Prólogo. Las ocas de febrero #2
Bofill dejó el teléfono junto a la taza de café.
Fue al lavabo. Se lavó las manos y la cara con agua fría.
Se miró de nuevo en el espejo, esta vez el del lavabo, más pequeño, más despiadado.
El hombre le devolvió la mirada con una serenidad que a él mismo le sorprendió.
No era miedo lo que tenía. Era, más bien, eso que en las novelas llaman resignación, una palabra que Bofill había detestado durante toda su carrera y que de pronto, aquella noche, comprendió en su sentido etimológico: re-signare.
Volver a sellar. Cerrar otra vez, por dentro, lo que durante años había permanecido abierto a la esperanza.
Sacó del armarito del lavabo una caja pequeña de aspirinas. Tomó una. No porque le doliera la cabeza; porque el corazón le iba, desde hacía veinte minutos, un poco más rápido que lo habitual, y una aspirina, aunque fuera placebo, era mejor que nada.
A la una menos diez, bajó al portal y salió a la calle Basea.
Llovía. Una llovizna fina, más molesta que fría, de esas que en Barcelona en febrero se instalan durante una noche entera sin decidirse a ser lluvia de verdad.
Bofill se subió el cuello de la chaqueta.
No había abierto paraguas; para seis minutos no le hacía falta.
La calle Basea estaba vacía. Los comercios llevaban horas cerrados; las ventanas de los pisos, casi todas apagadas.
En la de un tercero brillaba, al fondo, la luz azulada de un televisor, el resplandor inconfundible de alguien que se ha quedado dormido viendo un programa tardío.
Caminó despacio, con las manos en los bolsillos.
No había prisa. En la calle dels Lledó, tres portales más adelante, pasó frente a la casa donde vivía Aubet.
Se detuvo un segundo delante. Las ventanas estaban oscuras.
O Aubet no estaba en casa, o estaba en una habitación interior. Bofill siguió caminando.
Dos minutos después, en la plaza Sant Jaume, una pareja joven cruzaba la plaza riéndose a medias, apoyados el uno en el otro.
Habían salido, por la ropa, de alguna fiesta.
Pasaron junto a Bofill sin mirarlo. A ellos él no les existía.
Era un hombre mayor con chaqueta gris a la una menos diez de la madrugada, una figura irrelevante y probablemente invisible, y Bofill, en otras circunstancias, se habría reído de sí mismo por esa sensación de invisibilidad. Esa noche no se rió. Siguió caminando.
Al llegar a la plaça de la Seu, se paró.
La fachada de la Catedral estaba iluminada, como todas las noches, por los focos que la dibujaban contra el cielo negro de lluvia.
Las agujas góticas se recortaban entre las nubes bajas con una agudeza extraña, como dientes de algo grande que dormía.
Bofill levantó la vista un momento. La miró.
Había pasado delante de aquella fachada más veces de las que podía contar, y, sin embargo, aquella noche —quizá por la hora, quizá por la llovizna, quizá por lo que le esperaba— la vio como si fuera la primera vez.
Esto es un edificio viejo, se dijo, con una simpleza que le sorprendió. Esto es un edificio muy viejo que sigue en pie porque durante siete siglos hubo gente que no se fue a dormir a tiempo.
Pensó en Terrades. Pensó en Arnau. Pensó en los canónigos anteriores cuyos nombres él había visto en los márgenes de los libros del archivo, escritos con plumas distintas, en tintas que iban del pardo al negro al sepia, en castellano y en catalán y en latín, todos ellos personas que una noche cualquiera se habían levantado de la cama para hacer algo que, en rigor, no estaba en su contrato.
Siguió andando.
Rodeó la fachada por el lateral, por la calle dels Comtes, hasta llegar a la entrada de servicio del claustro.
Sacó del bolsillo la llave propia que conservaba desde 1978, la misma que Terrades le había entregado una semana antes de morir, y abrió.
La cerradura obedeció con la facilidad de las cosas que llevan mucho tiempo haciéndose.
Entró.
El claustro, a la una y media de la madrugada, estaba en penumbra.
Las luces nocturnas de cortesía —cuatro bombillas amarillas distribuidas por las galerías— daban al espacio una luz mielada, algo triste, que parecía más apropiada para un velatorio que para una vigilia.
La fuente central, pequeña, con la imagen desgastada de san Jorge en su pedestal, murmuraba con la continuidad bajísima que era su firma: el surtidor fino soltaba agua sobre el cuenco, el cuenco rebosaba a un nivel inferior, el agua bajaba por un pequeño canal hasta el estanque de las ocas.
Las ocas estaban dormidas.
Tres.
Bofill, por costumbre de cuarenta y ocho años, las contó al entrar, como quien comprueba que en una casa no falta ninguno de los hijos.
Trece exactas. Seis agrupadas en la orilla izquierda del estanque, cinco en la derecha, dos separadas, flotando, con las cabezas metidas bajo el ala.
Ninguna se despertó al oírlo entrar. Lo conocían.
Lo conocían desde hacía décadas. Los pasos de Bofill en el claustro eran, para las ocas, parte del edificio, como los pasos del sacristán o el ruido del agua.
Rodeó la fuente y fue a sentarse en el banco de piedra de la galería oeste, el que había sido su banco desde siempre.
Sacó del bolsillo el reloj de cadena que llevaba desde los veintitrés años —otra reliquia de Terrades, su primer mentor— y lo abrió.
La una y treinta y siete. Había venido con demasiada antelación. Guardó el reloj.
No tenía nada que hacer durante una hora y veintitrés minutos.
Podía haber subido a la galería superior para esperar más cómodo; había allí otro banco, más discreto.
Podía haberse quedado en un rincón del claustro leyendo alguna cosa, si hubiera traído lectura, que no la había traído.
Podía, incluso, haber regresado a casa y vuelto a la hora exacta.
Pero no hizo ninguna de esas tres cosas.
Se quedó sentado en el banco de la galería oeste, con la espalda apoyada contra la piedra fría, con las manos juntas sobre las rodillas, mirando las ocas dormidas.
Al cabo de un rato —¿quince minutos, veinte, treinta?
—, una de las ocas despertó. Levantó la cabeza, miró alrededor con esa atención particular de las ocas, que no es curiosidad sino vigilancia.
Las ocas, a diferencia de los patos, no confían.
Pasean por el mundo con una desconfianza profesional, como guardas viejos.
Ésta, la que había despertado, miró durante unos segundos en dirección al banco donde estaba Bofill.
Lo identificó. Volvió a meter la cabeza bajo el ala.
Bofill sonrió apenas.
La oca lo había reconocido, y al reconocerlo, había vuelto a dormir. Para una oca, eso era lo más cerca de un saludo que se podía llegar.
A las dos menos diez, una segunda oca despertó.
No por nada; porque las ocas, durante la noche, se relevan en la vigilancia sin que nadie se lo haya enseñado.
La primera había vigilado hasta entonces.
A partir de ese momento vigilaría la segunda.
Eso Bofill lo había leído en un tratado de etología de los años setenta, y lo había visto confirmado en ese claustro durante décadas: las ocas organizaban los turnos por oficio.
Como nosotros, pensó.
Como los custodios.
La frase le vino sin quererlo y le dio, sin que pudiera explicar por qué, una especie de pequeña paz.
A las dos y media exactas, Bofill oyó la cerradura de la puerta de servicio girar.
Alzó los ojos.
Aubet entró al claustro con su paso silencioso de siempre, envuelto en una gabardina negra sobre la sotana, con un paraguas cerrado en la mano derecha.
Cerró la puerta detrás de sí con cuidado profesional.
Caminó hasta el centro del claustro, se detuvo, miró a su alrededor.
Localizó a Bofill sentado en el banco de la galería oeste. No sonrió. Se acercó.
—Buenas noches, don Màrius.
—Buenas noches, Jordi. Llega temprano.
—He terminado antes de lo previsto. Disculpe.
—No se disculpe. Siéntese.
Aubet dudó un segundo. Luego se sentó en el mismo banco, dejando entre los dos un espacio de unos sesenta centímetros.
Apoyó el paraguas contra la piedra, se sacó un pañuelo del bolsillo, se secó la frente que tenía ligeramente húmeda de la llovizna.
Olía levemente a colonia masculina de las que usan los hombres jóvenes educados en el norte.
—He venido —dijo Aubet— porque me gustaría hablar con usted de un asunto importante.
—Ya lo suponía.
—Y he preferido la hora y el sitio porque el asunto es delicado.
—También lo suponía.
Aubet respiró hondo.
—Don Màrius. Mi puesto en el Cabildo, como usted sabe, no es únicamente el de canónigo ordinario.
Desde hace varios años colaboro con una entidad académica europea que se dedica al estudio del patrimonio subterráneo.
Una entidad seria, con apoyos institucionales considerables, y con la que el propio Cabildo ha firmado un convenio que usted conoce.
—El IEPS.
—El IEPS, efectivamente.
—Lo conozco.
—Bien. Este convenio, como usted sabrá, contempla trabajos de catalogación del subsuelo catedralicio. Trabajos que, por pura mecánica profesional, en algún momento van a tropezar con su fondo.
—Ya han tropezado. Desde hace meses.
Aubet lo miró.
—¿Lo sabe?
—Jordi, yo llevo cuarenta y ocho años en este archivo.
Sé cuándo alguien ha entrado en el fondo sin permiso porque los legajos, al volver a dejarse en su sitio, quedan siempre un milímetro más adelante o un milímetro más atrás de donde yo los dejo.
Me conozco el fondo como un pianista se conoce su teclado.
—No pretendía ofenderle.
—No me ha ofendido. Le he contestado.
Aubet asintió. Bofill continuó.
—¿Quiere explicarme por qué me ha citado aquí a las tres de la madrugada?
—Porque quería proponerle una colaboración —dijo Aubet— que no puede discutirse en horario de archivo.
—¿Una colaboración?