Las trece ocas del claustro (El Camino Negro 2) Capítulo 15. Hacia el norte #2
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Capítulo 15. Hacia el norte #2

—Ya lo has oído.

—Lo he oído.

—¿Qué opinas?

Lamela sonrió.

—Opino que Clara tiene razón. El oficio no respeta los títulos previos. Y opino que si tú aceptas, el Cabildo cubrirá los gastos de los viajes de Clara. Dos visitas al año durante tres años. Que es lo que tú estimes necesario.

—Entonces probablemente acepte.

—Probablemente aceptarás.

Xoán, a través de los años y los bastones y la ceguera, tenía de pronto en la cara una expresión que Adrián nunca había visto en un hombre de noventa años: una expresión de estar empezando algo. Al mismo tiempo que terminaba algo, estaba empezando otra cosa. Era una combinación rara. Y tenía valor.

Bajaron los cuatro del campanario.

A las diez y diez en punto, Lamela los llevó a la estación en el Peugeot gris. Xoán fue también. Se despidieron en el andén.

Lamela les dio un abrazo breve y profesional a cada uno. Xoán, a Clara, le estrechó las dos manos durante un rato más largo de lo normal. Le susurró algo en gallego que Adrián no entendió. Clara asintió con una sonrisa.

A Adrián, Xoán le apoyó la mano en el hombro.

—Restaurador.

—Don Xoán.

—Cuide los pulsos.

—Los cuido.

—Y vuelva.

—Volveré.

El tren salió a las once y veintidós. Sevilla estaba a seis horas. Adrián, en el asiento de ventanilla, miró por última vez la estación de Santiago alejarse.

Clara, al otro lado, abrió el cuaderno y empezó a escribir. Adrián no le preguntó qué. Probablemente, pensó, empezaba las notas para sus futuras visitas a Xoán.

Al cabo de una hora, Adrián sacó el suyo. Escribió una última entrada.

Martes. Salida de Santiago. Clara ha aceptado formarse con Xoán Ferro como campanera.

Dos visitas al año durante tres años. Decisión tomada esta mañana en el campanario.

El oficio no respeta títulos previos. Ningún IEPS puede registrar esto.

La red de las campanas vive mientras alguien oiga. Vamos a casa.

Cerró el cuaderno.

Miró por la ventanilla. El paisaje gallego se deshacía lentamente en llanuras castellanas. Al cabo de otra hora, Clara también guardó su cuaderno. Se quedaron los dos mirando por la ventanilla. A la altura de León, Clara se durmió con la cabeza apoyada contra el cristal.

Adrián, en silencio, pensó en Moro. Pensó en la inscripción de la cripta menor: hic sub aqua silente custos quietis dormit.

Aquí, bajo el agua silenciosa, duerme el custodio del reposo.

Pensó que Moro, en ese sentido, dormía también bajo un agua silenciosa en el pequeño cementerio de animales de las afueras de Sevilla.

Era una imagen que le consolaba, sin argumento.

Pensó en las trece ocas del claustro barcelonés. Pensó en las campanas de las aldeas gallegas. Pensó en los siete puntos del cruce. Pensó en el dos y tres de Santiago, en el cuatro y uno de Barcelona, en el tres y dos de Sevilla.

Pensó que lo que habían hecho en los últimos veinte días, ellos dos con Mercè, Nil, Laia, Joan Baptista, Aurora, Oriol Mercader, Pau Franch, Salvatierra, Lamela y Xoán —diez personas, si se contaba con precisión, nueve de ellas mayores de cincuenta años, una de ochenta y tres, una de noventa, varias con enfermedades crónicas—, era exactamente lo que habían hecho los custodios de todas las generaciones anteriores: usar el tiempo justo del que disponen para trasladar una pieza de un sitio a otro, sin ruido, sin estridencia, con puntualidad.

Era poco.

Era todo.

El tren llegó a Sevilla a las cinco y cuarenta y tres de la tarde. Clara se despertó al entrar en Santa Justa. Se pasó la mano por el pelo, miró por la ventanilla, sonrió.

—Ya.

—Ya.

Bajaron con las maletas pequeñas. En el andén, un hombre alto, de sesenta y seis años, con sotana negra y el pelo blanco peinado hacia atrás, esperaba apoyado en el bastón. A su lado, una mujer menuda de setenta, con un vestido verde pálido y una bolsa de tela.

Salvatierra y doña Pilar.

Se acercaron.

Adrián abrazó a Salvatierra primero. Después a Pilar.

Pilar lloró un poco, discretamente, y Adrián también.

Por Moro. Por no haber estado. Por los pequeños minutos que se pierden cuando uno no llega a tiempo.

Pilar le había traído, en la bolsa, la manta verde de Moro —doblada, limpia, guardada para él desde el viernes—.

Adrián la recibió sin decir nada. La apretó un momento contra el pecho. La guardó en la mochila.

Clara, al lado, le dio a Salvatierra dos besos rápidos.

—Padre.

—Clara.

—Están bien los dos.

—Están bien.

—Entonces vamos a casa.

Cogieron un taxi. Pilar volvió a su casa por el metro.

Salvatierra los llevó a la residencia canonical.

Durante el trayecto, hablaron poco. Adrián miraba por la ventanilla el trazado de las calles sevillanas, que no había visto desde hacía casi tres semanas.

La Catedral asomó a lo lejos, primero los contrafuertes, después la Giralda, con su perfil familiar bajo el sol suave del atardecer de septiembre.

Clara le dio un pequeño codazo.

—Adrián.

—Sí.

—Ya estamos.

—Ya estamos.

—Casa Ricardo, esta noche.

—Casa Ricardo.

A las nueve y media, Adrián y Clara entraban a Casa Ricardo.

El bar, en la calle Placentines, en el barrio de Santa Cruz, tenía los mismos azulejos antiguos de siempre, las mismas mesas de mármol pequeñas, la misma lámpara de hierro forjado colgando del techo.

El camarero mayor, un hombre que llevaba décadas en la barra, reconoció a Adrián al entrar y le dio un saludo discreto con la cabeza.

Se sentaron a una mesa del fondo.

Pidieron dos copas de manzanilla, un plato de jamón ibérico, una tabla de quesos, pan.

Brindaron en silencio, apenas rozando las copas.

Bebieron despacio.

Durante la primera media hora, hablaron poco. Comieron. Miraban a veces al resto de la sala: un grupo de cuatro personas mayores charlando en una mesa lateral, una pareja joven callada, un hombre solo leyendo el periódico en la barra.

Al cabo de un rato, Clara habló.

—Adrián.

—Dime.

—Mañana empieza otro libro.

Adrián la miró.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que los últimos veinte días han sido una cosa. Un libro. Con su principio, sus capítulos, su final. Ha terminado hoy al entrar aquí a Casa Ricardo. Mañana empieza otro. No sé qué va a pasar en el próximo libro. Pero sé que va a ser distinto del que acabamos de cerrar.

—Lo es.

—¿Y vamos a seguir nosotros dos como hasta ahora?

Adrián sonrió apenas.

—Testigos, Clara. No amantes.

—Testigos, Adrián. No amantes.

—Me vale.

—A mí también.

Bebieron.

Pidieron otra ronda. Pidieron ración de tortilla de camarones, un capricho trianero que a los dos les encantaba.

A las once, pagaron. Salieron a la calle.

La noche sevillana, tibia de septiembre, olía a jazmines tardíos de algún patio cercano.

Caminaron sin prisa por Santa Cruz hasta la residencia canonical. Se separaron en el portal.

—Buenas noches, Clara.

—Buenas noches, Adrián.

Cada uno subió a su habitación.

Adrián, en la suya, sacó la manta verde de Moro de la mochila. La dobló con cuidado. La puso en una silla, junto a la cama. La miró un momento.

Apagó la luz.

El miércoles por la mañana, a las ocho, el teléfono de Adrián sonó.

Era Lamela.

—Adrián.

—Don Fabián.

—Acabo de hablar con Xoán. Hemos tomado una decisión anoche.

—Dígame.

—Xoán quiere que Clara empiece a venir en octubre. Una semana. Después cada tres meses. Ya tenemos calendario si Clara acepta.

—Se lo transmito.

—Hay otra cosa.

—Dígala.

—Ayer por la tarde, después de que se fueran, Xoán bajó conmigo a la cripta menor.

Me pidió. Quería tocar con las manos la pieza de piedra del Born y dejar apoyada la suya al lado, los últimos minutos conscientes.

Tardó una hora. Hablamos de muchas cosas ahí abajo.

Al final, me dijo que tenía algo que contarle a ustedes dos que no había querido decirles mientras estaban aquí, por no retrasarles el tren.

Me pidió que se lo transmitiera yo. Es lo que le hago ahora.

—Soy todo oídos.

—Xoán me dijo, literalmente: Fabián, diles a los dos sevillanos que ahora tengo que contarles yo lo que pasa aquí.

Porque lo que hay bajo el altar del Apóstol no es solo un custodio del siglo cuarto.

Es algo más antiguo. Y más amplio. Y cuando sepan lo que es, entenderán por qué el Camino de Santiago se llama Camino.

Porque Santiago no es el final del Camino. Es solo el comienzo visible.

Adrián, en la habitación, se quedó quieto.

—Don Fabián.

—Sí.

—¿Qué quiere decir Xoán con eso?

—Quiere decir, Adrián, que hay una tercera pieza. Y una tercera red. Que empieza en Santiago y que va más allá. Hacia el océano. Hacia el Finisterre. Y, si he entendido bien lo que Xoán me ha contado estas últimas treinta y seis horas, hacia mucho más al oeste que el Finisterre.

Adrián se sentó en el borde de la cama.

—Don Fabián. ¿Me está diciendo que hay un libro tres?

Lamela sonrió al otro lado del teléfono. Adrián lo oyó sonreír.

—Le estoy diciendo, Adrián, que Xoán los espera a ustedes en diciembre. Clara, por lo de las campanas. Usted, por lo otro. Los dos. Por separado o juntos, como ustedes prefieran. Pero en diciembre.

—En diciembre.

—En diciembre.

—De acuerdo.

—Descanse, Adrián. Descansen los dos. Tienen un otoño por delante para asentar lo que han traído de Barcelona. En diciembre vuelven al norte.

—Gracias, don Fabián.

—Gracias a usted. Y a Clara.

Colgaron.

Adrián se quedó sentado en el borde de la cama durante varios minutos, con el móvil en la mano, mirando la ventana de la habitación.

La luz del sol sevillano entraba por las rendijas de la persiana con ese amarillo particular de los primeros días de septiembre en Sevilla, cuando el calor del verano todavía no ha terminado pero ha perdido el filo.

Se levantó.

Fue a la habitación de Clara. Llamó con los nudillos.

Clara abrió. Llevaba la misma camiseta grande con la que había abierto la puerta aquella madrugada del jueves en Barcelona, cuando él le había llevado la noticia de Moro.

—Adrián.

—Clara.

—¿Pasa algo?

—Acaba de llamar Lamela. Xoán manda un mensaje.

—¿Cuál?

—Que hay otra cosa más antigua. Que Santiago no es el final del Camino. Que es solo el comienzo visible. Que hay un libro tres. Que nos espera en diciembre.

Clara lo miró un momento.

—¿Otra?

—Otra.

Clara respiró hondo.

—Pasa.

Adrián entró. Se sentó en la silla. Clara, en el borde de la cama. Hablaron durante media hora. Después bajaron juntos al comedor a desayunar.

Afuera, sobre Sevilla, la Giralda marcaba las ocho y media con su tañido habitual: tres y dos.

Adrián, al oírlo, lo contó por costumbre.

Y se dio cuenta, por primera vez, de que debajo del tres y dos, muy abajo, en un nivel profundo que Tomás Beltrán le había enseñado a buscar meses atrás sin haberlo encontrado del todo entonces, había un tercer pulso. Uno distinto del dos y tres compostelano y del cuatro y uno barcelonés.

Era un pulso más largo. Más lento. Más ancho.

Un pulso que, pensó, probablemente llevaba esperando en la piedra de Sevilla desde mucho antes que cualquier custodio peninsular.

Un pulso oceánico.

Y ese pulso, Adrián entendió con una claridad súbita que le vino con la tercera campanada, era exactamente lo que Xoán los llamaba a escuchar en diciembre.

Cogió el cuaderno azul. Escribió, en la primera página que quedaba en blanco, una línea sola:

Libro III. Diciembre. Santiago. Y más al oeste.

Cerró el cuaderno.

Bajó a desayunar con Clara.

Y, durante unos segundos, en el pasillo de la residencia canonical, con los pasos de ambos sonando sobre el suelo de baldosa antigua, pensó en algo que no supo formular del todo pero que le dejó en el pecho una quietud nueva: que el oficio, además de cerrar círculos, abría siempre el siguiente.

Como las ocas del claustro de Barcelona.

Como las campanas de las aldeas gallegas.

Como el agua que corre silenciosa bajo el altar del Apóstol desde hace mil seiscientos años.

Como siempre.

FIN DEL LIbrO II