Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2)
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Prólogo. Las ocas de febrero
Prólogo
Las ocas de febrero
El teléfono sonó a las diez y siete minutos de la noche del trece de febrero, y Màrius Bofill, que llevaba dos horas sentado en la cocina con un libro abierto sobre el hule, supo antes de descolgar que no le iba a gustar quién llamaba.
El número en la pantalla no figuraba en su agenda.
Eso, a su edad, era ya de por sí un signo.
Los que le llamaban eran siempre las mismas cinco o seis personas: su hermana de Mataró, Fabián Lamela desde Santiago, el conserje del Cabildo en cuestiones administrativas, Oriol Mercader para cualquier cosa, Mercè muy de tarde en tarde, y el cirujano que le había operado de cataratas el año anterior, por amabilidad.
Los demás números sin guardar eran o bien teleoperadoras o bien asuntos no deseados. A veces, las dos cosas a la vez.
Descolgó igualmente.
—Buenas noches, don Màrius.
La voz era la de Jordi Aubet. Bofill lo reconoció al primer sintagma.
El canónigo catalán tenía una manera particular de decir buenas noches con una cortesía superior a la del momento, como si se disculpara por la hora antes incluso de explicar por qué llamaba.
Era una cortesía que en los primeros meses había engañado a Bofill y ahora le ponía en guardia.
—Buenas noches, Jordi.
—Disculpe la hora. Le llamo con cierta urgencia. ¿Podríamos vernos un momento esta noche?
—¿Esta noche?
—A partir de las tres de la madrugada, preferentemente. Antes no me es posible.
Bofill, que había pasado la vida entera en archivos, tenía la costumbre profesional de no reaccionar ante una frase hasta haberla escuchado dos veces mentalmente.
Lo hizo. A partir de las tres de la madrugada, preferentemente.
Antes no me es posible. Un canónigo residente en un edificio a seis minutos andando de su casa que necesitaba verse con él fuera de horas de trabajo, y que justificaba la imposibilidad de verse antes con un no me es posible sin más precisión, no estaba llamando por un asunto de archivo.
—¿Dónde propone usted? —dijo Bofill, despacio.
—En el claustro. Si no le importa bajar.
—¿Puedo saber de qué se trata?
Hubo una pequeña pausa al otro lado. No larga, pero suficiente para que Bofill, que llevaba cuarenta y ocho años calibrando pausas, supiera que Aubet estaba escogiendo palabras.
—Prefiero explicárselo en persona, si puede ser. Es un asunto delicado. Relacionado con su fondo.
—Mi fondo.
—Sí.
Mi fondo. La palabra misma era una invasión.
El fondo reservado del Archivo Capitular, al que ningún canónigo en ejercicio tenía acceso legítimo sin su permiso explícito, había sido durante cuarenta y ocho años su territorio.
Aubet, al llamarlo su fondo con ese pronombre posesivo amable, estaba haciendo dos cosas a la vez: reconocer que lo era, y comunicar que sabía exactamente lo que contenía.
—De acuerdo —dijo Bofill—. A las tres en el claustro.
—Gracias. Le estoy muy agradecido.
Colgó.
Bofill dejó el teléfono sobre el hule. Miró el libro abierto.
Era un volumen de historia de la medicina rural catalana del siglo diecinueve, regalo de una de sus sobrinas por Navidad.
Había leído veinte páginas en las dos horas previas.
No iba a leer más esa noche. Cerró el libro con la marca en la página setenta y dos, lo dejó sobre la mesa, y se levantó.
Fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua del grifo.
Se lo bebió despacio, de pie, mirando por la pequeña ventana que daba al interior de la manzana.
En el patio de luces, bajo, había una bombilla encendida en la ventana de alguno de los vecinos: la anciana del cuarto, probablemente, que padecía insomnio desde la muerte de su marido tres años atrás.
Bofill la conocía de saludo. Las pocas veces que se cruzaban en la escalera, ella le decía bona nit, mossèn, y él respondía bona nit, dona Assumpció, y ninguno de los dos alargaba la conversación.
Era una cortesía completa, sin grietas, de dos personas mayores que vivían solas en el mismo edificio.
Miró el reloj de cocina. Las diez y veinticinco.
Faltaban cuatro horas y media para la cita.
Se sentó otra vez a la mesa. Abrió un cajón bajo el tablero y sacó una pequeña libreta de tapas negras que llevaba usando cinco años para apuntar cosas que no quería que figuraran en sus cuadernos de trabajo. En ella, con su letra fina, ya conocida, escribió tres líneas.
Llamada de Aubet, 22:17. Quiere verse a las tres en el claustro. Dice que por el fondo. No es por el fondo. No vuelvo si no vuelvo.
Cerró la libreta. La dejó en el cajón. Bebió más agua.
No vuelvo si no vuelvo. Era una fórmula que había usado tres veces en su vida, siempre por escrito, siempre antes de citas que sospechaba peligrosas.
Una vez en 1978, el día que asumió la custodia tras la muerte de Terrades.
Otra en 1989, cuando Josep Arnau le pidió una conversación que acabó siendo la última entre los dos antes del derrame que se lo llevó. La tercera, esa noche.
Fue al dormitorio. Se cambió. No se puso la sotana —nunca la ponía fuera de la Catedral, salvo en ceremonias—, pero sí camisa limpia, un jersey azul oscuro, el pantalón gris de siempre, los zapatos cómodos.
Una chaqueta de paño. Se miró un segundo al espejo del armario.
Un hombre de setenta y nueve años con el pelo blanco muy corto, las gafas de montura metálica, la espalda ligeramente encorvada.
El hombre del espejo parecía cansado. Bofill se separó del espejo sin insistir.
A las once menos cuarto bajó al salón. El salón estaba como siempre: dos estanterías hasta el techo, una mesa pequeña con dos sillas, un sofá con una manta doblada, la lámpara de pie encendida.
Sobre la mesa, los papeles del día: un sobre con una factura de la comunidad, una revista de teología que llegaba por suscripción, y las fotocopias que él mismo se había hecho por la mañana de dos páginas específicas del fondo reservado.
Esas fotocopias tenían una historia. Las había sacado a escondidas de Laia —su archivera oficialmente, la sucesora que no se había designado todavía pero que todos asumían—, aprovechando quince minutos en los que ella había salido al Cabildo.
No eran cualquier par de páginas. Eran, concretamente, dos folios del cuaderno de Felip Vilanova, con el mapa topográfico del cruce.
El mapa estaba incompleto —al cuaderno le faltaba el cuadernillo clave desde 1948, como Bofill sabía muy bien por su correspondencia con Joan Baptista Miró en los años ochenta—, pero las dos páginas que él había fotocopiado contenían las leyendas laterales, las claves interpretativas, el vocabulario.
Las miró.
Dudó.
Luego dobló las fotocopias por la mitad, las metió en un sobre grande que sacó de un cajón, cerró el sobre con pegamento, y escribió en el anverso el nombre de su hermana, Rosa, con la dirección de Mataró.
En una esquina, abajo, escribió también con letra pequeña: Para Fabián Lamela, Santiago, si se da el caso.
Metió el sobre en el bolso pequeño de mano que usaba para ir al archivo. Salir ahora mismo a buscar un buzón le parecía ostentoso; podría hacerlo al día siguiente por la mañana antes de cualquier cosa, camino del archivo, en la oficina de correos de Vía Laietana. Lo haría.
Se sentó en el sofá. Cogió la manta. Se la echó por las piernas. No tenía sueño. Tenía, sobre todo, paciencia.
A las once y media, se levantó. Se sirvió un café descafeinado que preparó con la cafetera de siempre.
Bebió despacio, de pie en la cocina. Se fijó —por casualidad, pensó entonces, aunque luego se pregunta uno si las casualidades de las últimas horas no son otra cosa— en la fotografía enmarcada que tenía sobre la balda: una foto en blanco y negro de 1964, con él mismo a los diecisiete años, el hermano Martí al lado, y una señora mayor detrás con un cesto, frente a la puerta de una iglesia rural que ya no existía.
La miró un rato largo. No le evocó nada en particular. Simplemente la miró.
A las doce menos cuarto llamó por teléfono a Mercè.
Había dudado antes de llamar. Era tarde.
Mercè, con sus hábitos de setenta y ocho años, se acostaba a las diez y media como muy tarde.
Pero Bofill necesitaba, aquella noche, que alguien más supiera que a las tres de la madrugada iba a estar en el claustro con Aubet.
Lamela, en Santiago, no le serviría: demasiado lejos, demasiado viejo, demasiado cansado.
Oriol Mercader tampoco: no era del oficio.
Rosa no: no debía saber aún. Joan Baptista, en Sant Pere de Ribes, no podía hacer nada desde allí. Quedaba Mercè.
Le contestó al cuarto tono, con la voz un poco espesa del sueño.
—¿Màrius?
—Disculpa la hora.
—¿Qué pasa?
—Aubet me acaba de llamar. Quiere verse a las tres en el claustro.
Hubo un silencio al otro lado.
—Voy.
—No. Mercè. Tú no bajes al claustro. Lo que te pido es otra cosa. Si a las cuatro de la madrugada no te he llamado, llama tú a Fabián a Santiago. Solo esas dos cosas. No bajar, y llamar a Fabián si a las cuatro no he llamado yo.
—Si no me llamas a las cuatro, bajo.
Bofill cerró los ojos un momento.
—Mercè, no.
—Si no me llamas a las cuatro, bajo, Màrius. Te guste o no te guste. Es mi última palabra.
—De acuerdo.
Hubo otra pausa. Mercè, desde el otro lado, añadió entonces con una voz más baja:
—Màrius.
—Dime.
—No vayas.
—Voy.
—No vayas, hombre.
—Tengo que ir. Si no voy, mañana encuentran otra manera. Y la otra manera puede ser peor. Si voy yo, al menos sé yo cómo es la manera.
Mercè no contestó a eso durante unos segundos largos. Luego, simplemente:
—A las cuatro, Màrius.
—A las cuatro.
Colgaron.