entiéndame usted, entonces. Yo no voy a participar en nada de lo que el IEPS haga con este fondo.

Ni firmando ni sin firmar. Esa es una cosa.

La otra es que lo que el IEPS pueda hacer con este fondo, sin mí, es una cantidad muy pequeña de cosas.

Me he ocupado personalmente durante cuarenta y ocho años de que así sea.

Usted, con todos los respetos, ha sobrestimado enormemente lo que su entidad va a poder leer sin la clave que yo guardo.

—¿Una clave?

—No literal. Una clave de lectura.

—Que usted, presumiblemente, no piensa transmitirnos.

—Correcto.

Aubet se quedó callado un momento largo. Miró la fuente. Miró las ocas, que seguían dormidas salvo por la segunda vigilante, que había vuelto a meter la cabeza bajo el ala, relevada por una tercera. Luego, despacio, volvió a mirar a Bofill.

—Don Màrius.

—Dígame.

—Hay algo que no le he contado todavía.

—Cuéntelo.

—La decisión de catalogar este subsuelo no depende ni del IEPS ni del Cabildo.

Es una decisión que viene tomada desde más arriba.

Europa ha clasificado el patrimonio subterráneo de las catedrales peninsulares como bien común comunitario.

En unos años, probablemente cinco, habrá directivas concretas.

El IEPS se ha adelantado porque prefiere ser él, y no otra entidad, quien lo haga.

Pero si usted se resiste, y si yo —usted me perdonará la franqueza— me veo obligado a informar al Cabildo de que su fondo contiene documentos no catalogados desde los años setenta, en contradicción con las directrices del propio Cabildo, la consecuencia no va a ser que usted continúe custodiando el fondo.

La consecuencia va a ser que su sucesora, que ya está designada y que usted conoce, asuma el fondo con plenos poderes.

Y la sucesora, don Màrius, sí colabora con el IEPS.

Bofill escuchó esto también en silencio.

Cuando terminó de escucharlo, miró a Aubet durante un tiempo que al canónigo más joven le pareció largo.

—Jordi.

—Sí.

—Ha hecho usted bien en venir a decírmelo. Yo en su lugar habría hecho lo mismo.

—Le estoy agradecido.

—Pero se equivoca usted en un punto fundamental.

—¿En cuál?

Bofill sonrió.

—En que yo, mañana, presentaré mi dimisión. Hoy mismo, de hecho. Esta noche, al volver a casa, voy a escribir la carta. Y cuando mi sucesora asuma el fondo, va a encontrar exactamente lo que yo he decidido que encuentre. Lo demás, Jordi, ya no está en este archivo. Hace semanas que no está.

Aubet lo miró fijamente.

—¿Cómo dice?

—Lo que oye. El fondo reservado contiene, sí, mucha documentación de valor. Histórica, paleográfica, arqueológica. Su entidad la va a catalogar. Enhorabuena. Pero la parte viva del oficio, la que importa, no está ahí desde octubre. Por si el día llegaba. Y el día ha llegado.

—¿Dónde está?

Bofill hizo un pequeño gesto con la mano. No lo dijo. Pero, sin querer, miró —solo un segundo— en dirección al estanque de las ocas.

Aubet siguió su mirada.

Las ocas dormían. La vigilante de turno levantó brevemente la cabeza, con esa atención suya de las ocas, y la volvió a bajar.

—No está usted hablando en serio —dijo Aubet.

—Por supuesto que no —contestó Bofill, muy serio—. Sería absurdo.

Los dos se miraron.

Hubo, entre los dos hombres, un segundo de entendimiento mutuo que a Bofill le pareció, en retrospectiva, casi cómico.

Aubet había comprendido que acababa de perder la conversación.

Bofill había comprendido que Aubet acababa de comprenderlo.

Los dos sabían, simultáneamente, que a partir de ese momento la conversación era inútil.

Aubet se levantó del banco.

—Don Màrius, me decepciona usted.

—Lo siento, Jordi.

—De verdad, me decepciona.

—Ya le he dicho que lo siento.

—¿No quiere que volvamos a hablarlo con más calma, en una reunión normal?

—No, Jordi. Esto ya está hablado.

Aubet recogió el paraguas. Se ajustó la gabardina.

Dudó un momento, como quien quiere añadir una frase más y no encuentra la adecuada.

Al final no añadió ninguna. Inclinó la cabeza con una cortesía ligeramente excesiva —una cortesía de los que saben que acaban de hacer algo feo— y caminó hacia la puerta de servicio.

—Buenas noches, don Màrius.

—Buenas noches, Jordi.

Aubet salió. La puerta se cerró detrás de él con el mismo pequeño clic con el que se había abierto.

Bofill se quedó sentado en el banco.

Respiró hondo.

Era consciente, con una lucidez muy clara, de lo que acababa de hacer.

Había mentido. Había mentido bien, pero había mentido.

Los documentos vivos del fondo no estaban escondidos en ninguna parte: estaban exactamente donde habían estado siempre, en el fondo reservado, en los cajones marcados con las iniciales correspondientes.

Bofill había bloqueado su extracción durante años con la simple técnica de no catalogarlos modernamente, pero con el nuevo convenio, con la nueva archivera, y con la presión europea que Aubet acababa de describir, esa técnica tenía los días contados.

Bofill había mentido para ganar tiempo. Cuánto tiempo, no lo sabía.

Quizá dos semanas. Quizá un mes. El tiempo suficiente, tal vez, para convocar a Lamela a Barcelona.

Para poner a salvo, con él, lo que quedase por poner a salvo.

Miró las ocas.

La vigilante de turno lo estaba mirando también.

No había vuelto a dormir después del intercambio con Aubet.

Las ocas, al parecer, habían detectado tensión.

Una segunda oca había despertado y estaba atenta en la orilla.

Una tercera se había incorporado sobre las patas y sacudía las alas sin llegar a levantar el vuelo.

Bofill, sin proponérselo, les habló en voz baja.

—Tranquilas. Ya se ha ido.

Las ocas no entendieron las palabras, obviamente. Pero sí entendieron el tono. La tercera volvió a posarse. La segunda bajó la cabeza. La vigilante siguió vigilando, porque era su turno.

Bofill se levantó lentamente del banco. Se apoyó con la mano en la piedra fría para incorporarse. Las rodillas, a sus años, no le respondían como antes. Caminó hasta la fuente. Se quedó de pie frente a ella un momento, mirando el surtidor. El agua caía con su murmullo mínimo de siempre.

Pensó en Mercè.

Tenía que llamarla. Eran las tres y diez, casi. Si no la llamaba en los próximos cincuenta minutos, Mercè bajaría al claustro. No podía permitir eso.

Sacó el móvil del bolsillo. Miró la pantalla. La batería estaba al sesenta y siete por ciento. La señal, bien. Iba a marcar.

Y entonces, por un capricho cuya lógica él mismo no supo explicar, decidió que antes de llamar subiría un momento a la galería superior.

Quería verla una vez más desde arriba.

Había subido a esa galería, a lo largo de cuarenta y ocho años, probablemente mil veces.

Nunca de madrugada, rara vez solo. Pero había subido.

Y cada vez que subía, el claustro, visto desde arriba, le devolvía una imagen del oficio que él nunca había conseguido explicarle a nadie: el oficio era, literalmente, ver las cosas por arriba y por abajo a la vez, sin perder ninguna de las dos perspectivas.

Esa noche, quería verlo.

Subió por la escalera de caracol que partía de la esquina noreste.

Subió despacio, con la mano en el pasamanos, contando los peldaños por pura costumbre, como había contado siempre.

Veintiséis peldaños. Llegó arriba. Salió a la galería superior, estrecha, larga, con el parapeto bajo de piedra labrada mirando al vacío del claustro.

Se acercó al parapeto.

Se apoyó con las dos manos sobre la piedra.

Miró hacia abajo.

El claustro, visto desde allí, era otra cosa.

La fuente pequeña en el centro, las ocas dispersas junto al estanque, el banco de piedra que él acababa de ocupar, las galerías inferiores con sus arcos apuntados, las columnas delgadas, el suelo de losas gastadas por siete siglos de pasos.

Y, por encima de todo eso, una leve neblina de la llovizna que había estado cayendo toda la noche, y que en aquella hora tardía se condensaba en el patio dando a todo un aire de imagen tomada a través de un cristal empañado.

Como un archivo, pensó Bofill.

Como un archivo visto desde arriba.

Abajo están los legajos, y uno se mueve entre ellos pensando que los conoce, y cree que los controla porque los tiene ordenados; pero solo desde arriba se ve que los legajos forman un mapa, y que el mapa dice cosas que ningún legajo individual dice.

Le pareció que acababa de formular, en ese pensamiento, la única frase que resumía cuarenta y ocho años de oficio.

Sonrió.

Había valido la pena haber subido.

Sacó el móvil. Marcó el número de Mercè.

Le contestó al segundo tono.

—Mercè.

—Màrius, ¿estás bien?

—Estoy bien. Ya se ha ido.

—Gracias a Dios.

—Todavía estoy en el claustro. Voy a bajar en un momento. Quería avisarte antes de que bajaras tú.

—Gracias.

—Mañana hablamos con más calma.

—¿Fue muy malo?

—Fue informativo.

Hubo una pausa.

—Màrius.

—Dime.